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Otra muerte muy barata

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Siempre sorprende y entristece comprobar qué precio tan barato hay que pagar por el terrible delito de acabar con una vida humana. Lo hemos podido ver muchas veces. Casi causaría risa si el asunto no fuese tan grave comprobar que, después de ser condenados a varios cientos de años por sus crímenes, en cuanto pasan unos pocos, ya sea por "buena conducta" o por otras triquiñuelas, encontramos a los criminales en la calle. Tan campantes, como si no hubiese pasado nada.

Hoy he conocido la noticia de que un tribunal australiano ha condenado a cuatro años y medio de prisión a un hombre estadounidense que mató a su esposa mientras hacían submarinismo en la Gran Barrera de Coral, durante su luna de miel.

El crimen tuvo lugar en el año 2003, once días después de su boda. Según la policía, David, que así se llama el engendro -me causa repelús utilizar la palabra hombre- cerró la llave de la botella de oxígeno de su esposa y volvió a abrirla al percatarse de que estaba muerta.

No se menciona el móvil del crimen. ¿Tal vez la joven era rica, o tenía un seguro de vida y el marido quiso heredar cuanto antes? Sólo son especulaciones mías. Lo que sí es cierto, y me reconcome sólo de pensarlo, es que el sinvergüenza, al declararse culpable del homicidio, evitó el cargo de asesinato y logró acortar su condena. Así que podrá pedir la libertad condicional dentro de un año.

Me pregunto dónde está la Justicia en el mundo y declaro en voz alta mis dudas respecto a su existencia

 

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