¡Maldito lumbago!

¡Qué bien! ¡Pero qué bien me lo pasé andando cuatro tardes seguidas! Estaba hecha una campeona. Pero ahora parezco una leona quejumbrosa y enjaulada. Un feroz lumbago me ha dejado hundida en la miseria De repente me he encontrado con la zona lumbar de mi columna hecha unos zorros. Imposible poder estar sentada en una silla ni tan siquiera cinco minutos seguidos. Ni pensar en poder tumbarme en la cama. Mis nervios parecen perros rabiosos devorándome la parte trasera de las piernas. ¿Cómo podría explicarlo? Son como descargas eléctricas intermitentes que me acobardan y casi me ponen al borde del suicidio. Creo que sólo el que haya pasado por ello podría entenderme. Después de dos visitas a urgencias para inyectarme un calmante, la mejoría ha sido pequeña. ¡Si pudiese dormir…! Pero no. Son las siete menos cuarto de la mañana y ya es... la tercera noche consecutiva que paso en blanco. ¡Qué largas resultan las horas cuando el insomnio te atenaza! Me echo. Me levanto. Me echo. Me levanto. Camino arriba y abajo por la pequeña habitación. No quiero interrumpir el descanso de los moradores del edificio pero mi cuerpo me pide a gritos soltar un horroroso alarido. Me encuentro al borde del paroxismo. Enciendo y apago la luz, una dos, tres veces… esperando que se produzca el milagro que no llega. Soy incapaz de leer, sólo puedo soltar "coces" ininterrumpidamente, como hacen los animales en el verano cuando los mortifican esos ejércitos de asquerosas moscas. Por darme un respiro he salido al cuarto de estar y he abierto el armario para coger un puñado de gominolas, ¡como si ellas pudiesen ser el remedio de mis males! - ¡Dios mío, quiero morirme! - digo una y otra vez en mi delirio. ¡Quiero dormirme y no despertarme más! (Y que nadie piense que lo digo con la boca pequeña, nada más lejos de la verdad) Ha hecho falta otra visita médica nocturna, esta vez a domicilio, para conseguir que un relajante muscular devolviese a mi pobre cuerpo una pizquita de tranquilidad y unas horas de sueño, no del todo reparador, ¡pero menos da una piedra! En ningún momento de todas aquellas largas y horribles horas he hecho la promesa de no andar nunca, nunca jamás. Seguramente porque sabía que no sería capaz de cumplirla.
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