Tres pequeñas golondrinas

Me gustan las golondrinas, esos pájaros bulliciosos e inquietos que surcan veloces el cielo de nuestros pueblos. Me encanta verlas posadas sobre los cables eléctricos, cada vez en mayor número según va acercándose el momento de la marcha hacia las tierras cálidas. Parece que algo se muere en nosotros cuando se van. Y cuando, allá por San José, aparecen de nuevo, alegrando el aire con sus gritos, sentimos que el frío y la nieve han firmado una tregua, y que la alegre primavera llama una vez más a nuestra puerta.
Hoy, al revisar mi correo eléctrónico, he encontrado una imagen que me ha enviado una amiga que se encuentra aquí en el pueblo, pasando como yo estos meses de verano.
Ayer me contó la pequeña historia. Por motivos desconocidos, tres crías de golondrina, cayeron del nido. Un joven que tiene su casa justo al lado de aquella en la que se encuentra el nido, recogió a los pequeños e indefensos animalillos y los introdujo en el alféizar de una ventana protegida por una red metálica, con los huecos lo suficientemente amplios como para que la pareja de golondrinas adultas pueda entrar por ellos para alimentar a su prole, y que por fortuna no permite el paso a ningún animal depredador.
¡Ojalá termine bien esta sencilla historia! ¡Deseo que estas pequeñas aves puedan vivir lo suficiente para que sus alas adquieran el vigor necesario para lanzarse al aire y volar raudas como sus progenitores!
¿Difícil? Quizás. No es la primera vez que he visto morir a otras crías que tuvieron la desgracia de caer del nido. Pero… ¡Soñar es gratis!
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