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Mientras suena la radio

Día 16 de Octubre de 1991
¿Qué música es ésta que conmueve tan profundamente mi corazón? Esta mañana, mientras hago las tareas de casa, mi alma viaja, ligera como una pluma, por lo más alto de las cumbres, contemplando hermosos paisajes. Siento ganas de reír, de cantar, de saltar, de bailar, de volar, de hermanarme con el mundo entero, de prolongar eternamente estos instantes.
Doy gracias por este regalo. ¿Quién será el compositor? ¿Llegaría a imaginar mientras compuso esta melodía la cascada de sentimientos que sus notas iban a provocar?
Hoy quiero gritar a los cuatro vientos: ¡La vida es hermosa!
Dia 16 de Octubre de 2006
Pongo la radio cada día…
¡Ojalá que aquel milagro se repita!
La vuelta al cole
16-9-1991¡Veinticuatro! ¡Veintitrés! ¡Veintidós! Las últimas horas van consumiéndose a ritmo vertiginoso. ¡Tres! ¡Dos! ¡Una! ¡Ya está! Comienza el curso. Vuelven las prisas. Los días apretados. El encuentro con profesores y alumnos nuevos y antiguos . El estreno del aula. El bullicio de los niños y los padres en el patio, junto a las puertas de entrada. ¡Míralos! Algunos hacen pucheritos. Es tan hermoso el verano… Os entiendo muy bien, pequeños. Al sonar la sirena una especie de hormigueo te recorre por dentro. Algo nuevo está a punto de comenzar. Una nueva andadura con un buen acopio de ilusiones… Los nuevos alumnos van entrando en clase. Veintiún pares de ojos me observan con curiosidad. Vamos a ser compañeros, amigos, espero, durante dos años.
-Yo te conozco, seño. Desde hace muchos, muchos años- dice Feli, una morenita de cinco años, con dos ojos negros como las moras.
Retengo la risa.
- Sí, Feli. Es verdad.
Paso lista, tratando de asociar cada cara con su nombre. Y empezamos. Hablamos de las vacaciones. Hacemos un dibujo de la familia. Todo de una manera informal, tratando de hacer fácil la primera jornada. Llamo Laura a Vanesa, y Noelia a Natalia. Fernando llora y llora porque quiere irse a su casa. Trato de consolarlo sin éxito. Habrán de pasar dos horas hasta que empiece a mostrar algo de interés por lo que hacemos. ¡Qué largas resultan estas cuatro horas del primer día! Para ellos y para la seño.
- ¿Cuándo saldremos al recreo, seño?
- Pronto. Falta un poquito.
- ¿Ya se he pasado el poquito, seño?
- Todavía no.
- Seño, me meo.
- Yo también, seño. ¿Puedo salir?
Este año estrenan patio de recreo porque “ya son mayores.” Han instalado una nueva fuente y todos quieren beber a la vez. Pocos juegan. Van y vienen como perdidos en este espacio más amplio. Los más, se limitan a subirse en el borde inferior de la valla y a mirar a los alumnos de los cursos superiores.. Las fiestas recién terminadas, con sus numerosos festejos de vaquillas, dan pie para imitar a toreros y animales.
Al entrar del recreo más de uno me pregunta:
- ¿Nos vamos ya a casa, seño?
- No. Dentro de un poco.
¡Y qué largo se les hace ese poco!
No he necesitado ir hoy al cole para saber que el comienzo de curso habrá sido parecido.
La cuenta atrás
(16 - 4 - 2005)Tal día como hoy, dentro de un mes, será mi cumpleaños. No será un cumpleaños cualquiera. En realidad, ninguno lo es, ya que el mero hecho de poder llegar, cuando todo en la vida es tan incierto, los convierte en algo digno de celebración. Cumpliré sesenta años –sesenta tacos – como dicen los jóvenes. A la impresión que produce un cambio de decenio – más éste, porque sabes a ciencia cierta que de la copa de la vida ya hace tiempo que apuraste la mitad – hay que añadir la circunstancia de mi jubilación anticipada. Cuando se acabe junio, terminará también mi vida profesional; una vida profesional de cuarenta años. Y en esta tesitura, una no puede por menos que echar la vista atrás y hacer balance. Son éstos unos días de reflexión que te permiten ir anotando en las casillas del debe y del haber, aunque seas consciente de que nada ya puedes hacer para borrar esas partidas que te pesan.
Cuando yo era más joven y algún conocido llegaba a la jubilación, sentía una especie de envidia al imaginar cuántas cosas pendientes podría hacer si me encontrase en su lugar; aunque no por eso dejara de caer en la cuenta de que este aumento espectacular de tiempo libre vendría seguramente acompañado de úlceras de estómago, cefaleas, problemas de riñón o de hígado, colesteroles, y un largo etcétera de “…osis” y de “…tritis”que van apareciendo día a día, como lo hacen las setas en un lluvioso otoño. Y el tiempo pasa veloz, sin detenerse. La vida, como un tren de incierto recorrido, conduce inexorablemente a la vejez; a no ser que en el camino el viajero sufra un accidente inesperado, o que él mismo, aburrido del viaje, se arroje a la cuneta en marcha. No es ése mi caso. Y aquí estoy. Con la jubilación a la vuelta de la esquina.
No era así como la había imaginado. Mis circunstancias familiares no me permitirán realizar algunas cosas que relegué para este tiempo. Pasar una temporada junto al mar, huyendo de los rigores del invierno; visitar todos esos lugares hermosos de mi país que desconozco; volverme peregrina en el camino de Santiago, un sueño que me acompaña desde mi juventud…Tengo un esposo que cada día depende más de mi amor y mis cuidados. Viviré para él. Seré esposa, madre, amiga, enfermera… Seré sus manos y sus pies. Apoyo en sus momentos de miedo y de dolor. ¡Espero tener fuerzas! Y disfrutaré, sorbo a sorbo, de los pequeños gozos que nos brinda la vida: el amor de mis seres queridos, la amistad, los libros, la música, la naturaleza… Todo aquello que se encuentra a nuestro alcance sin necesidad de recorrer grandes distancias para disfrutarlo. Basta con abrir los ojos cada mañana y mirar a tu alrededor. Y luego, al final de cada día, daré gracias.
¡Tengo cara de suegra!
31 - 3 - 1997¡Triiing! ¡Triiing! El sonido del timbre me sobresalta. Me había sentado en mi dormitorio para dedicar un pequeño espacio de tiempo a la relajación y a la búsqueda del silencio. Es algo que me ayuda y me hace sentir bien. Pero…¡Es radical! Siempre me pasa lo mismo. Apenas han pasado unos minutos desde que me he acomodado en la silla y ya estoy dando cabezadas, como si en la más cómoda de las camas me encontrara. Me asomo a la ventana. “¿Quién es?”- digo. Es un joven rubio, delgado. Lleva un traje oscuro y un ligero maletín. Tiene todo el aspecto de ser representante. “¿Puede bajar un momento?”- me dice -. “Soy del Departamento de Estadística.” “Veamos qué sonaja nos trae”- pienso mientras bajo por la escalera. “¡Buenas tardes, señora! ¿Cómo está?” “Bien, gracias”- le contesto. “Como le he dicho, soy del Departamento de Estadística” “Ya. ¡Hola!”- saludo a mi vecina Rosa que pasa por la acera de enfrente -. Lo he desconcertado, hasta el punto de que tiene que comenzar de nuevo su discurso. “Supongo que usted será la suegra…” Me ha dejado fuera de juego. “Así que tengo cara de suegra” –pienso. Hasta ahora, las suegras eran siempre otras, no yo. “¿Tengo ya cara de suegra?” – le interrumpo simulando sentirme ofendida. “No…Bueno…. O será la tía de los que viven aquí…” Se atasca. Balbucea. Coge aire. “Bueno, lo que quiero decir es que en esta casa vive un matrimonio joven con hijos pequeños. ¿No es verdad?” “Pues…no. Aquí vive un matrimonio, pero no joven, ni con niños” “Es que…- se atraganta - me han dicho que vivían aquí” “Viven ahí. En la casa de al lado” “Perdone ¿eh? Que le haya dicho que es la suegra no quiere decir que tenga que ser usted mayor. Hay suegras muy jóvenes”- dice mirándome con gesto conciliador. “La verdad es que yo ya podría ser suegra, y casi abuela” – le digo mientras se me escapa una ruidosa carcajada. “Adiós, pues. Y a lo dicho. Perdone. Ya dice el refrán: El que tiene boca se equivoca.” Él se va a la busca y captura del matrimonio joven, y yo comienzo a subir las escaleras con una amplia sonrisa en los labios, mientras reflexiono sobre mi inesperado ascenso en la escala del parentesco.
Toulouse-Zaragoza
12-1-2004Nos conocimos durante el viaje de vuelta de Toulouse a Zaragoza. Acabábamos de llegar a Andorra capital y el conductor del autobús nos dio un descanso de tres cuartos de hora. Eran las diez de una soleada mañana de domingo. Todavía llevábamos los ojos colmados de la belleza de las cumbres nevadas del Pirineo. Apenas se puede resistir tanta belleza mientras por dentro te duele fuerte el corazón. Coincidimos en la mesa de un pequeño bar, junto a la estación de autobuses. Tenía unas hermosas facciones y era de cuerpo bien proporcionado. De repente, empezó a llorar. La miramos un tanto incómodas, sin saber qué hacer, deseando que se tratase tan sólo de un desahogo pasajero. Pero no fue así. Las lágrimas se deslizaban tercas por sus mejillas de ébano. No pude aguantar más. Me senté a su lado y le pregunté si me entendía. Hizo un gesto afirmativo con la cabeza. ¿Podemos ayudarte? ¿Te encuentras mal? ¿Tienes algún problema? Sí. Tenía un problema. Grande al parecer. Tenía veinticinco años y llevaba dos años casada. Había viajado a Toulouse desde Madrid para encontrarse con su marido pero él no le había permitido quedarse. Ya no quería saber nada de ella. Al llegar a la estación, ella había intentado hablarle por teléfono, pero él había cortado la comunicación. ¿Saben? ¡Me ha dejado! – nos dijo mientras seguía llorando sin consuelo. Le ofrecimos agua con unas gotas de valeriana, remedio que utilizamos para evitar los calambres en las piernas durante las largas horas de obligada quietud. Ella lo aceptó y nos sonrió agradecida. Nosotras, que volvíamos destrozadas después de ver a nuestro hermano en estado de coma por culpa de un accidente, tratamos de aliviar su pena. Verás -le dije- el tiempo calma las penas del amor. Además, no sabe bien lo que se pierde ese tonto. ¡Eres preciosa! – añadió mi hermana. ¡Los hombres son así! ¡No merece la pena sufrir por ellos!- terció una de las vecinas de mesas. ¿Sabes? Yo tuve un novio durante tres años, y de repente me dejó. ¡Y aquí estoy!- decía, intentando hacerse la fuerte, mientras el llanto pugnaba por asomarse a sus ojos.
En la siguiente parada de descanso la buscamos con la mirada y la invitamos a tomar algo con nosotras en la barra del bar. Nos comimos unas sabrosas rebanadas de pan de hogaza con tomate y jamón serrano. Bien untado el pan con el tomate, a la manera catalana. Le hablamos del motivo de nuestro viaje. Y después, de mis hijos, aproximadamente de su misma edad, del cariño que nos unía a mi hermana y a mí… De todo lo que se nos ocurría, tratando de evitar el penoso silencio y que al menos durante unos minutos olvidase su pesar. Al llegar a Zaragoza nos despedimos y le deseamos de nuevo buena suerte. Ella nos sonrió y nos besó agradecida. Ha pasado el tiempo. Dondequiera que estés, te deseo de corazón que la vida te haya vuelto a sonreir, Isabelle.








