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Sabrina
Creo que es la tercera vez que veo la pelicula de la dulce Sabrina, y una vez más ha conseguido enternecerme. ¡Ohhh, el amor! Al contemplar tantas cosas hermosas: el invernadero cuajado de flores, la espléndida mansión, el avión privado, “la casita” en la playa, las fiestas suntuosas, los trajes elegantes, las joyas… intento imaginarme a mí misma en ese ambiente refinado. Y no puedo por menos de preguntarme: ¿Seguiría siendo como soy, o cambiaría hasta el punto de no reconocerme? No sé cómo explicarlo. Hay muchas cosas apetecibles y hermosas en la vida que yo nunca he probado, pero también es cierto que hay otras muchas cosas sencillas, de gran valor,que están al alcance de mi mano, y que quizás a estas personas de la alta sociedad les están negadas. Algunas tardes, cuando el trabajo agobia, me digo a mí misma que las tareas pueden esperar. Me calzo las botas y salgo al campo por el camino ancho. No puedo dejar de pensar en Katia, mi fiel perra, la que tantas veces me acompañó en este recorrido. ¡Vieja amiga, cómo te echo de menos! El aire está colmado de perfumes. Huele la tierra parda recién labrada, el verde y tierno alfalce, las hojas húmedas descomponiéndose lentamente junto a la acequia, las hierbas aromáticas doblegadas bajo mis pies… Y el silencio se quiebra en mil sonidos: el canto alegre de los pájaros, su aleteo alborotado entre las cañas, el ronco parloteo de la urraca, el ladrido lejano de unos perros, el ruido de mis pasos, el silbido de un tren… Miro despacio a mi alrededor. Y luego, la mirada se ensancha, cada vez más lejos, hasta abarcar el horizonte en llamas. Y un gozo profundo invade mi corazón…El internado
Mi padre siempre aspiró a que sus hijos tuvieran acceso a la cultura, cosa que a él le fue negada. Huérfano desde los ocho años, pronto tuvo que dejar la escuela para ponerse a trabajar, pero sintió siempre una gran inquietud por aprender. Cuando yo tenía once años, por mediación de una tía religiosa fui a estudiar a un internado: “Colegio Aspirantado Hispanoamericano” era su nombre. Allí pasé siete años de mi vida. Allí reí, jugué, canté, lloré, estudié, descubrí la amistad y, mientras se suponía que tendría que estar aspirando a la vida religiosa, soñé con el amor y me convertí en una mujer. Así como muchas veces he escuchado a diferentes personas despacharse a gusto sobre los frailes y las monjas, he de decir que no guardo malos recuerdos de aquellos años, aunque no todo fuera de color de rosa. Considero que la educación que recibí fue fruto de aquella época concreta, en la que las costumbres y el enfoque de la vida eran completamente diferentes a los de hoy. Siempre recordé con cariño aquellos años. Treinta y cuatro años después, convocadas por una compañera muy activa, aprovechando el puente de Todos los Santos, nos juntamos alrededor de cuarenta antiguas alumnas. Acudimos todas, animadas por el deseo de evocar, de revivir aquellos años de nuestra adolescencia, tan lejanos.
¡Cuánta expectación en los momentos del encuentro! Resultaba difícil descubrir en aquellas mujeres maduras a las niñas que fuimos. ¡Cuántos recuerdos! Aunque una gran parte del gran edificio se había transformado para adaptarse a los nuevos usos, todavía pudimos descubrir un buen número de detalles tal y como se mantenían en nuestra memoria. La gran escalera de mármol blanco que ascendía hasta la terraza situada en el cuarto piso, por cuyo hueco cayó Camino, y que, como por un milagro, al llegar al tercero, logró agarrarse al pasamanos e introducirse de nuevo, sin que nadie supiera explicar muy bien cómo lo hizo. Aquello pasó a los anales de la historia del Colegio. Tampoco pudimos dejar de recordar a Conchita y a María Teresa. La primera se metió en un armario jugando al escondite, y la segunda la cerró por fuera para hacerla rabiar. Lo peor fue que al tocar el timbre que avisaba de la hora de clase, se marchó corriendo olvidándose “del fiambre”. Sí, casi lo fue. Las vecinas de habitación escuchábamos lamentos y jadeos ahogados sin lograr descifrar su procedencia. Cuando por fin abrimos el armario, la víctima estaba acurrucada en aquel reducido espacio completamente envuelta en sudor, al borde del desmayo y de la asfixia. Ojeamos una por una las fotos de los viejos álbumes, indagamos sobre la situación de presentes y ausentes, recordamos divertidas anécdotas y no encontrábamos el momento de irnos a la cama. Fuimos a visitar la finca, situada a cinco o seis kilómetros de la capital. Todavía me parece ver la cara de sorpresa y de curiosidad del conductor del autobús al encontrarse con semejante invasión de mujeres locuaces. En la finca pasábamos la práctica totalidad de los días festivos. La mayoría de las alumnas hacíamos el camino de ida y vuelta a pie. Sólo unas pocas privilegiadas disponían del dinero suficiente para coger el autobús, pero yo no me encontraba entre ellas. Las únicas alegrías que me permitían mis menguados recursos eran las de comprar de vez en cuando un cucurucho de aceitunas en la pequeña tienda del barrio cercano a la finca, en el que vivían los obreros de la fábrica de Tafisa. Después, dejábamos atrás las casas, por aquel camino flanqueado por grandes matas de retama, amarilla y perfumada en primavera, y acometíamos el empinado tramo que llevaba a aquella extensa finca con un buen campo de viña y numerosos almendros, cuyas sufridas ramas nos servían de observatorio y de rincón de secretas confidencias. Muchas cosas habían cambiado desde entonces. La pequeña casa donde vivía Benito, el encargado, y la pequeña granja de gallinas ponedoras, habían desaparecido. En su lugar podía verse un amplio edificio de una planta que servía de noviciado y casa de retiro. Los almendros parecían ser los mismos, al igual que los caminos que llevaban a los viejos rincones. La alberca estaba ya vacía y roto el cobertizo que nos servía de refugio en los días lluviosos o fríos. El campo de balonmano, aquel amplio rectángulo de tierra en el que corríamos hasta agotarnos, estaba desdibujado por las hierbas. Habían crecido los pequeños pinos que dejamos recién plantados, y la fuente, con sus chopos airosos, sus rústicos bancos de madera y aquellos lirios tan hermosos que crecían a ambos lados, habían sido devorados por la maleza. ¡Me pueden los recuerdos! ¡ Tal vez pueda volver algún día!
¡Cuánta expectación en los momentos del encuentro! Resultaba difícil descubrir en aquellas mujeres maduras a las niñas que fuimos. ¡Cuántos recuerdos! Aunque una gran parte del gran edificio se había transformado para adaptarse a los nuevos usos, todavía pudimos descubrir un buen número de detalles tal y como se mantenían en nuestra memoria. La gran escalera de mármol blanco que ascendía hasta la terraza situada en el cuarto piso, por cuyo hueco cayó Camino, y que, como por un milagro, al llegar al tercero, logró agarrarse al pasamanos e introducirse de nuevo, sin que nadie supiera explicar muy bien cómo lo hizo. Aquello pasó a los anales de la historia del Colegio. Tampoco pudimos dejar de recordar a Conchita y a María Teresa. La primera se metió en un armario jugando al escondite, y la segunda la cerró por fuera para hacerla rabiar. Lo peor fue que al tocar el timbre que avisaba de la hora de clase, se marchó corriendo olvidándose “del fiambre”. Sí, casi lo fue. Las vecinas de habitación escuchábamos lamentos y jadeos ahogados sin lograr descifrar su procedencia. Cuando por fin abrimos el armario, la víctima estaba acurrucada en aquel reducido espacio completamente envuelta en sudor, al borde del desmayo y de la asfixia. Ojeamos una por una las fotos de los viejos álbumes, indagamos sobre la situación de presentes y ausentes, recordamos divertidas anécdotas y no encontrábamos el momento de irnos a la cama. Fuimos a visitar la finca, situada a cinco o seis kilómetros de la capital. Todavía me parece ver la cara de sorpresa y de curiosidad del conductor del autobús al encontrarse con semejante invasión de mujeres locuaces. En la finca pasábamos la práctica totalidad de los días festivos. La mayoría de las alumnas hacíamos el camino de ida y vuelta a pie. Sólo unas pocas privilegiadas disponían del dinero suficiente para coger el autobús, pero yo no me encontraba entre ellas. Las únicas alegrías que me permitían mis menguados recursos eran las de comprar de vez en cuando un cucurucho de aceitunas en la pequeña tienda del barrio cercano a la finca, en el que vivían los obreros de la fábrica de Tafisa. Después, dejábamos atrás las casas, por aquel camino flanqueado por grandes matas de retama, amarilla y perfumada en primavera, y acometíamos el empinado tramo que llevaba a aquella extensa finca con un buen campo de viña y numerosos almendros, cuyas sufridas ramas nos servían de observatorio y de rincón de secretas confidencias. Muchas cosas habían cambiado desde entonces. La pequeña casa donde vivía Benito, el encargado, y la pequeña granja de gallinas ponedoras, habían desaparecido. En su lugar podía verse un amplio edificio de una planta que servía de noviciado y casa de retiro. Los almendros parecían ser los mismos, al igual que los caminos que llevaban a los viejos rincones. La alberca estaba ya vacía y roto el cobertizo que nos servía de refugio en los días lluviosos o fríos. El campo de balonmano, aquel amplio rectángulo de tierra en el que corríamos hasta agotarnos, estaba desdibujado por las hierbas. Habían crecido los pequeños pinos que dejamos recién plantados, y la fuente, con sus chopos airosos, sus rústicos bancos de madera y aquellos lirios tan hermosos que crecían a ambos lados, habían sido devorados por la maleza. ¡Me pueden los recuerdos! ¡ Tal vez pueda volver algún día!
El pretendiente de mi hermana
Debía de tener unos dieciséis años cuando fui con mi hermana a las fiestas de Almazul, el pueblo donde vivía la hermana de mi padre. Era yo entonces una muchacha de internado, tímida en extremo, ignorante del mundo y de los hombres. Todavía recuerdo con horror mi malestar ante la actitud ofensiva de un jovenzano que intentó propasarse al bailar conmigo; él intentaba apretujarme, mientras se pavoneaba ante sus amigos, y yo empujaba desesperadamente para evitar el contacto. Allí conocimos a Pepe, que se mostró un rendido admirador de mi hermana, y a Félix, un muchacho de mi edad, respetuoso y educado, con los que pudimos pasar unas fiestas agradables. Pepe llevaba unos pantalones vaqueros, muy modernos para la época, con pespuntes en los bajos, que a mi hermana debieron llamarle la atención, porque a partir de entonces, cada vez que salía en nuestra conversación, nos referíamos a él como “El Vainicas” Era camarero de un bar en Zaragoza y eso lo perdió ante los ojos de ella, que tenía un mal concepto de cualquiera que se dedicara a ese oficio; los consideraba poco de fiar, gastadores y mujeriegos. De manera que tan denodados esfuerzos de conquista, todos aquellos sentimientos de rendido amor expresados en aquel abundante fajo de cartas llegadas de África, resultaron inútiles. Pepe no llegó nunca a formar parte de nuestra familia.
Los sellos
No puedo precisar cuando comenzó mi afición por ellos. Quizás surgiera en mis años de internado cuando las religiosas nos animaban a recogerlos para las misiones. No, no es que mandásemos los sellos, que mira para qué iban a quererlos los misioneros, ellos lo que necesitaban eran medios para combatir la miseria y la enfermedad; pero suponíamos que el dinero que se sacase de su venta sería destinado para ello. Recuerdo haber recorrido con otras compañeras numerosas oficinas de Valladolid pidiendo sellos usados. Después los remojábamos en el pequeño lavabo de nuestra habitación para desprender el pedazo de papel sobre el que iban pegados. Y, una vez secos, los entregábamos para tan meritorio fin. También mis hermanos compartían conmigo esta afición. Todavía recuerdo el considerable número de sellos conseguidos gracias a las cartas recibidas por mi hermana, enviadas por un admirador que cumplía el servicio militar en el antiguo Sahara español. Han transcurrido muchos años desde entonces y sigo guardando amorosamente cada sello que llega a mis manos, incluso me duele si veo alguno hecho añicos, o sucio y pisoteado sobre el suelo. Me resulta interesante el mundo de los sellos, disfruto contemplándolos, aprendo con ellos cosas que ignoraba. Algunas noches me quedo un largo rato ensimismada con ellos, tanto, que de repente recibo un gran susto al percatarme de lo avanzado de la hora.








