El oso

En esta tarde festiva, que por problemas de salud he pasado casi en su totalidad sentada en el sofá, he tenido la oportunidad de ver una película con unos paisajes preciosos, de esos que te hacen amar más y más la naturaleza. Los protagonistas, un osezno que pierde a su madre en un desprendimiento de rocas y un macho adulto, que tras su rechazo inicial acaba por acogerlo como a un hijo. ¡Que cachorro tan tierno! Me ha encantado. ¡Qué poderío y qué ferocidad los del tremendo animal a la hora de defenderse de las balas de los cazadores y de la persecución de una jauría de perros! En un momento dado, uno de los cazadores, el más acérrimo perseguidor de todos ellos, se encuentra de improviso a merced del animal. No he podido por menos que contener la respiración, como si tuviera de verdad al hombre y al oso en la misma esquina de mi cuarto de estar. Y cuando aquél se ve ya perdido, éste, sabe Dios por qué, da media vuelta perdonándole la vida. ¡He respirado con alivio! Y he aplaudido en mi interior la decisión del cazador de renunciar a su caza cuando la fiera se alejaba estando todavía a tiro, como en un claro signo de acción de gracias. Las últimas imágenes muestran a ambos osos entrando en la cueva para comenzar la hibernación y una hermosa panorámica de las inmensas montañas cubiertas por la nieve. Me he sentido feliz. Hasta casi he conseguido olvidarme de mis males…
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