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Vivir en la verdad

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En más de una ocasión he confesado en las páginas de este blog que soy creyente.

Y una de las cosas que se nos pide a los creyentes para mantener viva nuestra fe es la oración. La oración en todas sus variantes. Desde la oración vocal, repitiendo las palabras que hace muchos años alguien dedicó a nuestro Dios y que desde entonces la Iglesia va repitiendo y enseñando a sus fieles, a las otras, la meditación o la oración desde la vida.

Es ésta última la que a mí más me llena. Reflexionar sobre los acontecimientos diarios, confrontarlos con la Palabra de Dios y, por último, actuar a la luz de esa Palabra en la medida de mis posibilidades, de mi fidelidad y de mi valentía.

Pero no siempre es fácil tratar de vivir en la verdad. Puedes reconocer en tu interior lo que no está bien en ti misma o en los que tienes a tu alrededor. Pero confesar en voz alta las cosas mal hechas en tu familia, entre tus conocidos, en tu pueblo, puede acarrearte disgustos, enemistades, soledad…

¿Por qué voy a tener que ser yo la que tenga que poner paz entre dos personas enfrentadas?

¿Cómo puedo decirle a alguien que no tiene razón, sabiendo que puedo granjearme su enemistad por ello?

¿Cómo puedo saber que un anciano carece de las atenciones necesarias en el seno familiar sin denunciarlo?

¿Cómo sospechar que alguien puede ser víctima de malos tratos y callar?

¿Cómo pasar por alto las injusticias que conozco?

Caminamos por la vida con los ojos cerrados, sordos, mirando hacia el otro lado a sabiendas  porque es mucho más fácil y no queremos complicarnos la vida.

Hoy quiero que estas palabras sean un grito, una súplica de perdón a mi Dios por todas las veces que alguien se ha quedado en la estacada por culpa de mi comodidad o mi cobardía.

 

 

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