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¡Nos estamos haciendo viejos, Yako!

Esta mañana, alrededor de las ocho, dueña y perro hemos salido a hacer nuestra caminata diaria. Al subir la empinada cuesta que conduce a la ermita de San Miguel he escuchado el sonido de las esquilas del ganado forastero que desde hace unos días pasta por los alrededores de nuestro pueblo. Como medida de precaución he sujetado a Yako con su cadena. ¡Dios mío! Durante el tiempo empleado en hacer la mitad del recorrido, hemos caminado a un ritmo de media carrera, siempre persiguiendo a los invisibles animales que caminaban unos centenares de metros delante de nosotros por la pista forestal que serpentea al pie del monte.
- ¡No corras, Yako!
Mi perro hace oídos sordos.
- ¡Te digo que no corras, Yako!- repito alterada.
Me enfado en vano. Su curiosidad por acercarse al rebaño puede más que mis palabras airadas. Estoy sudando tinta china pero Yako tira y tira sin piedad y sin descanso.
En las proximidades de la carretera logramos alcanzar la retaguardia del perseguido ejército. Yako mira con curiosidad a los rumiantes y desea confraternizar con los perros guardianes. Uno de ellos, de pequeño tamaño, huye de nuestro alcance. El otro, un enorme perro blanco, pasa olímpicamente de nosotros.
Por fin alcanzamos la carretera y entonces el rebaño y nosotros caminamos en sentidos opuestos.
Yako empieza a rezagarse, mira hacia atrás incontables veces, y yo tengo que tirar de la cadena, esta vez para conseguir que mi perro camine a mi lado. Los dos nos arrastramos hacia el pueblo con la lengua fuera. Yo siento mi camiseta mojada.
¡Ay, ay, ay! ¡Nos estamos haciendo viejos, Yako!
Una segunda oportunidad

Estoy releyendo el libro de Miguel Delibes, Señora de rojo sobre fondo gris, y me he encontrado con esta frase: "La vida sería más llevadera si dispusiéramos de una segunda oportunidad"
Encierra una gran verdad. ¿Quién no ha lamentado alguna vez que nuestra vida sea una obra de teatro en la que no hay sesiones de ensayo? ¿Quién, cuando la muerte se ha llevado de su lado a una persona querida, no ha sentido que se le han quedado muchos abrazos sin dar, muchos "te quiero" sin decir, que debería haber sido más agradecido, más capaz de perdonar...?
No sirve de nada lamentarse. ¿O sí? Tal vez esos sentimientos experimentados deberían ser las pequeñas semillas que al brotar en nuestro corazón nos ayudaran para no tropezar dos veces en la misma piedra.
Aquella persona se nos fue y eso es ya algo inevitable. Pero, afortunadamente, la mayoría de nosotros tenemos a nuestro lado otros seres queridos que merecen que les entreguemos lo mejor de nosotros mismos. ¡Aprendamos la lección! Ellos están aquí. Todavía estamos a tiempo.
La visita de Pou

Pou es un enorme gato blanco de raza persa que vive con sus dueños en una casa situada en un pequeño callejón con encanto de nuestro pueblo. De vez en cuando paso por allí y suelo detenerme para gozar del verde de las enredaderas que reptan como serpientes por sus viejas paredes, del colorido de las hermosas flores que lucen sus macetas, del rústico banco construido con madera de árbol sin pulir. Pou, suele contemplarnos indolente reposando sobre un alegre cojín en una vieja silla de anea, mientras su dueña y yo charlamos de esto o de aquello, en esta vida plácida en la que las horas y el estrés cuentan muy poco.
Como mis conocimientos de francés son prácticamente nulos, hasta hoy no he sabido que Pou significa Piojo en el idioma del país vecino. Me lo ha dicho Rosa, respondiendo a mi pregunta cuando ha venido a recogerlo.
Estaba yo haciendo mis ejercicios de yoga en el cuarto de estar cuando, casi de reojo, he visto un bulto blanco en movimiento a mis espaldas. Y cual no ha sido mi sorpresa al encontrarme al gato que visitaba tranquilamente una tras otra todas las habitaciones que ha encontrado a su paso. No recordaba su nombre, así que he echado mano del habitual "misi, misi", intentando atraerlo hacia la puerta de la calle, porque, aunque en apariencia es un animal manso, no me atrevía a ponerle las manos encima para sacarlo.
Me gustan los animales pero no quiero compartir la casa con ellos. Por algo mi fiel Yako, al que quiero mucho, tiene su residencia en la cochera.
¿Se hará pipí? - pensaba, viendo sus idas y venidas, tan tranquilo, como si él fuera el único dueño y señor.
Así que no me ha quedado otro remedio que llegarme al callejón, buscando auxilio para desalojar al intruso. No sin antes haber inmortalizado el momento con mi inseparable cámara.
¡Realmente espeluznante!

Un restaurante de próxima apertura en Berlín anuncia en su campaña publicitaria de inauguración que busca donantes para poder ofrecer especialidades caníbales a sus clientes, lo que ha causado la justificada indignación de muchos ciudadanos. Es cierto que puede tratarse únicamente de un recurso para atraer la atención, pero en todo caso no deja de ser algo sumamente macabro y del peor gusto que uno pueda imaginar.
"Tras una revisión médica puede usted decidir qué parte de su cuerpo está dispuesto a donar" - puede leerse en la publicidad sobre el restaurante Flimé, cuya apertura se anuncia para el próximo 8 de septiembre. Se mantiene en secreto la localización del mismo.
El donante potencial ha de rellenar un formulario en el que se incluyen datos personales como la identidad, la edad, las posibles enfermedades crónicas, el consumo de tabaco, drogas o alcohol, el peso, el grupo sanguíneo y, en el caso de ser mujer, hasta si existe actualmente un embarazo.
¡Qué alucine!
El propietario de este restaurante tan original es un brasileño llamado Eduardo Amado, el cual anuncia que ofrecerán cocina de la cultura wari, un pueblo caníbal de la selva amazónica, en combinación con recetas clásicas brasileñas.
"Contemplamos la alimentación como un acto espiritual en el que se asume el alma y la fuerza del ser que ingerimos". "Disfrute en Flimé de especialidades de aroma y sabor inolvidables que llegarán a entusiasmarle".
Pues nada, pobres del mundo, si estáis en el paro, o vivís en un país del tercer mundo y no tenéis dónde caeros muertos. ¡No hay problema! El señor Eduardo Amado os ofrece una solución. Sólo es cuestión de acercarse al centro sanitario más próximo y decirle al galeno que os atienda: "Doctor, córteme una mano. Total... ¿para qué quiero yo las dos?"








