Hermosa Naturaleza

¡Me encanta la Naturaleza! Disfruto de ella cuando, como en estos días en que la primavera está llamando a la puerta, los árboles se llenan de brotes, los almendros, unos de los árboles más madrugadores de nuestra zona, nos encandilan con esas "copiosas nevadas" y con ese perfume delicioso con el que salen a nuestro encuentro. Y ese romántico tono rosa de los melocotoneros… que semejan paisajes de jardines de cuentos de mi infancia… Me gustan los campos repletos de flores silvestres, blancas y olorosas, y esas otras amarillas, humildes, en la linde de los caminos. Luego vendrá la explosión de las alegres amapolas, llenando de rojo los campos, que parecen estar afectados del más enconado sarampión. Y el amarillo de las flores de aliaga, el oloroso tomillo, el romero… Y la variedad de olores y colores de los incontables rosales que adornan nuestras calles y jardines durante el verano. Y la alegría multicolor que engalana nuestras ventanas y balcones. Y si es en otoño…¡qué diré! La verdad es que me faltan las palabras necesarias para explicar lo que siento ante todo ese derroche de tonalidades que nos ofrecen nuestros bosques. El invierno es en este aspecto la estación menos afortunada. La tierra parece palidecer y morir con el frío. Se diría que únicamente dispone de las escasas fuerzas necesarias para subsistir. Pero en su interior, en el silencio y en la oscuridad, mientras se suceden las sequías, vientos, nieves o aguaceros, sabemos muy bien que la vida está fraguándose de nuevo. Así, una vez tras otra. Morir para renacer. Cuando iba acercándose el día de mi vuelta al pueblo, pensé que no podía hacerlo sin haber visitado antes el Parque Grande, el pulmón de la ciudad de Zaragoza. Hacía años que no paseaba por él. Así que, una tarde soleada y agradable que invitaba al paseo, en una parada cercana al domicilio de mi hermana, cogí el bus 42 que me dejó, tan ricamente, a las puertas del Parque. Ya casi había olvidado los hermosos surtidores que adornan los paseos, y el majestuoso Monumento a Alfonso I El Batallador, presidiendo desde la altura el trasiego de paseantes, corredores, ciclistas, personas sentadas en los numerosos bancos o sobre el verde césped, parejas arrullándose, o simplemente individuos vagabundeando, como yo. Busqué la entrada del Jardín Botánico, que me pareció más pequeño y más pobre de cómo lo recordaba de otra visita anterior. Quizás lo confundí con el de alguna otra ciudad visitada. Me gustaron los bancos, de preciosa cerámica, si no fuera porque los bárbaros de los sprays se habían dedicado a fondo en su tarea de destrucción y algunos presentaban un aspecto lamentable. Fotografié incontables veces a unos preciosos cisnes que se deslizaban por un mini estanque. Y, en un lugar apartado, cercano al muro que separaba este espacio del resto del Parque, encontré a una señora de mediana edad sentada en su silla de ruedas de motor eléctrico, que me transportó rápidamente con el recuerdo hasta mi marido. Por un momento me pareció tenerlo allí conmigo, disfrutando de aquella hermosa tarde. Estaba ensimismada con su cámara, tratando de captar la belleza de las flores rojas de un membrillero japonés, tal vez un ejemplar único en España, según me dijo. Guardo un hermoso recuerdo de aquella tarde. De cuando en cuando, me siento cómodamente, pongo en marcha el ordenador, busco la carpeta donde guardo mis imágenes, escojo la opción "Ver como una presentación" y me paso un buen rato gozando, aunque no sea lo mismo, de todo lo que allí viví durante un par de horas.
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