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El hombre que sabía demasiado

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Este fin de semana la cadena ETB2 había incluido en su programación la película de Hitchcock "El hombre que sabía demasiado". No la había visto desde que tenía 13 ó 14 años. Para entonces estaba yo interna en un colegio de religiosas de Valladolid y, durante un periodo de vacaciones, la proyectaron en uno de los cines, quizás fuese en el Teatro Fleta, de Zaragoza. Recuerdo que yo me emperré en ir a verla a pesar de que apenas quedaban entradas, únicamente estaban disponibles unas pocas de la primera fila en su parte más lateral. Fui con mi padre y él trató de disuadirme, pero me gustaba tanto el cine y estaba tan interesada en ver la película que no logró convencerme, porque mi inmediata vuelta al colegio me hubiese impedido verla.

Así que nos instalamos en nuestros asientos y asistimos a la proyección contemplando las imágenes visiblemente distorsionadas por la excesiva proximidad de la pantalla. No me importó. Anoche mientras veía la película iba recordando detalles de sus escenas y personajes. La considerable estatura de James Stewart con aquellas piernas largas y desgarbadas que no podía colocar ante la baja mesa del restaurante de Marrakech,

las manos manchadas por la pintura que cubría la cara del espía que murió entre sus brazos confiándole un oscuro y peligroso secreto, la búsqueda desesperada del hijo secuestrado por los malos, el siniestro aspecto del personaje encargado de matar al político, el concierto en el Royal Albert Hall de Londres, la angustiosa espera del choque de los platillos, momento escogido para matar al personaje al amparo del estridente ruido producido por los mismos, y sobre todo…  escuchar a Doris Day interpretando aquella conocida canción "Qué será será"

Fue famosa en su tiempo. Una canción que hacía pensar. El niño, el joven, el adulto, todos querríamos adivinar lo que va a depararnos la vida.

Respecto a la mía, ya se ha desvelado una buena parte de ella. No podía yo imaginar entonces al escuchar y tararear aquellas frases lo que a mí me estaba reservado. Al día de hoy ya puedo hacer un balance, aunque todavía inacabado. La vida me ha deparado cosas magníficas y otras que no lo fueron tanto. Me trajo alegrías y tristezas como era de esperar. Porque la vida es eso, una sucesión de hechos amables y dolorosos, un entramado de ilusiones, decepciones, anhelos, esperanzas…

Sólo deseo que en el momento en que me encuentro, al volver a plantearme la crucial pregunta, como creyente que soy, pueda contestarme a mí misma con total convencimiento: Estoy en las manos de Dios. Será lo que Él quiera. Él caminará a mi lado en este último tramo, el que más me hace interrogarme, el que más me angustia…

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