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Otros muros para derribar

Se cumplen hoy 20 años de la caída del Muro de Berlín. Recuerdo que en aquella época eran bastantes frecuentes las noticias que tenían que ver con los intentos de los ciudadanos del este de pasar a la zona occidental y de cómo algunos de ellos se dejaban la vida en el intento. Por eso, los que seguimos aquel acontecimiento a través de los medios de comunicación lo recordaremos siempre como algo importante, como un motivo para la paz y la esperanza. Hoy, pasados esos años, pudiera ser que no todos hayan visto cumplidas las espectativas generadas por aquel hecho, pero creo que una mayoría pensamos que el resultado ha sido francamente positivo. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en todos los otros muros que siguen en pie a lo largo y ancho de nuestro mundo. El muro vergonzoso levantado no hace mucho por el gobierno israelí y que ha convertido algunas zonas palestinas en un verdadero gueto. Los 3.200 kilómetros de kilómetros de alambrada que Estados Unidos ha hecho construir en su frontera con México para evitar la emigración ilegal de los mexicanos hacia este poderoso país. O esos otros 8,2 kilómetros en Ceuta y 12 kilómetros en Melilla levantados por el gobierno español para frenar el paso de los ilegales desde Marruecos. La franja de 4 kilómetros de ancho por unos 250 kilómetros de largo, que divide a las dos Coreas. El muro de aproximadamente 2.720 kilómetros. que construyó Marruecos en el Sahara Occidental para defenderse del Frente Polisario tras apropiarse del territorio saharaui … Estos son algunos de los muros levantados por el hombre contra el hombre. Pero existen al menos otros dos que a mi entender son los más importantes porque son la causa de todos los demás. Me refiero a las casi insalvables barreras producidas por la injusticia y la desconfianza. Estos son los dos poderosos obstáculos que hay que derribar. El día en que éstos se derrumben podremos contemplar la caída estrepitosa de todos los obstáculos que oprimen y separan a los habitantes de nuestra Tierra. ¡ Ojalá ese día estuviese cerca! .
Resultó cierto: su vida cambió

Sucedió en el Estado de Arizona, en los Estados Unidos.
Dos personas de 38 y 40 años resultaron muertas, y otras 19 más, heridas, durante un retiro. Dichas personas participaron en un programa de limpieza espiritual a cargo del autor y experto en auto-ayuda James Arthur Ray.
Los participantes, todos entre 30 y 60 años, pagaron entre 9.000 y 10.000 dólares por participar en esta experiencia.
De acuerdo con las primeras investigaciones, algunas personas empezaron a sentirse indispuestas tras salir de la sauna.
Una mujer llamó a los servicios de emergencia y 19 personas fueron trasladadas a hospitales cercanos, algunas con quemaduras, síntomas de deshidratación, paradas respiratorias y fallos renales.
Según las noticias publicadas sobre este suceso, James Arthur Ray, conocido por sus programas, que prometen a sus clientes riqueza monetaria, mental, física y espiritual, alquiló el centro de retiro en Angel Valley para organizar un seminario de cinco días que iba a "cambiar la vida" a los asistentes.
En vista de lo ocurrido, nadie podrá negar que lo que se les había prometido se cumplió. Les cambió la vida, aunque ninguno de ellos imaginase ni por un momento que iba a ser de esta manera tan trágica.
En el 140 aniversario del nacimiento de Ghandi

En estos tiempos en que el ser humano utiliza frecuentemente la violencia para lograr sus objetivos, se agiganta la figura de Mahatma Gandhi, uno de los líderes espirituales y políticos más respetados del siglo XX, quien luchó de forma pacífica por la independencia de su país, y dedicó todas sus energías a la abolición del sistema de castas y a evitar los extremismos y la división entre hindúes y musulmanes en la India. El 30 de enero de 1948, cuando se dirigía a la plegaria comunitaria, un joven extremista hindú acabó violentamente con su vida. De entre sus pensamientos he querido escoger esta hermosa plegaria. "Mi Señor… Ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes. Y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles. Si me das fortuna, no me quites la razón. Si me das éxito, no me quites la humildad. Si me das humildad, no me quites la dignidad. Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla, no me dejes inculpar de traición a los demás por no pensar igual que yo. Enséñame a querer a la gente como a mí mismo. No me dejes caer en el orgullo si triunfo ni en la desesperación si fracaso. Más bien recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo. Enséñame que perdonar es un signo de grandeza y que la venganza es una señal de bajeza. Si me quitas el éxito. Déjame fuerzas para aprender del fracaso. Si yo ofendiera a la gente, dame valor para disculparme y si la gente me ofende, dame valor para perdonar. ¡Señor… si yo me olvido de ti, nunca te olvides de mí!"
El milagro de la constancia

"Transporta un puñado de tierra todos los días y construirás una montaña" Es una de las máximas de Confucio, el filósofo del cual hoy celebra China el 2.560 aniversario de su nacimiento. Rastreando por entre las páginas de internet he conocido algunos detalles de su vida y sus ideas. De entre sus máximas, repletas de sabiduría, he escogido ésta que encabeza mi escrito. Y he reflexionado unos momentos sobre los objetivos que me he marcado a lo largo de mi vida. De los que he conseguido y de aquellos que se quedaron en el camino porque no fui constante en transportar el puñado de tierra necesario, y por lo tanto la montaña no se construyó. Pero nunca es tarde. Tal vez todavía esté a tiempo para retomar la tarea donde la dejé para seguir construyendo mis sueños. ¡Por Confucio que voy a seguir intentándolo!
¿Quién necesita un dinosaurio vivo?

Casi todos hemos visto a través de un comic o en alguna película algún personaje que representa a un profesor o a un científico chiflado. Pero eso no sucede sólo en la ficción. También en la realidad ocurre que hay algunos de ellos que se "van del bolo". Para muestra de lo que acabo de decir vale Hans Larsson, un paleontólogo y catedrático de macro-evolución en la Universidad McGill de Montreal (Canadá), que quiere devolver la vida a los dinosaurios mediante la manipulación genética de embriones de pollos. Se basa en la teoría de que las aves descienden de estos animales prehistóricos y pretende recorrer el camino de "evolución a la inversa." El catedrático ha subrayado que su intención no es comenzar a producir reptiles prehistóricos, sino más bien ilustrar la evolución de éstos. ¿Os imagináis qué pesadilla para la especie humana tener que soportar un "Parque Jurásico" real? El proyecto ya cuenta con el apoyo de diversos organismos científicos y asociaciones. ¡Faltaría más! ¡Todo sea por el progreso! Como si no hubiese en el mundo suficientes enfermedades, hambre y miseria a las que poder dedicar los recursos materiales y humanos de los que disponemos…
Vanidad de vanidades, todo es vanidad

Esto es lo que puede leerse en el Eclesiastés, uno de los libros que componen la Biblia. Esta es la frase que viene a mi mente tras la lectura de una noticia en la prensa de hoy que dice así: " Pagan más de 4 millones de dólares por el nicho situado sobre el de Marilyn Monroe." Una anciana de 70 años decidió vaciar el nicho en el que yacía el cadáver de su marido y venderlo para saldar las deudas pendientes, concretamente para pagar la hipoteca de una lujosa mansión en Beverly Hills Fue vendido en una subasta a través de la página web eBay. La puja comenzó con un precio de salida de 500.000 dólares y al cabo de diez días se cerró con la ya mencionada cantidad. La subasta contó con más de 70 participantes. El enterramiento está situado en el cementerio Pierce Brothers Westwood Village Memorial Park de Los Ángeles, en el que también se encuentran los cuerpos de las actrices Natalie Wood y Farrah Fawcett, del actor Dean Martin o del escritor y periodista Truman Capote. Allí también tiene preparado su descanso eterno, cuando llegue el momento, el fundador de la revista Playboy, Hugh Hefner. ¡Pues qué bien! ¡Qué enorme vanidad encierra la naturaleza humana! Estoy segura de que cuando llegue el momento en el que se cierren nuestros ojos tanto nos dará descansar para siempre junto a una de esas celebridades como al lado del más humilde ser humano. "Nuestras vidas son los ríos Como muy bien cantó Jorge Manrique en Las coplas a la muerte de su padre, la muerte nos iguala a todos. ¡Como debe de ser!
que van a dar a la mar
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
allegados son iguales,
los que viven por sus manos
y los ricos.,,"
Agonía blanca

No es la primera vez que un montañero pierde su vida en la montaña. La montaña, ese dulce veneno que un día se introduce en el alma de estos aventureros de nuestros días y que se queda allá dentro para siempre. Duele conocer la pérdida de cualquiera de ellos como la de otro ser humano. Pero el caso de Óscar Pérez, el montañero aragonés que quedó herido y atrapado a unos 6.500 metros de altura en el Latok II, una de las montañas de la cordillera del Karakórum, ha resultado muy especial. Allí lo dejó su compañero de escalada el día 5 de agosto a la espera de un rescate. Mucha gente se ha movilizado para lograrlo, tanto en el terreno diplomático entre España y Pakistán como en el de la familia montañera nacional e internacional. Muchos hemos sido también los que hemos seguido las noticias con el corazón encogido, esperando y deseando, a pesar de las dudas, un final feliz. Muchas veces durante todos estos días me he encontrado pensando en Óscar, prisionero en aquella cárcel blanca. ¿Cuáles habrán sido sus pensamientos en tan largos días de espera, envuelto en el dolor y la soledad? La noticia de que el mal tiempo ha obligado a suspender de manera definitiva el operativo de rescate me ha impresionado hondamente. Estas pocas líneas quieren ser mi humilde homenaje a Óscar. ¡Descansa en paz, montañero, entre los brazos blancos de la montaña, a la que tanto amaste!
Matar dos pájaros de un tiro

Eso es lo que al parecer hacía Wallace Souza, ex policía, diputado, presentador de un programa de sucesos en un canal de la televisión brasileña y presunto narcotraficante. Ha sido acusado de contratar sicarios a los que supuestamente habría encargado al menos cinco asesinatos para emitirlos en su programa. El fin era aumentar su nivel de audiencia, pero además acabar con narcotraficantes rivales y ganar popularidad como político. Cuenta la noticia que en más de una ocasión los cámaras del programa llegaron al lugar del crimen antes que la policía, e incluso lograron grabar algún asesinato en directo, lo que levantó las sospechas de los investigadores. En resumen, que el hombre se lo había montado de película. ¡Lo que se puede llegar a hacer para que la popularidad y la audiencia no decaigan…! Esperemos que no cunda el ejemplo.
No hay que tener miedo a lo que venga

Ese es el mensaje que nos envían hoy tres ancianos a través del periódico. Juan, a punto de cumplir 93 años, Josefina de 92, y Jerónima de 84. Se refieren a los posibles efectos de la gripe A, cuyo virus va extendiéndose como un reguero de pólvora por todo el mundo y causa preocupación a los responsables de la Organización Mundial de la Salud. Ellos, cercanos ya a la línea de partida, ven las cosas de otra manera. "Total - deben de pensar - puestos a morirse, lo mismo da que sea por la gripe que por cornada de buey". Pero no puede negarse que, aunque las autoridades intenten tranquilizarnos, existen dudas e inquietud respecto al futuro más próximo en una buena parte de la población. Otra cosa sería que al día de hoy el problema se hubiese zanjado por medio de una vacunación generalizada. ¡Ya está! ¡Asunto concluido! Pero no es así. Y la gente, en mayor medida los hipocondríacos, que los hay, ¡ya lo creo!, no sabe qué hacer para defenderse de la posible amenaza. Uno no puede permanecer constantemente aislado dentro de una campana de cristal. El virus va y viene por el aire a sus anchas. Los constantes desplazamientos de personas de una a otra parte del mundo son el mejor medio de propagación de este bichito asesino. Y, ante esto, no caben más que dos posturas. La primera, que es estar dándole vueltas a la cuestión, lo que no soluciona el problema, por el contrario añade un buen dolor de cabeza, y la otra, la de esperar con toda la tranquilidad posible a ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Lo que tenga que venir, vendrá. Tal vez esta gripe, aunque sea de una forma dolorosa, nos ayude a entender con claridad el lugar que el ser humano ocupa en la Tierra, lo que es de verdad, y lo poco que puede cuando vienen mal dadas, aunque a veces se deje llevar por la tentación de creerse invencible.
Caro trago de cerveza

Seis azotes con un bastón de rattán y 1.400 dólares de multa. Ese ha sido el castigo impuesto por un tribunal islámico a Kartika Sari Dewi Shukarno, una modelo singapuresa de 32 años de edad y de religión musulmana, que en el transcurso del juicio se declaró culpable de haber consumido alcohol durante una fiesta celebrada el año pasado en una discoteca del norte de Malasia. Kartika rompió a llorar al conocer la sentencia. ¡No es para menos! "Creemos que la sentencia es justa… espero que haga arrepentirse a la acusada y servir de ejemplo a todos los musulmanes", afirmó el juez Abdul Rahman Yunus.Cuesta trabajo aceptar que en pleno siglo veintiuno, en el nombre de Dios, alguien sea condenado a algo así. ¡No es ese el Dios en el que yo creo! Creo que ese Ser que sobrepasa todo pensamiento humano, ya le llamemos Dios, o Jehová, o Alá, nos quiere libres, nunca sometidos por el miedo sino únicamente por el amor.
La muerte andaba rondando

Hace unos días falleció la primera enferma de la gripe A en España. Se llamaba Dalilah, una joven marroquí de 19 años que estaba embarazada de 28 semanas. Tuvieron que extraerle al bebé mediante una operación de cesárea cuando los médicos llegaron a la conclusión de que no podían salvarle la vida. Ese bebé, al que su familia puso por nombre Rayan, fue acogido por todos, desde los trabajadores del hospital hasta los que nos enteramos de las circunstancias especiales de su nacimiento, con gran cariño. Fue como si con esa pequeña vida hubiésemos logrado un triunfo sobre la Enemiga que espera agazapada en cualquier rincón. Pero no ha durado mucho la alegría. Cuando todavía no se habían apagado los ecos de la noticia, estando presente y vivo el dolor de los familiares por la muerte de la joven madre, un error fatal nos ha arrebatado al pequeño, dejándonos el regusto amargo de la derrota. No habrá dinero en el mundo que pueda compensar a ese esposo y padre, joven e ilusionado, que en tan corto espacio de tiempo ha perdido todo lo que más quería.
Las canciones de mi madre

Mi madre fue una mujer alegre. Cuántas veces la oí cantar mientras llevaba a cabo sus tareas de ama de casa. Como a cualquier otro ser humano la vida le deparó alegrías y tristezas, pero éstas últimas no pudieron con su ánimo y sus ganas de vivir. Yo, por el contrario, raras veces canto. Durante años, la pena por la enfermedad de mi marido ahuyentó de mi lado la alegría, y ahora, cuando el dolor por su pérdida empieza a serenarse, a veces me sorprendo al encontrarme tarareando en mi interior alguna canción. Hoy ha tenido lugar uno de esos momentos, y ha sido precisamente recordando una de sus canciones. Sólo me salían algunos fragmentos, pero tirando y tirando del hilo, he logrado recomponerla. Es como un pequeño romance y recuerdo bien que siendo yo muy niña me sentía triste al escucharla. Dice así: "Me casó mi madre, me casó mi madre, chiquitita y bonita, ¡ay, ay, ay! chiquitita y bonita. Con un muchachito, con un muchachito, que yo no quería, ¡ay, ay, ay! que yo no quería. A los pocos meses, a los pocos meses el pájaro se iba, ¡ay, ay, ay! el pájaro se iba. Le seguí los pasos, le seguí los pasos, por ver dónde iba, ¡ay, ay, ay! por ver dónde iba. Ya lo vi subir, ya lo vi subir, a casa su querida, ¡ay, ay, ay! a casa su querida. Me volví a mi casa, me volví a mi casa, triste y afligida, ¡ay, ay, ay! triste y afligida. Me puse a coser, me puse a coser, coser no podía, ¡ay, ay, ay! coser no podía. Me asomé al balcón, me asomé al balcón, por ver si venía, ¡ay, ay, ay! por ver si venía. Ya lo vi venir, ya lo vi venir, por la calle arriba, ay, ay, ay! por la calle arriba. Venía diciendo, venía diciendo, ábreme María, ¡ay, ay, ay! ábreme María. Que vengo cansado, que vengo cansado, de buscar la vida, ¡ay, ay, ay! de buscar la vida. Tú de dónde vienes, tú de dónde vienes, de casa tu querida, ¡ay, ay, ay! de casa tu querida. Me puso la mano, me puso la mano, me dejó tendida, ay, ay, ay! me dejó tendida." Con todo mi amor hacia todas aquellas mujeres que sufren por culpa de su pareja. ¡Que ni una sola mujer consienta ser humillada y maltratada!
¡Descansa en paz Michael Jackson!

Rodeado de cientos de flores, entre cantos y lágrimas, reposando en el interior de ese ataúd bañado en oro que ha alcanzado el desorbitante precio de cinco millones de dólares, has recibido el homenaje de tus incontables fans de todo el mundo. Has vivido y has muerto rodeado de riquezas. Célebre, excéntrico, admirado, envidiado, polémico… Pero no hace falta ser un lince para caer en la cuenta de que no fuiste feliz. ¡Descansa en paz!
Se nos va la bola

El martes pasado el Presidente Obama mató una mosca durante una entrevista con el corresponsal de la cadena CNBC en la Casa Blanca. Pocos serán los que no hayan visto el curioso numerito, ya sea en la televisión o a través de algún vídeo en internet. Aparte de que esta anécdota haya podido sorprender al personal, ya que a la mayoría de los personajes públicos ni en sueños se les hubiese ocurrido una reacción parecida, lo que más me ha llamado la atención, hasta el punto de causarme risa, han sido las declaraciones del portavoz de ese grupo de personas que forman parte de PETA (Personas por el Tratamiento Ético de los Animales). Han criticado la actuación del Presidente y piensan enviarle un cazamoscas "que le permitiría atraparlas y después liberarlas" "Apoyamos la conmiseración hasta con los animales más pequeños y menos simpáticos" "Creemos que la conmiseración debe demostrarse con todos los animales". Esas son algunas de las perlas que han salido de la boca del portavoz de esa asociación, un tal Bruce Friedrich. Si estuviese en mi mano, yo mandaría al Sr. Friedrich y a todos sus correligionarios a uno de esos países de África desde los que nos llegan esas tremendas imágenes de los niños literalmente comidos por las moscas, o tal vez los untaría de miel y los colocaría en las cercanías de una colmena para que ejercitaran en situ esas teorías "tan humanitarias". Lo que yo digo, decididamente se nos va la bola.
El hombre que sabía demasiado

Este fin de semana la cadena ETB2 había incluido en su programación la película de Hitchcock "El hombre que sabía demasiado". No la había visto desde que tenía 13 ó 14 años. Para entonces estaba yo interna en un colegio de religiosas de Valladolid y, durante un periodo de vacaciones, la proyectaron en uno de los cines, quizás fuese en el Teatro Fleta, de Zaragoza. Recuerdo que yo me emperré en ir a verla a pesar de que apenas quedaban entradas, únicamente estaban disponibles unas pocas de la primera fila en su parte más lateral. Fui con mi padre y él trató de disuadirme, pero me gustaba tanto el cine y estaba tan interesada en ver la película que no logró convencerme, porque mi inmediata vuelta al colegio me hubiese impedido verla. Así que nos instalamos en nuestros asientos y asistimos a la proyección contemplando las imágenes visiblemente distorsionadas por la excesiva proximidad de la pantalla. No me importó. Anoche mientras veía la película iba recordando detalles de sus escenas y personajes. La considerable estatura de James Stewart con aquellas piernas largas y desgarbadas que no podía colocar ante la baja mesa del restaurante de Marrakech, las manos manchadas por la pintura que cubría la cara del espía que murió entre sus brazos confiándole un oscuro y peligroso secreto, la búsqueda desesperada del hijo secuestrado por los malos, el siniestro aspecto del personaje encargado de matar al político, el concierto en el Royal Albert Hall de Londres, la angustiosa espera del choque de los platillos, momento escogido para matar al personaje al amparo del estridente ruido producido por los mismos, y sobre todo… escuchar a Doris Day interpretando aquella conocida canción "Qué será será" Fue famosa en su tiempo. Una canción que hacía pensar. El niño, el joven, el adulto, todos querríamos adivinar lo que va a depararnos la vida. Respecto a la mía, ya se ha desvelado una buena parte de ella. No podía yo imaginar entonces al escuchar y tararear aquellas frases lo que a mí me estaba reservado. Al día de hoy ya puedo hacer un balance, aunque todavía inacabado. La vida me ha deparado cosas magníficas y otras que no lo fueron tanto. Me trajo alegrías y tristezas como era de esperar. Porque la vida es eso, una sucesión de hechos amables y dolorosos, un entramado de ilusiones, decepciones, anhelos, esperanzas… Sólo deseo que en el momento en que me encuentro, al volver a plantearme la crucial pregunta, como creyente que soy, pueda contestarme a mí misma con total convencimiento: Estoy en las manos de Dios. Será lo que Él quiera. Él caminará a mi lado en este último tramo, el que más me hace interrogarme, el que más me angustia…
Esos seres humanos que nos honran

Abundan en este mundo los individuos que con su conducta vergonzosa denigran a nuestra especie. Son ladrones, estafadores, violadores, criminales, terroristas de la peor ralea, y un largo etcétera que resultaría demasiado largo enumerar. Están presentes en la mente de todos y constituyen una gran vergüenza para la humanidad. Pero eso, con ser cierto, no debe hacernos olvidar a toda la gente buena esparcida a los cuatro vientos por los rincones del mundo. Unos, haciendo el bien de manera callada, de forma que sólo los más próximos se enterarán de sus obras, y otros, los menos, cuyos nombres llegan a los medios de comunicación, los cuales se encargan de darnos a conocer sus méritos. El exjesuita Vicente Ferrer es uno de éstos. "Vicente Ferrer, toda una vida entregada al sueño de acabar con la pobreza en la India"- ese es el titular que encabeza la noticia en un periódico on line en el día de hoy. Ha muerto a los ochenta y nueve años en el distrito indio de Anantapur, y deja tras de sí una Organización que beneficia a más de dos millones y medio de personas. En un país como la India, en el que hay establecido un marcado sistema de castas, Vicente Ferrer dedicó su vida a los más pobres, a los intocables, esos que no cuentan ni tienen derechos. Esta forma de actuar le causó dificultades, hasta el punto de ser expulsado del país por culpa de los radicales, pero él nunca se dio por vencido y en cuanto le fue posible volvió para continuar su magnífica tarea. Se nos ha ido un gran hombre y todas las personas de bien nos sentimos hoy profundamente honradas de que alguien como él pertenezca a la raza humana.
Buscando estrellas

No sé muy bien qué es lo que tendrán las estrellas que a una buena parte de los seres humanos nos atraen. Quién no recuerda alguna noche de verano en un lugar tranquilo y silencioso con el cielo tachonado de incontables puntitos luminosos lanzando guiños desde la inmensidad, haciéndonos caer en la cuenta de nuestra propia pequeñez. La contaminación lumínica de nuestros pueblos y ciudades casi nos ha privado por completo de contemplar tan hermoso espectáculo. Parece que esos lejanos faros se hayan esfumado. Pero sólo lo parece. Allí siguen. Inmensos, misteriosos, inalcanzables… Tengo un cuñado que ya cumplió los ochenta. Está fuerte como un toro para su edad, pero tiene una considerable pérdida de memoria. "Tengo la cabeza gastada", dice a modo de disculpa cuando mi hermana le hace caer en la cuenta de que repite tema. Cualquier noche despejada, estemos donde estemos, mira hacia lo alto y todos sabemos lo que va a decir: "¿Qué pasa ahora que no se ven las estrellas? Antes mirabas al cielo y se veía todo lleno, pero ahora parece que no están". No sirve de nada tratar de explicarle que la luz ambiental es la culpable. Él va a lo suyo. Por eso, al enterarme de lo ocurrido a una adolescente belga que pidió que le tatuaran tres estrellas en la frente, que se quedó dormida mientras se lo hacían, y al despertar se encontró con que llevaba nada menos que cincuenta y seis ¡bien visibles!, he guardado la página en mi ordenador a la espera de poder enseñarle la fotografía de la chica con la cara tachonada de estrellas. No será lo mismo, pero más vale poco que nada. Hasta que una noche, mientras vayamos paseando por la carretera del pueblo en el que paso los meses de verano, acompañados del canto de los grillos y de las voces de los niños persiguiéndose por las estrechas y empinadas callejuelas, miremos hacia lo alto y podamos contemplar las verdaderas, magníficas, titilando sobre la oscura cúpula que cubre nuestro hermoso planeta.
Otra muerte muy barata

Siempre sorprende y entristece comprobar qué precio tan barato hay que pagar por el terrible delito de acabar con una vida humana. Lo hemos podido ver muchas veces. Casi causaría risa si el asunto no fuese tan grave comprobar que, después de ser condenados a varios cientos de años por sus crímenes, en cuanto pasan unos pocos, ya sea por "buena conducta" o por otras triquiñuelas, encontramos a los criminales en la calle. Tan campantes, como si no hubiese pasado nada. Hoy he conocido la noticia de que un tribunal australiano ha condenado a cuatro años y medio de prisión a un hombre estadounidense que mató a su esposa mientras hacían submarinismo en la Gran Barrera de Coral, durante su luna de miel. El crimen tuvo lugar en el año 2003, once días después de su boda. Según la policía, David, que así se llama el engendro -me causa repelús utilizar la palabra hombre- cerró la llave de la botella de oxígeno de su esposa y volvió a abrirla al percatarse de que estaba muerta. No se menciona el móvil del crimen. ¿Tal vez la joven era rica, o tenía un seguro de vida y el marido quiso heredar cuanto antes? Sólo son especulaciones mías. Lo que sí es cierto, y me reconcome sólo de pensarlo, es que el sinvergüenza, al declararse culpable del homicidio, evitó el cargo de asesinato y logró acortar su condena. Así que podrá pedir la libertad condicional dentro de un año. Me pregunto dónde está la Justicia en el mundo y declaro en voz alta mis dudas respecto a su existencia
¡Ojalá no se entere nunca!

Me refiero al bebé que nacerá aproximadamente dentro de dos meses. El hijo de una adolescente estadounidense de 17 años, embarazada de siete meses, que después de una fuerte discusión con su novio tuvo la nefasta idea de pagar 150 dólares a un joven de su pueblo, en el estado de Utah, para que le diera una paliza y así abortar. Dice la noticia que el tal Harrison, que se enfrenta ahora a 15 años de cárcel por intento de homicidio, llevó a la chica a su domicilio en la medianoche del 20 de mayo y le propinó una paliza que le provocó varias magulladuras en el estómago y un mordisco en el cuello. La joven, que reside en la localidad de Naples, a tres horas de Salt Lake City, ha sido acusada por las autoridades de un presunto "delito grave por incitar a cometer un homicidio" tras comparecer ayer ante un juzgado de menores. ¡Ojalá nazcas sano, pequeño! ¡Ojalá encuentres un hogar en el que seas querido como te mereces! ¡Ojalá no te enteres nunca de lo que esa joven a la que no me atrevo a designar con la palabra "madre" intentó hacer contigo mientras te tenía en su vientre, ese vientre que se supone ha de ser un refugio cálido y seguro para el bebé mientras se abre paso hacia la vida.
Final feliz

Hay en la vida tantas historias desgraciadas… Tantos muertos por causa de la guerra o del hambre, tantos accidentes mortales, enfermedades incurables, matrimonios rotos, víctimas de malos tratos, etc… que cuando nos encontramos con una historia con final feliz nuestro corazón se esponja. Creo que la humanidad entera está deseosa de paz y de buenas noticias en este pobre mundo en el que nos ha tocado vivir. Una de estas noticias con final feliz tuvo lugar ayer mismo en Zaragoza. Luis Miguel Rodríguez, un camarero de 24 años que se encontraba en paro, y que llevaba cerca de tres meses viviendo en un recodo de la calle Mariano Lasala, sin más amparo que un colchón y unas mantas, unos libros y unas pequeñas ayudas económicas de la gente de alrededor, a partir de que su situación saliera a la luz a través del Heraldo de Aragón ha encontrado trabajo en un restaurante de la comarca de Valdejalón. Los propietarios leyeron la noticia y se desplazaron a Zaragoza para hablar con él y ofrecerle un trabajo. Luis Miguel confiesa que ha vivido una experiencia muy dura, que le ha hecho aprender mucho y que quiere aprovechar la oportunidad que se le brinda para empezar una nueva vida. ¡Suerte Luis Miguel! La misma que le deseo a Gabriel Sánchez, residente también en Zaragoza. Se trata de un visitador médico en paro de 52 años, que se lamenta de que su edad, al igual que a otros miles de personas, le impide encontrar trabajo - porque las empresas tienen muchos jóvenes entre los que elegir, ofreciéndoles además salarios más bajos. Esta exclusión del mercado laboral les priva del derecho a una jubilación digna, después de estar toda la vida trabajando y cotizando. ¿Qué podríamos hacer aparte de lamentarnos? Necesitamos urgentemente políticos con la sensibilidad suficiente para, desde sus cómodos cargos, dar una solución digna a estas situaciones injustas. ¿Dónde estarán?
¿Cuándo te vas a morir?

A diferencia de hace unos años, cuando todavía estaba en activo, ahora dispongo de mucho tiempo libre, (a veces me parece que hasta de demasiado, y entonces noto algo de inquietud por ello, como sí en mis horas hubiese una especie de vacío que no sé cómo llenar). Entonces, cuando no tengo tareas concretas que realizar, leo, escucho música, hago crucigramas o sudokus, entro en internet… Me gusta enterarme de las noticias a través de distintos periódicos digitales porque así puedo sacar mis propias conclusiones sobre los temas de actualidad, por aquello de que "cada cual arrima el ascua a su sardina" lo que puede aplicarse también a los medios de comunicación. Hoy, repasando El País.com, he llegado a la parte final de la portada donde se puede ver un apartado de publicidad de Google. Entre otras cosas me he encontrado con esta pregunta: ¿Cuándo te vas a morir? Un tema peliagudo, la verdad. Mientras eres joven apenas te planteas la cuestión, pero llega un momento en la vida en el que no puedes esquivar esa y otras preguntas sobre tu propio final. ¿Sería bueno saber el momento exacto de la muerte? Yo personalmente prefiero no saberlo, pero esta mañana, mientras me muevo entre el aburrimiento y la curiosidad, he entrado en esta especie de juego y he pinchado en la citada página. Sobre un fondo oscuro en el que destacan unas cruces de cementerio, así como la imagen de la Señora de la Guadaña y una lápida funeraria, te invitan a realizar un test después de rellenar tu nombre tu apellido, la fecha de tu nacimiento y el sexo. Una vez tecleados estos datos (confieso que por simple precaución los he falseado) aparecen grabados en la lápida tu nombre y apellido, lo cual la verdad, da uuun pocooo de repeluuús. Después, al pinchar en el apartado Responder al test, en la lápida, en un movimiento constante, van desgranándose los años de mayor a menor hasta llegar a la fecha de tu nacimiento. Deprisa, deprisa… Bien mirado, como la vida misma. Entonces hay que contestar a una serie de preguntas tales como: ¿Cuál es tu peso y altura? ¿Con qué frecuencia haces ejercicio físico? ¿Cómo andas de estrés? ¿Fumas? ¿Bebes? ¿Hay en tu familia antecedentes cardíacos? … Y así hasta 10. Al terminar de contestar las preguntas, cuando se supone que va a aparecer el año misterioso, resulta que no, que entonces te piden el número del teléfono móvil y el nombre de la compañía a la que pertenece. Y en un recuadro aparece la palabra Enviar. -¡Ah! Éste es el truco del almendruco- me digo-. Estos avispados quieren hacerse con mis datos. Pues va a ser que no. Así que me he quedado sin saber el año de mi muerte. Casi es mejor así. ¿Cómo vivir con esa zozobra de ver que se acerca el año fijado sin poder hacer nada por evitarlo? Puede que de solo pensarlo te dé el infarto de verdad. Así que he pensado que es mejor no saber nada. Cuando haya de llegar llegará.
Dos pájaros de cuenta

Leo Gao y Cara Young, una pareja de Nueva Zelanda, el pasado 5 de mayo acudieron a una sucursal del banco Westpac con la idea de pedir un préstamo de 4.400 euros para cubrir una deuda que habían contraído. No se sabe muy bien el cómo ni el porqué, pero resulta que alguno de los empleados que los atendieron cometió un grave error. Así que, como por arte de magia, los 4.400 euros prestados se convirtieron en 4.4 millones de euros. ¡Un buen pellizco! ¿Acudieron al banco los susodichos, al percatarse del error, para restituir el dinero que se les había ingresado de forma equivocada? ¡Qué va! ¿Para qué seguir trabajando cuando podemos dedicarnos a la buena vida? ¡No hay nada como una playa paradisíaca perdida en cualquier rincón del mundo…! – debieron de pensar. Así que, dos días después, cerraron la gasolinera que regentaban en un pequeño pueblo llamado Rotorua y a continuación desaparecieron. Se cree que han abandonado el país y que se encuentran en China. ¡Qué agudos ellos! No quisieron desperdiciar el premio de lotería que les había tocado de forma inesperada. Se ve que la honradez no puede contarse entre sus virtudes preferidas. ¡Espero que pillen pronto y den su merecido a estos dos amigos de lo ajeno!
Nunca dejan de sorprendernos

Me refiero a los niños. Esos locos bajitos que están especializados en hacer toda clase de travesuras, algunas de ellas con resultados sorprendentes, capaces de asustar a los mayores, a los que casi siempre pillan fuera de juego. Estoy pensando en este momento en Pia Quinlan, la niña neozelandesa de tres años que compró una excavadora de 12.000 dólares en una subasta en Internet mientras jugaba con el ordenador familiar, al pinchar casualmente en una web que estaba abierta en la pantalla, ya que su madre había accedido a ella anteriormente para comprar varios juguetes. Su pequeña manecita jugueteó con el botón del ratón, y en un pis pas dio el visto bueno para cargar en la tarjeta de crédito familiar el precio de la citada máquina que era en esos momentos objeto de la puja. Me hubiese gustado ver la expresión de la cara materna al descubrir lo que acababa de ocurrir; tenía que ser todo un poema. Menos mal que la compañía de subastas resultó ser comprensiva y se prestó a deshacer el entuerto. No he podido evitar sonreir al leer la noticia.
¡Huy!¿Qué es esto?

Hoy el buscador Google nos guardaba una sorpresa en su página principal. ¿A qué animal pertenecerá ese esqueleto? - me he preguntado con curiosidad. He pinchado en la imagen y la pequeña mano me ha dado esta explicación: Scientists unveil fossil of Darwinius massillae… Por desgracia mi nivel de inglés no es demasiado alto, pero ya veo que la noticia trata de un fósil. Parece ser algo importante ya que lo relacionan con la teoría de la evolución defendida por Darwin. Seguiré buscando. Veré lo que encuentro. ¡Uf! Las páginas están en inglés. Nada que hacer por este camino. Y al fin entre las noticias de 20minutos.es he encontrado la información. "Un equipo de científicos ha presentado al mundo el esqueleto fosilizado de un mono con rasgos parecidos al de los actuales lémures de 47 millones de años de antigüedad que podría ser el eslabón perdido de la evolución humana. El fósil, al que han llamado Ida, ha sido presentado en Nueva York." Según ha expresado el investigador Sir David Attenborough al canal de televisión Sky News, Darwin "se habría emocionado" de haber visto el fósil porque expresa lo que el ser humano es y de dónde procede. Lo siento por esa pandilla de "creacionistas" que se empeñan en convencernos de que Dios se entretuvo en crear, de uno en uno y tal cual, a cada uno de los seres vivos. Se sentirán mal al ver cómo su teoría se desmorona. Aunque me temo que seguirán en sus trece a pesar de la aparición de la mona Ida y de las conclusiones a las que se puedan llegar a través de este acontecimiento. Por lo demás he de manifestar que personalmente el saber que el hombre desciende del mono nunca me ha quitado el sueño.
La necesidad agudiza el ingenio

Un campesino chino que había emigrado en busca de trabajo a Tieling, ciudad situada en la provincia nororiental de Liaoning ha sido condenado a permanecer 10 días en la cárcel. La causa de esta condena ha sido que el pobre hombre, apellidado Li, se encontraba enfermo, pero por no tener dinero no podía acceder a los servicios del hospital, ya que China no tiene implantada la Seguridad Social gratuita, y entonces tuvo la "feliz idea" de decir que estaba contagiado de la gripe A, esa gripe que últimamente está trayendo de calle a los servicios de sanidad de todos los países del mundo. Se había enterado de la existencia de esta enfermedad a través de la televisión, así que debió decirse a sí mismo, tate, ésta es una buena idea para salir del apuro. Efectivamente, así pudo ingresar en el centro hospitalario. Pero, al percatarse las autoridades de que lo que el tal Li tenía era en realidad una simple gripe normal y corriente, lo castigaron por mentir sobre una situación epidémica grave. Supongo que estará encantado de haber podido curar su gripe gratis, aunque haya sido a costa de tener que estar encerrado diez días en prisión, donde, supongo, también comerá sin tener que pagar por ello.
Las buenas noticias

Cada día, ya abras el periódico, enciendas el ordenador, escuches la radio o veas la televisión, lo normal es enterarte de malas noticias: guerras, catástrofes naturales, accidentes mortales, asesinatos, robos, violencia de género, hambre, sida, gripe… Da la impresión de que vivimos en un mundo en el que todo es malo, tanto, que a veces una se levanta por la mañana preguntándose un poco asustada: ¿me tocará hoy a mí? Es cierto. La vida es dura y el que intente convencerse a sí mismo de que la vida es de color de rosa se equivoca. Pero, por suerte, no todo es malo. Hay muchas cosas buenas. Hay muchas personas desprendidas que actúan con el corazón en la mano y que la mayor parte de las veces pasan desapercibidas. Parece ser que esa clase de noticias interesa menos a los medios de comunicación y por eso no se publican. O quizás sea porque las mismas personas que hacen el bien prefieren no airear sus buenas obras por aquello de "Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha…" Gracias a Dios hay mucha buena gente en el mundo, aunque haga menos ruido que la mala. Esta reflexión viene a cuento de una noticia que he leído hoy en un medio de prensa. "Un mecánico de 56 años residente en el municipio de Arrecife, en la isla de Lanzarote, que tiene dos pisos vacíos, en un acto de generosidad que lo honra, los ha ofrecido para que sean ocupados de forma gratuita por dos familias necesitadas. Sólo pide a los ocupantes que se los cuiden bien y al ayuntamiento de la localidad que corra con los gastos de luz y agua". Ni que decir tiene que los afortunados casi no pueden creerse que esto les haya podido ocurrir a ellos que estaban pasando por una situación económica muy apurada. No muchos, y me incluyo a mi misma, hubiésemos sido capaces de hacer un acto semejante. Y por eso hoy, a ese hombre generoso del que ni siquiera conozco su nombre, yo quiero decirle: ¡Chapó!
Con los pelos de punta

Así estoy, después de haber leído el artículo que dedica la revista XL Semanal al tema de los albinos. Si la condición de albino en nuestros países de Europa imagino que no conllevará mucho más que la necesidad de tomar unas mayores medidas de protección contra los efectos nocivos del sol y el ser mirado con cierta curiosidad por las personas que lo contemplan, no sucede así en los países de Africa, donde el hecho de nacer albino supone la mayor de las maldiciones. En Tanzania, Burundi y Malí, muchos de ellos han sido secuestrados y asesinados. En Camerún, un número considerable de ellos ha sido estrangulado o asfixiado por sus propios padres en el momento de nacer para evitarles escarnio y sufrimientos. Para muchos pueblos africanos, las personas albinas son gafes y se les considera culpables de toda clase de males e infortunios. Por el contrario, un albino muerto atrae todo tipo de suerte y de riqueza. Los descuartizan, beben su sangre, hacen con sus huesos toda clase de amuletos que los brujos consideran curativos… ¡Un horror! No hará más de mes y medio llegó a España en una patera Moszy, un joven negro albino de 18 años, huyendo de su país por el temor a ser sacrificado. El Comité Español de Ayuda al Refugiado trabaja para evitar su repatriación. Antes del mes de junio el Gobierno español tiene que decidir sobre su petición. Yo espero, y estoy segura de que al igual que yo muchos otros miles de ciudadanos españoles, no quedar defraudados. Y que Moszy, que llegó a España con graves quemaduras y que padece un alto grado de miopía, pueda disfrutar de tranquilidad durante el tiempo que le falta para cumplir los 30 años, edad en la que se cifra su esperanza de vida. Debido a la falta de melanina, la sustancia que protege nuestro cuerpo contra los rayos perniciosos del sol, es muy probable que su muerte se produzca como consecuencia de un cáncer de piel, enfermedad que le acecha desde su nacimiento y por sus condiciones de vida hasta hoy. ¡Que tengas suerte, mejor, que te hagan justicia Moszy! Y que llegue cuanto antes el día en que desaparezca la ignorancia, esa ignorancia capaz de causar semejantes crímenes en nuestra Tierra.
¡Asombroso!

A través del archivo enviado por una de mis amigas, acabo de descubrir a Ron Mueck, un escultor de 51 años nacido en Melbourne, Australia. ¡Asombroso! No se me ocurre otra palabra que pueda expresar mejor lo que he experimentado al contemplar sus trabajos, para los que utiliza fibra de vidrio como material principal. "Seated Woman", representa a una mujer mayor sentada sobre un asiento bajo cubierto con una tela. Aparece con las manos cruzadas y en actitud entre pensativa y serena. Cualquiera pensaría que se trata de una fotografía pero no lo es. Es una escultura de 1,76 m de altura esculpida por ese pedazo de artista en 1996. Contemplar el detalle de esas manos, sus uñas, sus nudillos, sus párpados, las arrugas de su cara y de su cuello… ¡Casi dan ganas de darse de tortas para despertar del estado de pasmo en el que una se encuentra! Y hay también otras dos abuelitas. Y una enorme mujer en avanzado estado de gestación. Sus cejas, su cabello, sus ojos cerrados con expresión de cansancio… Y una persona de edad madura con el cuerpo cubierto por un lienzo blanco, con las piernas entrecruzadas en una conocida postura de yoga. Y una anciana enferma mostrando su fragilidad y su dolor desde su lecho. Y un niño, "Pinocchio", con un calzoncillo blanco como única prenda de vestir. "Ícaro", sentando sobre una alta banqueta con sus alas perfectas, dilucidando si ha llegado el momento de remontar el vuelo. Y "Big Man", un hombre de 1,83 m de altura, desnudo, sentado sobre el suelo, apoyado sobre un rincón. Las venas de sus pies, sus dedos deformados por el tiempo, sus uñas, el codo de su brazo izquierdo apoyado sobre la rodilla, con la mejilla apoyada sobre su mano. Rasurado, con la frente brillante, su pene, sus testículos…. Todo él transmite una completa imagen de soledad y es motivo de asombro y de admiración hacia el artista. Un niño en cuclillas observándose en un espejo. "Mother and Child", una madre recién parida, con el hijo recién nacido apoyado sobre su vientre desnudo, todavía unidos por el cordón umbilical. "Man in the boat", un hombre desnudo (su padre), sentado dentro de un bote. Un bebé gateando sobre el tablero de una mesa. Una adolescente desgarbada de piernas increíblemente largas. "Couple", una pareja, hombre y mujer acurrucados uno junto al otro. Llama la atención especialmente el vello moreno implantado en las piernas y en los brazos del varón. Y para terminar "Dead Dad", una escultura de su padre desnudo, ya muerto. Dicen que ésta es la más controvertida de todas sus obras. Personalmente creo que sería incapaz de compartir con nadie unos momentos tan íntimos. Yo conservo como un tesoro una fotografía. Mis manos temblorosas tratando de proteger inútilmente a otras manos frágiles e inmóviles sobre las sábanas en el momento en que la muerte arrebataba al hombre de mi vida. De cuando en cuando la busco en el ordenador y al contemplarla revivo aquellos momentos dolorosos. Esa fotografía la guardo únicamente para mí. El día que me vaya quiero llevármela conmigo.
¡Teníamos poco con la gripe aviar...!

Ahora que parecía que ya podíamos respirar con un poco de tranquilidad tras el susto producido por la gripe aviar, de la que apenas nos llega información, no sé bien si porque está controlada o porque los periodistas se han cansado ya del tema; ahora que habíamos dejado de sentir zozobra al encontrarnos con cualquier desgraciada paloma o algún simple pajarillo despanzurrados en medio de la calle… resulta que a lo que tenemos que tener miedo de verdad es a la gripe porcina. Mira por dónde, no hace mucho, allá por tierras del México lindo, al bichito que produce la gripe a esos animales tan cochinos, pero que son capaces de proporcionarnos esos fantásticos jamones, morcillas, chorizos, longanizas y un largo etcétera de deliciosas viandas, le da por mutar y…¡hala! A meternos otra vez el miedo en el cuerpo. Este mundo nuestro al que hemos dado en llamar aldea global, lo que es en realidad es un simple patio de vecinos. Hace tiempo que llevo rumiando la idea, y por fin he llegado a una conclusión: "Amiga, no digas nunca esto no me pasará…" En realidad somos unos seres frágiles, expuestos a cualquier contingencia. Sólo nos queda la esperanza de que nuestros gobernantes, y sobre todo nuestros sanitarios, como buenos bomberos, sean capaces de abrir los cortafuegos necesarios para apagar la quema.
¡Hermosa Tierra!

Al encender esta tarde el ordenador me he encontrado con la palabra GOOGLE adornada, siguiendo su costumbre de destacar algunas festividades o aniversarios importantes. He pinchado sobre el fondo marino en el que se encuentra inmersa la palabra distintiva del famoso buscador y me he encontrado con la noticia de que hoy, día 22 de abril, se celebra "El día de la Tierra" Hoy quisiera ser una gran cantante para dedicarle mi mejor canción. O tal vez poeta para componerle un bello poema. TIERRA… Madre… vida… cobijo… sustento… reposo … belleza… regalo… esplendor… asombro… ternura… fragancia… misterio… ¡Gracias, Madre Tierra!
El aspecto no lo es todo

En esta sociedad en la que nos ha tocado vivir, en la que se cuida la imagen hasta el punto de que convertimos a algunos personajes en ídolos por el mero hecho de ser guapos o presentar un buen "look", de vez en cuando se nos rompen los esquemas.
Es lo que ha ocurrido recientemente con Susan Boyle, una británica de 47 años que se presentó al concurso de televisión Britain’s got talent, (El Reino Unido tiene talento).
Alta, de complexión fuerte, tímida y de gestos desgarbados, con una cara poco agraciada, con el peinado y el vestido anticuados que en nada favorecían su imagen, salió al escenario provocando las risas poco piadosas del público, que se convirtieron en carcajadas al oírla contestar a las preguntas del que parecía ser el presidente del jurado. Cuando por fin comenzó a cantar la canción I dreamed a dream (Soñé un sueño) del musical Los Miserables, la gente empezó a alucinar. El espectáculo que minutos antes producía vergüenza a cualquier persona normal, por el trato que se estaba dispensando a la participante, se convirtió en un delirio colectivo cuando ella comenzó a cantar. Las caras de los componentes del jurado, del público, y de los que estaban ocultos tras las cortinas del escenario, eran todo un poema, en ellas se leía el asombro y la admiración.
Escuché la noticia anoche en los informativos. Hoy, al contemplar el vídeo en YouTube, de repente he notado que las lágrimas mojaban mis mejillas.
Me alegro mucho por ella y me pregunto: ¿Cuántas otras personas en el mundo serán sumamente valiosas, y sin embargo por culpa de su aspecto físico permanecerán marginadas durante toda su vida?
Como me ha dicho muy sabiamente mi hijo mayor al comentarle la noticia, "el aspecto no lo es todo" ¡Ojalá que nunca lo olvidemos!
El deseo de la inmortalidad

En el fondo de todo ser humano anida el profundo deseo de que la vida no se acabe. Quisiéramos que la vida no tuviese fecha de caducidad. De niños y de jóvenes estamos llenos de esperanza. La vida se nos presenta como una larga carretera a la que no le vemos el final. Tenemos ilusiones, emociones que vivir, metas que conquistar... ¡Mejor no pensar en la muerte! En la edad adulta, cuando hemos conseguido algunos de nuestras metas y muchos sueños se quedaron hechos trizas por el camino, empezamos a ver a la muerte más de cerca. Se nos van los seres queridos, los amigos, los conocidos…Y aquella carretera que en nuestra juventud parecía no tener final empieza a desdibujarse en lontananza. Y, cada año que pasa, comprobamos que los límites se acortan de una forma más rápida y visible. Entonces, llegados a esta encrucijada, pocos habrá que no se hayan planteado en alguna ocasión esta pregunta: ¿Cuándo me tocará a mí? Y, ante ella, cada cual reacciona a su manera. Los hay que intentan encerrar ese pensamiento desagradable en lo más profundo de su corazón, tratando por todos los medios de mantenerlo allí amordazado, como si no existiera. Otros tratan de vivir la espera de este acontecimiento desde su fe, si la tienen, y los que no, la afrontan desde la convicción de que un día llegará la Señora de la Guadaña y será el fin de todo. Y por fin, hay otro grupo, cada día con más adeptos: son aquellos que antes de que llegue el momento, hacen las gestiones necesarias para que sus cuerpos, sean conservados a la espera de que la ciencia pueda devolverlos a la vida. Hace escasos días leí esta noticia. Hay ya empresas que, por el módico precio de 10 euros semanales, durante todo el tiempo que el difunto deje establecido, conservan su cuerpo en un depósito de nitrógeno líquido, a la espera del "milagro". ¿Puede ser que algún día la ciencia avance tanto que esté en condiciones de devolverles la vida y solucionar la enfermedad que les produjo la muerte? He imaginado ser yo una de esas personas "resucitadas" y he fantaseado un rato sobre lo que traería consigo esa posibilidad. Encontrarme con un mundo extraño, quizás inimaginable, sin tener a mi lado ninguna persona querida, o tan siquiera conocida… He llegado a la conclusión de que no podría sentirme feliz. Así que lo tengo claro. No voy a engrosar la lista de estas personas. Esperaré mi hora como lo hace la mayoría de los seres humanos. ¡Ojalá La Enemiga no se ensañe demasiado al llegar! Eso sí, espero vivir este acontecimiento con la bendita esperanza que un día anidó en mí.
En el Segundo Centenario de los Sitios

Suelo entrar con frecuencia en la página web del Heraldo de Aragón. Esta tarde, he pinchado en el blog "Los desastres de la guerra" de Gervasio Sánchez, ese magnífico periodista que remueve nuestras conciencias con sus palabras y sus fotos, acercando hasta nuestra cómoda existencia los horribles atropellos cometidos en los incontables conflictos armados que sufre nuestra doliente Tierra.
He encontrado en él, un artículo sobre los Sitios de Zaragoza que me ha interesado mucho.
Con motivo del Segundo Centenario de los mismos, explica brevemente lo que fue aquel cruel enfrentamiento entre el ejército más poderoso del mundo y los habitantes de una ciudad de unos sesenta mil habitantes, la mayoría sin ningún conocimiento de las artes de la guerra, y su aguante durante los dos Sitios a los que se vio sometida, hasta que las epidemias y la superioridad de los atacantes consiguieron doblegar su valor.
Durante mi convalecencia, leí todo lo que cayó en mis manos sobre el tema, y cuando ya se me permitía pasear, dediqué dos tardes a buscar por la ciudad los rastros visibles relacionados con aquella contienda.
Miré con otros ojos La Aljafería; el mural que recuerda a la desaparecida Puerta Sancho; la iglesia del Portillo en el que reposan algunas de las heroínas: Agustina Zaragoza, conocida como Agustina de Aragón, Casta Álvarez y Manuela Sancho; el magnífico monumento en su honor, obra de Mariano Benlliure en la misma Plaza. La estatua ecuestre del General Palafox; el Noviciado de la Congregación de Hermanas de la Caridad de Santa Ana, en el que reposa el cuerpo de la Madre Rafols, que tan importante papel desempeñó en la atención de los heridos y enfermos del Hospital General de Nuestra Señora de Gracia. Un gran mural en el que aparecían los nombres de todas las puertas de la ciudad, de las que sólo la puerta del Carmen queda en pie; Santa Engracia y San Miguel de los Navarros. Paseé por la calle Heroísmo, muy querida por mí porque en mi juventud viví más de 10 años en ella, antes llamada La Quemada, por encontrarse junto a la puerta de ese mismo nombre; el Real Seminario de San Carlos, en el que se produjo una masacre al estallar el polvorín instalado allí; las iglesias de Santa Mónica y San Agustín, dentro de la cual se produjeron terribles combates cuerpo a cuerpo entre los contendientes de ambos bandos; la hermosa iglesia mudéjar de la Magdalena, en la que contraje matrimonio y bauticé a mi hija; el mural que recuerda la Puerta de Valencia y el otro de la Puerta del Sol; la Iglesia de San Cayetano, en cuyas proximidades colocaron recientemente una placa en recuerdo de María Blázquez, la mujer que encontró al Cristo de la Cama - alojado ahora en el interior de dicha iglesia - entre las ruinas del convento de San Francisco, y que, ayudada por varios hombres, trasladó la imagen hasta el Pilar. El Pilar, esperanza y refugio de cientos de personas que lo perdieron todo durante los Sitios; y el mural de la Puerta de Toledo; y el recuerdo de la Torre Nueva, desde donde se avisaba de la llegada de las tropas francesas; y el Palacio de los Gigantes, la actual Audiencia Provincial; y el Puente de Piedra, donde se levanta el pequeño monumento rematado por una cruz de piedra que recuerda el lugar en el que fueron fusilados por los franceses tras las capitulaciones, el padre Basilio Boggiero y el Cura Sas, cuyos cuerpos fueron arrojados al Ebro…
He aprendido mucho sobre los Sitios en estos días.
Quiero terminar, con una coplilla famosa que habla de aquellos tiempos y con una pregunta.
Adiós Zaragoza noble,
adiós sus ocho portales,
Tripería, la de Sancho
El Portillo y la del Carmen
Santa Engracia, La Quemada,
La del Sol y la del Ángel.
Me emocionó sobremanera la contemplación de un cuadro de grandes dimensiones expuesto en el Palacio de Sástago, en una de exposiciones organizadas con motivo de la celebración del Segundo Centenario de Los Sitios. Fue el que lleva por título: "Los defensores de Zaragoza saliendo de la ciudad el día 21 de febrero de 1809", de Maurice ORANGE.
Sentí que las lágrimas arrasaban mis ojos.
Y ahí va mi pregunta: ¿Seríamos capaces lo zaragozanos de ahora de repetir una hazaña como aquella?
Tengo mis dudas. Pero por lo menos, sí creo que deberíamos conocer aquellos hechos y no olvidarlos nunca. Constituyen una condecoración extraordinaria para nuestra ciudad.
"La reducirán a polvo: de sus históricas casas no quedará ladrillo sobre ladrillo…. Pero, entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde".
Con estas palabras definió aquella hazaña Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales.
Hermosa Naturaleza

¡Me encanta la Naturaleza! Disfruto de ella cuando, como en estos días en que la primavera está llamando a la puerta, los árboles se llenan de brotes, los almendros, unos de los árboles más madrugadores de nuestra zona, nos encandilan con esas "copiosas nevadas" y con ese perfume delicioso con el que salen a nuestro encuentro. Y ese romántico tono rosa de los melocotoneros… que semejan paisajes de jardines de cuentos de mi infancia… Me gustan los campos repletos de flores silvestres, blancas y olorosas, y esas otras amarillas, humildes, en la linde de los caminos. Luego vendrá la explosión de las alegres amapolas, llenando de rojo los campos, que parecen estar afectados del más enconado sarampión. Y el amarillo de las flores de aliaga, el oloroso tomillo, el romero… Y la variedad de olores y colores de los incontables rosales que adornan nuestras calles y jardines durante el verano. Y la alegría multicolor que engalana nuestras ventanas y balcones. Y si es en otoño…¡qué diré! La verdad es que me faltan las palabras necesarias para explicar lo que siento ante todo ese derroche de tonalidades que nos ofrecen nuestros bosques. El invierno es en este aspecto la estación menos afortunada. La tierra parece palidecer y morir con el frío. Se diría que únicamente dispone de las escasas fuerzas necesarias para subsistir. Pero en su interior, en el silencio y en la oscuridad, mientras se suceden las sequías, vientos, nieves o aguaceros, sabemos muy bien que la vida está fraguándose de nuevo. Así, una vez tras otra. Morir para renacer. Cuando iba acercándose el día de mi vuelta al pueblo, pensé que no podía hacerlo sin haber visitado antes el Parque Grande, el pulmón de la ciudad de Zaragoza. Hacía años que no paseaba por él. Así que, una tarde soleada y agradable que invitaba al paseo, en una parada cercana al domicilio de mi hermana, cogí el bus 42 que me dejó, tan ricamente, a las puertas del Parque. Ya casi había olvidado los hermosos surtidores que adornan los paseos, y el majestuoso Monumento a Alfonso I El Batallador, presidiendo desde la altura el trasiego de paseantes, corredores, ciclistas, personas sentadas en los numerosos bancos o sobre el verde césped, parejas arrullándose, o simplemente individuos vagabundeando, como yo. Busqué la entrada del Jardín Botánico, que me pareció más pequeño y más pobre de cómo lo recordaba de otra visita anterior. Quizás lo confundí con el de alguna otra ciudad visitada. Me gustaron los bancos, de preciosa cerámica, si no fuera porque los bárbaros de los sprays se habían dedicado a fondo en su tarea de destrucción y algunos presentaban un aspecto lamentable. Fotografié incontables veces a unos preciosos cisnes que se deslizaban por un mini estanque. Y, en un lugar apartado, cercano al muro que separaba este espacio del resto del Parque, encontré a una señora de mediana edad sentada en su silla de ruedas de motor eléctrico, que me transportó rápidamente con el recuerdo hasta mi marido. Por un momento me pareció tenerlo allí conmigo, disfrutando de aquella hermosa tarde. Estaba ensimismada con su cámara, tratando de captar la belleza de las flores rojas de un membrillero japonés, tal vez un ejemplar único en España, según me dijo. Guardo un hermoso recuerdo de aquella tarde. De cuando en cuando, me siento cómodamente, pongo en marcha el ordenador, busco la carpeta donde guardo mis imágenes, escojo la opción "Ver como una presentación" y me paso un buen rato gozando, aunque no sea lo mismo, de todo lo que allí viví durante un par de horas.
El inventor de los playmobil

En esta temporada en la que puedo decir que estoy empapada al máximo con las noticias del Heraldo, he descubierto una sección que me ha parecido novedosa. En las páginas dedicadas a las esquelas mortuorias, suele venir también algún artículo para dar a conocer la muerte de personas famosas en algún aspecto, ya sean actores, médicos, inventores, etc. No hace muchos días, en una de esas reseñas, me enteré de la muerte de Hans Beck, un señor que, la verdad, en principio no me decía nada. Pero seguí leyendo y descubrí que este hombre fue el inventor de los Playmobil, aquellos famosos muñequitos de plástico multicolor que hicieron las delicias de tantos niños nacidos en los últimos treinta y cinco años. Hará aproximadamente unos treinta y dos que los Reyes Magos tuvieron a bien regalarle a mi hijo mayor unos cuantos: indios, vaqueros, granjeros soldados… Y no mucho después ocurrió que mi hijo pequeño, que rondaría el año y medio de edad, mientras su hermano jugaba, tuvo la feliz idea de meterse en el orificio nasal un zapato de los antedichos muñecos. Pasamos por la consulta médica local, más tarde por un médico particular, para terminar en el Servicio de Urgencias perteneciente a mi Seguro en Zaragoza. Intentaron de todo: Extraérselo con unas pinzas, hurgar por aquí y por allá, hasta llegar a la conclusión de que allí dentro no había ningún objeto extraño. Pero tres o cuatro días más tarde, acompañado de un sonoro estornudo, el zapato salió disparado. Desde aquel lejano día, he tenido que soportar mansamente más de una vez, las razonables quejas de mi hijo mayor, porque a raíz de aquel suceso, todos aquellos pobres muñecos se quedaron con los pies amputados y perdieron todos sus pequeños útiles de trabajo, ya fuesen de uso guerrero o pacífico con el fin de evitar otro percance parecido. Su peor y más repetido lamento fue que aquellos Reyes Magos no sustituyesen a sus queridos amigos de juego por otros juguetes para compensarle de lo que constituyó un desastre importante en su pequeña vida de cinco años.
Diario de una convaleciente

Me pregunto si alguien me habrá echado en falta durante este mes y medio de silencio forzoso. La blogosfera es tan inmensa que resulta difícil conseguir unos lectores fieles, todos lo sabemos. Pero, a pesar de ello, los que un día sentimos el impulso de expresarnos a través de la red, nos resistimos a dejar de hacerlo, aún a riesgo de no resultar nada más que "una pobre voz que clama en el desierto…" El día 16 de enero llegó, ¡por fin! Llevaba tanto tiempo esperando ese momento… Año y medio de infecciones de orina recurrentes a consecuencia de un prolapso. ¡Qué palabreja! Lo que aprende una cuando se pone en manos del médico como consecuencia de una enfermedad. Hablando a la pata a la llana, eso significa que mi vejiga, seguramente como consecuencia de mis cuatro embarazos se había rebajado del punto en el que debería estar, y por ello una pequeña cantidad de orina quedaba permanentemente estancada dentro, lo que me producía la infección. Pero no una infección ni dos. ¡Qué va! Una tras otra, hasta llegar a vivir con ella durante año y medio. Y todo por culpa de unos "profesionales" que no se atrevían a intervenir, pero que tampoco fueron nunca lo suficientemente sinceros para decirme: No hay garantías de éxito y no quiero hacerlo, pero pruebe usted con el Dr….. , o con el Dr…., que realizan estas intervenciones a menudo. ¡Bendito sea el Doctor Elizalde, al que casi descubrimos por casualidad a través de internet ¡Cuando aquel señor me confirmó que mi caso era de operar, sentí unas ganas desmedidas de besarlo, de cantar, y hasta de saltar y bailar, si mis partes bajeras me lo hubiesen permitido. Antes de pasar por admisión para hacer los pertinentes trámites de ingreso, entré un momento en la pequeña capilla. - ¿Qué te ha dicho tu Jefe? - me preguntó mi hijo en plan de chufla. - Me ha dicho que me quiere mucho - le contesté. Esa fue mi corta preparación espiritual ante las dificultades que pudieran presentarse. Esperé durante un rato en la habitación hasta que vinieron a buscarme para bajar al quirófano, y con un "hasta luego" que sonó francamente alegre me despedí de mi hermana y de mis hijos. El reloj colgado en una de las paredes del quirófano marcaba las siete menos veinticinco de la tarde. Los ayudantes y doctores, con sus batas verdes y sus mascarillas, iban y venían, conversando y haciendo chistes en lo que para ellos representaba solamente una rutina diaria. - Le pondremos anestesia epidural - me explicaron. Además le inyectaremos un sedante para que pueda permanecer tranquila. Y así, aproximadamente una hora más tarde, ya tuve conciencia de que el trabajo estaba terminado. - Todo ha ido muy bien - escuché medio adormilada la voz del cirujano. - ¡Dios mío, que hayan acertado! - fue mi corta plegaria. Pasé la noche en la UCI, porque según me dijeron estaría más controlada. He de reconocer que esas 24 horas no fueron una perita en dulce, en parte por mi alergia al Nolotil. Supongo que los calmantes que me administraron no resultaron todo lo efectivos que hubiesen podido ser debido a esa limitación. personal. A los tres días justos me enviaron a casa. Está claro que entre los objetivos de las Clínicas privadas no figura la caridad en primer lugar. Llegué a casa de mi hermana "hecha unos zorros", permítaseme la expresión. Cuando me miraba al espejo, una silueta blanca como la harina me devolvía una triste expresión, como si la sangre se hubiese escapado de mis venas hacia un destino desconocido. ¡Ah! Pero eso ya pasó. Cuidada como una reina por mi hermana del alma, por prescripción médica ya puedo andar. Recorro la Zaragoza de los Sitios en las fechas que coinciden con el Bicentenario de los mismos, hago incontables fotografías. Y ya me he planteado, tras la próxima revisión médica programada para el día 23 de febrero, dejar la ciudad y volver a mi pueblo. Eso sí, cumpliendo a rajatabla las indicaciones del médico. Después de tanto sufrimiento, durante aquellos largos días en los que llegué a pensar que no habría remedio para mí, me siento más viva y ¡muy, muy, muy feliz!
Santa Rita, Rita, Rita...

Recuerdo que siendo yo niña, y estoy segura de que sigue sucediendo con los niños de hoy, era muy normal entre los hermanos y amigos regalarnos pequeños tesoros, como cromos, canicas, tabas, caramelos… Pasaba también a menudo que al enfadarnos reclamásemos esos regalos que hacía nada habíamos ofrecido de todo corazón como prueba de amor y de amistad. Cuando esto ocurría, reaccionábamos con toda rapidez canturreándole a nuestro dador este dicho: "Santa Rita, Rita, Rita, lo que se da, no se quita". Y así dejábamos bien claro nuestro derecho de propiedad sobre el bien recientemente adquirido.
Eso mismo tendrá que decirle ahora una mujer a su marido, Richard Batista, un cirujano de Long Island que en el año 2001, tras dos intentos anteriores que resultaron fallidos, donó un riñón a su esposa cuando la vida de ella dependía de este trasplante.
Pero… Como es bien sabido, la mayoría de las cosas relacionadas con los seres humanos tienen fecha de caducidad, y ocurrió que a esta pareja se le acabó el amor. El año 2005 la esposa planteó el divorcio. Él la acusa de haberlo engañado con un fisioterapeuta y de no permitirle ver desde hace ocho meses a las tres hijas nacidas de esta relación.
-"No hay un dolor más profundo que ser traicionado por la persona a quien has dedicado tu vida"- se lamenta. Y como no puede recuperar el riñón, lo que resultaría muy difícil, aparte de darle mala imagen, pide en su demanda de divorcio que su hasta ahora esposa le pague 1,5 millones de dólares.
Apena comprobar que algo tan hermoso como esa acción de ofrecer gratuitamente una parte de ti mismo para hacer posible la vida de la persona que amas pueda terminar en un asunto puramente comercial. Menos mal que se trata de una excepción. O eso espero.
Cuando la frivolidad se hace pecado

Ahora más que nunca los habitantes del primer mundo vivimos inmersos en la era de la frivolidad. Tal vez se deba a que hay en la Tierra tantas desgracias que mucha gente opta por cerrar los ojos a esta cruda realidad instalándose en lo banal. Lo que interesa es vivir sin complicaciones, sin tener que pensar, a menudo esclavos de ese mundo rosa que unos pocos se empeñan en vendernos como "el no va más", ellos sabrán por qué.
¿No os habéis enterado? India, el gato de la familia Bush, se ha muerto. "El presidente, la señora Bush, Barbara y Jenna (sus hijas) anuncian con tristeza la desaparición de su gato India, o Willie. El ’shorthair americano’ de pelaje negro murió el domingo 4 de enero de 2009 en su residencia, en la Casa Blanca", dio a conocer la portavoz de Laura Bush, Sally McDonough, en un comunicado.
Y eso sucede mientras en la Franja de Gaza están muriendo cientos de palestinos bajo el fuego israelí. Cuando millones de seres humanos sufren en el mundo el infierno del hambre, de las epidemias, de los enfrentamientos tribales, de la violencia… Cuando otros muchos miles de personas, entre ellas los niños, tienen que vivir en la calle, o lejos de sus casas en campos de refugiados, careciendo de lo más elemental para poder vivir.
¡Que Dios nos perdone!
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Soltando lastre

"Siempre ve la botella medio llena". Es frecuente escuchar o decir esta expresión al referirnos a una persona que enfrenta la vida con optimismo. Yo fui una persona así hasta no hace mucho tiempo. A pesar de haber coronado cumplidamente los cincuenta estaba llena de proyectos. Muy ocupada con mi profesión y con las tareas propias del ama de casa, de esposa y madre, siempre albergaba la ilusión de que me quedaban por delante largos años que vivir y muchos proyectos que realizar. Entonces llegó la larga y dolorosa enfermedad de mi marido que exigía todo mi cariño y mis cuidados y esos proyectos, acariciados durante años, quedaron aparcados sin ponerles fecha de iniciación. "Esto para cuando pueda" "Ya se verá" - me decía. Cuando hace ahora un año llegó la difícil hora de su marcha, mi corazón quedó tan dolorido que no tenía fuerzas mas que para tratar de lamerme las heridas, y los proyectos siguieron quietos, a la espera de tiempos mejores. Pero la superación del duelo se alarga y mi estado de salud ha empeorado más de lo que sería mi deseo. A la espera de una intervención que pueda mejorar mi situación actual, intervención que se está haciendo esperar mucho, demasiado diría yo, soy consciente de que he empezado a ver la botella medio vacía, y de que esos proyectos que tanto me ilusionaban han perdido una buena parte de su interés. No es bueno, lo sé, pero no he podido evitarlo. Una de estas largas tardes de forzado reposo en el sofá, sentí el mordisco de la nostalgia y coloqué junto a mí la gran caja que guarda las incontables fotos que no llegaron a ser colocadas en el álbum familiar porque nunca quedó tiempo para ello. Recordé mi infancia y mi juventud. Contemplé con inmenso amor las fotos de mis hijos, muchas en las que aparecían como unos preciosos bebés y otras en las que se les ve convertidos en los adultos que ya son. Vi a mi marido y a mis padres, a los que ya no puedo besar porque se fueron, a mis hermanos, a mis familiares y amigos, algunos de los cuales no veo desde hace largo tiempo, a mis alumnos antiguos, hoy ya padres de familia, y a los más recientes, todavía niños, incluidos los del año de mi jubilación. Reviví momentos importantes de nuestra familia y anécdotas divertidas o curiosas que habían quedado en el olvido. Entre los papeles y fotografías aparecieron dos folios escritos a máquina, fechados en el año 1968, que contenían información sobre la enfermedad y muerte de la Madre Mercedes Castanedo, una religiosa perteneciente a la congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús que era la responsable de las alumnas internas del colegio de Valladolid en el que realicé mis estudios. Murió de cáncer cuando todavía no había cumplido los cuarenta años de edad. Quizás fuese la persona que más influyó en mi durante los siete años que permanecí en el internado. La recuerdo con sus hermosos ojos castaños, andando con garbo por los pasillos de aquel gran edificio, consolando o amonestando, según tocase. Era alegre y cercana, con una fe profunda en Dios. "Acepto todo y me entrego a ti, Dios mío. Sé que un día resucitaré. Sé que mi Salvador vive". Eso fue lo último que escribió en su libreta de apuntes el 9 de septiembre de 1967, ocho meses antes de su muerte. ¡Capó! Pero esta lectura produjo en mí una reacción muy especial. De repente me encontré pensando en mi diario, en todos los pensamientos, sentimientos y emociones que día tras día desparramé entre sus páginas, en las libretas y papeles desperdigadas aquí y allá, con retazos de mi vida personal y familiar, en los relatos y poesías que un día me salieron del corazón y que alguna vez, ingenua de mí, soñé ver reproducidas con letra de imprenta en alguna librería. Y de repente, no sé bien cómo fue, decidí que no quería que nadie pudiese traspasar un día la puerta de mi intimidad. Así que a la mañana siguiente, después de revisar uno por uno los cajones de mi hogar, me dirigí con todos los cuadernos y cuartillas que había emborronado a través de los años entre mis brazos al corral de la parte trasera de mi casa. Al cabo de un rato todo estaba convertido en cenizas. En algún momento pensé que me dolería. No ha sido así. Ahora mismo siento como si mi vida fuese un viaje en globo en el que es necesario ir soltando lastre.
Cartas a Dios

Hace dos o tres días escuché una noticia curiosa primero a través de internet y después en la televisión. En las oficinas de Correos de Jerusalén se reciben muchas cartas dirigidas a Dios. Los remitentes le piden en ellas las cosas más variadas. Desde aquellos que están pasando dificultades económicas y solicitan su ayuda hasta el que le pide perdón porque durante su estancia en un hotel arrampló con un albornoz propiedad del establecimiento. El precio de los sellos de las misivas ronda los tres euros. Quieren que esas cartas sean colocadas en el Muro de las Lamentaciones, la pared del antiguo Templo en la que muchos judíos apoyan su frente mientras desgranan sus oraciones a Dios. La noticia me ha hecho sonreír. En estos tiempos en el que tantos progres se emplean a fondo para enterrar a Dios y tratan de ridiculizar a los creyentes, sigue habiendo mucha gente que siente en su interior la necesidad de ponerse en contacto con Él. Lo que parecen desconocer los autores de estas cartas - a no ser que tengan la fe judía, en cuyo caso no tengo nada que decir y cuentan con todo mi respeto- son las palabras que Jesús dirigió a la mujer Samaritana en el encuentro que tuvieron junto al pozo de Jacob, mientras sus discípulos iban a la aldea de Sicar a comprar comida. -" Señor, veo que eres profeta" -dijo la mujer. "Nuestros antepasados rindieron culto a Dios en este monte; en cambio vosotros, los judíos, decís que es en Jerusalén donde hay que dar culto a Dios". -" Créeme mujer" - le respondió Jesús- " está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que para dar culto al Padre no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén. Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre lo adoran en espíritu y en verdad…" Basta con buscar en nuestro interior para poder encontrarnos con Él. En nuestra habitación, en el silencio de la montaña, en la orilla del mar, en la inocencia de un niño, en la belleza de una flor… Así lo creo.
Se orinó en los pantalones

En bastantes ocasiones durante mis casi cuarenta años de profesión como maestra ocurrió que alguno de mis alumnos de ambos sexos se hizo pipí en los pantalones mientras estábamos en clase. Algunas veces la causa era que el sujeto del desgraciado accidente tenía algún problema de retención y entonces no le daba tiempo de pedir el correspondiente permiso para ir al servicio. En la mayoría de los casos sin embargo pasaba porque los pequeños diablillos no hacían caso a las indicaciones de la profesora en el sentido de que debían aprovechar el tiempo de recreo para hacer sus necesidades. Absorbidos por el juego, olvidaban la norma y sucedía, que al momento de entrar en clase, sentían la necesidad urgente de orinar. La situación cambiaba según fuese el carácter del alumno. Los había que no se cortaban un pelo, y pedían salir una y otra vez aunque la profesora no les mirase con buena cara, hasta que al final, aunque sólo fuese por aburrimiento, lograban el suspirado permiso. Pero había también alumnos tan tímidos que ante el temor al reniego aguantaban en silencio hasta que se producía el desastre. Porque eso era: un desastre. La cara del "reo" enrojecía como un tomate y la profesora tenía que hacer uso de su autoridad para evitar las burlas y las risas del resto de los compañeros. He de confesar que yo lo pasaba mal al observar el sufrimiento que acarreaba el percance y trataba de quitar importancia a lo sucedido. Pocas fueron las veces que pudo atribuirse el percance al miedo y me alegro por ello. Hoy he leído la noticia de la reciente detención de Aitzol Iriondo, considerado como actual jefe militar de ETA. Según la agencia de noticias Vasco Press, el etarra se orinó en los pantalones tras ser arrestado. Lejos de producirme risa la noticia, pienso que por primer vez podemos descubrir en el terrorista a un hombre que tiene miedo. Hasta ahora me habían parecido solo máquinas de matar carentes de todo sentimiento. El terrorista ha tenido miedo como cualquiera de las personas inocentes que han caído en su poder y a las que han asesinado sin piedad. Esto me ha hecho llegar a una conclusión optimista: Ellos también tienen miedo ¡No son invencibles!
Tengo arrugas

Llevo unos cuantos días, más de los que yo quisiera, con la salud no demasiado voyante. Así que hago una vida sedentaria. No estoy en condiciones de pasear, tengo arrinconado el ordenador y la labor de costura abandonada. Estoy sentada, bien calentita, en el sofá, con el televisor encendido más tiempo que de costumbre. Veo la película de la tarde y la serie de mi amigo Adrián Monk en la cadena vasca ETB 2, y por supuesto practico el zapping como lo hace un gran número de espectadores. No me gusta demasiado la publicidad y me siento orgullosa de no dejarme influir demasiado por ella. Durante estos días he visto varias veces un anuncio relacionado con el tratamiento antiarrugas. Una señora de muy buen ver va caminando por la calle en un día de lluvia y se refugia muy sonriente bajo el paraguas de varios viandantes, mientras se la oye decir de cara a la cámara: "¡Ahora sí! Me atrevo con cualquier mirada. Con menos arrugas me atrevo más" Y este anuncio, visto una vez tras otra, es muy probable que pueda producir algún complejo en algunas mujeres de edad madura que se sienten mal ante el hecho de que en sus caras vayan apareciendo las señales del paso del tiempo. No quiero pensar que sea precisamente ese el efecto buscado para que las mujeres sientan la necesidad de probar el tratamiento milagroso. ¿O sí? No seré yo una de ellas. Ya cumplí hace tiempo los sesenta, y tengo arrugas ¡cómo no! Pero también tengo la suerte de sentirme cómoda dentro de mi piel. He asumido con normalidad que hay un tiempo para mostrar una piel tersa, la piel de la juventud, y otro tiempo para la madurez, con arrugas incluidas. Mujeres del mundo, ¡que no os coman el coco! Nuestro valor como personas poco tiene que ver con unas cuantas arrugas más o menos.
Un día para la esperanza

Esta mañana nos hemos levantado con la noticia de la elección de Barack Obama para la Presidencia de los Estados Unidos. Supongo que muchos, entre los que yo me encontraba, nos resistíamos a creer en las últimas predicciones a favor del mismo. Se me venían a la cabeza todos los episodios de racismo a los que estamos acostumbrados, tanto en las películas y en la literatura -con aquellos siniestros personajes del Ku Klus Klan - como en la realidad. Y me sentía pesimista, pensando que toda esa gente podría más que todos los norteamericanos deseosos de que se produjera un cambio. Pero se ha producido el milagro. Y hoy, millones de ciudadanos de Norteamérica y muchos millones de personas más en todo el mundo estamos llenos de esperanza. Inmersos en plena crisis financiera, con el número de parados creciendo cada día, con los conflictos sangrantes de Irak, Afganistán, el Congo, el Oriente Medio… , con el miedo al terrorismo, con todos los problemas a los que se enfrenta nuestro Planeta, esperamos que algo nueva florezca. Deseo de todo corazón que el nuevo Presidente acierte en sus decisiones y que hoy sea el día del comienzo de una nueva era. Una era más justa, más próspera, más segura, más respetuosa con las libertades y con la dignidad de las personas. ¡Que nadie nos quite hoy el derecho a soñar que un nuevo mundo es posible!
¡Socorrooo!

Mi madre solía decir: "Se agarra a un hierro ardiente" al referirse a una persona que se encuentra desesperada y busca una solución en cualquier sitio. Eso me pasa a mí en estos momentos. No quiero marear a nadie enumerando mis males, entre otras cosas por que no van a aliviarse por ello, pero, dada la situación en que me encuentro, hace unos 15 días recordé la visita que hicimos mi marido, mi hija y yo, hace tres o cuatro años, a un curandero que hace su tratamiento tocando distintos puntos de los pies del paciente. Creo que se llama reflexología. Según este método, en los pies de una persona se encuentran reflejadas las distintas partes de nuestro cuerpo, y activando esas zonas podría mejorarse la salud del paciente. Yo recuerdo que aquella vez salí de allí con una sensación de dolor soportable. Y con ese recuerdo acudí a la cita de ayer. El viaje resultó agradable. El Moncayo estaba precioso, luciendo las primeras nieves de la temporada. Por otra parte, siempre que me acerco a mi patria chica experimento una sensación muy especial. Me parecía tener al alcance de mi mano al viejo Costanazo, el monte a cuyo pie se levanta lo que queda de mi pueblo. -¿Quieres que cuando salgamos del curandero vayamos hasta allí? -me dijo mi hijo. - No. Iremos cuando haga buen tiempo si me encuentro mejor -le contesté. Hice bien en responderle así. Cuando llegamos, el hombre nos hizo pasar a la habitación que hace las veces de consulta. Entonces me invitó a sentarme y a colocar mis pies sobre una banqueta. Tan pronto cogió mi pie entre sus manos y comenzó a presionarlo con su dedo índice, mi boca comenzó a soltar ayes incontrolables que sólo mi vergüenza evitó que se convirtiesen en verdaderos alaridos. Tenía ganas de llorar. Sudaba. Mis pies, de forma involuntaria, luchaban por deshacerse de aquella mano torturadora. - ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Mi voz casi se convertía en grito. Comenzó a enumerar las distintas partes de mi cuerpo con problemas de salud. Y acertó, aunque quizás haya gente que no pueda creerlo. Sólo me tocó durante unos minutos. Me dijo que tal como me encontraba unos masajes prolongados podrían resultar perjudiciales. Así que concretamos la siguiente sesión para la próxima semana. Sé que tengo que intentarlo. Pero he de confesar que la idea de volver casi me produce pesadillas. Y por supuesto, al terminar la sesión pocas ganas tenía de acercarme a mi pueblo, aunque él sea uno de los santuarios de mi nostalgia.
El mimo

He bajado a Zaragoza con mi hija con motivo de una visita médica. Una vez terminada, ella se ha ido a sus quehaceres y yo, que llevo unos pocos días bastante bien de salud, me he tomado la mañana para campar a mi aire. Aprovechando este día de otoño tan hermoso que hoy se nos ha regalado he caminado sin prisas por las calles de la ciudad. El Corte Inglés del Paseo de la Independencia, con su planta repleta de libros nuevos, me atraía como un imán. Y allí me he ido. Me he regalado tres títulos, dos de ellos de la Colección Libros de Bolsillo, que siempre resultan más económicos: La suma de los días, de Isabel Allende, La bodega, de Noah Gordon y Cometas en el cielo de Khaled Hosseini. Ya tengo entretenimiento para unos días. Con este preciado tesoro en mi poder, he bajado hasta la Plaza de España y después he encarado hacia la Calle Alfonso. Los músicos callejeros animaban el ambiente. A veces me pregunto si la música que suena es realmente la que ellos interpretan o habrá alguno con la música enlatada que querrá dárnoslas con queso, porque la verdad es que suena muy bien. Mis sinceras disculpas a los que de verdad son buenos profesionales por mis oscuras sospechas. Al llegar a la altura de la Plaza de Sas me he encontrado con un mimo que mostraba su arte para sacarse unas monedas. Me he sonreído al pasar a su altura. Y como no tenía prisa, se me ha ocurrido sentarme en un banco para observar el espectáculo. Era un hombre menudo, calculo yo que había sobrepasado cumplidamente la treintena. Se mantenía inmóvil con los brazos separados del cuerpo, sosteniendo en su mano derecha enguantada un fino bastón. Desde mi posición, justo a sus espaldas, he podido observar las caras de los viandantes al descubrirlo. Había de todo. Gente que iba a su bolo y ni siquiera lo veía, otros que lo veían, pero que pasaban indiferentes, y la mayoría, que como yo no podían evitar una sonrisa o soltaban una sonora carcajada. Los más espontáneos, cómo no, los niños. Había que ver sus caritas curiosas observando aquella figura con todo su cuerpo inmóvil a excepción de los ojos. Una pequeña de raza negra, preciosa, con sus trenzas y su pelo ensortijado, se ha acercado a depositar una moneda en la vasija metálica que el mimo tenía colocada en el suelo, justo delante de él. Entonces él ha parecido recobrar de repente la vida, se ha quitado el sombrero y ha hecho una reverencia, acompañándose de gestos graciosos, como si fuera un payaso, para evitar que la niña se asustara. He permanecido allí sentada casi tres cuartos de hora, comprobando la resistencia del actor. Por fin se ha bajado de su pedestal para descansar, fumarse un cigarro y hablar, en un idioma que bien podría ser rumano, con otro hombre que estaba sentado en el mismo banco que yo. El mimo había perdido su encanto. Así que me he dirigido hacia una farmacia cercana, parándome a contemplar una pieza de bronce del escultor Pablo Gargallo. Una musculosa figura humana, casi desnuda, acompañada de una carnero que apoya sus patas delantera en el cuerpo del hombre, sobre cuya cabeza aletea un águila. "El Pastor del águila", figura en un pequeño recuadro metálico colocado en la base de la estatua. Al volver de la farmacia el mimo ha vuelto a ocupar su puesto. Todavía he permanecido un poco de tiempo contemplándolo, hasta que he considerado que había llegado la hora de marchar. He depositado una moneda en el jarrón, que ha sido correspondida con la consiguiente reverencia y el saludo de agradecimiento. Y definitivamente he enfilado hacia la Basílica para contarle a la Pilarica mis afanes,
Noche de insomnio

Son las dos de la madrugada y no puedo dormir. Últimamente el problema se repite con frecuencia. Me acuesto tarde, tras tomarme mi diaria infusión de tila, esperando que con ella llegue el bendito sueño. Ya en la cama, me pongo a leer. Al rato me digo: Quizás haya llegado el momento. Pero es inútil. Los ojos continúan abiertos como platos y las piernas empiezan a moverse nerviosas. Salen en todas las direcciones como disparadas por un resorte. Creo que padezco el síndrome de las piernas inquietas. Parece un nombre gracioso, aún cuando para el que lo padece no tenga ninguna gracia. Pronto tengo que levantarme y comienzo a pasearme por la casa. -Tranquilízate, Victoria -me digo, como si esperase que el hecho de hablarme a mi misma fuese a solucionar el problema. Pero no. Esta noche el problema se agrava considerablemente porque el día que acaba de terminar ha resultado particularmente aciago. Un matrimonio de aquí, de cuarenta y siete y cuarenta y seis años de edad, han perdido la vida en un accidente de tráfico. Venían de Zaragoza, después de asistir a un concierto. Un coche ha invadido su carril y los ha embestido de frente. Dejan un hijo de 16 años. El pueblo está conmocionado. Y además un primo de mi marido ha fallecido también, víctima de un infarto. ¿Cómo poder dormir? En días como éste, una se cuestiona muchas cosas. ¡Qué frágiles resultamos las personas! Y cómo nos afanamos por mil cosas, olvidando a veces las más importantes...
Los misteriosos mecanismos de la memoria

Todavía me parece estar escuchando a mi suegra decir como otras muchas personas mayores: "Me acuerdo de lo que hice hace 50 años y no me acuerdo casi de lo que hice ayer". Y así, dentro de lo reservada que era con sus vivencias más íntimas, nos contaba cosas de su niñez y de su juventud. De cómo había visto morir a su madre durante la gran mortandad producida por la llamada gripe española, cuando ella sólo tenía 8 años; de la muerte de un hermano al que quería mucho en plena juventud, como consecuencia de una pulmonía; de los "chandríos" que hacían ella y sus amigas para divertirse: desde apedrear la puerta de la casa de un maestro joven del pueblo, hasta rebozar con harina y huevo una fuente de excrementos de caballería -pido perdón- para llevarlos a una merienda de jóvenes… Siempre se reservó, como solemos hacerlo casi todos, lo relativo a su vida amorosa. Alguna vez se le escapaba alguna cosa sobre sus pretendientes, y dejaba en el aire algunas palabras que permitían adivinar que guardaba algún secreto. Sólo una tarde, ya al final de su vida, cuando los pequeño infartos cerebrales habían trastornado la relojería de su mente nos confesó, entre sonrisas pícaras, el nombre del que había sido el amor de su vida. Un amor que había quedado frustrado porque el pretendiente era un primo carnal y el padre de ella no aprobó el noviazgo. Se le encendían los ojos mientras repetía las coplas que él había desgranado para ella al pie de su ventana. Esta mañana, mientras espero que uno de mis hijos venga a recogerme para viajar a Zaragoza con el fin de celebrar el Día del Pilar con una comida familiar en casa de mi hermana, se agolpan en mi memoria los recuerdos de otros muchos Pilares celebrados en casa de mis padres, de nuestra presencia en algún punto de la Calle Alfonso o del Paseo de la Independencia para contemplar el cortejo de la Ofrenda de Flores a la Virgen, con el vivo colorido de los trajes y las flores, y con el alegre sonido de los instrumentos de cuerda y de las castañuelas dando vida a la bravura de la jota. Y he recordado el momento en que mis hijos siendo niños fueron pasados, en brazos de un Infantico, por el manto de la Virgen. Y no sé bien por qué, he recordado de repente una copla completamente olvidada que hace muchos años oí cantar a mi madre. Ha sido como una señal de alerta de que yo también estoy entrando en ese "selecto" club de los mayores. Dice así: Es María la blanca paloma que al salir de Roma la vieron volar. En el centro de una hermosa nube vino a Zaragoza en carne mortal. Y Santiago como lo sabía, a orillas del Ebro la salió a esperar. Y al decir Dios te salve María, cayó de rodillas al pie del Pilar. Y por eso los aragoneses la llamamos Madre, Madre del Pilar. Es bonita esta ingenua coplilla que se convierte en una fervorosa oración al salir de los labios de los aragoneses.
El niño con el pijama de rayas

Hace unos días mi hijo trajo a casa el libro "El niño con el pijama de rayas" , del escritor irlandés John Boyne. - Te traigo este libro, mamá. Tú que dispones de mucho tiempo libre te lo leerás en un boleo. Y así fue. Yo ya había oído hablar de él con motivo de la película que han rodado con ese mismo nombre. Me impresionó el final porque me pilló de improviso. No supe o no quise anticiparme porque resultaba demasiado duro. Bien mirado, sólo a un niño podía ocurrírsele cambiar de traje en un lugar como aquel, pero la inocencia es así de simple. Anoche hablé por teléfono con Elvira. Llamó para interesarse por mi salud. - ¿Has recibido mi correo? - me preguntó. - Sí lo recibí. Era un archivo sobre el Holocausto: "Parece imposible pero sucedió". Impresiona, aunque hayas visto imágenes como ésas en otras ocasiones. Contiene fotografías de aquel horror tomadas por los periodistas en los campos de exterminio, justo al terminarse la guerra. Para no olvidar nunca. Sobre todo cuando se alzan voces diciendo que aquello no ocurrió. Como en Gran Bretaña, donde dicen que han quitado el tema del currículo escolar para no ofender a la población musulmana. ¿Y por qué puede sentirse ofendida esta población? ¿Porque los muertos eran judíos? Sí. Fueron judíos un gran número de ellos. Pero también fueron cristianos, sacerdotes, personas con limitaciones físicas o psíquicas, rusos, alemanes, polacos…. El sujeto de este crimen horroroso fue la Humanidad entera. Es posible que el Estado Israelí esté olvidándose de lo que millones de judíos tuvieron que soportar en la Segunda Guerra Mundial y esté repitiendo algo de aquella gran pesadilla, aunque sea a mucha menor escala, en su actuación con el pueblo palestino. Pero eso no quita para que alguien intente borrarlo de nuestras mentes como si de un disco duro se tratara. ¡Debemos recordar! ¡Recordar siempre para que la barbarie no se repita! Una frase de este archivo se me quedó grabada de una forma especial. Es ésta: "Todo lo que es necesario para el triunfo del mal, es que los hombres de bien no hagan nada" (Edmund Burke) Creo que encierra una gran verdad. Saquemos nuestras propias conclusiones.
Una mujer delicada

No hace muchos días me encontré con mi amiga Luci. Luci es graciosa por naturaleza. Es una de esas personas que son capaces de hacerte reír sin proponérselo. Al interesarnos mutuamente por nuestro estado de salud y decirle yo que no había levantado cabeza en el último año, que cualquier pequeño esfuerzo me afectaba, me dijo: " Pues tú, Victoria, cuídate. Como aquellas señoras delicadas de las que oíamos hablar cuando éramos jóvenes". Y continuó: "Sí, ¿no recuerdas que las hijas tenían que hacerles todas las tareas de casa, porque -decían- sus madres estaban muy delicadas? Y luego, a lo mejor se hacían muy mayores, pero toda la vida habían seguido estando delicadas". Me reí. Yo no quiero ser una de esas señoras delicadas. Querría hacer no sólo las tareas de casa, sino muchas cosas más. Ayudar a mis hijos, hablar con la gente, visitar enfermos, pasear con mi perro, escribir, escuchar música, caminar por el monte, ir a la playa, viajar. Tantas y tantas cosas… No me gustaría tener que ver pasar la vida desde mi ventana. Aunque no esté en mi mano conseguirlo…
Casualidades

Ayer, día 29 de Septiembre, al entrar en la página principal del buscador Google me encontré con que, como en otras ocasiones, la palabra estaba adornada con pequeñas imágenes que anunciaban algún acontecimiento del día. Al posar el cursor sobre ella me enteré de que se celebraba el aniversario del nacimiento de Miguel de Cervantes. Recordé que en mi último curso como maestra antes de mi jubilación, realizamos en el Centro distintas actividades - como también se hicieron en toda España - con motivo del IV Centenario de la primera edición del Quijote. Y casualidad de las casualidades, anoche, al abrir mi cuenta de correo electrónico, me encontré con un mensaje de Magdalena Romanos, una mujer que vive en la ciudad de Rosario, Argentina. Es la segunda vez que se pone en comunicación conmigo. Casi por casualidad, descubrió la página "Talamantes tierra virgen", de la que soy webmaster, y sintió una gran alegría porque ese es el lugar de nacimiento de los Hermanos Romanos, su abuelo y su tío. Ellos en su juventud emigraron a Argentina y montaron una imprenta. No se olvidaron de su pueblo y mandaron abundantes libros para las escuelas. El pueblo en agradecimiento les dedicó una calle. Ella me pidió fotos de la calle dedicada a sus familiares y al mismo tiempo se ofreció a enviarme otras de la casa e imprenta que estos paisanos de Talamantes hicieron construir en su nueva patria. ¿Sabéis cuál era el nombre de la imprenta? Se llamó "La Cervantina" y en la fachada de la casa puede verse una talla en piedra de nuestro autor universal. No sé bien por qué esta coincidencia me produjo una gran satisfacción. Hoy la comparto con vosotros.
Se nos fue Paul Newman

Recuerdo que a principios de verano, con motivo de las noticias que hablaban de la enfermedad incurable de Paul Newman, escribí algo sobre él en mi blog. Paul Newman, el galán de los ojos azules increíbles, el del cuerpo perfecto como una estatua griega, el actor que nos enamoró desde la pantalla se nos fue. Gracias por los buenos momentos que nos hiciste vivir, y sobre todo por haber sabido ser una persona solidaria con aquellos que han sido golpeados por la vida. Seguiremos viéndote en aquel recluso que comía huevos duros para ganar una apuesta, escapándote de la cárcel una y otra vez hasta la muerte porque no podías soportar la falta de libertad, o en los muchos y magníficos personajes a los que diste vida en tantas películas. De alguna manera te quedarás con nosotros.
Termitas, la destrucción silenciosa.

Hasta hace poco, al leer o escuchar la palabra termita, mis neuronas hacían inmediatamente su labor de asociación y me veía sentada en la butaca de un cine contemplando al pedazo de actor Charlton Heston en la película "Cuando ruge la marabunta" En ella miles y miles de feroces hormigas arrasaban todo lo que encontraban a su paso. Sí. Yo pensaba que las termitas estaban lejos, tan lejos que era difícil pensar que algún día pudiesen llegar hasta aquí. Pero me equivocaba. Este verano al subir al pueblo para pasar las vacaciones descubrí que las termitas estaban en mi propia casa. Es verdad que no tenían el aspecto de aquellos terribles animales de férreas mandíbulas que parecían a punto de saltar de la pantalla hasta el mismo asiento en el que yo me encogía sobrecogida por su tremenda labor de destrucción. Éstas, parecían simplemente hormigas, unas hormigas normales, diligentes y pacíficas, que por una desconocida razón salían de entre las pequeñas ranuras entre la pared y los marcos de la puerta de entrada y de la de un cuarto de baño situado a la izquierda del patio. Muchas de ellas eran bastante grandes e iban provistas de un par de hermosas alas. Comencé a atacarlas con un bote de insecticida. Morían por docenas, por cientos, y cuando ya creía que había terminado con ellas, aparecía un nuevo batallón, y otro, y otro más. Parecía un inmenso ejército. Ahora sé que toda esa colonia de individuos de aspecto inofensivo abandonaba mi casa en busca de otro sitio para aposentarse y atacar de nuevo. La puerta muestra un considerable boquete en su marco, y el bajo, que antiguamente hacía las veces de cuadra de caballerías, tiene varias vigas devoradas, aunque su aspecto externo pareciera normal. Sólo cuando un albañil fue golpeándolas con el mango de una escoba descubrimos que su interior estaba hueco y que una de ellas se desprendía del techo hasta el punto de que hubo que apuntalar para evitar un posible derrumbe. Y no es sólo mi casa. Hay otras cuantas aquejadas por el mismo mal en la misma calle. Ahora se ha descubierto que el problema comenzó hace varios años en la parte alta del pueblo. Tal vez al principio hubiese sido más fácil de solucionar. Pero no sirve de nada lamentarse… ¡Qué lejos estaban de imaginar mis suegros y mi marido que en su casa pudiera ocurrir semejante catástrofe! Porque lo es. Hay que buscarle solución cuanto antes, y no de forma individual, si no queremos que este pueblo tan querido por todos acabe convertido en un montón de ruinas.
"Hay de sobra para todos..."

Soy una lectora asidua de 20minutos.es. Hoy, me he tropezado con este titular: "Morir bajo algún puente de Calcuta". El artículo pertenece al blog "VIAJE A LA GUERRA" de Hernán Zin. (Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI. El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas) Eso es lo que puede leerse bajo el título del blog. Hoy habla en su artículo de Dipti Porchás, una mujer mayor que conoció hace más de un año en las calles de Calcuta y que apareció en un vídeo publicado por este periódico. "Di con la anciana por casualidad, en una lóbrega tarde de monzón, mientras trataba de mostrar cómo es la vida en las calles de esta ciudad. Llovía, el sol se ocultaba y con el agua a la altura de los tobillos apareció Dipti para enseñarme su chabola, para quejarse de la constante inundación, para afirmar que estaba sola, que no tenía hijos. Las manos temblorosas, la voz quebrada". Recientemente el periodista tuvo ocasión de volver al barrio de Calcuta en el que vivía. " Su vivienda hecha con cartones, plásticos y maderas está cerrada. Las vecinas me dicen que murió hace cuatro meses" –cuenta."Siento pena, impotencia. Y quizás, por más duro que suene, hasta cierto alivio de que no siga allí, padeciendo unas condiciones de vida que son una afrenta para nuestra dignidad colectiva." He querido copiar literalmente su palabras que rezuman sensibilidad y hambre de justicia para los habitantes de esta pobre Tierra nuestra. Mientras, mi almanaque de autoestima me dice hoy: "Hay de sobra para todos, incluida yo". - Ah, ¿sí? – me digo. ¿Y dónde está la parte correspondiente a tantos millones de desdichados que carecen de todo? Es sólo una pregunta. Yo sé muy bien la contestación. Se encuentra en los bolsillos de unos pocos acaparadores sin conciencia, y en el vergonzoso despilfarro de esta sociedad de consumo en la que vivimos.
Por si acaso...

Recuerdo que en más de una ocasión escuché a mi padre hablar del tio … (siento no poder recordar su nombre) al que le duró la vida más que el dinero. Se refería a una persona que pensando que iba a morirse pronto despilfarró lo que tenía y al final se encontró con que carecía de lo necesario para vivir.
Esto mismo es lo que le ha sucedido a Andy Lees, un escocés de 72 años. Los médicos le diagnosticaron un cáncer terminal hace un año, así que el hombre decidió desprenderse generosamente de todo el dinero que tenía. Según cuenta la noticia, publicada en 20minutos.es, Mister Lees dio 1.200 euros a cada uno de sus cinco hijos y 2.500 a cada uno de sus nietos. Además, pagó por adelantado los 8.000 euros por los gastos de su funeral e hizo que colocaran la lápida en el cementerio en el que iba a ser enterrado. Además regaló 3.600 libras a sus amigos.
Pero, cosas de la vida, que tantas veces nos sorprende. Un año después los médicos le han comunicado que se trataba de un error. Su dolencia no era un cáncer sino una dolencia pulmonar crónica.
Los responsables les han pedido disculpas por los daños causados a él y a su familia, pero digo yo…¿será suficiente con eso? A ver quién es el guapo que está dispuesto ahora a devolverle a Andy el dinero recibido… O le dirán lo mismo que decíamos nosotros cuando éramos niños: "Santa Rita Rita, Rita, lo que se da no se quita".
Moraleja: Piense cada cual muy bien lo que hace con su dinero, no vaya a acontecerle algo parecido a lo que le ha ocurrido al arruinado escocés.
Otra vez la cuenta atrás

El verano se acaba. Ya se fue la mayoría de los veraneantes que animaban la vida del pueblo. Se marcharon, unos a reanudar su trabajo, otros por la proximidad de la fecha de comienzo del curso escolar. Hay un gran silencio sin las voces y los gritos de los niños. Yo también estoy apurando mis últimos días de estancia aquí. Tengo que irme por mis citas médicas pendientes y porque mis hijos agradecerán mi presencia. ¡Ay la madre y sus comidas preparadas con amor, y la ropa lavada y planchada, y la casa limpia…! Yo también me acuerdo de ellos y añoro sus achuchones, sus besos y sus bromas: "Te estás poniendo como una bolita, mamá".
Me he encontrado bien aquí, aunque ha sido un verano distinto y muy especial. Me sugerían que quizás me sentiría sola y que notaría más la falta de Miguel. Claro que lo echo en falta, pero no sólo aquí sino dondequiera que estoy. Los recuerdos afloran en cualquier lugar y con cualquier excusa.
- Me acordaré mucho de ti - me decía.
Yo no puedo ni quiero olvidarlo. Muchas veces me digo a mí misma que cuando me llegue la hora de la enfermedad deseo saber llevarla con la dignidad y valentía con que él la llevó a pesar de su crudeza, y decirle a mis hijos cuánto los quiero y cuan agradecida les estoy por sus cuidados como él lo hizo conmigo.
Tal como le hablaba a La Tonda estos años pasados en mis conversaciones interiores con la montaña, llegó ya el momento temido en el que no he podido pisar su cima ni sentarme arrullada por la brisa en su regazo. He tenido que conformarme con mirarla desde abajo y con los hermosos recuerdos que almacena mi memoria. ¡Bueno! No todos han podido disfrutar como yo lo he hecho. Todo es cuestión de mirar con optimismo el contenido de la botella, medio llena o medio vacía.
Me iré con la esperanza de que el próximo verano pueda estar lo suficientemente bien de salud para volver una vez más a este pueblo al que he llegado a querer como si fuera el mío.
Sangre, sudor y lágrimas

Es un decir. No hay sangre, ni lágrimas. Pero sí sudor. ¡Mucho!
La vida en el pueblo transcurre plácidamente. Estoy sola. Tengo poco trabajo así que dispongo de mucho tiempo libre para hacer todo aquello que me gusta y cultivar el silencio y la soledad que tanto bien me hacen. Otra vez me he enganchado a los sudokus. Los hago en casa, sentada en un banco a la entrada de la ermita de San Miguel, a la entrada del pinar, echada en la tumbona bajo la sombra de un manzano del huerto…
Cada noche, cuando me conecto a internet, miro si he recibido algún mensaje de mis amigos, compruebo el número de visitantes de mi página, doy un repaso a las noticias del día y entro en Google o en Yahoo para copiar los sudokus que ofrecen en su sección de juegos on line. En Yahoo hay cuatro, con distintos grados de dificultad. El "fácil", que lo hago en un plis plas, el "medio", que es aceptablemente sencillo de resolver, el "difícil" que, ¡mamá mía! alguno de ellos casi agota mi paciencia, y el "infernal", que como su nombre indica, sólo a puro de fuerza de voluntad y de tesón puedo hincarle el diente. Cuando parece que tengo el triunfo en la punta de mis dedos, recibo la primera señal de alarma. Hay algo que no cuadra, algún número está repetido en la misma fila…
Aprieto los labios con determinación, y con un poco de rabia borro todos los números. A la derecha del cuadro coloco una pequeña raya vertical para contabilizar el número de intentos y me digo a mí misma que voy a poder más que el maldito sudoku. El lapicero va disminuyendo visiblemente y la goma ha perdido su forma original y se ha convertido en una pequeña rueda que se desliza por el suelo al menor descuido.
Pueden ser cuatro, cinco, seis o más intentos, pero al final consigo el resultado correcto. Y entonces siento una enorme satisfacción, como si hubiese ganado una difícil batalla.
Hemos estado incomunicados

Anoche, tras el paseo diario de la tarde, llamé a mi hija por teléfono. Llamo, espero que suene el timbre dos veces y cuelgo. Esa es la señal. Y la manera de ahorrarme unos eurillos porque ella tiene banda ancha, incluidas las llamadas nacionales gratis. Pero el teléfono estaba mudo. ¡Vaya, ya tengo avería! - pensé. Entonces cogí el móvil y… ¡oh sorpresa! tampoco funcionaba. Sin servicio, se leía en la pantalla. Como no estoy muy puesta en el funcionamiento de estos modernos aparatitos, pensé que le habría dado involuntariamente a alguna tecla. Me fui a la cama imaginando que mi hija estaría sospechando de mi poca pericia y dando casi por hecho que su madre habría metido la pata.
Esta mañana la situación no había cambiado, así que he subido hasta el Ayuntamiento para hablar desde la cabina instalada en la entrada. Una y otra vez el aparato me devolvía las monedas. Por fin he acudido a casa de unos primos y allí he averiguado que el pueblo entero estaba incomunicado. Hasta hemos pensado si los amigos de lo ajeno habrían arrancado los cables para afanar el cobre, como ha pasado en distintos lugares de la zona.
Estamos tan acostumbrados a que con solo apretar unas teclas tenemos al otro lado a la persona con la que queremos comunicarnos, que ese auricular silencioso nos resulta extrañamente incómodo. Hace que nos sintamos desprotegidos. Casi nos parece imposible pensar que en tiempo de nuestros abuelos ésta era la situación normal. En los pueblos pequeños como éste, por poner tan solo unos ejemplos, no se podía avisar al médico si no era desplazándose en una caballería, ni podía comunicarse la enfermedad o la muerte de un pariente a los familiares que vivían lejos hasta que no les llegase una carta. Ni por supuesto yo, sobre todo este año que estoy sola, podría estar colgada del teléfono cuatro o cinco veces al día, escuchando a mi hija que se interesa por el cascado estado de salud de su progenitora, o me pone al día de las pequeñas o grandes novedades que acaecen en nuestro lugar de residencia.
Es cierto que no solemos caer en la cuenta de lo importantes que son estos adelantos para nuestra vida diaria hasta que no nos vemos privados de ellos.
Hoy las ondas han vuelto a circular por nuestros teléfonos con normalidad y yo podré pegar en mi página estas reflexiones.
¡Gracias a Graham Bell, o al italiano Antonio Meucci que se quejaba de que el primero le había robado su idea! Mejor, ¡gracias a los dos por este maravilloso invento!
Sin ánimo de ofender

El día ha salido lluvioso. Si no aclara, son escasas las perspectivas de paseo, con la excepción de una salida corta para calmar las ansias de Yako. Si por él fuera no entraría en casa en todo el día. ¡Todo le parece poco!
Acabo de desayunar. Utilizo una bandeja metálica antigua de esas que están decoradas con motivos florales, bodegones… Hasta el día de hoy no había prestado atención al dibujo de la bandeja. Era eso sólo, una bandeja. Pero hoy, no sé por qué, quizás por el hecho de que tengo por delante mucho tiempo libre, la he mirado con detenimiento. ¡Y casi se me atraganta el desayuno!
Representa una naturaleza muerta, ¡pero bien muerta! Sobre lo que parece el tablero de una mesa, apoyados sobre una tela blanca, yacen rígidas unas cuantas aves de distintos tamaños. Puedo reconocer un faisán, una paloma, un par de perdices, y el resto, hasta nueve, son pájaros menudos que encontraron la muerte a manos de un despiadado cazador. Una jarra de barro, ajos, tomillo, laurel, cartuchos de distintos colores, la hebilla de la canana y la escopeta doblada completan el cuadro.
Detesto la caza. La considero un deporte cruel. Sé que nuestros ancestros fueron cazadores, pero su motivo era puramente de supervivencia, no de placer.
Casi me ha sentado mal el desayuno. Me he levantado para rebuscar en el viejo trinchante de la abuela. Ahora desayunaré con otra más agradable. Ésta tiene un bol repleto de guisantes, una hermosa cebolla y una zanahoria. Y en primer plano puede verse una fuente con una rica menestra a punto de ir a la mesa.
Esconderé la otra en el fondo del mueble para no volver a verla más, aunque me quedo con las ganas de tirarla a la basura.
Me pregunto qué mecanismos se mueven en nuestro interior capaces de convertir una cosa que has mirado con indiferencia durante años en algo insoportable.
Oigo que me llaman desde la calle y me asomo al balcón. Es una prima que se interesa por mi salud. Mientras hablamos, llama nuestra atención una cría de golondrina que revolotea torpemente intentando remontar el vuelo. Produce ternura. Mi prima intenta cogerla para lanzarla a lo alto y el animal aletea asustado. Da pena pensar en su probable final, tal vez entre las garras de un gato o quizás se la encuentre un niño…
¿Conocéis esta vieja maldición? ¡Ojalá te vuelvas pájaro y en las manos de un niño te veas!
La verdad es que es duro, pero verdadero, aun suponiendo que el niño no actue por maldad.
Charla sobre primeros auxilios

Yo sé que alguno de los que leéis mi página conocéis lo ocurrido en este pueblo durante el verano de hace dos años. Aquel día en el que dos niños de cuatro y cinco años de edad, a punto de irse del pueblo, mientras sus padres preparaban el equipaje se escondieron bajo un pequeño y deteriorado puente, y que cuando el padre de uno de ellos y tío del otro bajó hasta el barranco en su busca, al pisar el puente contempló horrorizado cómo el suelo se desplomaba sobre los pequeños. Uno fue rescatado pronto, el otro, con todo el cuerpo atrapado, perdió el conocimiento debajo de la pesada losa y sólo cuando estuvimos reunidos unos cuantos adultos pudimos levantarla y extraer al niño que parecía muerto. Estábamos horrorizados, y de la mayoría de las gargantas se escapaba casi al unísono una invocación al Santo Patrono del pueblo. ¡Ay, San Miguel! ¡Ay, San Miguel!
Había por allí otro niño pequeño, hermano de uno de los accidentados, que se había librado de milagro, que entre el barullo y la angustia contemplaba lo que estaba sucediendo sin que a nadie se le ocurriese en aquellos momentos llevárselo de allí.
Los niños tuvieron que estar en el hospital bastante tiempo, sobre todo uno de ellos, enyesado e inmovilizado desde la cintura hasta los pies. Gracias a Dios hemos podido volver a verlos correteando e imaginando nuevas travesuras por las calles del pueblo.
Uno de los actos programados para la recién terminada Semana Cultural fue una charla sobre Primeros Auxilios. Me han contado que Martín, el niño que a sus tres años fue testigo de lo ocurrido, estaba sentado en la primera fila. Cuando el conferenciante preguntó a los presentes si sabían qué había que hacer cuando había un accidente, Martín levantó la mano. Supongo que al hombre le haría gracia la actitud del pequeño y se dirigió a él para que éste le contestase.
-¡Yo lo sé! Hay que llamar a San Miguel -respondió Martín.
Lógico ¿No es verdad?
Hoy, al enterarme, no he podido por menos que sonreír y he querido compartirlo con vosotros.
¡¡¡Niños!!!
¡No se oye un alma!

Esto días se celebra aquí la Semana Cultural. Unos días programados con distintas actividades para todos, chicos y grandes, que acuden al pueblo al reclamo de estas jornadas que comenzaron su andadura hace ya 27 años, y que hacen que este pequeño rincón se llene de vida durante unos días.
El dolor por la pérdida de mi marido, su recuerdo constante, hace que este año vea desde fuera cómo transcurre el evento. Cada tarde, en compañía de mi fiel Yako, busco el silencio y la frescura del pinar. Después me traslado hasta la ermita, y allí, leyendo un libro, resolviendo crucigramas o sudokus, o entretenida con el perro que reclama a menudo mi atención, espero el anochecer.
Hasta allí sube el bullicio del pueblo: los llantos y los gritos de los niños, las voces roncas de los hombres, las otras, más agudas de las mujeres; el estallido de los petardos, que tanto asusta a Yako, los sones del paloteao del pueblo en sus sesiones de ensayo para su actuación en las fiestas del Santo Patrono, el Arcángel San Miguel.
También por las noches, ya entrada la madrugada, llegan hasta mi cama los ruidos de las carreras, las voces y las risas de los chavales jóvenes subiendo y bajando por las calles.
Pero ahora, bien entrada la mañana, el pueblo está silencioso. Sólo se escucha el canto de los pájaros, el motor de algún coche que entra o sale del pueblo, el sonido que el viento arranca de las pequeñas tiras de plástico colocadas en los antepechos de los balcones de mi casa para tratar de evitar los excrementos de las inquietas golondrinas. ¡Con los que yo las quiero, pero a fe que son marranas…!
Me encanta el silencio. Aunque conozco a personas que no pueden soportarlo, como si se tratase de una gran losa que pesara sobre su espíritu dejándolas irritadas, desorientadas y confusas. Casi siento lástima por ellas. Claro que es muy posible que el sentimiento sea recíproco.
Por suerte, aunque pertenecemos a una sola especie, todos somos diferentes, únicos. Me siento orgullosa por ello. Y deseo ardientemente que ninguno de los múltiples ensayos científicos, algunos de ellos preocupantes, que se realizan en los laboratorios termine con esta valiosa singularidad del ser humano.
Remirando mis viejas fotos

Algunas veces, sin un motivo aparente, saco la caja en la que guardo las fotos acumuladas a lo largo de los años y me entretengo contemplando esos instantes del pasado capturados en pequeños y amarillentos trozos de papel. Durante mucho tiempo mantuve la intención de colocarlas en los correspondientes álbumes, pero por uno u otra razón, sobre todo por la gran cantidad de las mismas, mi propósito no llegó nunca a convertirse en realidad.
Tengo en mis manos una de ellas, hecha por una compañera con mi primera cámara, de la que yo me sentía tan orgullosa. Es de tamaño mediano, en blanco y negro como todas las de aquella época.
Estoy con un numeroso grupo de alumnos, junto a una vieja tapia de adobe próxima a la escuela, un antiguo y deteriorado caserón que antes había sido convento. Mis chicos se encaran con la cámara con diferentes poses y talantes: sentados, arrodillados, en cuclillas, de pie, entre sonrisas, curiosidad, guiños y gestos diversos provocados por la claridad del sol y por la sorpresa ante el disparo.
Apenas puedo recordar media docena de nombres de estos niños de cinco años: Rosana, Mª Victoria, Cristina, Mariano… Y Pedro Luis, un niño menudo y moreno, de ojos muy negros, que se encuentra justo delante de mí, con mis manos apoyadas sobre sus hombros. Volví a verlo veintiocho años después en la boda de mi hija, porque, casualidades de la vida, ella se casó con un primo suyo. Yo no lo recordaba, y él a mí tampoco, por supuesto. Esta foto es casi la única prueba tangible de nuestra lejana relación de maestra y alumno durante un curso escolar.
Hola y adiós

Llevo incomunicada del mundo de internet durante todo el mes de julio. Este año me es imposible establecer la conexión desde el pueblo en el que paso el verano. Sólo hoy, porque he tenido que desplazarme hasta mi domicilio habitual, he podido acceder a mi correo y a esta página. Pensaba que el mono del ordenador me resultaría insoportable de sobrellevar. ¡Pero no! Sí que sentí un poco de rabia los primeros días, pero sé por experiencia que no puede controlarse todo en la vida. Creo que hay un proverbio oriental que dice que el secreto de la felicidad se encuentra en la ausencia de deseos, puede que tenga razón. Tengo otras cosas que hacer. Disfrutar de la naturaleza, jugar con mi perro, pasear con la gente conocida, reírnos un poco de nuestros propios achaques y del considerable número de años que sumamos entre todos los jubilados que nos sentamos al atardecer en los bancos de la carretera a la entrada del pueblo, leer, hacer crucigramas y sudokus... Hablar por teléfono con mi familia, disfrutar de sus visitas, regar el pequeño rosal que coloqué junto a la tumba de mi marido, recordarlo todos los días porque él me dijo que se acordaría de mí... hablar con él, y seguir amándolo.
Mañana vuelvo otra vez a mi silencio forzoso. Los pueblos pequeños andan escasos de servicios.
¡Hasta la vista! ¡Feliz verano!
Visita al Coso Bajo

Hacía tiempo que quería hacerlo. Visitar el barrio de La Magdalena, en el que se estableció mi familia cuando mi padre vino a trabajar a Zaragoza, mientras yo estaba estudiando en un internado de Valladolid. Deseaba ver lo que quedaba en pie después de más de treinta años de ausencia. La excusa, comprar unas zapatillas de cáñamo en una alpargatería de la calle San Lorenzo, junto al Coso. Desde la calle Alfonso he cogido la Calle Espoz y Mina, he cruzado la calle San Jaime, y al llegar a la calle Mayor, he empezado a mirar con los ojos muy abiertos, esperando encontrar retazos conservados en mi memoria después de tantos años. La torre mudéjar de la iglesia de la Magdalena luce preciosa. Las paredes aparecen protegidas por un vallado y hay señales visibles de que se encuentra en estado de restauración. El Gallo observa orgulloso el barrio desde lo alto de la torre. Todavía se conserva abierta la pequeña tienda de "La Quiteria", a la que acudía mi hija en su infancia acompañada de sus abuelos a comprar chucherías. He sentido ganas de penetrar en su interior, imaginando que iba a encontrarme con ella, tan preciosa y tan mimada, como única nieta.
He echado de menos el edificio de la antigua Universidad, en la que me examiné de oposiciones cuando acabé la carrera. Algunas casas se conservan sin cambios, ocupadas por inquilinos de escasas posibilidades económicas. He leído el rótulo de la perfumería "los Claveles" y sigue abierta la antigua farmacia. He atravesado la calle y me he dirigido hacia arriba. He cruzado la calle Palomar y enseguida, los ojos se me han ido al edificio que ocupa la esquina de las calles Cantín y Gamboa y Heroísmo. Me he obligado a frenar mi impaciencia. Tenía que mirar primero los bajos del edificio de la esquina izquierda de la calle, donde estaba instalada la droguería "Los Leones". Todavía se conserva el rótulo. Las persianas enrejadas permiten leer el cartel de "Se alquila". Me parece ver a los dueños de la tienda con sus batas azules o grises y a la mujer de uno de ellos, una mujer agraciada, de ojos azules, con el pelo teñido de un rubio muy claro, y rellenita, muy al gusto de los hombres de aquellos años. He olvidado su nombre. Tendría que preguntarle a mi madre, pero ya no es posible hacerlo.
Y ahora sí. Me he detenido para mirar desde allí el edificio levantado sobre el solar de lo que fue nuestra antigua casa. No es un edificio bonito. No existe la peluquería, ni la lechería, ni la tienda de ultramarinos, ni la "Funeraria Quílez", ni la Chichorrería, ni la Carnicería, que ocupaban los bajos de aquel espacioso edificio. Ahora todo ellos forman parte de una tienda de electrodomésticos. No diré su nombre porque no quiero hacerle propaganda gratuita, ya que su propietario no es recordado con demasiado afecto por los vecinos del antiguo inmueble. Compró la casa y enseguida empezó a entrarle prisa por desalojar a los vecinos con no muy buenas artes, para poder derribarla.
Sí que se conserva la casa del número 2 de la calle Heroísmo. He mirado hacia la terraza, esperando encontrarme con la cabeza gris de la señora Tomasa, a la que tantas veces vi desde nuestras ventanas. Recuerdo claramente los azulejos morados del patio y la gran puerta de madera de la entrada de nuestra casa. Desapareció también "Casa Ortín", una tienda de vinos cercana, a la que pasábamos a comprar los bloques de hielo para refrescar la vieja nevera. No están tampoco los viejos urinarios en la acera de enfrente ni el puesto de los "iguales". Y me parece escuchar las voces de los vendedores del cupón de la ONCE: "¡Iguales! ¡Iguales para hoy llevo la suerte! ¡Hay iguales!" Y por las noches, el ruido del último tranvía deslizándose por los raíles cuando marchaba en dirección a las cocheras. Y las voces de los trasnochadores llamando a los serenos para que les abrieran la puerta.
No disponía de mucho tiempo, así que un poco a regañadientes, he entrado en la calle San Lorenzo y, a la izquierda, casi al comienzo, me he encontrado con "Casa Paco". ¡Sigue abierta! "Baratijas infantiles" "Prensa diaria", puede leerse en unos viejos y renegridos carteles. De repente me he encontrado dentro del local. Ha sido como un impulso irrefrenable. Un hombre de edad mediana estaba sentado leyendo.
- ¡Perdone! - le he dicho -. No vengo a comprar. Hace más de cuarenta años mis hermanos y yo veníamos a esta tienda a cambiar novelas y tebeos y a comprarnos algún que otro polo. He sentido la curiosidad de verla otra vez.
El hombre no era demasiado hablador, pero ha parecido comprender.
- Hace más de cincuenta años que está abierta - me ha dicho.
Apenas unos metros de local, ahora totalmente desordenado, con innumerables cajas y objetos amontonados en el suelo, hasta el punto de que apenas se podían dar unos cuantos pasos, y que a nosotros entonces nos parecía un santuario. ¡Cuantas novelas del oeste y alguna que otra de amor, leería yo durante aquellos años! ¡Y cuántos tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín, del Guerrero del Antifaz, del Capitán Trueno, del Jabato…!, todos los que cambiaba mi hermano, sin importarnos demasiado que tuvieran las esquinas dobladas o que estuvieran adornados con algún que otro lamparón procedente de la grasa de la comida o la merienda.
Ya he cumplido mi deseo. En mi memoria sigue en pie la vieja casa con cada uno de sus vecinos, la mayoría muertos, y tan originales que darían de sí para escribir un libro entero sobre ellos.
La esclavitud de las telenovelas

Creo que fue en el verano de 2006, aunque tampoco podría asegurarlo. Estábamos en el pueblo. Allí en la montaña, el calor tiene poco que hacer, sobre todo dentro de casa. Basta con meterte en el patio y parece que estás - exagerando un poco – en una nevera. Poder dormir con una manta ligera en la cama es una gozada. Bien, pues mientras mi marido estaba en el bar de su pueblo, ese pequeño pueblo que él tanto quería, yo me quedaba un rato sentada en el cuarto de estar. Era el momento de echar una cabezadita con la tele encendida. Y, mira por dónde, un día fui a parar a la cadena Telecinco, que ofrecía la serie "Yo soy Bea".
Nunca me han gustado las telenovelas. Prefiero cualquier programa que empiece y termine en el día, porque si no, como me pasó a mí, te quedas enganchada, y parece que te creas una obligación diaria.
Y los capítulos fueron pasando, un día y otro día, un mes y otro mes, un año y otro año, porque el argumento se desarrollaba tan lentamente que aunque algún día no pudieras verla, casi seguro que no perderías el hilo de la historia.
¡Bea! La secretaria de la revista Bulevar 21, una joven perfectamente preparada. Bea, la muchacha fea y de aspecto anticuado que se enamora perdidamente de su jefe. Ese jefe atractivo y mujeriego que no tiene ningún reparo en engañarla fingiéndole amor para conseguir sus propósitos. ¡Pobre Bea!
Creo que hemos sido miles, y en algunas ocasiones millones de espectadores, supongo que la mayoría del género femenino, los que hemos sufrido con ella. Pero esta noche…
¡Esta noche llega el día grande de Bea! Esta noche veremos cómo se casa con su amado, y después… ¡vivieron felices y comieron perdices!
Ya, ya sé que la serie que me ha tenido embobada sigue con otras aventuras y nuevos personajes pero, ¿sabéis? Yo me bajo en esta estación. Y me he prometido a mi misma no dejarme enganchar nunca más. En bastantes ocasiones mi hija se ha burlado de mí, y no sin razón. Siendo ella jovencita le reprochaba yo su afición por las telenovelas, y mira por donde he ido a tropezar en la misma piedra. A veces me llama por teléfono antes de que haya terminado el programa, y pronto se da cuenta de que yo no la estoy escuchando con demasiada atención. "¡Ya estás con la Fea!" - me dice. Así que me he prometido muy seriamente no caer de nuevo en las redes de ninguna otra telenovela ¡Espero cumplirlo!
La Madre Naturaleza

No creo que a estas alturas haya alguien en la Tierra que no sea consciente de que toda nuestra vida depende de la Naturaleza. Todos los seres vivos comenzamos nuestra existencia tras un proceso de fecundación que, tanto en el mundo vegetal como en el animal, podemos considerar casi milagroso.
El Sol y el aire nos proporcionan la energía y el oxígeno necesarios para vivir. La tierra nos alimenta y nos cobija. El agua calma nuestra sed. Todo gracias a la Madre Naturaleza.
Y el hombre, dotado de una inteligencia portentosa, con el paso de los años va descubriendo los secretos que ésta ha mantenido escondido durante miles de años. Entonces se pavonea y se crece hasta querer convencerse a sí mismo de que su papel en el mundo es someter todo lo que ella encierra.
Pero, a veces, con más frecuencia de lo que nosotros quisiéramos, esta madre se convierte en un monstruo. Es el mismo dios Saturno devorando sin piedad a sus propios hijos. Tornados, inundaciones, terremotos, volcanes… Ante ellos, los seres humanos nos sentimos inermes, conscientes de nuestra pequeñez, como hormigas indefensas despanzurradas por las enormes pisadas de un gigante.
Y entonces, todo se convierte en desconcierto, en impotencia, en dolor … Miles de personas muertas, muchos otros miles sin hogar, sin comida, sin lo más imprescindible para vivir. Y el resto de la humanidad asistimos al terrible espectáculo sobrecogidos e impotentes, preguntándonos en silencio si no seremos nosotros los siguientes…
Pero en todos estos casos, como hermosas flores nacidas en lo más profundo de un lodazal, brotan también los sentimientos más hermosos de la raza humana: la solidaridad, la unión, la valentía, el amor…
En medio del desastre y de la muerte ocasionados por el enorme terremoto de China, hemos sido testigos de gestos hermosos. Cientos de personas han luchado contra reloj para recuperar con vida a los supervivientes atrapados bajo toneladas de escombros. Y nos hemos alegrado por la niña de 11 años que ha podido ser rescatada con vida tras estar sepultada más de 60 horas. Y por las tres mujeres atrapadas que han podido mantenerse vivas durante una semana, y por esa anciana de 102 años rescatada nueve días después, en lo que parece un milagro. Y hemos sentido dolor por esos doscientos miembros de los equipos de rescate que han quedado sepultados por deslizamientos de tierra y que han entregado sus vidas en el cumplimiento de su deber.
Para terminar este post he querido guardar la más tierna de las imágenes. La de una joven policía que salvó a un bebé de 3 meses y al que, tras comprobar la muerte de sus padres, ella misma amamantó. Y se dedicó a recorrer hospitales para alimentar a otros bebés que se habían quedado sin madres, o que aún teniéndolas, no podían ser alimentados por ellas, debido al estado en el que se encontraban.
¡Bendita seas Yiang! Ser madre de un pequeño, te hizo entender muy bien lo que tenías que hacer.
La gran cabalgada

Me gustaría poder enviar a cada uno de vosotros que estáis leyendo este post el archivo que acabo de recibir en mi correo, para que pudieseis disfrutar con él lo mismo que lo he hecho yo. Trataré de contarlo, aunque bien sé que no será lo mismo.
El archivo viene acompañado de una animada melodía de piano. En la primera imagen aparece una manada de caballos preciosos, en su mayoría blancos, galopando de frente, como si en unos momentos fueran a estar sobre ti.
Sobreimpresionado sobre la imagen aparece el siguiente texto:
La Gran Cabalgada
Lee el texto con atención…
Cierto día, un paciente de un hospital psiquiátrico golpea la puerta del director del hospital.
- ¿ Cómo está, doctor? ¿Puedo entrar?
- ¡Claro que sí! ¿Qué desea?
- Bueno, doctor. Le quiero dar un regalo.
- ¿Un regalo? ¿Pero qué regalo?
- Es un libro. Se titula : LA GRAN CABALGADA
- Muy interesante. Pero, ¿quién es el autor?
- Soy yo, doctor.
- ¿Tú? Pero, ¿cómo es eso?
- Llevo internado aquí desde hace muchos años y tuve bastante tiempo para escribirlo.
- Estoy muy impresionado. Si fuiste capaz de escribir un libro es porque ya estás curado. Voy a firmar tu alta inmediatamente - dijo el director.
Y el autor del libro se marchó feliz de la vida.
Más tarde, el director inició la lectura del libro.
Empieza a leer…
Libro: La Gran Cabalgada
(Cesa la música del piano y se escucha entonces un chirriar, ¿cómo lo explicaría yo? Parece como si alguien deslizase una aguja metálica sobre una parrilla de ese o parecido material) Y mientras, la pantalla del ordenador se llena con la palabra Potocó.
Exactamente 242 Potocós, ordenados en 22 filas y 11 columnas.
En la parte inferior de la pantalla, en la zona central aparece esto: - 1 -
(indicando que nos encontramos en la primera página.)
Otro chirrido anuncia el cambio de pantalla.
Potocó. Potocó. Potocó. Potocó…
Otras 22 filas y 11 columnas de Potocós, que se corresponden con… ¡Exactamente! Con 242 Potocós. Esta vez, en la parte central e inferior de la pantalla puede verse esto: - 178 - Se supone que ésa es la página del libro en la que nos encontramos.
Un último chirrido nos conduce a las consabidas filas y columnas de Potocó. Potocó. Potocó…
En la parte inferior de la pantalla, en un tamaño mayor de letra, podemos leer:
Y Potocó (fin)
- 300 -
La cabeza de un caballo con el hocico abierto, enseñando todos los dientes, aparece asomado por encima de una valla, mientras una risa contagiosa, que parece salir de la garganta del animal, llena la pequeña habitación en la que me encuentro, y se confunde con mis propias carcajadas.
Felicito al autor de este archivo. ¡Me admira la creatividad de la gente! Y a ti, Elvira, una de mis fieles lectoras, ¡gracias por este regalo!
Es cierto que el dolor aleja de nosotros la risa, que por otro lado es bien necesaria. Nadie debería pasar un solo día sin reír.
La Catedral del Mar

No hará mucho más de 15 días apareció mi hijo pequeño por casa con un libro enorme bajo el brazo. Días antes había salido la conversación sobre los libros que estábamos leyendo y él me dijo que estaba terminando uno que le había resultado muy entretenido.
- Se llama "La Catedral del Mar", ¿querrás leerlo?
Le dije que sí. Me quedé impresionada al verlo. Por sus dimensiones y por sus 670 páginas… Pero me fié de su palabra. Lo dejé en mi habitación como libro de cabecera. Todas las noches, aunque me acostase tarde, el libro me estaba esperando para contarme su trozo de historia antes de que el sueño cerrase mis ojos.
La Catedral del Mar, de Ildefonso Falcones, nos presenta la Barcelona de la Edad Media, entre los años 1.320 y 1.384, a través del trabajo, el dolor, el amor, la envidia, las calumnias, las intrigas… todo lo que encierra la azarosa vida del protagonista del libro, Arnau Estanyol. Y, como telón de fondo, la construcción de La Catedral de Santa María del Mar, llevada a cabo por el pueblo llano de la ciudad, en la que Arnau participó, portando sobre sus espaldas, como muchos otros, las enormes piedras necesarias para que la catedral fuese creciendo poco a poco.
No sé si podréis creerlo, pero "me he merendado el libro en apenas 15 días", tal vez en menos.
¡Un poco más! ¡Un poco más! – me decía a mi misma, tratando de olvidar el movimiento inexorable de las manecillas del reloj.
Esa es una de las cosas buenas que tiene el estar jubilada. Puedes permitirte no madrugar.
Además, tan pronto abrí el libro por el primer capítulo, leí: "Año 1.320, Masía de Bernat Estanyol, Navarcles, Principado de Cataluña.
Al leer la palabra Navarcles, vinieron a mi mente como un relámpago unos claros recuerdos infantiles. La familia del tio Elias se fue a vivir allí. Todavía me parece estar escuchando a mi madre mientras nos reñía a mi hermana y a mí por habernos ido a despedirlos a la estación con nuestras trenzas sin peinar.
¡Qué importancia podía tener - pensamos – cuando se iban para siempre la Carmen, la Santos, la Pepa, la Evelia, nuestras compañeras de juegos, y la tia Serotina y el tio Elias y la abuela Pepa! En Navarcles les estaban esperando el resto de aquella numerosa familia. Y cuando el tren se puso en marcha y volvimos a nuestro pueblo, lo encontramos más pequeño y más silencioso.
Arropada en mi cama, mirando la foto de mi marido ausente, desde mi dolor, traté de imaginar qué les habría deparado la vida a cada uno de ellos en aquel pueblo desconocido a lo largo de todos estos años.
El tiempo no se detiene

Parece mentira, pero ya han transcurrido cuatro meses y medio desde la muerte de mi marido. ¡Cuántos recuerdos! En medio del dolor de su pérdida, tengo la suerte de poder repasar a diario todos los momentos buenos que vivimos en medio de la maldita enfermedad.
Paladeo lentamente, disfrutando de cada una de sus sílabas, todas sus palabras de amor: ¡Cuánto te quiero! ¿Qué iba a ser de mí sin ti? ¡No me dejes solo! ¡Estáte aquí conmigo! Todo aquello que desde su situación de severa dependencia me manifestaba cada día, con una sinceridad que te confortaba y te hacía llorar a un tiempo.
Cada noche al acostarme, y al levantarme por la mañana, lo miro y lo acaricio en la copia fotográfica del grupo "Los de la Moncloa", como se hacían llamar en plan gracioso los seis o siete hombres que se juntaban todas las mañanas y las tardes que el tiempo lo permitía, a las afueras del pueblo, teniendo como lugar de reunión y de refugio la cochera de Pedro, otro enfermo con una reciente y grave operación de corazón. Un pequeño local donde él engañaba las horas haciendo con sus manos hábiles un gran número de bastones de bambú, que regalaba a sus conocidos y guardaba colgados. Eran tantos, que logró decorar con ellos la mitad de una de las paredes. Tenía sus numerosas herramientas, perfectamente colocadas, dando la imagen inequívoca de una persona amante del orden. Construyó una mesa de carpintero, luego un armario, y estanterías... Hacía caracoleras, arreglaba las suelas de los zapatos de sus familiares y vecinos, enmarcaba fotografías y grabados. Una de éstas fue para Miguel. Doy las gracias a Pedro por ello. Es la última foto que tengo de mi marido. Sentado en la silla de ruedas con motor que tanto le ayudó a mantener una poco de autonomía. Sus manos, antes grandes y fuertes, están ahora muy delgadas, con los músculos devorados por la esclerosis, y en ellas se dibuja claramente el perfil de los huesos. Allí está, rodeado de sus camaradas de tertulia.
Cada vez que salgo a pasear con Yako por la calle cercana, él tira con fuerza en aquella dirección. Yo le quito la idea, porque acercarme al lugar me produce una viva impresión. A la vuelta, si la cochera está abierta, me llego hasta allí. Pedro me mira, y se le nota un punto de emoción en la voz .
-¿Dónde están los de la Moncloa?- le pregunto.
-Vienen poco- contesta.
De alguna manera, Pedro y Miguel resultaban el nexo de unión del grupo, ya que al principio dos o tres no se hablaban entre ellos. Poco a poco fueron capaces de limar asperezas hasta conseguir una mejor convivencia.
¡Bienaventurados los que trabajan por la paz!
La importancia del puntito de la i

En más de una ocasión, al observar a dos personas con una gran diferencia de estatura, que están juntas, hemos dicho o escuchado esta expresión: "Parecen el punto y la i."
El puntito de la i, algo tan pequeño, tan poco importante. Pero…¡no nos equivoquemos! No lo es. Y el que no se lo crea, no tiene más que enterarse de la tragedia que ocurrió en Turquía por culpa de dos puntitos de la i que estaban de más en un SMS.
Emine y Ramazan Çalçoban, un matrimonio turco, decidió romper su relación tras pelearse.
Emine, la esposa, una joven de 20 años, volvió a la casa de su padre, Hamdi Pulas; pero la pareja continuó discutiendo a través sus teléfonos móviles con mensajes SMS.
En muchos teclados de teléfono móvil no existe el carácter para la "I" turca, por lo que Ramazán, en uno de los mensajes, en lugar de escribir "sIkIsInca" que significa (…cuando te quedas sin argumentos), escribió "sikisince", que quiere decir, ¡Ay, Dios mío! (cuando te follan).
Emine se tomó el mensaje como un insulto y se lo enseñó a su padre, que se enfureció e increpó a su ex yerno, Ramazan: "Nos has insultado, has mancillado nuestro honor. Estás tratando a mi hija como si fuese una prostituta".
Cuando Ramazan fue a casa de su antiguo suegro para explicarse, toda la familia Pulas se le echó encima y le hirieron con un cuchillo.
Entonces Ramazan, acuchilló a Emine hasta matarla y fue enviado a prisión. Poco después, se suicidó.
"Un pequeño punto destruyó las vidas de cinco personas", publicó el diario ’Hürriyet’ en portada y añadió que el punto de la ’i’ en ciertas palabras delicadas de la lengua turca está causando "serios problemas".
Las hazañas de Mameluco

Hace dos o tres días, aprovechando que hacía una hermosa tarde, soleada y quieta, mi hija y yo salimos a andar con Yako. Fuimos por la ruta acostumbrada: Esperamos un rato para cruzar la carretera, con un tráfico de camiones casi continuo acompañados de un rugido infernal, y después anduvimos por el camino ancho. Yako, sujeto con su cadena, olisqueando de aquí para allá, que casi se te lleva en volandas con su fuerza. Luego, torcimos hacia la izquierda para ascender por el paso elevado sobre las vías del tren. Ya de bajada, llega el momento de soltarlo. ¡Cómo disfruta! Coge entre sus poderosos dientes una piedra bien gorda y la transporta durante casi todo el recorrido, como si de una gominola se tratara. Ya puedes reñirle para que la suelte porque puede dañarse los dientes. Él remolonea como si no te oyera, la suelta, y al poco rato ya ha encontrado otra parecida. Al final ya no le dices nada por aburrimiento. Aprovecha las acequias de riego para pegarse un chapuzón al mismo tiempo que da unos ruidosos lengüetazos mientras bebe.
A la vuelta fuimos a ver a Luis, un amigo que se encuentra enfermo. Vive en una casa a las afueras del pueblo, muy próxima a la carretera, tanto que dentro de dos años se la expropiarán para convertir este tramo de carretera en una autovía. No se queja, pero tiene que sentir por dentro muchas cosas, no sólo por su enfermedad, sino porque esa casa obra de sus manos terminará pronto barrida por una enorme pala. Tiene muchas cosas antiguas colocadas con mucho gusto dentro y fuera de la casa. Dos tinajas antiguas con las bases pegadas al suelo con cemento, a ambos lados de la puerta que da acceso a la casa, sirven para dejar dentro el calzado y las ropas que usa en el huerto. Poco a poco, él hizo la hermosa verja de la puerta de entrada, puso las losas del sendero del jardín y colocó con gusto conjuntos de piedras con los huecos rellenos de tierra que alimenta las variadas y hermosas plantas. Atamos a Yako en la verja y Luis lo obsevó.
- Éste es más guapo que Mameluco, dijo.
- ¿Mameluco?, preguntamos entre risas.
Esta palabra siempre ha tenido para mí un significado despectivo, algo así como zafio, bruto, tonto. Quizás guarde también antiguas reminiscencias de odio o rencor hacia aquellos soldados turcos conocidos con este nombre que lucharon en España durante la Guerra de la Independencia en el bando de los franceses.
Así se llama su perro. El animal acababa de hacerles una faena. Se habían olvidado de cerrar la puerta del corral y el tal Mameluco (¿qué se puede esperar de un perro que se llama así?) había matado varios pollos tomateros, que Luis y su mujer habían criado a la antigua usanza. Colocaron los huevos en un cesto con paja y la gallina clueca hizo el resto, hasta que salieron, pequeños y preciosos, supongo, como los recuerdo yo de mis años de niña.
Aún les vino con uno de los pollos en la boca a enseñárselo, como si pensase que había hecho una gracia. Unos meses antes, cuando tenían otro perro pequeño que acabó atropellado por un camión, éste, del que no nos dijo su nombre, cogía todo lo que encontraba a su alcance, ya fuesen zapatos, zapatillas, toallas… y se lo llevaba a Mameluco, que lo hacía todo trizas en un plis plas. ¡Vaya con Mameluco!
Lo que siento curiosidad, y no caí en preguntárselo, es conocer el por qué de ese nombre. Si es que el animal era ya bruto desde que era cachorro y por eso le pusieron el nombrecito de marras, o es que el perro intuyó algo, se sintió ofendido, y quiso hacer honor al mismo.
P.D. Al buscar una imagen para ilustrar este post, he visto que también se conocen con el nombre de mameluco diversas prendas de vestir, de bebé y de adulto. ¡Siempre se aprende algo nuevo!
Un e-mail de lo más intrigante

Creo que ya hice alusión en alguno de mis pasados posts a una de mis actuales aficiones: Recordar todo el inglés que aprendí durante mis años de carrera. Casi todos los días hago algo, aunque sea un poquito. Hoy me toca traducir. Lo tengo que hacer porque siento verdadera curiosidad por conocer el contenido de un correo electrónico escrito en ese idioma, que he recibido esta mañana de una tal stella moroba, así figuraba, tal como lo veis escrito. La pobre por no tener no tiene ni mayúsculas en su nombre y apellido. Debe de ser muy importante su mensaje porque me lo ha enviado hasta un total de seis veces, todas seguidas. Así que he buscado mi curso de inglés on-line y he dejado preparada la página del diccionario para buscar ayuda en mis dificultades. Veamos. Dice así:
De stella moroba.
Por favor Permítame informarle de mi propósito. Por qué tengo que decidirme a escribirle de este modo, sin embargo no es obligatorio para usted si no lo desea.
Yo de ningún modo quiero obligarle a cumplirlo en contra de sus deseos en mi búsqueda seria de una persona fiable que pueda ayudarme a convertir esta operación en una realidad después de ir buscando su perfil, he decidido contactar con usted para que me ayude en mi problema. Con mi fe en Dios que nunca me ha abandonado.
Soy una joven de 22 años, nací el 1 de Enero de 1986 en la familia moroba y el nombre de mi padre es Joseph él es un rico comerciante en oro y cacao con sede en ACCRA y ABIDJAN respectivamente, el nombre de mi madre es Sheila y yo estuve allí solo allí de niña, bien, cuando yo era una niña fui a un colegio privado y las cosa no fueron bien para mí y mis padres, mi madre murió el 21 de Octubre de 1995. Mi padre me acogió de una manera muy especial porque al ser huérfana él puso todo su amor en mí y me prometió que nunca tendría otra mujer porque no deseaba causarme ningún problema, pero quiso el destino que mi padre muriera el año pasado, pero antes de la muerte de mi padre el 12 de Junio de 2007 en un hospital privado, aquí en Abidjan, él me llamó en secreto junto a su cama y me contó que tenía una suma de 9.500.000 dólares (Nueve millones quinientos mil dólares americanos) en un banco in Abidjan Cote Dïvoire , mientras tanto él había usado mi nombre como el familiar más cercano en los fondos depositados. También me explicó que a causa de su dinero él había sido envenenado por su socio y que yo debía buscar un socio extranjero en el país que yo eligiera a donde yo podría transferir este dinero y usarlo para inversiones útiles, como inversiones estatales o títulos del mercado de valores. Por favor estoy honradamente solicitando su amable ayuda para conseguir
- Proporcionarme una cuenta bancaria donde pueda ser transferido este dinero.
- Servir como guardián de este fondo ya que yo tengo 22 años.
- Llegar a un acuerdo conmigo para continuar mi carrera y proporcionarme una residencia que me permita permanecer en su país.
- Yo estoy dispuesta a ofrecerle el 15% de la suma total a modo de compensación por sus esfuerzos después de que haya tenido lugar la transferencia de ese fondo a su nombre desde la cuenta en el extranjero. Por favor, yo me sentiría muy feliz si esta transacción estuviera terminada en siete (7) días de trabajo a partir de ahora. Espero tener noticias suyas lo antes posible. Por favor respóndame en privado como May Almighty Dios lo bendiga por cuidar de mí. Amen
Con el mayor respeto
Stella moroba
¡Qué difícil me ha resultado la traducción! Claro que tampoco me ha ayudado mucho la manera de escribir de "la pobre" stella moroba, que para tener 22 años y haber asistido a un colegio privado, la verdad, no domina muy bien la expresión escrita del inglés ni su gramática. Pero creo haber captado el meollo del asunto.
No os diré cuánto tiempo me ha llevado la traducción de este mensaje pero sí que me he divertido mucho. Es más de medianoche. Para decir toda la verdad, pasan de las dos de la madrugada. Menos mal que mañana no tengo que levantarme pronto. En cuanto al contenido de este intrigante mensaje, dejo que cada cual saque sus propias conclusiones. Yo le encuentro cierto parecido con el truco de "la estampita" pero a lo grande, y me ha traído un cierto, mejor, un enorme olor a podrido, a pesar del trabajo que se ha tomado Stella para hacerme sentir compasión por todas las desgracias padecidas en su joven vida.
Lo siento Stella. Reconozco que sería un buen pellizco, ya fueran euros o dólares. Pero ¿sabes? Has tenido mala suerte conmigo. Nunca me ha tentado el dinero.
El abad Virila y el monje de Heisterbach

Hace mucho tiempo leí una leyenda sobre un monje que vivía en un monasterio y que andaba muy preocupado con el tema del más allá.
Se llamaba Virila y nació en las inmediaciones del monasterio de Leyre (Navarra), del que llegó a ser abad. Mantenía el buen monje tremendas dudas sobre cómo sería el gozo de la eternidad. Un hermoso día de primavera se internó en un bosque cercano al monasterio. En la espesura del bosque apareció un ruiseñor, que con sus trinos distrajo la atención del monje de la lectura del libro sobre el que meditaba. Siguió adelante escuchando la hermosa melodía hasta que llegó al borde de una fuente. Allí se sentó embelesado hasta quedarse adormecido.
Cuando despertó de su embeleso, la naturaleza había cobrado nueva vida. No encontraba el camino de vuelta al monasterio. Al fin llegó hasta él, y todo le parecía extraño. Ahora era más grande, con una iglesia mayor y tenía nuevas dependencias que nunca había visto antes. Cuando llegó a la portería, nadie lo reconoció, ni tampoco él conoció a ninguno de los que se suponía eran sus compañeros. Al fin, completamente aturdido, Virila contó lo que le había pasado, y los monjes, buscando en el archivo del monasterio, encontraron un escrito sobre un abad llamado Virila perdido en el bosque hacía trescientos años.
Se armó entonces una gran revolución en el monasterio por el milagro acaecido, y en pleno Te Deum de acción de gracias, se abrió de repente la bóveda de la iglesia y se oyó la voz de Dios que decía: " Virila, tú has estado durante trescientos años oyendo el canto de un ruiseñor y te ha parecido un instante. Los goces de la eternidad son mucho más perfectos…".
Mirando aquí y allá he descubierto que esta misma leyenda se atribuye a un monje de Heisterbach, que pertenecía a un monasterio alemán, con la diferencia de que en esta segunda versión habían transcurrido mil años en lugar de trescientos, en lo que a él le había parecido una hora.
Esto viene a cuento por lo siguiente. Ayer por la mañana bajé a Zaragoza por motivos médicos. Cuando acabé, no serían todavía las once de la mañana, me sentí animada a hacer andando el recorrido hacia la casa de mi hermana. Si encuentro una iglesia a mi paso, me gusta entrar. Pero ha de ser en una iglesia silenciosa y casi vacía. Pronto la encontré, sin tener que desviarme de mi camino. Nunca había estado en ella antes, aunque sí había visto su fachada en incontables ocasiones. Era la iglesia de Santiago el Mayor. Tiene una enorme nave central, con el techo cubierto por hermosas yeserías de estrellas, lazos y dibujos geométricos
Me quedé en los últimos bancos. El retablo aparecía lejano y no llegaba a distinguir los detalles. Apenas había dos o tres personas y el órgano estaba sonando. Siempre me ha gustado la música de órgano. Quizás porque en el colegio religioso de Valladolid en el que hice mi carrera, la Madre Juana, de la que se decía que de puro inteligente se había pasado de rosca y durante algún tiempo había estado recluida en algún espacio cerrado del convento, se sentaba ante el órgano de la iglesia y llenaba todos los espacios de la misma con hermosas melodías, a veces dulces, y otras vibrantes, arrancadas al instrumento con la poderosa energía de sus manos.
Así que el órgano sonaba, sonaba… como si fueran las manos de un ángel las que se deslizasen sobre sus teclas. Yo rezaba con los ojos cerrados, mientras la música ensanchaba mi espíritu y tiraba de él como invitándome a viajar a hermosos lugares desconocidos y remotos. No tenía ninguna prisa por salir de allí.
No transcurrieron trescientos años, pero casi hubiese podido realizarse el milagro.
Serían las doce cuando un sacerdote de edad avanzada apareció en el altar. Era el día del cumpleaños de mi madre, así que avancé hasta los primeros bancos para compartir la Eucaristía con un grupo reducido de fieles. Al terminar la misa, cuando el cura salió de la sacristía se sentó en el banco, justo delante del mío. Todavía me duraba el subidón de la música, así que me aproximé a él y le comenté que me había gustado la iglesia y, sobre todo, que casi había llegado al séptimo cielo escuchando la música del órgano. Se sonrió al mirarme y me dijo, casi como si fuera una disculpa: "Es un CD."
Debiera haberle preguntado por el intérprete. Pero sé muy bien que en mi casa no hubiese sonado lo mismo. Tenía que escucharse allí, con la perfecta acústica de aquella inmensa nave, para que se produjera el hechizo.
El viejo Frank Sinatra

Esta tarde de domingo, lluviosa y desapacible, la he pasado en casa, casi podría decir que en completa soledad. Pero no es del todo cierto. Mis hijos han estado a comer. Es una gran alegría poder estar reunidos casi todos los domingos. Eso era algo que también encantaba a mi marido. ¡Todos juntos! No había para él nada mejor. Aunque cuando iba acercándose al final, tuviésemos que abrir la ventana porque le faltaba el aire para poder respirar.
¡Cuántos recuerdos! "Llevaos siempre bien" fue uno de los últimos consejos que dio a sus hijos, con apenas un hilo de voz, mientras nuestras lágrimas corrían rostro abajo sin hacer ruido.
Y aquí estoy. Mi hija me ha llamado sobre las siete para interesarse por mí y mi hijo mayor ha llegado de Madrid después de pasar un corto fin de semana con un compañero de la universidad. Venía cansado del viaje. Durante un buen rato nos hemos masajeado mutuamente la espalda, cosa que solemos hacer a menudo y que siempre nos sabe a poco. Sobre las ocho se ha ido porque llevaba turno de noche en su trabajo. Yo me he trasladado a la pequeña habitación en la que tengo el ordenador. Otros días me dedico a repasar el inglés que estudié en mis años jóvenes (y que tengo ya en los pies) con la esperanza de poder llegar a entender una conversación. ¡Y qué de prisa hablan los condenados! ¡No tienen ninguna consideración con los principiantes! Las tres cuartas partes del tiempo que dedico a la audición, me quedo in albis. Pero, la verdad es que me gustaría conseguirlo. Estoy leyendo ahora un libro que me regaló un homeópata. "El Secreto" es su título. En él se dice que basta con desear con determinación una cosa y tener el convencimiento de que lo vas a conseguir, para que dicha cosa se cumpla. ¡Dentro de unos meses estoy segura de que podré entender las conversaciones de cualquier emisora de habla inglesa que encuentre en el ordenador! ¡Ahí queda eso!
¿Y qué tendrá que ver todo esto con el bueno de Sínatra?, estareis preguntándoos.
Hará cosa de dos meses, con el ejemplar del Heraldo de Aragón nos dieron dos DVD en domingos sucesivos, supongo que como promoción. Uno de ellos incluía la película "EL HOMBRE DEL BRAZO DE ORO", en la que trabaja este actor.
Recuerdo que en mis tiempos jóvenes me hacía tilín. ¡Con aquellos ojos azules! ¡Y con aquella voz! ¡LA VOZ! Puede que no estuviera muy cachas, pero así y todo…
Así que en esta tarde noche me he decidido a verla. Me ha gustado. El actor hacía el papel de un drogadicto recién salido de la cárcel tras un proceso de rehabilitación. ¡Qué difícil se le hacía salir adelante! En su propia casa, en su mismo barrio, en el bar de siempre, estaban las personas, que junto a su propia debilidad, habían sido las responsables de su caída. Y allí estaban de nuevo, como los buitres esperando la carroña.
Y he pensado en todos aquellos que están atrapados en el oscuro mundo de la droga. De toda esa gente que se siente insegura, insatisfecha, deseosa de olvidarse de las dificultades de la vida y ansiosa de experimentar cosas nuevas… En los canallas que se enriquecen a su costa. En tantos jóvenes que se han dejado atrapar por ella, con la falsa ilusión de encontrar paraísos artificiales que pronto se convierten en un laberinto de difícil salida. ¿Salida? Unos malviven, robando, o prostituyéndose, para hacerse con la dosis sin la que no pueden vivir, aunque vayan quedándose por el camino poco a poco como guiñapos. Los hay que sufren ataques de tal magnitud que, sujetos con una camisa de fuerza, tienen que ser conducidos en ambulancia hasta un psiquiátrico, de donde saldrán para volver a entrar no mucho tiempo después. Otros entregarán su último aliento en los hospitales, contagiados de sida. O tal vez morirán de repente, envenenados por una dosis adulterada o demasiado pura.
¡Maldita! ¡Maldita droga!
Herencias imposibles o peligrosas
¿Quién no ha escuchado alguna vez el caso de aquellos familiares de un difunto que a la hora de hacerse público su testamento, se encontraron con que, en lugar de embolsarse una cantidad más o menos importante de dinero, tuvieron que hacerse cargo de un montón de deudas del finado?¡Cuánto me hubiese gustado haber podido verles las caras en ese momento! Y de poder escuchar las cosas "bonitas" que saldrían por sus bocas... mejor no hablamos. Y ahora tratemos de otro caso distinto pero no menos curioso.
En Tampa, Florida, Juana Biddle, una mujer de 77 años de edad, bisnieta de un tendero, ha demandado a la ciudad por una letra de cambio impagada a su abuelo hace 147 años. Sucedió en 1861, durante la Guerra Civil de los Estados Unidos.
Los intereses hacen que ese pagaré esté hoy valorado en 22 millones de dólares.
"Esta nota la ha guardado mi familia desde esa fecha y hasta el día de hoy no ha sido pagada", dice Biddle. "Así me lo dijo mi padre y yo le creo."
¿Y que dice la parte contraria? Ya es de imaginar. El abogado de la ciudad de Tampa dice que la reclamación no tiene validez. ¡Por la cuenta que les trae!
Un poco difícil lo tiene la señora Biddle. A ver quién es el listo que trae a declarar a la sala del juzgado al autor de la firma de la susodicha letra.
La primavera ha venido...

Eso es lo que nos dicen los entendidos, pero, la verdad, nadie lo diría. Después de unos días hermosos en los que hemos disfrutado de un clima increíble, con los cielos despejados luciendo un azul intenso, con un sol cálido y engañoso que nos hacía soñar que casi estábamos en las puertas del verano, con los árboles repletos de hermosas flores sobre las que se cernía un futuro incierto, ya que como dice el refrán que leí recientemente en la sección "El buen jardinero" del Heraldo de Aragón: "Flores de febrero, nunca llegan al frutero", o algo parecido. Y tiene toda la razón.
De repente se ha movido un ventarrón que casi hace retemblar hasta los cimientos. Y hace frío. Hace un frío que pela. (Han anunciado nieve a 700 metros en la parte norte de España.) Y hay lluvia y granizo por el sur. He visto en la televisión imágenes que mostraban los rostros llorosos de algunos cofrades porque no podían sacar a la calle sus Vírgenes y sus Cristos. Y también a empleados municipales de Málaga recogiendo a paladas el granizo. Mientras estoy escribiendo estas líneas, ya pasadas las doce de la noche, también aquí en el pueblo la gente más valiente habrá ido hasta la ermita a recoger al Cristo de la Cama para traerlo a la parroquia, acompañado de las oraciones del Viacrucis y de los sonidos vibrantes de las trompetas y tambores de la cofradía del Ecce Homo.
Es éste un fenómeno que me desconcierta. Cuando tenemos a un buen número de políticos e intelectuales empeñados en arrinconar, y si pudieran, en hacer desaparecer, todo lo relacionado con la Religión, al llegar estas fechas media España se echa a la calle, llenando de color y de sonido nuestros pueblos y ciudades. Cientos de personas portan con amor y devoción sobre sus hombros, las numerosas tallas de Vírgenes y de Cristos repartidos por toda la geografía nacional. ¿Folklore? ¿Simple espectáculo? Es difícil penetrar en el corazón humano para poder descifrar lo que anida en su interior. Sin ir más lejos, yo conozco a bastantes convecinos que no pisan la iglesia, pero cuando la enfermedad o la desgracia llama a su puerta, casi sin ellos quererlo, unas palabras se escapan de su boca: ¡Ay, Santo Cristo de la Columna! Palabras que son a la vez petición de ayuda y oración.
No sé quién dijo que el hombre tiene sed de Dios. Yo también lo creo. Hasta los que se empeñan en hacerlo desaparecer de nuestro mundo. Quizás sean ellos sin saberlo los más sedientos de todos.
¡Ojalá viviésemos más cerca para darte un gran abrazo!

Permíteme que te tutee con cariño, como si fueses mi abuelita, con esos ojos tan vivos, con esa cara redonda y sonriente, por donde se escapa tu bondad.
No supe nada de ti hasta ayer, Irena Sendler. Una amiga me envió un archivo en su correo. Quizás el autor del mismo fuese un principiante. Lo cierto es que las letras se confundían con el color del fondo y solo pude descifrar su contenido a medias. Así que he acudido a mi buscador favorito para conocer a fondo la vida de una heroína de nuestro tiempo.
Me he enterado de que allá en Polonia, en un asilo situado en el centro de Varsovia, en una habitación donde nunca faltan flores y tarjetas de agradecimiento, vive una anciana de 97 años, que cuando solo tenía 29, y Europa estaba siendo devorada por un monstruo con aspecto humano llamado Adolf Hitler, se jugó muchas veces la vida para salvar las de muchos niños judíos.
Ella trabajaba en el Departamento de Bienestar Social, y descubrió horrorizada el atroz destino al que estaban condenados todos aquellos judíos encerrados en el gueto de Varsovia. Hablaba con los padres de los niños para que le permitiesen sacarlos de allí, y aunque éstos a veces se resistían, desgarrados por el dolor de la separación, la mayoría comprendieron que al menos sus hijos tendrían una oportunidad para seguir vivos.
Comenzó a sacarlos en ambulancias como víctimas de tifus; pero pronto se valió de todo lo que estaba a su alcance para esconderlos: cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercaderías, sacos de patatas, ataúdes… En sus manos cualquier elemento se transformaba en una vía de escape. Logró reclutar al menos una persona de cada uno de los diez centros del Departamento de Bienestar Social. Con su ayuda, elaboró cientos de documentos con firmas falsificadas dando a los niños nuevas identidades.
Irena vivía los tiempos de la guerra pensando en los tiempos de la paz. Por eso no le bastaba con mantener con vida a esos niños. Quería que un día pudieran recuperar sus verdaderos nombres, sus historias personales, sus familias. Entonces ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades. Apuntaba los datos en pedazos pequeños de papel y los enterraba dentro de botes de conserva bajo un manzano en el jardín de su vecino. Allí guardó sin que nadie lo sospechase, el pasado de todos aquellos niños… hasta que los nazis se marcharan.
Pero un día, los nazis descubrieron sus actividades. El 20 de octubre de 1943, Irena Sendler fue detenida por la Gestapo y llevada a la prisión de Pawiak donde fue brutalmente torturada. En un colchón de paja de su celda, encontró una estampa ajada de Jesucristo. La conservó, como el resultado de un azar milagroso en aquellos duros momentos de su vida, hasta el año 1979. En una visita del Papa, se la regaló a Juan Pablo II.
Irena era la única que sabía los nombres y las direcciones de todos los que albergaban a los niños judíos; soportó la tortura y se negó a traicionar a sus colaboradores o a cualquiera de los niños ocultos. Le rompieron los pies y las piernas, además de aplicarle otras crueles torturas. Pero nadie pudo romper su voluntad. Así que fue sentenciada a muerte. Camino del lugar de la ejecución, el soldado alemán que la llevaba la dejó escapar. La resistencia lo había sobornado porque no querían que Irena muriese con el secreto de la ubicación de los niños. Como oficialmente figuraba en las listas de los ejecutados, a partir de entonces Irena continuó trabajando con una identidad falsa.
Al finalizar la guerra, ella misma desenterró los frascos y utilizó las notas para encontrar a los 2.500 niños que había colocado en conventos religiosos o con familias adoptivas. Pudo reunir a algunos con sus parientes diseminados por toda Europa, pero la mayoría habían perdido a sus familiares en los campos de concentración nazis.
Mientras la figura de Oscar Schindler era aclamada por medio mundo gracias a Steven Spielberg que se inspiró en él para hacer la película que conseguiría siete Oscar en 1993, narrando la vida de este industrial alemán que evitó la muerte de 1.000 judios en los campos de concentración, Irena Sendler seguía siendo una heroína desconocida fuera de Polonia. Ella nunca contó a nadie nada de su vida durante aquellos años.
Sin embargo, en 1999 su historia empezó a conocerse y fue, curiosamente, gracias a un grupo de alumnas de un instituto de Kansas y a su trabajo de final de curso sobre los héroes del Holocausto. En su investigación dieron con unas pocas referencias sobre Irena. Encontraron un dato sorprendente: había salvado la vida de 2.500 niños. ¿Cómo es posible que apenas hubiese información sobre una persona así? Siguieron buscando y se encontraron con la sorpresa inesperada de que Irena seguía viva.
Cuando esta hermosa historia salió en un periódico acompañada de fotos suyas del tiempo de la guerra, varias personas empezaron a llamarla para decirle: "Recuerdo tu cara…. Yo soy uno de esos niños, te debo mi vida, mi futuro y quisiera verte…"
El padre de Irena, un médico que falleció de tifus cuando ella era todavía pequeña, le inculcó lo siguiente: "Ayuda siempre al que se está ahogando, sin tomar en cuenta su religión o nacionalidad. Ayudar cada día a alguien tiene que ser una necesidad que salga del corazón".
Irena Sendler lleva años encadenada a una silla de ruedas, debido a las lesiones que arrastra tras las torturas sufridas por la Gestapo. No se considera una heroína. Nunca se adjudicó mérito alguno por sus acciones. "Podría haber hecho más," dice siempre que se le pregunta sobre el tema. "Este lamento me seguirá hasta el día que muera."
"No se plantan semillas de comida.
Se plantan semillas de bondades.
Traten de hacer un círculo de bondades, éstas las rodearán
y las harán crecer más y más".
Irena Sendler
Son las historias como ésta las que redimen a la humanidad de todas sus maldades. ¡Bendita seas por todo el bien que hiciste, querida Irena!Manos que no dais, ¿qué esperáis?

Estoy viendo a mi madre cómo prepara la masa para hacer el pan. Tiene que cerner la harina con el cedazo para que esté bien limpia y bien blanca. Pone la harina en la artesa y echa agua. Tiene los brazos bien remangados para no mancharse la ropa. Remueve la harina con el agua para que se mezclen bien. La masa se va poniendo pegajosa y se le queda entre las manos. A mí también me gustaría amasar. Alguna vez me deja. Me lavo las manos y las meto y revuelvo la masa, y hago como mi madre que la empuja con los puños. Saca de una cazuela de barro un pedazo de masa que guarda de otro día - dice que es la levadura - y la pone en la artesa con la masa nueva. Y sigue amasando, amasando… Después de mucho tiempo deja la masa quieta y tapada con un paño grueso y limpio. Dice que la masa tiene que subir. Mañana será día de hacer el pan en el horno del pueblo.
Mi madre da forma a la masa. Coge unos trozos redondos que se convertirán en hogazas. Y también hace unas muñecas con unas bolas más pequeñas. Ojos, nariz, boca, brazos, vestido, piernas… Yo soy pequeña, y estamos en otoño. Lo sé porque les hace a las muñecas unos hoyos con el dedo y en cada hueco pone un grano de uva negra. Después las espolvorea con un generoso puñado de azúcar.
-¡Ésta es la mía!
-¡Y la mía ésta!
-¡Bueno, pues ésta para mí!
Y cada uno pone a su muñeca, una raya, o una cruz, o un pequeño cuadro para marcar su propiedad.
La puerta del horno es de hierro y tiene letras. Y cuando la abren las mujeres para meter los panes, se ve brillar el fuego y sale una bocanada de calor.
Por la tarde mi madre nos da a cada uno su muñeca para merendar y nos vamos dando saltos a jugar a la calle. ¡Huuum! ¡Qué rica! Bajamos a la plaza y luego vamos a casa de mi tía. ¿Qué lleváis ahí?
- Tortas con forma de muñecas. Nos las ha hecho mi madre.
- ¿Están buenas? A ver ¿Quién me va a dar un poco de torta?
Mi hermano y yo remoloneamos y nos resistimos a soltar nuestro pequeño tesoro.
Sólo mi hermana pone en la mano de mi tía el trozo de muñeca que le queda. Ella coge un pequeño pellizco y se la devuelve. Luego nos mira a mi hermano y a mí y nos sermonea: "Manos que no dais, ¿qué esperáis?"
Al leer este refrán, arrancado del Taco el último día de febrero de este año bisiesto, ha saltado una chispa en mi memoria y he recobrado un trozo de mi infancia.
¡Prohibido morirse en Sarpourenx!

Sarpourenx es un pueblo situado al suroeste de Francia. Cuenta con una población de 260 habitantes, y estos días su alcalde nos ha sorprendido con la publicación de un bando que a primera vista causa sorpresa. Y hasta darían ganas de reír, si no se tratase de un tema tan serio como es el de la muerte.
-"¡Prohibido morirse en Sarpourenx!" –dice el alcalde -."Y el que infrinja esta norma será severamente sancionado."
¿Y qué va a ser de la persona que sufra una muerte súbita, o muera en un accidente de tráfico? Mire Vd. señor alcalde, que la muerte no se anda con chiquitas y, cuando dice que llega, no acostumbra a pedir permiso a ninguna autoridad, ni siquiera al mismísimo Presidente de la República Francesa: Monsieur Sarkozy. Y ya me dirá Vd. cómo piensa cobrar la sanción, porque no creo yo que en la otra vida el euro sea una moneda contante y sonante.
Es una noticia la mar de curiosa ¿verdad? El problema que le quita el sueño al munícipe es que el cementerio del pueblo está al completo, y una decisión judicial impide al Ayuntamiento de esta localidad expropiar un terreno agrícola contiguo de 5.000 metros cuadrados de extensión para poder ampliarlo. De esta manera, los que tienen la muerte rondando a su alrededor, no se encontrarían con este grave inconveniente y no tendrían que llevárselos en contra de su voluntad a reposar para siempre fuera del pueblo que los vio nacer.
Espero que el problema se solucione lo antes posible.
En cuanto a los posibles muertos… ¿No es bastante duro ya que tengas que morirte para que encima te pongan una multa?
Quisiera tener el don de la ubicuidad, para poder ver las caras de los habitantes de Sarpourenx y oír sus comentarios tras enterarse del contenido del ya famoso bando de su alcalde.
¿Qué pensarían Graham Bell y Meucci si levantaran la cabeza?

Esta mañana, al encender mi ordenador, en el que tengo como inicio la página del buscador GOOGLE, he visto que las letras estaban decoradas, como suelen hacerlo en ocasiones especiales. En la 2ª O aparecía un caballero barbudo y canoso con un téléfono antiguo en las manos. Al colocar el cursor sobre él, ha aparecido el nombre de Alexander Graham Bell, y la pequeña mano me ha conducido a distintas páginas relacionadas con el citado personaje.
He sentido curiosidad por conocer más a fondo a Graham Bell y he visitado varias páginas.
Éstas son algunas de las cosas que he aprendido o recordado:
Nació tal día como hoy, 3 de marzo del año 1847 en Edimburgo, Escocia, y pasó a la historia como inventor del teléfono. Divulgó el sistema de lenguaje visible. Fundó en Boston, una escuela para sordomudos, se enamoró de una alumna sordomuda, con la que se casaría en 1877. Ella fue quien lo animó a continuar sus investigaciones. En 1874, mientras trabajaba con un telégrafo múltiple, desarrolló la idea de lo que sería el teléfono. Thomas Watson fue el colaborador de Bell. El 10 de marzo de 1876 concluyeron sus experimentos y dieron a conocer su invento durante una demostración en la Exposición del Centenario en Filadelfia.
Tres años después, Francia le otorgó el premio Volta (50 000 francos) por su invento; con dicho capital, fundó el Laboratorio Volta en Washington D.D., donde realizaría una serie de inventos junto con otros científicos, como el fotófono (aparato transmisor de sonidos por medio de rayos de luz); el audiómetro (medidor de la agudeza del oído); la balanza de inducción; el primer cilindro de cera para grabar sonidos.
Bell tuvo que entrar en juicio por la patente del teléfono, pero él lo ganó. La expansión rápida por todo el mundo, de tan interesante transmisor de la palabra, dio renombre universal a Graham Bell. A finales del siglo XIX y principios del XX, estudió el mundo de la aeronáutica e investigó con grandes papalotes y cometas, incluso con la capacidad de transportar a una persona; con un grupo de socios, desarrolló el alerón del ala de un avión que permite controlar el balanceo. También inventó un dispositivo de aterrizaje de tres ruedas, el precursor del sistema que utilizan los aviones en la actualidad para despegar y aterrizar en un campo de aviación. Posteriormente aplicaron los principios de la aeronáutica a la propulsión náutica, presentaron el hydrodrome, el barco más rápido del mundo durante varios años.
Se ve que el Sr Graham tenía la cabeza bien amueblada.
Actualmente, transcurridos ya 126 años desde la invención del teléfono, sigue viva la polémica sobre la patente; incluso, la Cámara de Representantes de los Estados Unidos reconoce como autor del invento al italiano Antonio Meucci, quien hasta su muerte estableció un juicio para obtener el reconocimiento otorgado por el mundo a Alexander Graham Bell. Ambos pasarán a la historia como los inventores del teléfono, aunque uno y otro no se hubieran conocido. Bell tuvo la ventaja de disponer del dinero suficiente para pagar la patente, cosa que no le sucedió a Meucci. ¡"Poderoso caballero es Don Dinero"!
Y digo yo: ¿Pasaría alguna vez por sus cabezas que con el tiempo los teléfonos se contarían por millones, y que casi resultaría imposible salir a la calle, montar en un autobús o en un tren, entrar en una tienda, estar haciendo cola para entrar en un cine o un teatro, estar en lo alto de un monte… sin encontrarte con una persona que lleva en la mano un descendiente, aunque ahora sea menudo y sofisticado, de aquel aparato que ha transformado de forma radical el mundo de la comunicación y nuestras relaciones sociales?
Mamá no puede hacer yoga

He recibido un correo de una amiga. Traía un archivo. ¡Pero qué archivo! Ojalá pudiera compartirlo con vosotros. Al verlo, hace que te reconcilies con el mundo de internet, que como todo invento humano encierra una parte positiva y otra negativa, depende del uso que hagamos de él. Puede arrastrarnos hasta la parte más oscura del ser humano, facilita que una persona sin escrúpulos pueda delinquir, puede convertirnos en ludópatas en nuestra misma casa, provocarnos una adicción que haga que nos encerremos en nosotros mismos y nos convirtamos en unas personas individualistas, antisociales e insolidarias…
¡Ah! Cualquiera podría pensar al leer estas líneas que me he convertido en un ser negativo con ribetes apocalípticos. Y no es así. Internet tiene un montón de cosas buenas. Siempre recordaré la alegría que sentí la primera vez que fui capaz de meterme por mí misma en este mundo, que se me antojaba difícil y misterioso. Este mundo que nos permite conocer a personas de cualquier rincón del mundo, visitar museos, leer libros, escuchar música, escribir… y poder ver archivos como "Mamá no puede hacer yoga"
¡Qué cosa más dulce! Quizás alguno de los que leéis estas líneas ya hayais podido disfrutar de él. Para los que no lo hayan visto, trataré de explicarlo, aunque sea torpemente. No sé quien dijo: " Vale más una imagen que cien palabras" y en este caso al menos, resultará cierto.
Veréis. Comienza a sonar la música. La acción transcurre en una habitación de la casa, quizás en el cuarto de estar. Una mujer joven estira los brazos y se lanza al suelo para ponerse en la posición del pino. Después, apoya la cabeza en el suelo y va abriendo lentamente las piernas, mientras mueve graciosamente los pies. Un bebé se acerca gateando por el pasillo. Entra en la habitación y durante unos momentos observa a su mamá. A mamá se le va bajando la camiseta y va quedando a la vista, primero su cintura, luego parte del pecho… El bebé gatea hasta acercarse a ella y con una de sus manitas comienza a explorar la parte descubierta. Por fin aparece un seno. Lo toca, lo manosea, agarra el pezón, intenta llevárselo a la boca. ¡Intento fallido! Sigue observando. ¿Tal vez se haya dado por vencido? ¡Qué va! Hay que probar de nuevo. Juguetea de nuevo con el seno, lo menea, lo agarra, trata de inmovilizar ese pezón en movimiento… Ha llegado el momento decisivo. Se pone a rebuscar como cualquier cachorrillo, hasta que lo tiene en su poder. Entonces, acerca su carita al pecho de mamá, se acomoda un poco y allí se queda feliz, saboreando el tibio y preciado líquido…
Y yo me quedé contemplándolo arrobada, y con unas ganas enormes de comerme a besos a aquel bebé desconocido.
Un día distinto

Todavía sigo de médicos. Parece el cuento de nunca acabar. "Esto es que me estoy haciendo vieja", les digo a mis hijos. Salimos de casa alrededor de las nueve de la mañana. Mi hija refunfuñaba porque no me había encontrado preparada cuando tocó al timbre. Yo estaba un poco mosqueada. ¿Cómo puede ser que haya hecho tarde si puse el despertador a una hora lo suficientemente temprana como para que me diese tiempo de hacer todo lo que se suponía que tenía que hacer sin tener que correr? (He descubierto la causa de mi retraso) La pila del despertador estaba a punto de gastarse, y el reloj llevaba un retraso de un cuarto de hora que me pasó totalmente desapercibido. ¡Con lo que me gusta ser puntual! En fin, así son las cosas.
Bajamos por la autopista para recuperar el tiempo perdido. Después de aparcar, mi hija se fue a sus ocupaciones a paso ligero y yo, bajé caminando por la Avenida César Augusto, sin prisa, como no lo hacía en mucho, mucho tiempo. Me crucé hacia la Plaza del Carbón y desde allí seguí por la calle Teniente Coronel Valenzuela. Hasta me tomaba tiempo para mirar las placas de las calles. Observaba el ir y venir de la gente, los locales comerciales, el imponente edificio que ocupa el final de la calle, con su fachada principal y su entrada por la calle del Coso. Incontables veces a lo largo de los años he pasado por allí, pero había olvidado a que organismo pertenecía el palacete. Es la sede del Banco de Santander. Tenía que ser algo así, me dije… Crucé el Coso y seguí por la calle Alfonso, convertida desde hace unos años en vía peatonal. Había tranquilidad a esas horas de la mañana. No tardas mucho tiempo en descubrir que la ciudad se ha vuelto multiracial: Gente del este de Europa, latinos, de raza negra… Al llegar a la Plaza del Pilar encontré un grupo de turistas asiáticos, muchos de ellos con la cámara fotográfica en la mano.
Están reparando la fachada. En esta enorme Basílica siempre hay algo que reparar. "Esto es más largo que la obra del Pilar"- se suele decir para quejarse de la larga duración de una obra. Entré en el templo. Recordé a mi madre que siempre se dirigía a la primera capilla de la derecha donde se venera un Cristo crucificado que lleva en la cabeza pelo natural. Me acerqué hacia los bancos frente al altar de la Pilarica. ¡Cuánto tiempo sin verla! La miré, con su manto color malva y su corona brillante. Recordé cuando puse a mis hijos recién nacidos en manos de los infanticos para que los pasaran por el manto de la Virgen, deseando tenerlos de nuevo en mis brazos, por miedo a que los monaguillos sufrieran un tropezón en las estrechas escaleras que suben hasta el Camarín.
Y recé. Le recé por mi marido, presente a todas horas en mis pensamientos, y por cada uno de mis hijos… Entonces apareció un sacerdote para celebrar la Eucaristía y me fui. Necesito silencio para rezar. Besé la columna por la parte posterior del altar. Esa columna de la que dicen que los labios de miles y miles de personas han ido desgastando hasta formar un hueco en el mármol. Cuántas esperanzas, cuántos sufrimientos, cuántas alegrías descansarán allí junto a los incontables besos depositados en ella a lo largo de los años!
Salí. Las palomas caminaban nerviosas en busca de las migas de pan o los granos de maíz, y alzaban el vuelo, espantadas por la proximidad de un niño que corría tras ellas. Llegué hasta la cascada artificial, situada en la esquina izquierda de la enorme Plaza. Me dirigí al Paseo de Echegaray, junto a la ribera del Ebro. La sequía ha convertido al orgulloso río en un afluente, con grandes trozos del cauce al descubierto. Sólo hay en ellos arena, algunos hierbajos, y restos de madera arrastrados por el agua que se han quedado varados como viejas barcas. Caminé hacia la casa de mi hermana, cruzando la Plaza de Europa mirando a lo lejos los esqueletos de las obras de la Expo.
Me gustó el paseo. No hace mucho, con motivo de la próxima celebración del 2º Centenario de los Sitios de la ciudad de Zaragoza por las tropas francesas, durante la guerra de la Independencia, me animé a leer, de la obra de Los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, la parte correspondiente a los Sitios de Zaragoza, que ya había leído hacía tiempo y que tenía olvidada en su mayor parte. Yo viví durante bastantes años en la calle Heroísmo, que supongo lleva ese nombre en recuerdo de aquellos valientes que dieron su vida por defender la ciudad, calle por calle, casa por casa. Me impresionó la lectura. Y los nombres de calles como San Agustín, Palomar, Manuela Sancho, las Eras, Barrio Verde, Tenerías… que más de una vez se nombran en la obra, eran para mí harto familiares. Así que un día, no sé cuando, visitaré la Zaragoza de mi juventud. Me pararé ante la casa en la que viví durante más de doce años, aunque ya no quede nada de ella, y recorreré despacio toda esa zona que hace doscientos años defendieron aquellos valientes.
Y me pregunto: ¿Seríamos nosotros ahora capaces de hacer otro tanto? Me temo que no.
¡Siempre te amaré!

Hoy es San Valentín. Y yo no dejo de pensar en ti. No podré besarte, ni tomar tus manos entre las mías. Pero sé muy bien que desde el sitio en el que estés, que yo me imagino cercano, recibirás mis palabras de amor y tú me enviarás las tuyas.
¿Recuerdas, amor mío? El tiempo se acababa. Quizás por eso, vivíamos momentos de una intimidad muy especial.
- Te quiero mucho - me decías una y otra vez.
- Yo también te quiero. ¡ Mucho! ¡Mucho!
- ¿Qué sería de mí sin ti?
- No te preocupes, estoy aquí, cariño.
- Cuando me muera nunca me olvidaré de ti.
- Yo tampoco podré olvidarte. Eres mi hombre. El dueño de todos mis besos de amor.
Tenías inquietudes. Querías saber cómo sería el otro lado y yo no sabía darte certezas.
- Yo no sé cómo será. Pero será bueno. Un Padre quiere para sus hijos lo mejor. Será un sitio con mucho amor.
Tú te callabas. Yo también. Y venía un prolongado silencio. Hubiera querido poder leer dentro de ti.
- Háblame - le decía.
- No te lo creerás, pero no me quedan fuerzas para hablar.
Claro que lo creía. Y miraba hacia otro lado para disimular mis lágrimas.
¿Sabes? No lloro mucho. Puede decirse que acompañarte durante tu largo sufrimiento casi acabó con mi llanto. Pero estoy llena de recuerdos. Recuerdos que en su mayoría guardo para mí sola como el más precioso tesoro.
¡FELICIDADES AMOR!
Yako y los gatos

Llevo ya bastantes tardes saliendo a andar con mi perro Yako. Tantos meses sin apenas moverme de casa debido a la enfermedad de mi marido, casi han conseguido que olvidara cómo se camina, y mi columna vertebral, sobre todo la zona lumbar, está hecha una verdadera pena. A veces tengo dudas sobre mi posible recuperación. Quizás me quedaré así mientras viva.
Vamos por el camino ancho, tantas veces recorrido a lo largo de los años. Una vez que hemos cruzado la carretera, verdaderamente peligrosa por el enorme tráfico, suelo soltarle la cadena y él corre feliz por delante de mí, revolcándose sobre la verde hierba de los ribazos. Al principio íbamos por la ruta familiar a puro de tanto recorrerla. Dejábamos a un lado el camino principal y continuábamos nuestro agradable paseo por senderos estrechos, que lindan con algunos campos de viñas desnudas y con otros de color pardo, recién labrados. Silenciosos los dos. Pensativa la dueña, olisqueándolo todo, yendo y viniendo el animal.
Una tarde, el viento me impidió oír los balidos de las ovejas que me avisan siempre de la cercana presencia del rebaño. Sólo escuché las voces broncas de un hombre, y entonces empecé a correr. Sin que lo hubiese advertido, mi perro había subido ribazo arriba. Cuando llegué, éste era el panorama: las ovejas, asustadas, se habían ido corriendo y estaban agrupadas en el lugar más alejado de la finca. Desde allí, miraban asustadas lo que sucedía en la parte opuesta del lugar. Y allí estaba Yako moviéndose entre los perros, olisqueándolos con curiosidad, mientras éstos se encontraban en una difícil disyuntiva. Defender valientemente al rebaño como era su obligación, o salir pitando de allí para alejarse de aquel congénere que al lado de ellos parecía un gigante. Y el pastor gritando para poner orden en aquella desbandada. Até al perro, me disculpé por lo ocurrido y nos fuimos de allí. Ya no hemos vuelto por aquel lugar. Ahora torcemos a la izquierda del camino para seguir por otro transversal que salva el paso de las vías del tren por medio de un paso elevado recientemente construido. En los días que llevamos andando por el nuevo recorrido, hemos visto varios gatos, enormes, con pinta de estar bien alimentados. No sé si se tratará de animales asilvestrados o pertenecerán a alguna de las granjas cercanas. El primer tropiezo de Yako con uno de ellos terminó con el animal trepando rápidamente a lo alto de un árbol corpulento. Una vez libre del peligro, miraba tranquilamente a mi perro que daba vueltas alrededor. "No me cogerás" - parecía decir. Desde aquel día, cuando pasamos por allí, mira siempre, esperando tropezarse con él.
Esta tarde íbamos tranquilamente, el perro atado con su correa y, al llegar a lo alto del paso elevado, justo cuando iba a empezar el muro de protección, Yako ha retrocedido un poco, mientras olisqueaba y miraba hacia el borde de la cuneta con gran atención. Me he vuelto para mirar. No veía nada, pero él no bajaba la guardia, hasta que he visto una bola redondeada, que muy bien podía confundirse con una piedra. Pero, no. ¡Era un gato! El mismo u otro, eso no lo sé, pero sí que era un hermoso animal.
¿Quién me habrá mandado a mí hacer la mención de agacharme y coger una pequeña piedra para espantarlo? El gato ha salido disparado, y tras él Yako que me ha dado un enorme tirón y se ha soltado de mi mano llevando arrastras su correa. Los dos han descendido como flechas por la pendiente rampa de losas y cemento que baja hasta el borde de las vías.
Mi corazón ha empezado a latir como alocado. ¡Dios mío! ¡Que no pase ningún tren! He gritado como una loca pronunciando su nombre invadida por sentimientos contrarios. Había a la vez en mi voz rabia y amor. Al fin, ha aparecido. Había perdido a su presa, como le pasaba en verano cada vez que descubría algún corzo, cuando caminábamos por la pista forestal que serpentea monte arriba hacia la Tonda.
No podía subir. Sus patas se resbalaban una y otra vez sobre las pulidas piedras de la pendiente. ¡Arriba Yako! ¡Sube! Lo ha intentado después por el estrecho canalillo que sirve como desagüe del paso elevado durante los días de lluvia. ¡Y tampoco! Al fin ha buscado la parte cubierta de hierbas y matorral y ha logrado llegar a mi lado. Me miraba. Sabía que había hecho algo malo. Yo he cogido rápidamente la correa y me he desahogado con él diciéndole mil insultos ¡Mal perro! ¿No te da vergüenza? ¡Hacerme a mí esto! ¡No te sacaré más!
Hemos hecho el camino de ida en silencio y yo casi medio en volandas, casi arrastrada por él. Luego a la vuelta, ya más tranquilos, al levantar la vista hacia la distancia, he visto algunos almendros que empiezan a florecer. La savia se agita ya en el corazón de las plantas y el campo barrunta la llegada de la primavera. Dos aviones van dejando en el cielo su estela dorada por el sol del atardecer. Durante unos segundos parece que van a chocar en el aire, pero se trata tan solo de una ilusión óptica. Al momento las estelas se cruzan y los dos pájaros de acero siguen su ruta por el camino invisible allá en lo alto.
¡Viva San Roque y el perrín!

Mi padre fue el más pequeño de todos sus hermanos, llevándose bastantes años de diferencia con el hermano anterior. A la familia le vino un " tardanico", como se dice por estos pagos. Yo también he sido la menor de mi casa. Esto, ha sido la causa de que haya sucesos familiares desconocidos por mí, y algunos otros de los que no me enteré hasta hace no muchos años. Ahora que nos vamos haciendo mayores, con frecuencia nos vienen a la memoria recuerdos de la niñez. Esa niñez preñada de nostalgia a la que habremos ido adornando con detalles que, casi seguro, han alejado un poco la realidad de lo que nosotros recordamos. ¡Ay, esa infancia, que nos parece lo mejor de toda nuestra vida…!
Mi hermana, cinco años mayor que yo, recuerda bastantes cosas de las que yo nunca oí hablar, o que quizás por tener menos años que ella, ya las he olvidado. Pero por una vez, hoy le guardo una sorpresa. Sé algo que ella ignora. Ayer me llamó por teléfono mi prima María, una mujer a punto de cumplir los 94 años. Se interesaba por mi salud y a la vez quería saber cómo llevaba la ausencia de mi marido. Tuvimos una larga conversación. Durante muchos años me costó un gran esfuerzo acostumbrarme a tutearla porque ella tenía los mismos años que mi madre. Es la hija mayor del hermano mayor de mi padre y yo soy la menor del mío. Soy por tanto la más joven de todos los primos, varios de ellos ya muertos por su avanzada edad.
Pertenezco a una familia humilde. Mi abuelo era pastor y también lo fueron sus hijos. Así que puede decirse que no tenían una residencia fija, sino que cambiaban de pueblo según dónde viviera el amo que los contrataba. Mi padre se quedó huérfano de padre a los ocho años pero, antes de ocurrir la desgracia, debieron de residir durante algún tiempo en un pueblo cercano al mío llamado Almazul, cosa que yo desconocía. Y aquí viene la anécdota. Yo sabía que a mi padre le llamaban "el ferroviario," porque cuando se casó, recién acabada la guerra, volvió a mi pueblo y trabajó durante años en el mantenimiento del ferrocarril, hasta que por motivos de su trabajo nos trasladamos a Zaragoza cuando yo tenía alrededor de los doce años. Lo que nunca llegué a saber es que mi padre había tenido otro mote del que nadie nos habló.
Sucedió la cosa en Almazul, para las fiestas de San Roque. Sacaron al Santo sobre su peana, con el perro a sus pies, y fueron recorriendo en procesión las calles del pueblo. (Por cierto, siento curiosidad por saber el por qué de la compañía del animal.) Durante el recorrido, la gente, yo me imagino que sobre todo las mujeres porque solemos ser más espontáneas, se dirigían al Patrón en voz alta con sentidos piropos: ¡Viva San Roque! ¡Viva! ¡Que San Roque nos proteja! ¡Así sea! Una, otra, y otra vez. Hasta que de pronto mi abuela gritó: ¡Viva San Roque y el perrín!
A la gente le hizo tanta gracia la salida, que desde aquel día con Perrina se quedó. Y ¿cómo se le llamaría al hijo de la Perrina? Perrín, claro que sí. ¡Ojalá viviera todavía mi padre para poder hablar con él sobre este sucedido recién descubierto!
Nunca me hubiese imaginado que yo fuera una Perrina. ¡Ja,ja,ja!
El lujo de sentirse mimada

En un corto espacio de tiempo he tenido que desplazarme dos veces a Zaragoza por motivos médicos. Casi había olvidado lo que es viajar sin cargar con la preocupación de que has de hacer todo deprisa porque hay alguien que te necesita y que está esperando impaciente tu vuelta.
En mi primer viaje, en el que fui a dar con mis huesos en la Clínica, pasado el susto y conseguida el alta, mi hija me llevó a casa de mi hermana. Allí me quedé hasta el martes por la tarde, momento en el que volvió a recogerme. Puede decirse que estuve como una reina. Relajada y tranquila, a pesar de sentir todavía los síntomas, amortiguados por el calmante, del maldito pinchazo que en el momento del mayor apuro me hizo preguntarme a mi misma si me habría llegado la hora de emprender el viaje al encuentro de mi marido.
Me levantaba tarde, y después del aseo y del desayuno, mi única obligación era sentarme en el sillón que ocupaba mi madre cuando vivía y dedicarme a leer el periódico, a hacer crucigramas y algún sudoku que a punto estuvo de ponerme la cabeza como un bombo. Alrededor de las dos, nos sentábamos a comer los apetitosos platos elaborados por mi hermana que es una estupenda cocinera. Yo contestaba varias veces a las mismas preguntas que me hacía mi cuñado que anda con fallos de memoria y está un poco justo de oído. Escuchábamos el informativo, nos reíamos al oír todas las promesas de los respectivos representantes de los partidos políticos en plena campaña electoral, se nos ponían los pelos de punta con las noticias casi diarias sobre mujeres muertas a causa de la violencia de género, accidentes, atentados, robos… En fin, que casi se nos atragantaba la comida. Por algo en mi casa no ponemos la tele a la hora de comer. Después por la tarde, la misma tranquilidad, como mucho cambiando el periódico por algún libro. Y las horas deslizándose lentamente. Pensando, recordando, escuchando los sonidos de la calle que atravesaban el cristal de la ventana situada a mis espaldas.
La pospuesta visita a la ginecóloga, tras escuchar mis problemas sufridos durante una larga temporada, trajo como resultado la decisión de someterme a una biopsia, para descartar cualquier motivo importante. Otra vez tuve que volver a la Clínica. En esta ocasión sólo por el tiempo necesario para extraerme las muestras y darme unos puntos de sutura. Y después … la historia se repitió. Del viernes al martes por la tarde estuve con mi hermana y mi cuñado en su casa. Otra vez cuidada como una reina por esa hermana tan especial que Dios me dio sin merecérmela, como un hermoso regalo.
Todavía me parece estar oyendo la voz de mi marido durante su enfermedad preguntándome varias veces: ¿Cómo vamos a pagarle a tu hermana todo lo que está haciendo por nosotros?
- Con mucho amor - le contesté.
Eso es lo que se merece. ¡Mucho, mucho amor!
¡Definitivamente, no!
A lo largo de los años he leído unos cuantos libros de autoayuda, y he de reconocer que a menudo sus reflexiones me han resultado beneficiosas y me siento agradecida por ello. A principios de año, mi hermana con toda su buena voluntad, además del Taco, para arrancar cada día su hojita y leer su contenido, como ya hizo el año pasado, me regaló una especie de calendario de mayor tamaño, como de un cuarto de folio, para apoyar en la mesa escritorio. Cada hoja trae una frase y hay también unas pequeñas líneas para anotaciones, no sé bien si para poner lo que te inspira lo escrito o como recordatorio de cosas pendientes. Y en la parte inferior, con letra elegante aunque ilegible, figura la firma de la autora.
Pero esta vez no me he sentido entusiasmada con el regalo. (Lo guardaré en secreto para no hacerle un feo a mi hermana) No es que no haya frases aprovechables. Que las hay. Pero hay otras con las que, quizás por mi situación personal, no estoy muy de acuerdo.
El viernes pasado fui a Zaragoza porque tenía consulta con la ginecóloga. Por el camino sentí un pinchazo insoportable que no me dejaba respirar y fui a dar con mis huesos en la clínica, donde me hicieron electrocardiogramas, análisis y radiografías. Allí terminé ingresada, hasta la mañana del domingo, cuando llegaron a la conclusión de que mi pinchazo no tenía nada que ver con el corazón, sino que era de origen muscular. Una inflamación de la zona, seguramente como consecuencia de algún esfuerzo grande que habría realizado. Sí. Los he hecho. La situación de mi marido me ha obligado a ello. Con mucho amor por mi parte y con un agradecimiento y un amor inconmensurable por la suya.
Bueno, a lo que iba. Cuando volví a casa el martes y fui a quitar las hojas pasadas del famoso calendario-autoayuda, me encontré con esta frase: "Todo está bien en mi mundo."
!Ójala fuese verdad! - me dije a mi misma. La realidad es que parece que mi vida haya sufrido los efectos de un enorme vendaval y me cuesta mucho poner en ella cierto orden. Y sé muy bien que ya nada será igual desde ahora.
En los días siguientes parece que me fui reconciliando con el susodicho calendario, hasta que me encontré con esta otra perla: "Veo mi cuerpo como una máquina maravillosa y considero un privilegio tenerlo"
Bueno… Es cierto que el cuerpo humano en su plenitud es algo increíble, pero a mi edad, cuando la artritis empieza a hacer estragos, (no nombraré ninguno más de mis males porque no quiero aburrir al personal, ni que alguien me considere una quejica), la máquina va pareciéndose más a un coche de segunda mano al que le van creciendo el número de piezas desgastadas. Eso sí. Aun averiado y todo, doy gracias a Dios por tenerlo.
Y como mañana tengo que irme otra vez a la ciudad, he sentido curiosidad por saber lo que me reservaba la hojita correspondiente al viernes día 18. Dice así: "Me estoy enamorando de mí!
¡Eso sí que no! Pase que sea capaz de aceptar mi cuerpo, con sus virtudes y sus defectos. Pase que pueda reconocer que poseo unas cuantas buenas cualidades. Pase que esté convencida de que tengo capacidad para hacer muchas cosas. Pero… ¿Enamorarme de mí? ¡Nunca! ¡No querría convertirme en Narciso! Deseo guardar toda la fuerza de mi amor para mis seres queridos: familia, amigos, conocidos, desconocidos… ¡Para la humanidad entera!
¡Diablo de chaval!

Esta mañana he leído una noticia que ha conseguido hacerme sonreír. Se trataba de la travesura de un niño mexicano de 10 años de edad, de la ciudad de Monterrey, que al parecer no tenía ninguna gana de volver a la escuela tras las vacaciones. Así que no se le ocurrió nada mejor que untarse primero la mano derecha con una especie de pegamento consistente e instantáneo y colocarla después bien agarrada a la cabecera metálica de su cama.
Tras los esfuerzos de su madre y de sus vecinos, que no dieron el menor resultado, ésta tuvo que llamar a algunos miembros de Protección Civil, que utilizando un disolvente especial lograron despegar al chico, tras pasar más de dos horas sujeto a la cama.
¡Y se acabó! ¡Al día siguiente al cole, muchacho! Aunque está claro que no te producía ninguna ilusión.
Al leer esto no he podido por menos de recordar a un antiguo alumno mío llamado Álvaro. Álvaro era el menor de cuatro hermanos, bastante más mayores que él. Era el niño mimado de la casa. Cuando llegaba el momento de entrar en clase, se agarraba al vestido de su madre y no había forma humana de separarlo de ella. La pobre mujer procuraba quedarse al final de la fila para no dar el espectáculo delante de las otras madres. Yo salía a recogerlo y entre las dos intentábamos convencerlo de lo bien que se lo iba a pasar en clase con sus amigos. ¡Todo era inútil! Al final, la madre, entre la desesperación y el enojo, lograba zafarse de él, y yo me lo metía en el aula, medio arrastras y entre sollozos, con algunas risas de burla de sus compañeros. Aquel chico casi logró acomplejarme. ¿Qué haré mal, me preguntaba a menudo? ¿Me tendrá miedo? Pasado el tiempo, mi complejo desapareció al comprobar que al cambiar de clase, el problema se repetía con su nueva profesora.
Y retrocediendo en el tiempo, todavía puedo recordar mi nostalgia de las largas y alegres vacaciones de verano recién terminadas, y la inexorable vuelta a la escuela para comenzar un nuevo curso. ¿Quién quería volver?
El paso de los días

Hoy hace quince días que se fue de mi lado. No importa hacia dónde mire. En cada espacio de la casa me encuentro con su recuerdo. Sentada en el sofá, junto al lugar que ocupaba su silla de ruedas, me pongo a escribir estas líneas. A él le gustaba tenerme aquí cerca. De cuando en cuando, yo alargaba mi mano para coger la suya. La apretaba suavemente y la acercaba a mis labios. Entonces me miraba con cansancio y contestaba a mi caricia con un suspiro de hombre vencido. No lloro mucho. Quizás porque en el transcurso de su larga enfermedad se me fueron acabando las lágrimas. O tal vez porque mis súplicas a Dios para que se lo llevara ahorrándole sufrimientos, y mi convencimiento de que él me espera en otro sitio mejor, mantienen secos mis ojos. ¡ Lo siento tan cerca...! Hablo con él. Le hablo de nuestros hijos y le pido que los cuide para que sigan queriéndose siempre, como era su deseo. Tal como se lo dijo a ellos en sus últimas horas de vida, mientras estaban sentados a ambos lados de su cama.
Me queda la satisfacción de haber hecho por él todo lo que se podía hacer y la alegría interior de saber que mi marido no tenía ninguna duda sobre mi amor.
A comienzos del 2004, al estrenar este blog, escribí unas reflexiones sobre el libro "¿Quién se ha llevado mi queso?"
Podría decirse que esta gran pérdida me ha dejado descolocada. Muchos aspectos de mi vida serán ahora distintos. Pero la vida sigue… No puedo ni quiero quedarme quieta y cerrada en mi casa, dándole vueltas a mi desgracia. ¡Seguiré adelante animosa buscando mi camino!
Una noche muy especial

Esta Nochebuena no habrá bullicio ni risas en nuestra casa. No habrá bolas de colores ni tiras de espumillón. Nos dolerá ver la silla vacía en la mesa...
Pero habrá cariño y unión entre todos. ¡Y mucha esperanza!
Os deseo ¡FELIZ NAVIDAD, AMIGOS!
Lo siento muy cerca

Hace una semana que lo perdí. Las agujas del reloj giran inexorables: una hora, y otra, y otra más… Paso los días ocupada entre visitas y llamadas telefónicas de las personas que no se enteraron de su muerte o no pudieron venir a acompañarnos. Me siento arropada por los míos. Mi hermana y mi cuñado no me han dejado ni un momento desde que se le declaró la gravedad. ¡Cuánto se agradece el cariño y la compañía de la familia y de los amigos en momentos como éste!
Por lo demás, lo veo en todas partes. Mire hacia donde mire todo me lo recuerda. El hueco de la silla de ruedas en el cuarto de estar, cada rincón del cuarto de baño en el que pasábamos tanto rato haciendo ejercicios para facilitar la movilidad de los brazos y la respiración. Su máquina de afeitar. El olor del masaje para después del afeitado. Sus ropas. Su cama vacía.
Hoy han venido ha llevarse la bombona de oxígeno y el aparato con mascarilla que impulsaba el aire hacia sus pulmones y que utilizaba durante las noches. El día 16 hubiésemos celebrado el 39 aniversario de nuestra boda. Aquella noche permanecí sin acostarme hasta muy tarde repasando las viejas fotografías de nuestra boda. Fotografías en blanco y negro que el tiempo ha convertido en color sepia. Éramos tan jóvenes… Sonrientes y llenos de optimismo, rebosantes de amor…
A veces, unas lágrimas me resbalan lentamente mejilla abajo. Parecen una lluvia suave cayendo sobre la tierra silenciosa. No estoy desesperada. Tal vez porque ya iba viviendo el duelo durante su larga enfermedad. Tal vez porque, aunque invisible, siento su amor muy cerca, ¡ tan cerca…!
Con el alma a la deriva

Se me fue mi marido. Casi de puntillas, resignado, con unos enormes deseos de encontrar el descanso para su pobre cuerpo, tan frágil, tan castigado por esa horrible enfermedad que se esconde en tan solo tres letras: ELA.
Reposa desde ayer en el pequeño cementerio del pueblo donde nació, tal y como era su deseo.
Allí lo dejé. Descansando envuelto en aquel profundo silencio, con las imponentes Peñas de Herrera como telón de fondo, y los hermosos pinos de la entrada como perennes centinelas susurrándole sus secretos en los días de viento.
Y aquí estoy yo. Con un enorme vacío. Como si me hubiesen arrancado una parte de mí misma y se hubiese quedado con él.
¡Pero tengo una gran Esperanza!. Él también la tenía. Sé que me está mirando y que me acompaña desde otro lugar en el que no hay sitio para la tristeza y el dolor.
Te he querido mucho, Miguel. Tuyos han sido todos mis besos de amor.
¡Y siempre te querré! Nada, salvo la enajenación de mi mente, podrá lograr que me olvide de ti.
¡Hasta pronto, amor mío!
Nunca podré visitar Capadocia

Esta mañana, al arrancar la hoja de mi almanaque y mirar la parte posterior de la misma me he encontrado con este título: Ciudades subterráneas.
Se habla en ella de Capadocia, región situada en la Turquía central. Me he enterado de que hay allí innumerables galerías subterráneas excavadas en el subsuelo con una capacidad para 100.000 personas. Leo que hay un lugar llamado Derinkuyu, que tiene excavadas veinte plantas hacia el interior de cuarenta metros de profundidad y con 52 chimeneas de aireación. Utilizadas en cierta época por los cristianos como refugio contra los invasores, tenían un excelente sistema de defensa al cerrarse con puertas parecidas a ruedas de molino. Contaban con iglesia, dormitorios, comedores, lagares para el vino despensa, panadería, depósito de agua fresca, todo ello excelentemente comunicado con pasadizos escaleras y canales.
He sentido curiosidad y mucha nostalgia. ¡Quién pudiese contemplar tanta maravilla!
Sé que nunca podré verlo, pero se ha despertado mi curiosidad, y esta tarde, sentada en el sofá de mi cuarto de estar acompañando a mi marido, he dejado de lado la televisión, que vista en grandes cantidades consigue embotarme la cabeza, y me he dedicado a buscar información e imágenes sobre este regalo de la Naturaleza. Ha merecido la pena.
¡Qué maravilla! Paisajes que podrían situarse en cualquier planeta lejano, o que podrían ser obras de dibujantes con la imaginación desbordada. ¿Cómo explicar lo que he sentido? La verdad es que no podría, no tengo palabras. Os invito a visitar las imágenes de Capadocia a través de vuestro buscador. Os aseguro que no quedaréis defraudados. El valle de las Chimeneas de Hadas, los frescos de la iglesia de Santa Bárbara de Goreme…
Hay mucha gente que cree en la reencarnación. Si la hay, en mi próxima vida yo me pido una visita a aquellos lugares encantados. ¡Estaría guay!, tal como decían mis alumnos.
Un héroe de nuestros días

Cada día al leer la prensa, al escuchar la radio o encender la televisión, lo normal es encontrarnos con un montón de malas noticias: guerras en cualquier rincón de la Tierra, catástrofes naturales, accidentes, robos, estafas, drogas, violencia de todo género… Así un día y otro, de modo que casi llegamos a la conclusión de que en nuestro mundo hay solo maldad. Es verdad que el bien, que la gente buena, que la hay gracias a Dios, hace menos ruido, y que por eso vende menos que la vulgaridad, la bazofia o la maldad.
Hoy estoy contenta, porque me he tropezado entre las líneas de un periódico digital con un héroe. Un héroe que ni siquiera piensa que lo es. Se llama Jesús Manuel Córdova, un mejicano de 26 años, padre de cuatro hijos, que llevaba dos días andando por el desierto de Arizona, y estaba ya a menos de ocho horas de la ciudad norteamericana de Tucson, intentando pasar a los Estados Unidos de forma ilegal. De repente se encontró con un niño estadounidense de 9 años, herido, asustado y con frío. Viajaba con su madre y en un momento dado ésta perdió el control del coche y fue a parar a un barranco. El mejicano, como el Buen Samaritano del que habla el Evangelio, se paró para auxiliar a los accidentados. No pudo hacer nada para salvar a la mujer, pero se quedó para acompañar al pequeño, abrigándolo y consolándolo con sus gestos de afecto. Allí permanecieron 14 horas, hasta que fueron encontrados por un grupo de cazadores que se encargaron de avisar a las autoridades. Jesús Manuel Córdova hizo todo esto a sabidas de que su acción humanitaria seguramente iba a desbaratar sus planes de entrar en Estados Unidos.
Y así fue. Cuando la Patrulla Fronteriza descubrió que estaba indocumentado, inmediatamente lo devolvieron a su lugar de origen.
Cuando la gente le dijo que se había portado como un héroe, él se limitó a decir: "Solo hice lo que me salió del corazón, a mí me gustaría que si algún día mis hijos están en esa situación, también alguien trate de ayudarlos."
Las buenas personas son así. No se dan pote ni son amigos de alharacas.
Te felicito Jesús Manuel Córdova. Eres mi héroe. Solo espero que alguna persona de los Estados Unidos sepa reconocer el valor de tu acción y te facilite, esta vez legalmente, la entrada en ese país, para que puedas forjar una nueva vida para ti y los tuyos, como era tu deseo.
Días de cierzo
El cierzo cabalga como potro desbocado estos días por las calles y plazas de nuestro pueblo. Desde el interior de mi casa, protegida y caliente, lo oigo rugir amenazador como si quisiera echar abajo las paredes. Suena en el tejado, azotando los cables que protegen la antena, intentando arrancar la caperuza metálica que cubre la chimenea de la calefacción, sopla a través del orificio de salida de la campana de la cocina.De cuando en cuando abandono la tarea que tengo entre manos y me acerco a mirar por la ventana. Desde el cuarto de estar puede verse el hermoso jardín de la casa vecina. Los árboles son vapuleados sin piedad por la fuerza del viento huracanado. Un sauce llorón amarillea, y sus hojas, arrebatadas violentamente de las ramas, voltean alocadas hasta acabar abandonadas en cualquier lugar del césped. La hiedra, que convertía hasta hace escasos días una de las paredes en una hermosa cortina color vino, se ha quedado desnuda y muestra ahora sus oscuros muñones secos. Voy ahora a la pequeña habitación, abierta al sol de la tarde. En ella tengo instalado mi querido ordenador, la tabla de planchar y la mesa alargada que durante mucho tiempo ha hecho las veces de camilla para que mi marido pudiese recibir los masajes para aliviar un poco su enfermedad. Desde allí pueden verse las nubes deslizándose alocadamente por el cielo. En el tendedero instalado en una terraza cercana la ropa sufre las embestidas del vendaval.
Y varias veces a lo largo del día he entrado en nuestra habitación. La añoro. Cuando bajamos del pueblo nos cambiamos a la habitación de mi hijo pequeño, vacía desde que se fue de casa para formar su propio hogar. De esa forma hemos podido instalarle una cama eléctrica que le proporcione más comodidad. He visto a través de la ventana el fornido árbol del corral del que cuelgan cientos de pequeñas bolas verdes en continuo movimiento. Las hojas yacen arremolinadas en un rincón. Y en una de las ramas, ¡sorpresa! He descubierto una tórtola acurrucada en un nido. El espeso follaje del árbol durante el verano había logrado mantenerlo oculto.
Ha logrado despertar mi curiosidad. Quisiera disponer de tiempo para sentarme junto a la ventana y observarla largamente. ¿Por qué permanece allí tan quieta durante todo el día? Cualquiera al verla pensaría que pudiera estar incubando sus huevos. ¿Será así? Me he hecho el propósito de vigilarla con frecuencia a la espera de futuros acontecimientos. No parece haber escogido un lugar suficientemente resguardado. Este maldito cierzo puede convertirse en un monstruo sin piedad.
Y ahora mis pensamientos se remontan a los lejanos día de mi infancia. Me parece estar en la cocina con mis padres y mis hermanos. Es de noche. Estamos sentados junto al hogar. El viento ruge en la boca de la chimenea. Las llamas serpentean hacia lo alto. Un repentino golpe de viento penetra y las aplasta contra los troncos. Una bocanada de humo se extiende por la cocina provocándonos la tos y un molesto picor en los ojos. El mismo viento que impedía escuchar el sonido del cuerno cuando el pastor de la vicera avisaba a los vecinos de que había llegado la hora de sacar a las cabras para llevarlas al monte. Todavía recuerdo el día que acompañé a mi madre a llevar a nuestras cabras por el camino de la umbría del Costanazo para tratar de alcanzar al grueso del rebaño. El cierzo empujaba mi pequeño cuerpo haciéndome retroceder y se me metía en la boca entrecortando mi respiración. No pude continuar la marcha por mucho tiempo y tuve que quedarme agazapada tras una roca esperando hasta que mi madre volviera.
¡Siento vergüenza ajena!

Foto tomada de 20minutos.com
Estoy tan absorbida por mis tareas de cuidadora que apenas saco tiempo para navegar por internet y escribir unas palabras en mi blog que hagan saber a los que me visitan que estoy viva. Mi marido necesita compañía continua. Verse solo, aunque sepa que estoy en la habitación cercana lo angustia y atemoriza. Desde hace varios días su nariz se atasca, a veces por completo, y esto le produce importantes dificultades para respirar.
- Me voy a morir ahogado – me dice. Yo no sé qué responderle porque sé que dice la verdad. Solo puedo besarlo y rodearlo con mis brazos como si fuera un niño. Ése es el único consuelo que puedo proporcionarle.
Sin embargo, a pesar de mis ocupaciones, no puedo dejar de levantar mi voz para protestar por lo sucedido recientemente en un tren de una línea de Barcelona. Un joven de 21 años de estética skin, se acercó a una joven de 16 años que se encontraba sentada en su asiento, y al comprobar por su físico que era latinoamericana –exactamente ecuatoriana – comenzó a ofenderla utilizando insultos racistas, al tiempo que le pegaba repetidamente, mientras la joven se tapaba la cara con los brazos intentando protegerse de la agresión. Cuando el energúmeno parecía haber quedado satisfecho y se dirigía hacia la puerta de salida, de repente se volvió, estiró la pierna y le propinó una gran patada en la cara. Todo ello mientras hablaba con su móvil con alguien conocido, quién sabe si para contarle orgulloso "su hazaña". No nos lo han tenido que contar, lo hemos visto a través de la grabación de la cámara instalada en el vagón.
No es el único caso, por desgracia. Pero la mayoría de los españoles no somos así. No nos gustaría que por culpa de esos pocos impresentables, que en el fondo no son más que unos sucios cobardes, los medios de comunicación de otros países, como ha pasado esta mañana con un periódico de Ecuador, tuvieran que usar este titular: "España racista". Y pedimos que las autoridades competentes tomen las medidas necesarias para que esa "persona", (lo pongo entre comillas porque no sé hasta que punto puede considerársele como tal) tenga su merecido. Y ojalá sirviera de escarmiento para que no vuelva a repetirse un episodio tan vergonzoso.
Joven ecuatoriana, agredida e insultada, no te conozco, no sé tu nombre, pero te envío desde aquí un apretado abrazo. Yo sé que muchos, muchos más, acompañan al mío.
Palabras con aroma y con sabor

Hay palabras que, como los buenos vinos, tienen aroma y sabor. La palabra Pilar es una de ellas. Huele a virgen menuda, velando sobre los miles de aragoneses que la aclaman como hijos. Sabe a besos fervorosos sobre el pedazo de mármol de la parte posterior de la columna que sustenta la pequeña imagen de la Patrona. Huele a cirios encendidos y a flores perfumadas, a fe y a plegarias. A niños bendecidos tocando el manto desde las pequeñas escaleras del camarín. A voces cristalinas de los infanticos entonando sus cantos desde el coro de la Basílica. A torres esbeltas que dan su bienvenida desde la distancia a los visitantes que se acercan a la ciudad. A tañidos de campanas y cantos del ángelus al filo del mediodia. A aleteos de palomas asustadas y a niños persiguiéndolas por la espaciosa plaza.
Sabe también a cantos y a bailes. A jotas bravas que se escapan de gargantas preñadas de emociones. A maravillosas explosiones de todos los colores del arco iris rasgando la oscuridad de la noche.
Y a un desfile interminable de gentes que acuden de todos los rincones de nuestra geografía portando en sus manos las flores con las que se tejerá el hermoso manto para la Señora y se adornará un inmenso altar en el lugar preparado de antemano en un espacio de la plaza. A las airosas faldas y floridos mantones de las mujeres o los ceñidos calzones y vistosos cachirulos de los hombres.
A la tradicional visita a la Mejillonera, en los aledaños del paseo de la Independencia, o aquellas otras más lejanas en el tiempo al viejo Belanche, en el comienzo de la calle Don Jaime. Y huele a desfile de gigantes y cabezudos, y a comidas familiares en la casa de mis padres.
Pero la palabra Pilar evoca también otras muchas cosas… A Alberto, el joven que perdió su vida en un accidente de coche, volviendo a casa de madrugada por estas fechas. Y a una tía de mi marido, una mujer cariñosa y sonriente que agradecía nuestras visitas con aquellas enormes galletas Napolitanas que mis hijos hoy todavía recuerdan. A Pilar Ramos, una religiosa ya fallecida, que fue mi profesora de Literatura, que me ayudó a descubrir el placer de leer y me animó a darles forma escrita a mis sentimientos. Y también a otra Pilar, esposa de un primo de mi suegra que vive en nuestro mismo pueblo. Una mujer cariñosa, trabajadora, divertida, dadivosa… a la que el alzheimer, día tras día, fue desdibujando sus recuerdos, hasta convertirla en una pobre mujer para la que sus seres queridos se han convertido en extraños, y que finalmente ha olvidado el mecanismo de la palabra.
Estas, y muchas otras cosas más que se quedan en el tintero son los aromas y sabores de este día 12 de Octubre, festividad de nuestra Patrona, la Virgen del Pilar.
¡Está arrojando la toalla!

¡Cómo me cuesta trasladar al papel mis pensamientos! Hoy he hecho varias tentativas de coger el bolígrafo, pero algo, no sé explicar muy bien qué, me impedía hacerlo.
En realidad sí que lo sé. El final se acerca. Él lo sabe y nosotros también.
¡Tan valiente que ha sido! ¡Tanto como ha luchado! Siempre animoso. Pero desde hace unos cuantos días es como un globo que se va desinflando por momentos. Es consciente de que su cuerpo se agota, de que cualquier esfuerzo, por pequeño que parezca, hace que su respiración se acelere y la fatiga le hace resoplar.
Ya comencé a leer el libro que me regalaron: "Vivir hasta despedirnos". Trata sobre enfermos terminales, sobre la aceptación de su enfermedad por parte de ellos y de la disponibilidad de sus familiares y amigos cercanos para escuchar sus confidencias y sus temores, ante la necesidad de expresar en voz alta toda la angustia acumulada en su interior. Aprovechar cada minuto para hacerle saber que lo amamos, y si eres creyente, compartir con él la esperanza de que la vida no termina aquí.
Desde que comenzó su enfermedad, hará entre nueve y diez años, día a día supliqué a Dios por su salud, esperando el milagro de su curación. Más tarde, pasé al estadio de la aceptación. "Señor, déjamelo cómo está un tiempo más". Puedo ayudarle, besarlo y abrazarlo. Podemos acostarnos con nuestras manos entrelazadas. Puedo escucharle cuando me dice que me quiere, decirle que yo también lo amo…
Un día me tropecé con una conocida que había perdido recientemente a su marido. Al preguntarme por la salud del mío me dijo: Lo tienes vivo, aunque sea en una silla de ruedas. Pide que Dios te lo conserve así. Es tan mala la soledad…
Pero muchas veces no sabemos muy bien lo que pedimos. Últimamente me estoy haciendo a menudo esta pregunta: ¿Por qué me aferro a él a toda costa si sé que cada día que pase su sufrimiento será mayor? Conociendo como conozco los terribles estragos que produce esta cruel enfermedad, y después de haber escuchado recientemente la noticia de que un afectado por la ELA, un hombre de cuarenta y nueve años, únicamente es capaz de menear los párpados… ¡no tengo derecho a querer retenerlo a mi lado! Ahora, cada día que pasa, pienso en la muerte, que debe de andar medio escondida, ya rondando mi casa, y encarándome con ella, le digo: ¡Ven cuanto antes! ¡Llévatelo! Ya ha demostrado con creces su valentía. ¿Qué más puedes pedir?
¡Dios mío, por lo que me quieres, por lo que te quiero, no permitas que él tenga que soportar más sufrimiento!
¡Sorpresa!

Uno de los días que acudí este verano a la consulta para solicitar recetas para las numerosas medicinas de mi marido ( yo siempre digo que cuando nos desplazamos parecemos una minifarmacia andante), la médica, a la que conozco porque ejerce su profesión desde hace años en el pequeño pueblo en el que pasamos el verano, y en otros dos próximos al nuestro, después de interesarse por el estado de mi marido me preguntó cómo llevaba yo la situación.
Hablamos de mis estados de ánimo. Le expliqué que gozaba de ciertos días de gran fortaleza alternando con otros de extremada debilidad, en los que al descubrir detalles que me muestran con crudeza el progresivo deterioro de mi marido, o por cualquier pequeña cosa que parece sin importancia, me vengo abajo y luego me cuesta remontar. Me aconsejó que sacara momentos para mí misma (una cosa un poco difícil porque él querría tenerme presente las veinticuatro horas del día), para poder desconectar un poco del problema, que buscara alguna persona de confianza para poder hablar y sacar fuera todo eso que guardo en mi interior que me produce inquietud, miedo, impotencia, dolor… Me preguntó si conocía un libro titulado "Vivir hasta despedirnos." Le contesté que no, y me recomendó que lo leyera. Desde que bajamos a casa ando tras el libro. Se lo encargué a mi hermana para que me lo comprara en Zaragoza pero no pudo hacerse con él porque se había agotado en la librería y estaban a la espera de recibirlo. Quizás haya pasado un mes desde entonces.
Y esta mañana, al venir mi hija a vernos, a encontrado algo en el buzón. Era una pequeña bolsa de papel azul de la Librería General. Al abrir el envoltorio que cubría el libro me he encontrado con la agradable sorpresa de leer en la portada este título: "Vivir hasta despedirnos" de la escritora Elisabeth Kübler-Ross, acompañado de la foto de una hermosa flor. El libro no contenía ninguna nota que pudiese identificar al autor del regalo. He pensado en la posible amiga que podría haber depositado el libro en mi buzón. La he llamado por teléfono y me ha dicho que ella no había sido. He llamado a mis amigas de la pequeña comunidad de religiosas Carmelitas de la Caridad de Vedruna que desde hace más de 25 años vive en este pueblo, a las que me une una gran amistad, pero no han contestado al teléfono.
Este pequeño suceso me ha animado a ponerme a escribir y, no os lo creeréis, pero hace un momento me ha llamado mi hijo por teléfono para decirme que un sobrino, que vive en el pueblo en el que la médica pasa su consulta diaria, había pasado ayer por aquí y al no encontrarnos en casa la había introducido en el buzón. Ha sido algo inesperado, un bonito detalle por parte de Doña Laura que merece todo mi agradecimiento. ¿A que sí? Cuando lea el libro, (solo con leer el título algo se me remueve por dentro) os abriré mi corazón.
¡A tu tierra grulla, aunque sea solo con una pata!

Es una expresión familiar que utilizamos para expresar nuestra satisfacción por llegar al hogar después de una ausencia en la que las cosas no han transcurrido como esperábamos.
Llevamos ya unos cuantos días en nuestra residencia habitual y estamos encantados. Este año no nos ha costado nada dejar atrás el pueblecito de montaña en el que pasamos los veranos porque el clima nos ha jugado una mala pasada. Parecía propiamente que en vez de subir a veranear lo hubiésemos hecho con el fin de invernar. ¡Qué tiempo, Señor! Había días en los que el estado delicado de mi marido nos obligaba a permanecer presos en casa, y fueron bastantes los que tuvimos que encender la vieja estufa de gasoil para atemperar el ambiente frío del cuarto de estar.
Hasta Yako parecía notar que este verano estaba siendo especial. Al no poder dejar solo a mi marido, no hemos podido gozar de nuestras salidas por los caminos de la montaña, donde mi perro correteaba alegremente, ni contemplar desde las cimas el extenso horizonte difuminado por la neblina. Ni salir a tomar la fresca por las noches con los vecinos. La chaqueta se ha convertido en una prenda casi imprescindible la mayor parte del tiempo.
Dada mi condición de andarina empedernida, he de reconocer que he soportado este cambio forzoso mejor de lo que esperaba. Nos hemos limitado a pasear por la carretera, todas las tardes que nos ha sido posible, hasta llegar al primer malecón, allí donde la carretera se protege del precipicio con una serie de pequeñas almenas de piedra. Mi marido, manejando su silla eléctrica que está resultando una bendición porque le proporciona más autonomía, y el pobre Yako sujeto por mí con su cadena para evitar un accidente, aunque la circulación es escasa.
Durante todo este tiempo he procurado no fijar mi mirada en los montes para evitar en lo posible la punzada de la nostalgia. Y he logrado sobrellevarlo serenamente, porque los seres humanos tenemos una increíble capacidad de adaptación. ¡Doy gracias por ello!
¡Qué suerte ha tenido Jaquerito!

Jaquerito. Así se llama el toro que este año iba a morir alanceado en el festejo que se conoce como El Toro de la Vega, durante las fiestas que se celebran en honor de la Virgen de la Peña, patrona de Tordesillas, un pueblo de la provincia de Valladolid.
Y digo que ha tenido suerte, porque Jaquerito no daba la talla según los organizadores de este controvertido evento, por lo que fue cambiado por otro animal de mejor estampa de nombre Enrejado. El pobre Enrejado, el escogido para correr desde las afueras del pueblo, precedido y seguido por una multitud enardecida (se calcula que unas 35.000 personas participaron en el espectáculo) llegó al lugar elegido, en el que caballistas y gente de a pie, armados con lanzas, se ensañaron con el pobre animal hasta producirle la muerte. Con el rabo del animal, prendido en la lanza como símbolo de su victoria, el matador, conocido como el Cañero, volvió a Tordesillas escoltado por decenas de monturas al son de la dulzaina y el tamboril. El festejo tuvo lugar sin incidentes, a pesar de que el día anterior unos 600 ecologistas defensores de los animales se concentraron en la plaza del pueblo para exigir el fin del sangriento espectáculo. Esta protesta fue contestada por un número similar de personas defensoras del festejo por considerar que es una tradición del pueblo que cuenta con unos cinco siglos de antigüedad.
Hasta hace pocos años, también en un pueblo de la provincia de Zamora llamado Manganeses de la Polvorosa, era costumbre de que los quintos lanzaran una cabra viva desde el campanario de la iglesia del pueblo. Las continuas protestas consiguieron terminar con esta cruel tradición.
Y es que… no todas las tradiciones son buenas. Y si no, que se lo preguntasen a las recién casadas que tenían que soportar el derecho de pernada: para su desgracia debían pasar la noche de su boda con el Señor del lugar para que disfrutara de su virginidad. Me ha espantado el leer que en ciertos lugares todavía al día de hoy, el hacendado disfruta de las hijas de sus criados, niñas de doce o trece años recién hechas mujeres.
No hace mucho escribía sobre mis recuerdos infantiles de las fiestas de mi pueblo en honor de San Ramón. Alguna familia ofrecía al Santo un gallo para agradecerle o pedirle un favor. Después de pasear atado a la peana, cabeza abajo, por las calles del pueblo durante la procesión, por la tarde metían al animal en un agujero hecho en la tierra. Envuelto, excepto el cuello y la cabeza, los mozos pagaban una cantidad de dinero por arrojarle piedras. Aquel que conseguía matarlo se hacía dueño del pobre gallo. Todavía me parece ver los movimientos del pobre bicho tratando de esquivar las piedras. Mi pueblo se quedó desierto hace años, así que la tradición se perdió sin más. Pero si no hubiese ocurrido así y esa horrible tradición se mantuviera, yo sería la primera en encabezar la protesta para terminar con ella.
¿Alguien piensa que la vida es rosa?

En estos últimos días están de actualidad en la televisión las noticias relacionadas con la importante subida de distintos productos alimenticios. Todos los relacionados con la harina: el pan, la pasta, la bollería, los pasteles…, los huevos, el pollo, la leche y sus derivados, la carne…
A la hora de buscar culpables se habla de la importante subida de los cereales. La causa: la escasez de los mismos en algunos de los países más poblados de la Tierra, como India y China, o la utilización de una gran cantidad de los mismos para la fabricación del biodiésel, el nuevo combustible ecológico cuyo uso podría contribuir a evitar o a retardar el calentamiento de nuestro planeta.
Ante semejantes perspectivas, a las que hay que añadir la última de una serie de subidas del interés de las hipotecas, y el gasto extraordinario originado por la vuelta al cole de los niños, no hay que ser muy avispado para imaginar que muchas familias van a tenerlo difícil.
Sin quitarle un gramo de importancia al tema, porque la tiene, y mucho, no puedo dejar de referirme a otras escenas impactantes contempladas en las últimas horas en la pantalla de la televisión.
- Un hombre rumano envuelto en llamas en la calle, delante de su familia. Él mismo se prendió fuego, desesperado por su situación. Vinieron a España, como lo hicieron antaño los conquistadores de América, en busca de un Dorado inexistente, y se encontraron con la amarga realidad. Sin papeles, engañado por su propio hermano con la promesa de un contrato de trabajo inexistente, sin techo ni comida, sin ninguna ayuda. Solo querían disponer del dinero necesario para volver a su país pero no lo lograron. La desesperación hizo el resto. Ahora se debate entre la vida y la muerte.
- ¿Habéis visitado Madrid y el Palacio Real? Tal vez hayáis podido ver alguna vez en la televisión los enormes setos cilíndricos que adornan sus jardines. ¿Quién podría imaginar que el interior de esos setos constituye el hogar de otras tantas personas que viven en el desarraigo? Unas escasas prendas sobre el suelo y unas bolsas de basura colgando en la parte superior del agujero para defenderse de la lluvia, son todas sus pertenencias.
- Un numeroso grupo de personas de nacionalidad rumana, de distintas edades, incluida una mujer embarazada, casi todos parientes, malviven en distintos lugares de los parques de una ciudad española que ahora no puedo recordar. Rumanía pertenece a la Unión Europea por lo que sus ciudadanos pueden desplazarse por los distintos países miembros de la misma. Pero hasta el año 2009 no les será fácil obtener los papeles necesarios. Y vienen a la ventura, sin trabajo ni lugar de alojamiento. Estas personas, aposentados bajo los árboles del parque, colocan allí sus escasos enseres para cocinar y dormir, hasta que la policía los desaloja y tienen que cambiarse a un nuevo lugar. ¿Qué huella dejarán estas experiencias en las mentes infantiles? ¿Qué destino le reservará la vida al pequeño bebé que está a punto de nacer?
¡La enorme copa de sufrimiento de nuestra Tierra rebosa y se derrama día a día!
La risa es saludable

Hace no mucho tiempo, en un programa de televisión estaban hablando de los beneficios que aporta la risa a las personas. Era algo curioso, porque decían que según la vocal utilizada al reírnos: ja, je, jo… los efectos producidos aliviaban distintos problemas de salud. Allí salía un grupo de gente realizando un curso de risoterapia, y por tanto riéndose a mandíbula batiente. Una vez más caí en la cuenta de lo difícil que me resulta reírme. Todavía recuerdo las grandes risotadas que soltaba hace unos años viendo las películas de Cantinflas, los Hermanos Marx, Paco Martínez Soria o Mister Bean…
También en la asociación de enfermos de ELA en Aragón han realizado algún curso para los familiares de los afectados, pero no me es fácil desplazarme a Zaragoza para poder asistir.
Esta mañana, al arrancar la hojita del taco correspondiente al día de ayer, me he dado cuenta de que hoy era 31 de agosto, festividad de San Ramón Nonnato, uno de los santos patrones de mi pueblo, y en su honor se celebraban las fiestas principales del mismo. Y han acudido a mi memoria numerosos recuerdos de mi infancia asociados con esta fecha: la procesión por las calles del pueblo, portando al Santo en unas andas adornadas con flores, y, sujetos con unas cintas vistosas, cuatro grandes roscones. Casi siempre podía verse, atado por las patas y colgando cabeza abajo, balanceándose y aleteando asustado, algún hermoso gallo ofrecido al Santo por alguien que le suplicaba o agradecía algún favor, (puede que algún día escriba algo sobre el triste destino que aguardaba al infeliz y que conservo bien grabado en mis retinas de niña). Y la música en la plaza, el baile de los mayores, el puesto de golosinas, la comida especial, nuestras idas y venidas hasta altas horas de la noche desacostumbradas para nosotros…
Después he echado una ojeada a la hoja recién arrancada. Su lectura ha logrado arrancarme una sonrisa, que siempre es bienvenida. "A falta de pan, buenas son tortas", como dice el refrán. Quiero compartirlo con vosotros.
SIN RESPUESTA
-¿Por qué nunca se ha visto en los titulares de los periódicos… "Adivino gana la lotería"?
- ¿Por qué el zumo de limón está fabricado con sabor artificial y el lavavajillas se hace con limones naturales?
- ¿Por qué no hay comida para gatos con sabor a ratón?
- ¿Por qué las ovejas no encogen cuando llueve y los jerseys de lana sí?
- ¿Por qué apretamos más fuerte los botones del mando a distancia cuando se está quedando sin pilas?
- ¿Por qué se lavan las toallas? ¿No se supone que estamos limpios cuando las usamos?
- Si un abogado enloquece, ¿pierde el juicio?
- ¿Dónde está la otra mitad de Oriente Medio?
- ¿ Por qué cuando llueve levantamos los hombros? ¿Acaso nos mojamos menos?
Me daré por satisfecha si habéis podido esbozar una pequeña sonrisa.
Sobre el hambre y la saciedad

Mi cuñado es un hombre de edad avanzada, el próximo tres de mayo cumplirá 82 años. Está fuerte como un roble y todas las mañanas, tras el aseo y el desayuno, ya está preparado para irse a la calle, a vagabundear de aquí para allá. ¡Se viviría en la calle!. Mi hermana por el contrario, es una persona hogareña, y esa afición de mi cuñado es motivo de alguna que otra discusión, porque no se conforma con salir, es que quisiera que ella también lo hiciera a todas horas. Él le lleva bastantes años, pero cuando van de excursión, es ella la que termina hecha papilla, y si se queja, mi cuñado le dice que todavía es una criatura, que está creciendo. Con ello quiere decir que no tiene motivos para quejarse. Pero los años no perdonan. A él le han traído una progresiva falta de memoria, así que no es raro que en un corto espacio de tiempo tengas que escucharle varias veces la misma cosa.
Tiene fijación por las personas gruesas.
-¡Ay va, qué gorda!- exclama cuando ve alguna mujer corpulenta en la calle o en la televisión.
-Antes no se veían tantas gordas – añade -. Además hace años cuando las mujeres estaban rellenitas eran motivo de admiración para los hombres, pero ahora no están de moda, les gustan más delgadas. ¡Claro, es que antes comíamos menos, pero ahora como no nos falta nada…! ¡Comer es un placer!
Esa es su frase favorita.
De nada sirve decirle que a veces la gordura tiene otras causas, como trastornos hormonales, o es resultado de la vida sedentaria que llevamos que no nos permite dedicar un tiempo al ejercicio físico. Así que vamos acumulando calorías poco a poco. Yo misma, este verano, en el que debido al estado de mi marido no puedo darme aquellas estupendas caminatas como era mi costumbre, noto que estoy sacando una antipática barriguita. Además tengo que confesar que hago muchas visitas al frigorífico, para ser más concreta, al lugar reservado a los helados. Puede ser que cuando termine de escribir estas líneas sucumba a la dulce tentación. Me he hecho a mí misma la promesa de no volver a comprar más, porque como dice un conocido refrán: El que quita la tentación, quita el peligro.
Acabo de leer una frase del gran Mahatma Gandhi que me ha hecho reflexionar.
Dice así: "Todo lo que se come sin necesidad, se roba al estómago de los pobres"
Si todos tuviésemos en cuenta esta pequeña máxima, infinidad de pobres estarían bien nutridos y muchos de nosotros no tendríamos necesidad de echar mano de ninguna dieta para poder mostrar una espléndida figura.
Un poco de luz

¿Quién no ha tenido alguna vez la experiencia de sufrir un apagón eléctrico en plena noche? La verdad es que produce una sensación muy especial.
Todavía recuerdo aquellos frecuentes y largos apagones de mi infancia en los que la negra oscuridad nos causaba tanto miedo. Sentados alrededor del hogar, contemplábamos como las oscilantes llamas proyectaban sombras inquietantes sobre las paredes de la cocina. Encender el candil o una vela, nos producía un pequeño alivio, aunque la casa y todos los objetos familiares seguían resultando fantasmagóricos y extraños. Más de una vez terminábamos acostándonos a una hora más temprana que la habitual cansados de esperar la deseada luz que no llegaba.
Ahora, salvo en algunas excepciones, como en el reciente caso ocurrido en Barcelona, los apagones son cortos. Sin embargo, la inesperada oscuridad te produce desconcierto, y tu casa, que conoces tan bien, hasta el punto de pensar que podrías recorrerla con los ojos cerrados, se convierte en un espacio extraño que hasta puede resultar peligroso.
¡Es tan importante la luz! Y estamos tan acostumbrados a disfrutar de ella que me temo que muchos de nosotros nos olvidamos de agradecer su presencia.
A veces, nuestra vida personal y el mundo en el que nos ha tocado vivir, se ven envueltos por las tinieblas. Unas tinieblas que nada tienen que ver con transformadores, tendido eléctrico, interruptores o bombillas. Unas tinieblas densas que producen dolor y desesperanza.
Pero, siempre hay algo que podemos hacer. Alguien dijo en una ocasión esta frase: "Encender una cerilla es mejor que lamentarse de las tinieblas"
Cuando la Tierra tiembla
Me causa un gran dolor contemplar en la televisión las terribles escenas producidas por el terremoto en Perú. ¡Ojalá pudiera ayudar a esa pobre gente que ha perdido a sus seres queridos, sus casas y todo lo necesario para su supervivencia! Mi solidaridad con todos y cada uno de ellos. Mi oración por los muertos. Mi ánimo para los que han tenido la suerte de seguir con vida. Mi esperanza de que la ayuda les llegue cuanto antes para aliviar sus carencias. ¡Mi deseo de que todos puedan tener junto a ellos personas que les arropen con su amor!
El secreto de la dicha

Son las doce y media de la mañana. Éste es uno de mis escasos momentos de soledad. Mi marido ha salido un rato hacia la entrada del pueblo como hace cada día, siempre que el tiempo lo permite en este extraño verano con escasos días de calor. Manejando su silla y acompañado de nuestro perro, apostado a un lado de la carretera, entre el sol y la sombra de los árboles que bordean la cuneta, permanecerá allí hasta que se aproxime la hora de la comida. Los cuidados que precisa debido a su enfermedad ocupan casi todo mi tiempo.
¡Es duro ser cuidadora! Pero el amor te da fuerzas. Hasta el extremo de que tú misma nunca hubieras imaginado ser capaz de hacer lo que haces.
Una vez más he puesto en marcha el radio cassete y han comenzado a sonar las melodías del CD que me regaló mi buena amiga Rosa. Es una preciosa música que invita a la relajación y a la contemplación. Al escucharla, el alma se esponja y te ves transportada misteriosamente a lugares lejanos de la Tierra. Tal vez sea a la cima de una montaña, o al amanecer en la orilla del mar. Te parece oír el sonoro canto del agua deslizándose por el pequeño arroyo, y el trino de los pájaros, el rumor de las hojas de los árboles cuyas ramas se mecen al compás de la brisa, la dorada inmensidad del desierto, las lejanas luminarias fugaces cruzando el cielo en la oscuridad de la noche de agosto…¡Tantas, tantas cosas hermosas!
En palabras de Thomas Chalmers, escritor y teólogo escocés, la dicha consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y la esperanza.
No me falta ninguna de esas cosas. Tal vez por eso en estos momentos me siento dichosa.
Si tienes gente que te quiere, no te falta nada

Eso es lo que nos ha dicho Elvira en un momento de su visita. Y llegó a esa importante conclusión en uno de los largos y terribles momentos que le ha deparado la vida en este último año, que ha sido para ella y su familia un annus horribilis, copiando las palabras de la reina de Inglaterra.
Todos notamos en el verano pasado que Elvira tenía problemas de salud. Su palidez, su cansancio, su agitada respiración en las subidas por las empinadas calles del pueblo…
Luego, cuando se acercaba el momento de la marcha, sucedió aquel terrible accidente que nos conmocionó a todos. Dos niños de cuatro y cinco años, sobrinos nietos de Elvira estuvieron a punto de morir aplastados por una gran losa de un deteriorado puente que se desplomó al paso del padre de uno de ellos que iba buscándolos. Ellos se habían escondido para que los adultos no los encontraran, y así evitar tener que marcharse del pueblo.
Fueron días angustiosos para la familia. Después, cuando los pequeños ya habían remontado el percance, llegaron las visitas al hospital de Vicente, el abuelo de los niños. Sometido a un transplante de riñón hace unos años, los médicos no habían conseguido un resultado satisfactorio. Por el contrario, tenía infecciones con demasiada frecuencia y se llegó a la conclusión de que había que realizar una nueva intervención para extirparlo.
Y a la vez, Elvira, su cuñada, ingresó en otro hospital para someterse a numerosas pruebas que acabaron con un diagnóstico de cáncer de riñón y de pulmón.
Ella se enfrentó al monstruo con gran valentía. Se propuso luchar. Luchar cada día sin rendirse. La extirpación del riñón, la quimioterapia, la falta de defensas… A veces no era consciente de que las agujas del reloj de su vida estaban a punto de pararse.
Y allí estaba su hermana Lupe, la otra mujer fuerte, que pasaba los días de hospital en hospital, con su marido y su hermana postrados en sus lechos de dolor. Escondiendo su dolor y sus dudas y ofreciéndoles el amor, la sonrisa y el ánimo a sus dos seres queridos. Y arrimando el hombro en lo posible, los hijos.
Pasaron los días y los meses. El verano se acercaba, y con él la nostalgia por el pequeño pueblo se avivaba cada vez más.
Y… aquí están. Aunque sea solamente para unos días. Vicente tiene que desplazarse cada dos o tres días a un hospital para someterse a diálisis.
Elvira, regresará a Barcelona el día 16 para someterse a nuevas sesiones de quimioterapia que volverán a dejarla sin defensas. Pero ella está feliz de poder disfrutar estos escasos días de su pueblo, y mucho más por otro motivo:
-¿Sabes?- me dice. En los largos desvelos de aquellas madrugadas en mi habitación del hospital, desde cuya ventana podía ver el mar, pensaba en el amor y en la cercanía de mi familia y rezaba por aquellos que no tienen a nadie que los quiera. Entonces descubrí una gran verdad: Si tienes personas que te quieren, no te falta nada.
¡Es cierto! No hay nadie más rico en el mundo que aquel que está rodeado de amor.
¡Quién me lo iba a decir!

Hoy hemos experimentado una importante novedad. Por primera vez, la gente ha podido hacer uso del teléfono móvil desde cualquier parte de este pequeño pueblo. Eso sí, de momento los afortunados han de tener un aparato de Movistar para poder establecer la comunicación. Ya desde el principio del verano pasado podía verse en lo alto de un monte, tras el castillo, la torre del repetidor. Pero el tiempo pasó sin que el invento llegase a funcionar. Hace poco nos dijeron que los cacos habían arramplado con todo el cobre de la instalación que encontraron al alcance de su mano y eso había retrasado su puesta en funcionamiento.
El móvil, ese aparatito que se ha vuelto imprescindible en nuestra vida actual... ¿Quién puede andar hoy por la calle o viajar en un autobús sin encontrarse con decenas de personas que parecen ir hablando solas, gesticulando como si hubiesen perdido la razón?
Es un gran invento, sin duda. Pero hace escasos días me enteré de algo que ignoraba. No puedo resistirme a copiarlo para vosotros. Éste era el titular de la noticia, extraída de 20minutos.esEL OLVIDADO ORO GRIS QUE LLEVAS EN TU BOLSILLO PROVOCA GUERRAS EN EL CONGO
En el corazón de África nativos esclavizados extraen, con elevado riesgo para sus vidas, el coltán, un mineral imprescindible para las nuevas tecnologías.
Del Congo se extraen riquezas que nunca benefician a sus habitantes.
El coltán es imprescidible para el desarrollo de móviles y consolas.
El 80% de las reservas estimadas de este mineral se encuentra en la República Democrática del Congo.
El coltán , conocido como el oro gris, por ser ese su color al ser extraído, es un mineral fundamental para la construcción y mantenimiento de centrales nucleares y para fabricar proyectiles perforantes y misiles de largo alcance. También es imprescindible para la industria de los videojuegos y, por supuesto, para los teléfonos móviles de tercera generación, para los que se destina cerca del 60% de la producción mundial. El Gobierno de EE UU, a través del Pentágono, lo ha declarado materia prima estratégica.los ruandeses llegan armados y no gastan bromas, la gente es prácticamente esclavizada
El coltán, apenas arena, fue el verdadero objetivo de la segunda guerra del Congo, conocida por ello como Guerra del Coltán, en la que murieron cerca de cuatro millones de personas. Fallecieron de hambre, por enfermedades, tiroteadas o a machetazos. En esa cruenta guerra, que supuestamente acabó en 2003, participaron nueve naciones, además de veinte facciones distintas de lealtad indefinida. Estas naciones y facciones, que para la opinión pública luchaban por motivos étnicos y políticos, estaban fuertemente armadas. ¿Cómo fue ello posible, teniendo en cuenta que esas nueve naciones, entre las que se encontraba Ruanda, son consideradas las más pobres del planeta?
La respuesta es sencilla, pero escalofriante. El coltán no sólo se extrae en la República Democrática del Congo, donde está el 80% de los recursos estimados de este mineral. También hay minas en Brasil, Tailandia y Australia. Pero en estos últimos países hay que pagar mano de obra en condiciones dignas que resultan muy caras. Impuestos y tasas gravan la extracción del coltán.
En el Congo es más fácil. Según datos de la ONU, entre 1998 y 2002 se extrajeron de esta República cerca de 3,9 millones de kilos de coltán, que alcanzaron en el mundo desarrollado un valor de 793 millones de dólares. Casi el doble de lo que se obtuvo con los famosos diamantes que también se extraen en el Congo.
A pesar de ello ni uno de esos dólares fue a parar al país africano. Su Gobierno, actualmente liderado por Joseph Kabila, está constantemente amenazado por golpes de Estado y revueltas. Poco puede hacer por controlar la zona noroeste del país, donde se encuentran los yacimientos de coltán, a 1.500 kilómetros de la capital, Kinshasa.
Durante la Guerra del Coltán, el Ejército ruandés ocupó de facto esta zona del Congo. Ruanda, un país del tamaño de la provincia de Badajoz, domina la extracción y la explotación de una de las principales riquezas del mundo.
El padre Antonio Molina, de la congregación de los Padres Blancos, que trabaja desde hace muchos años en el África negra, conoce bien la situación. Explica que Laurent Kabila, el padre del actual presidente del Congo, solicitó la ayuda del Ejército ruandés para derrocar el Gobierno del dictador Mobutu en 1997. "Una vez conseguido el derrocamiento, el Ejército ruandés ya nunca abandonó el Congo. De hecho, su única intención al ayudar a Kabila padre era la de hacerse fuertes en la zona minera más rica".
Hombres armados del Ejército de Ruanda dominan los perímetros de las explotaciones en territorio congoleño. Según hace ver el padre blanco, "los ruandeses llegan armados y no gastan bromas, la gente es prácticamente esclavizada". Y es que las minas y el territorio no es lo único que dominan. Estos soldados, armados con la aquiescencia, el beneplácito y el dinero del mundo desarrollado, son los amos y señores de decenas de miles de vidas.
Siento vergüenza de pertenecer a este mundo "civilizado" que esquilma sin ningún remordimiento a los países del tercer mundo
Nostalgia

Esta mañana, nada más levantarme, he acudido al balcón para comprobar el aspecto que presentaba la mañana. ¡Por fin el viento está en calma! Las ligeras tiras de plástico que he colocado a lo largo del antepecho de hierro forjado para evitar que las golondrinas se posen sobre él. (¡Son unas cochinas! No muestran ningún miramiento a la hora de arrojar sus excrementos.) Esas tiras, digo, apenas se mueven ¡Por fin vamos a poder disfrutar del primer día de verano!
He permanecido un largo rato contemplando el paisaje: los huertos, la mayor parte ya sin cultivar, con sus paredes invadidas `por la yedra verde, poderosa y salvaje. Más lejos se adivina la ermita de San Miguel escondida tras la cortina verde de los árboles. Y detrás, el monte que empieza a empinarse revestido de oscuras carrascas, para acabar en la redondez amarillenta de la cima de La Tonda, cubierta de hierbas agostadas.
Cierro los ojos y puedo verme ascendiendo trabajosamente por la ladera en compañía de mi perro; con frecuentes paradas para recuperar el aliento y aliviar los pobres riñones que se quejan lastimosamente.
Un día, hace ya tiempo, pensé que sería la enfermedad o el desgaste producido por los años lo que me impediría disfrutar de la altura y solazarme con los amplios horizontes, pero ha sido la enfermedad de mi marido la que ha cortado mis alas. Algo inexplicable, superior a sí mismo, le impide permanecer solo
- Este año no te irás a andar por la mañana, ¿verdad? - me preguntó. Y yo pude notar en su pregunta un punto de inquietud.
Esta mañana, sentada frente al balcón, con La Tonda ante mis ojos, he revivido las sensaciones experimentadas en mis numerosas subidas. Me he visto sentada sobre la gran losa desde la que se divisa el pueblo blanco, abajo en la lejanía. Hasta me ha parecido sentir la brisa templada sobre mi rostro, y el perfume arrancado a las hierbas silvestres por Yako mientras se revuelca gozosamente por el suelo.
¡Once días sin ordenador!

Esos son los días que llevamos en nuestra nueva residencia. Por supuesto que no me olvidé de meter en el voluminoso equipaje mi apreciado y ya imprescindible portátil. Pero necesitaba una nueva conexión a internet, y como mis conocimientos informáticos son bastante limitados, tuve que esperar a la primera visita de mi hijo, el que se encarga de sacarme de apuros en estos temas. Aunque sabía muy bien que nadie me libraría de su sermón por lo que él considera falta de interés por mi parte para aprender a hacerlo yo misma. Quizás tenga razón, pero me excuso con mi incipiente falta de memoria, que tampoco es faltar a la verdad, porque ya voy notando que mis neuronas se vuelven perezosas. No logro convencerlo del todo, pero el caso es que aunque sea refunfuñando, me pone el ordenador en condiciones de viajar por la red.
Lo primero de todo ha sido mirar las estadísticas para enterarme del número de visitantes de El alma al aire. ¡He batido mi humilde record! Gracias a los que os acercáis a mi página. Me gusta leer los nombres de vuestros lugares de procedencia. Esos nombres de pueblos y ciudades lejanos, muchos desconocidos para mí, algunos tan musicales y poéticos. Y después, he buscado el correo. Gracias por vuestros comentarios. Muchos de ellos me animan a seguir.
El tiempo está por aquí bastante fresco, casi demasiado. Solamente hemos podido disfrutar la primera noche de un rato de fresca. El resto, en cuanto se esconde el sol, hay que pensar en recogerse. Aquí estoy, con pantalón largo y chaqueta de lana. ¡Ni tanto ni tan calvo! Nuestro deseo es huir del calor, no acercarnos tanto al otoño. Esperemos que esto se arregle. Son las once de la noche. He cambiado nuestra habitual partida de cartas por teclear estas líneas y explorar el mundo lejano a través de la red. Mi marido está viendo la televisión. De vez en cuando me interrumpo para mirar. En la 2 están poniendo la película "Los Santos Inocentes". Ya la vi hace tiempo, pero me gustó y no me importa volver a verla. Paco Rabal interpreta excelentemente su papel. Así que vais a disculparme. Aquí os dejo. Hasta la vista.
¡Y que todo el mundo se contagie!

Dando mi cotidiano repaso a las noticias del día en 20minutos.com, he leído una, francamente curiosa. Allá por el año 1994, - y se cita como fuente al periódico inglés The Guardian - un grupo de científicos norteamericanos contó con un presupuesto de 7,5 millones de dólares para tratar de conseguir una bomba muy especial: "La bomba gay."
Pretendían que dicha bomba desprendiera un gas afrodisíaco, con la finalidad de que el enemigo estuviese más pendiente de los atributos físicos de los componentes del ejército atacante que de la amenaza que éstos suponían.
No he podido por menos que reírme bien a gusto. ¿Os imagináis? Miles de hombres abandonando las armas para hacer bueno el dicho aquel de los años 60: "Haz el amor y no la guerra." Espero que el efecto fuese temporal porque si no, ya me diréis vosotros el plan que se les presentaba a las esposas y a las novias de los afectados una vez acabada la guerra.
¡Qué no discurrirán los científicos! ¡Y las cosas que no sabremos!
Voy a escribir una frase que me ha gustado mucho: "Organizad la epidemia del bien y que todo el mundo se contagie." Pertenece a Raoul Follereau, nacido en 1903 en Nevers (Francia) cuya muerte tuvo lugar en París en 1977. Fue un escritor y poeta célebre y su nombre ha quedado vinculado para siempre a la lucha contra la lepra, la pobreza y la marginación.
A ver si esos científicos se exprimen las neuronas para conseguirlo. Pero… me temo que no estén mucho por la labor. Así que, ¡hagámoslo entre todos! Construyamos una hermosa cadena de amor. Encendamos cada uno una pequeña vela, cuya luz vaya pasando de mano en mano hasta que el amor llene y caliente el mundo.
¿Es sólo una utopía? Quizás. Pero es algo tan hermoso que merece la pena luchar por ello.
Cuidadores, héroes anónimos

La tarea de cuidador de enfermos es algo muy especial. Con motivo de la próxima puesta en marcha de la Ley de Dependencia, somos muchas las personas que estamos a la expectativa, deseando conocer qué nos ofrece la citada Ley.
Leyendo hoy un artículo sobre la misma, he pinchado en una página web dedicado al tema de los cuidadores, ¿o tal vez debería decir de las cuidadoras?, porque somos las mujeres las que constituimos el tanto por ciento más elevado: esposas, hijas…
Sólo el que haya experimentado en persona esta misión, o los que se encuentren cerca de un enfermo dependiente pueden caer bien en la cuenta de lo que esto implica. No sólo hay que entregarle al enfermo toda tu fuerza física, sino también, y es todavía más importante, todo tu amor. Dejar aparcados muchos de tus deseos y de tus aficiones, porque según va aumentando su grado de dependencia, te absorbe de tal manera que cada vez dispones de menos tiempo para ti misma.
No siempre es fácil salir airosa. Muchas veces, coincidiendo con un bajón físico, la depresión que está siempre al acecho, se cuela dentro de ti y amenaza con minar todas tus energías para conducirte a un pozo oscuro del que parece imposible salir. No es raro que los cuidadores necesitemos ayuda psicológica o psiquiátrica. Pero… ¡es de risa! ( es solo una manera de hablar) Hasta para ir al médico es difícil disponer de tiempo. En mi caso, mis hijos trabajan, y yo no saco tiempo para desplazarme los sesenta kilómetros que me separan de la ciudad y del profesional que me atiende. Porque mi marido me necesita a esa hora. ¡Bueno, a esa hora y a todas las demás! Tener ELA y conocer sus irremediables consecuencias le ha producido una especie de pánico que le impide permanecer sólo, ni siquiera un momento. Hace un año, una vez acostado, yo me quedaba un rato dedicada a mis aficiones, entre ellas a teclear en el ordenador y a meterme en mis páginas favoritas de internet. Ahora, la mascarilla que lleva por la noche para facilitarle la respiración le produce una especie de claustrofobia, así que debemos acostarnos a la vez, y a la mañana, si me relajo un poco y se me pegan las sábanas, me llama para que le quite el aparato y lo incorpore en la cama, a la espera de que pueda levantarlo cuanto antes mejor. Así estamos todo el día, juntos, como el cántaro y el asa, a excepción de algún rato que sale en su silla para juntarse cerca de casa con varios conocidos un poco menos estropeados que él, y distraerse con los chascarrillos que cuenta alguno de ellos especialmente gracioso.
Quiero enviar unas palabras de ánimo a todas aquellas personas responsables del cuidado diario de un enfermo dependiente. Estoy segura de que habrá una buena cantidad de ellas que estarán en una situación más difícil que la mía porque muchas son de edad avanzada, con las dificultades que ello implica respecto a su propia salud. Los animo a que expresen sus sentimientos, sus miedos, sus frustraciones y, si les es posible, que sigan esta máxima oriental que leí hace tiempo en algún sitio: "La ausencia de deseos es la mejor vía para la felicidad"
Yo lo intento.
Pequeñas tragedias

- ¡Miau... miau... miauuu...!- grita mamá gata.
- Uno, dos y…. ¡Un gato me falta! ¡Miauuu... miauuu... miauuu...! ¿Dónde estás, gatito travieso?
- ¡Miau... miau... miau...! -suplica el pequeño.
¡Qué golpes de angustia suenan en el pecho del pobre animal.
- ¡Miau... miau... miau...!
- ¿No oyes? ¡Es un gato! Comentan los dueños de ese coche nuevo. ¡Paremos para ver si logramos sacarlo!
¡Rom... rom... rom...! – suena la puerta metálica de una cochera que en este momento está en movimiento.
-¡Miauuu... miauuu... miauuu...! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!
-Señora, llevamos un gato en el motor del coche. ¿No tendrá usted algo que pueda ayudarnos a cogerlo?
- ¿Servirá este palo de escoba?
- ¡Miauuu... miauuu... miauuu...! ¿Qué va a ser de mí?
- ¡Pobre animalito! Estará asustado. Ni arriba ni abajo es posible verlo.
- ¡Aquí! ¡Aquí está! En un huequecito cerca de la rueda. ¡No puedo cogerlo! ¡Se esconde!
- Pondremos en marcha el motor, a ver si se asusta y escapa.
¡Bruuum! ¡Bruuum! ¡Bruuum! Parecen rugidos de un fiero león.
-¡Socorro! ¡Es el fin! Maulla el pobre gato, encogido en su inútil refugio.
- No podemos demorar la marcha. ¡Lo sentimos mucho! ¡Gracias y adiós, señora!
Y el coche se aleja mientras suenan cada vez más débiles los tristes lamentos felinos.
¡Adiós pequeño! ¡Cuánto hubiese dado por haber podido ponerle un final feliz a tu triste historia!
La alegría del perdón

Ayer leí algo que logró emocionarme profundamente.
No sé qué edad tenéis los que visitáis mi blog. Quizás si sois jóvenes, la guerra del Vietnam os quede demasiado lejos. Pero muchos de los que como yo ya hemos cumplido los sesenta, en aquellos años quedamos fuertemente impactados por una fotografía en la que podían verse en primer plano unos niños corriendo, con el horror reflejado en sus rostros. En la parte central de la misma aparecía una niña de unos nueve años completamente desnuda. Se llamaba Kim Phuc. Un fotógrafo vietnamita captó la imagen en su cámara y a continuación recogió a la niña para llevarla a un hospital de Saigón.
Esa foto, que representaba toda la crueldad, el horror y la sinrazón de la guerra, le valió a Nik Ut el Premio Pulitzer de fotografía en el año 1973.
No volví a saber nada más de aquella niña. No sabía si habría sucumbido a las terribles quemaduras producidas por el napalm o habría logrado sobrevivir. Hasta ayer, que leí parte de una entrevista que le hicieron cuando van a cumplirse los treinta y cinco años de aquel terrible día. "Mis ropas se quemaron - cuenta Kim - y empecé a sentir el calor sobre mi cuerpo… era como si un reguero de gasolina a más de mil grados de temperatura fluyera por debajo de mi piel."
En catorce meses fue sometida a 17 operaciones. "Me desmayaba cada vez que las enfermeras me metían en una pila llena de líquidos contra las quemaduras o me arrancaban la piel muerta para que no se me infectara", asegura.
Cuando llegó a la edad de estudiar quiso hacer medicina, como una manera de devolver a otros la ayuda que ella había recibido. Y aunque encontró dificultades por parte de las autoridades, tras una entrevista con el Primer Ministro, consiguió trasladarse a Cuba en cuya Universidad de La Habana realizó sus estudios.
Cuenta cómo durante muchos años en su corazón no había más que odio hacia aquellos pilotos americanos que habían arrojado las bombas, matando y destruyendo su país
Coincidiendo con el 30º aniversario del bombardeo, tuvo lugar el encuentro de la niña, ya convertida en mujer, y del piloto estadounidense John Plummer."Plummer se acercó a mí llorando y me preguntó si le perdonaba […], le contesté que sí, nos abrazamos y comencé a llorar junto a él. Cuando cambié el odio por el perdón me sentí como en el cielo", exclama Kim
A raíz de esta experiencia, creó una organización internacional que tiene por objeto ayudar a los más de ocho millones de niños que son víctimas de las guerras del mundo. "Si la niña de la foto es capaz de perdonar, os aseguro que cualquiera puede hacerlo", cuenta una Phuc madura y en paz consigo mismo; pues la niña de la foto ya perdonó.
Información sacada de 20minutos.es
Los hombres también lloran

No me gustaría que nadie me acusase de plagio por poner este título a mi artículo de hoy, porque me suena que esta frase la he escuchado en alguna parte, no sabría decir si se trataba de una novela rosa o de un serial televisivo. Pero como tiene relación con mi tema, me he permitido usarlo.
De todos es sabido que desde la niñez a los varones se les anima a ser valientes. Si se caen, si algún compañero les pega, si no se les concede algún capricho, con frecuencia se les suelta aquello de "no tienes que llorar, que eres un hombre" o "los hombres no lloran." Y así, poco a poco, éstos van acostumbrándose a esconder sus emociones, de forma que cuando llegan a la juventud o a la vida adulta pocas veces se les puede ver llorar, aunque por dentro se les esté partiendo el alma.
Yo tengo un hermano que fue sumamente travieso durante su infancia. No era raro verlo llegar a casa sangrando con una buena brecha. Mi hermana y yo al verlo, nos poníamos a llorar, y él se enfadaba con nosotras de tal manera que a punto estaba de soltarnos una buena torta, y no precisamente dulce. La vida le ha guardado más de una mala jugada. Mientras estuvo interno en un colegio, tuvo el tifus, se cayó de un cerezo un día de San Juan en el que los frailes los llevaron de excursión y estuvo a punto de morirse debido a la rotura del cráneo. Hace cinco años, debido a una imprudencia, por meterse debajo del coche para mirar por qué no se ponía en marcha sin asegurar bien el gato, quedó atrapado debajo. Fue un accidente terrible que le produjo un coma profundo durante mes y medio, tuvo que estar en un centro de rehabilitación durante un año y volvió a casa con graves secuelas. Pasados unos meses tuvo que someterse a una grave operación para reforzarle la aorta con una malla. También salió adelante.
-Tienes más vidas que los gatos -le decíamos.
Ahora, hará unos diez días, tuvo que ingresar al sentir un fuerte dolor en la parte izquierda del pecho. Se trataba de un trombo. Tuvieron que introducirle un catéter ¿se llama así? por la muñeca derecha hasta llegar al lugar obstruido cerca del corazón.
Ayer pude hablar con él.
- ¡Qué dolor! Lloré más que durante toda mi vida junta mientras me lo hicieron – me confesó.
-¡Ánimo, ya ha pasado! Ahora a recuperarte. Te mando un beso fuerte, ojalá pudiera ir a dártelo a Toulouse.
Pero cuídate - digo para mí misma- te vas acercando demasiado al siete, cifra que se asocia con el número de vidas de los gatos.

El frío afecta mucho a la salud, tan delicada, de mi marido. La mala circulación de sus piernas hace que éstas permanezcan frías como el hielo durante todo el tiempo. Sólo los masajes y la manta eléctrica consiguen poner en ellas un poco de calor. Debido a esto, cualquier viaje al pueblo de sus padres queda descartado debido a su clima frío, a excepción de los meses de verano. En esa estación, que por cierto pronostican tórrida para este año, la situación privilegiada del pueblo, rondando los 900 metros de altitud, hace que los calores sean fáciles de soportar, mientras que por aquí abajo se achicharran los pájaros.
Desde que bajamos en septiembre del año pasado, solo he subido una vez, durante unas horas, para recordar a nuestros muertos en la festividad de Todos los Santos.
Desde aquí, tras las continuadas lluvias me era fácil imaginar el paisaje. El domingo pasado, uno de mis hijos, que subió a pasar el día con sus amigos me explicó lo que vio. Todo está verde y florido. Grandes manchas del amarillo de la flor de aliaga, pequeñas y olorosas flores blancas y rosadas de las matas de tomillo, los frutales en plena floración… Subieron a las Peñas de Herrera, tan familiares y queridas para mí. Yako subió con ellos.
Estas tardes, cuando salimos hasta " la Moncloa" - como la llaman jocosamente los contertulios habituales – un lugar a las afueras del pueblo, no lejos del Instituto de Secundaria, con un extenso terreno en el que hace años estaban ubicadas las eras, mientras Yako me trae incansable un palo para que vuelva a arrojárselo lejos, yo lo agarro por la cadena del cuello, le miro a los ojos y le digo al oído, muy bajo para que nadie se entere: Así que subiste a las Peñas ¿eh? ¡Que suerte tuviste! ¡Te tengo envidia, Yako!
Un pantalón para figurar en el libro Guinnes de los Records

Voy a comenzar contando algo que me ocurrió más de una vez mientras estuve en activo como profesora. Mis alumnos llegaban a mi clase con cinco y seis años de edad.
-Seño - me decía una alumna en voz baja, mientras se acercaba a mí. Juanjo ha dicho un pecao.
-¿Qué ha dicho? – le preguntaba yo.
Ella acercaba su boca a mi oído y me susurraba el pecao.
- Anda Rebeca, llama a Juanjo - le contestaba yo.
Entonces él se acercaba mostrando en su cara un poco de inquietud.
-Me ha dicho Rebeca que has dicho un pecado. Dime Juanjo, ¿qué has dicho?
-¡Que yo no Seño, que yo no he dicho ningún pecao. Sólo he dicho mecagüendiez.
-No es un pecado Rebeca- le decía yo- es solo una palabra fea.
Pues en estos momentos, me meto en la piel de los dueños de la tintorería de una familia surcoreana en Washintong, y digo:
-¡Mecagüen el pantalón! ¡Mecagüen el juez dueño del pantalón! ¡Mecagüen toda su familia y hasta en sus muertos que no tienen ninguna culpa!
Sucedió no hace demasiado tiempo. Resulta que un tal Roy L Pearson llevó su pantalón a la tintorería de los Chung en el primer día de su trabajo como juez administrativo. El caso es que cuando fue a recogerlo, el pantalón no aparecía. El jurista exigió primero 1.150 dólares, pero después, la cantidad iba aumentando, aumentando…
Los Chung le ofrecieron primero 3.000 dólares, más tarde 4.600 dólares, y finalmente 12.000 dólares. Pero… ¡Qué va! ¡¡Eso solo era para él un aperitivo!
Con la ley en la mano el juez les pide 1.500 dólares por cada día que no ha podido disfrutar de su prenda, multiplicando esa cifra por tres, porque ha demandado al padre, a la madre y al hijo como dueños de la tintorería. Además, reclama medio millón de dólares por "sufrimiento mental, molestias e incomodo" originado por no poder lucir su prenda favorita. Como no tiene coche propio, el juez pide el coste del alquiler de un coche todos los fines de semana durante diez años para llevar su ropa a otra tintorería mas alejada de su casa. En total les exige ¡67 millones de dólares!
De nada sirvió que los Chung aseguraran que habían encontrado la prenda días después de su extravío. El tal Person, emparentado directamente con la especie de las aves de rapiña, no la reconoció como suya.
Los Chung, se plantean volver a Seul para huir de una sentencia tan sumamente desproporcionada.
Después de esto, mi consejo para las personas que quiero está bien claro: ¡Por Dios Santo no se te ocurra abrir una tintorería, y menos en Washintong!
(Esta noticia ha sido publicada en 20minutos.es)
Confesiones de una mujer tímida

Todas las tardes, después de comer, mi marido permanece conmigo mientras yo me dedico a fregar la vajilla, a limpiar la encimera y el fregadero, y a todas las demás tareas cotidianas que cualquier ama de casa realiza a diario en su cocina. Cuando llega el momento de barrer, él se traslada con mi ayuda hasta su sillón del cuarto de estar. Le gusta ver el informativo de sobremesa y después de conocer el pronóstico del tiempo, que estos días lo mantiene preso sin salir de casa, mira el documental de la segunda cadena de Televisión Española. Yo acostumbro a entrar y salir varias veces, y no es raro que me quede unos momentos contemplando las imágenes de los animales, principales protagonistas de estos programas. Ayer me quedé embelesada contemplando una especie de ratón ártico, de pelaje tan blanco como el paisaje en el que habita. Cuando llega la primavera y el suelo se torna verde y ocre, cambia también el color del pequeño animal, dotado por la Naturaleza de ese mecanismo de defensa.
Supongo que a estas alturas los que me estéis leyendo, a la vista del título de este post, estaréis pensando: ¿Qué tendrá que ver el tocino con la velocidad? Para los que no conozcan esta expresión, quiere decir que parece que no tenga nada que ver una cosa con la otra. Un momento de paciencia. Todo se andará.
Veréis. Yo tengo grabada en la conciencia la dolorosa sensación de haber sufrido mucho por culpa de la timidez. Fui una niña vergonzosa durante la infancia, pero el problema se agravó al llegar a la adolescencia, cuando el organismo sufre un terrible cataclismo por culpa de las hormonas que se desmandan sin remedio. Cualquier circunstancia que para otra persona hubiese resultado de lo más normal, a mí me producía un terrible enrojecimiento del rostro, acompañado de un sudor que helaba mis manos. La gente desconocida, cualquier pregunta, una situación nueva, cualquier intento ajeno de penetrar en mi intimidad, la relación con el sexo opuesto… ¡Todo! Todo podía desencadenar tan desagradable situación. Y cuando solo se trata de un hecho puntual, la cosa no tiene importancia, pero si el problema se repite una y otra vez, pronto aparece un complejo difícil de quitar. Llegó un momento en el que antes de que se presentara una situación problemática, yo ya la había adivinado, y la tan temida reacción hacía acto de presencia, llenándome de rabia y de dolor.
Pero la timidez no se conformó con hacerme sufrir en los años de adolescencia. ¡No! Me acompañó durante mucho tiempo en la edad adulta. No le faltó un tris para que la situación degenerara en una depresión, ya que hubo una temporada en la que llegué a necesitar ayuda médica.
Y en aquellos momentos dolorosos que no puedes compartir con nadie, porque es difícil que puedan entender lo que tú guardas en tu interior y tu carácter no es muy dado a abrir el corazón a los demás, imaginas y deseas las cosas más disparatadas. Yo deseé ser un camaleón con su mágico poder de mimetismo, y envidiaba a las muchachas de raza negra de mi edad, porque el color de su piel las libraba de aquel tormento que me había tocado vivir. Por fin llegó un día glorioso en el que descubrí, ya no sé cómo, que unos ejercicios respiratorios podían ayudarte a controlar la situación. Y funcionó. Y el saber que tenía un punto en el que agarrarme me devolvió la confianza en mí misma. Después, la edad, que cura muchas cosas, hizo el resto. La visión del pequeño y blanco ratón ártico me hizo recordar todas esas cosas vividas hace años. Y ha hecho que vaciara mi corazón, y os contara cosas que he guardado en él celosamente durante mucho tiempo.
¡Ojalá, si conocéis a alguna persona tímida, esta experiencia que os he contado os sirva para comprenderla, para tratarla con delicadeza y para ofrecerle vuestra amistad y vuestra ayuda!
Como un chiquillo con zapatos nuevos

Dando mi repaso matutino a las últimas noticias en 20minutos.es me he encontrado con este titular: "Hawking ya sabe lo que es la ingravidez."
Yo sabía desde hace unas semanas que el astrofísico inglés, que padece ELA, la misma enfermedad que sufre mi marido, y que lleva cuarenta años en silla de ruedas, deseaba fervientemente realizar un viaje hasta los límites de la atmósfera. "Flotar libremente en la gravedad cero será maravilloso", dijo minutos antes de entrar en la nave.
"Fue increíble." "Hubiese querido seguir y seguir"- manifestó al acabar el viaje.
"Estuvo haciendo gimnasia en la ingravidez del espacio como si estuviera en los Juegos Olímpicos"- señaló un portavoz de la empresa Zero Gravity, que se dedica a esta clase de vuelos por un precio de 3.750 dólares por persona.
Puedo imaginarme su alegría, como un chiquillo con zapatos nuevos, al encontrarse durante un corto espacio de tiempo libre de sus limitaciones y de esa silla de ruedas, odiosa y al mismo tiempo imprescindible sin la que se vería obligado a permanecer de continuo en la cama.
La silla se ha convertido en nuestra casa en algo familiar, como la mesa, el lavabo o la televisión. A veces contemplo a mi marido en silencio y me pregunto qué pensamientos pasarán por su cabeza comprobando cómo a medida que avanza su enfermedad su universo queda más y más limitado.
Si cierro los ojos, no me es difícil imaginarme en un hermoso día de primavera, tumbada sobre la hierba tierna de un prado, viendo pasar las nubes blancas que se deslizan lentamente allá en lo alto. Yo quisiera ser una de esas nubes, o un águila majestuosa, o una suave pluma deslizándose al compás de la brisa… O volar sobre una alfombra, o convertirme en un Superman desplazándose a cámara lenta sobre lo tejados de las grandes ciudades…
Aunque no me lo diga, yo sé que mi marido desearía verse libre de esas muletas que todavía le permiten desplazarse unos metros con gran esfuerzo, y poder prescindir de la silla. Poder ver los árboles del huerto con las flores marchitas donde apunta apenas el futuro fruto, ir de aquí para allá, sin rumbo, por el mero gusto de andar…
Pero la vida es así. ¡Dura! ¿Quién dijo que era de color de rosa?
No somos ángeles

En distintas ocasiones hemos escuchado la noticia de que algunos sacerdotes habían sido denunciados por abusos sexuales a menores. También más de una vez, la policía ha descubierto una red de pornografía infantil y entre los detenidos había médicos, profesores, sacerdotes… gente que en forma alguna se nos hubiese ocurrido que pudiera estar metida en tales asuntos turbios. Cuando los implicados son sacerdotes, se convierten en motivo de escándalo, hasta el punto de que algunas personas pierden la fe. Estos días pasados, nos enteramos de que varios policías habían sido pillados con las manos en la masa en una operación contra la droga. Los guardianes de la ley se estaban llenando los bolsillos en vez de perseguir a los culpables. Y creo que ha sido hoy cuando han dicho que en Málaga, diecinueve personas, entre ellas varios notarios y abogados, han sido detenidos bajo la acusación de blanqueo de dinero.
Voy a contar ahora un sucedido o chiste que leí hace unos días. Espero que como me pasó a mí, os arranque una sonrisa.
PREGUNTAS DELICADAS
En una ocasión, en una pequeña ciudad de Estados Unidos, el fiscal llamó a una señora al estrado para tomarle declaración. La testigo era una dama de aspecto bonachón y ya de edad.
- Sra. Jones, ¿sabe usted quién soy yo?
- Por supuesto, señor Williams. Le conozco desde niño y francamente me ha decepcionado. Usted es mentiroso, engaña a su esposa y extorsiona a la gente.
El fiscal quedó aterrado, pero continuó, temblando:
- Sra. Jones, ¿conoce al abogado defensor?
- Claro que conozco al señor Bradley, ¡y muy bien!. Es un perezoso, un beato hipócrita sin amigos, infiel a su esposa y tiene un serio problema de alcoholismo.
El abogado defensor no sabía dónde meterse. Entonces, el juez pidió a ambos que se acercaran al estrado.
-¡Si alguno de ustedes comete la idiotez de preguntarle a esa señora si me conoce a mí - les dijo- los mando a los dos a la cárcel por desacato!
Alguien sigue mis pasos

Me lo confesó ayer por la mañana con la sinceridad de un niño. Venía yo de comprar el pan y de buscar unos medicamentos de la farmacia.
- Cuando te marchas siento tus pasos por la escalera, luego te oigo abrir la puerta, la cierras, y yo, desde mi cama, sigo tu caminar por las calles, pensando por dónde irás, imaginando que debes de estar ya de vuelta, deseándolo… hasta que oigo la puerta de nuevo. ¡Por fin está aquí! – me digo. ¡Ya no estoy solo!
Él, que fue siempre tan fuerte, "tan duro"… se ha convertido en una criatura frágil, dependiente del amor y del cuidado de los demás. Soy su principal cuidadora. Esa es mi principal tarea. Y la hago con todo el esmero y con todo mi amor. ¡Nunca durante nuestros muchos años de matrimonio lo sentí tan cerca! ¡Nunca me demostró tanta ternura y tanto agradecimiento!
Con cualquier excusa suelo apoyar mi mano sobre su cuerpo en una muda caricia. No quiero desaprovechar ni un minuto, porque sé muy bien que llegará un día en el que al alargar mi mano en busca de la suya, solo encontraré el vacío.
¿Ya ha prescrito el plazo? ¿Sí? ¡Entonces yo confieso!

Digo esto porque últimamente no hay que andarse con chiquitas o a lo peor un juez un tanto puntilloso te manda a chirona.
Ayer por la tarde, mi hija y yo nos reímos de buena gana comentando una noticia publicada recientemente. Un juez ha condenado a un padre a tres meses de cárcel y quince de alejamiento por pegar con una zapatilla a su hija de dieciséis años, la cual le había contestado de forma irrespetuosa cuando éste le reprochó su mal comportamiento con el hermano menor. Como consecuencia de los golpes le causó un eritema en el brazo y un hematoma en el muslo izquierdo que sanaron en el plazo de cinco días sin necesidad de tratamiento médico La denuncia se tramitó a través de una profesora de la adolescente.
No era el hecho en sí lo que nos hacía reír. En ningún modo defiendo nada que huela a malos tratos, pero a mi hija y a mí nos hizo recordar cuando, alguna que otra vez siendo mis hijos pequeños, quién sabe por qué se ponían a discutir y terminaban llegando a las manos. Eso era algo que yo no podía soportar, verlos pegarse. Parecían pulpos con los brazos y los pies entrelazados de modo que no había forma de meterles mano para separarlos. Entonces llegaba el momento en que yo me quitaba la zapatilla, una zapatilla de cáñamo, (tenía ya la experiencia de que usar la mano resultaba más doloroso para mí que para ellos) y les pegaba con ella en el trasero. Mis hijos abandonaban la pelea en el acto y se escabullían rápidamente de mi lado. Pronto el asunto quedaba olvidado por ambas partes.
- No nos quedó ningún trauma por ello, mamá -me comenta mi hija.
Sería seguramente porque ellos sabían muy bien que su madre los quería mucho.
El tiempo perdido

Mi hermana pidió a los Reyes para nosotros, entre otras cosas, un almanaque, uno de esos pequeños calendarios de los que día a día vas arrancando la hoja correspondiente. Y el taco, poco a poco, casi sin darte cuenta, va adelgazando más y más, mientras el año se consume. ¡Cada vez más rápidamente!
El almanaque me recuerda mi niñez. Pensaba que ya no existirían. Pero, sí. En la parte anterior de la hojita, de arriba hacia abajo, puedes leer el nombre del mes. Unas pequeñas cifras te indican cuántos días del año han pasado, y los que restan por pasar hasta que el año finalice. También puedes enterarte de las horas de la salida y la puesta del Sol y de la Luna. Destaca por su tamaño la fecha del día, y un poco más abajo el día de la semana. En la parte inferior te informas de los nombres de los santos del día, muchos, extraños, algunos, casi impronunciables: Policarpo, Ordoño, Primiciano, Romana, Milurga, Sireno, Pretextato, Letardo, Montano, Flaviano, Prímolo… (creo que es suficiente con la muestra)
Aproximadamente en la mitad de la hoja viene también una pequeña frase. Ésta es la correspondiente al día de ayer: "Con los retales del tiempo perdido se podrían tejer grandes túnicas" (Gregorio Marañón)
Me ha gustado. Y me ha hecho pensar. Al momento me he imaginado una de esas cubiertas o edredones de retazos que los americanos llaman Quilt, tan llenas de colorido, algunas de ellas verdaderas obras de arte.
¿Qué es para ti el tiempo perdido? Si a cada uno de nosotros nos hicieran esa pregunta, estoy completamente segura de que habría casi tantas respuestas diferentes como personas preguntadas. Yo puedo considerar como tiempo perdido algo que para ti no lo es. Así que he tratado de centrarme en "mi tiempo perdido". Y me he lamentado por todas esas horas de mi vida que pasaron sin dejar huella y que ahora me gustaría poder recuperar para llenarlas de contenido.
¿Pero de qué sirve pensar en el tiempo pasado? Sólo existe el ahora. ¿A qué puedo dedicar todas mis horas y mis minutos para que no se me quede ningún espacio de tiempo perdido? ¡Hay tantas cosas que hacer…!
Yo quiero confeccionar un cálido y hermoso edredón con pequeños retazos de amor. Considero que no hay otra forma mejor de llenar los ratos perdidos.
Sobre el amor y el odio

No me gusta escribir sobre temas relacionados con la banda terrorista ETA. Decir ETA equivale a hablar de dolor, de muerte, de chantaje, de miedo, de destrucción, de fanatismo… Hoy, sin embargo, voy a escribir sobre Iñaki De Juana Chaos, un miembro de la policía Autónoma Vasca que un día, a principios de los años 80, huyó a Francia y se convirtió en miembro activo de la organización terrorista.
Fue capturado y posteriormente juzgado y condenado por los asesinatos de 25 personas, 17 de ellas guardias civiles. Cuando De Juana Chaos quedó en libertad, siguió alardeando de sus ideas y escribió unos artículos, publicados en el periódico Gara, en los cuales se vertían amenazas contra algunos jueces y funcionarios de prisiones. Juzgado de nuevo por esta causa fue condenado a 12 años de cárcel. Él presentó un recurso contra esta condena y expresó su rechazo por medio de una prolongada huelga de hambre que está deteriorando gravemente su salud, hasta el punto de que actualmente está recibiendo alimentación forzosa por orden judicial.
No albergué ningún sentimiento de lástima por su delgadez y su aspecto demacrado, al contemplar la fotografía que, nadie sabe cómo ha salido a la luz en estos días. Como tampoco lo sentía cuando algún etarra encontraba la muerte manipulando el artefacto explosivo que iba a colocar para provocar un atentado.
- ¡Más vale que te toque a ti que a personas inocentes! – me decía a mí misma.
- ¡Nadie te obliga a no comer! - digo pensando en De Juana.
Pero no es la huelga de hambre de este terrorista lo que me ha empujado a escribir estas líneas. Ha sido un artículo del periodista Pablo Ordaz, titulado: "Dos mujeres contra el odio", publicado el pasado domingo en ELPAÍS.com, que ha conseguido emocionarme, lo que me ha llevado a "apropiarme" de parte de su contenido para compartirlo con vosotros.
José Ignacio De Juana Chaos era nieto por parte materna de un militar español que estuvo destinado en Tetuán. Hijo de un médico, él y su hermana Altamira se criaron con sus padres en una casona del pueblo de Legazpia cercana al cuartel de la Guardia Civil. Muchas tardes, De Juana jugaba al fútbol con los hijos de los guardias.
Personas que querían mucho a su madre cuentan que el 16 de enero de 1987 se cayó al suelo al recibir la noticia de que su hijo había sido detenido por pertenecer a ETA. También dicen que nunca justificó sus crímenes ni formó parte del colectivo de apoyo a los presos de esta organización. Nunca llegó a saber qué o quiénes influyeron en él para que un día abandonara su trabajo de erchaina y se fugara a Francia.
En enero de 1977, un comandante del Ejército llamado José María Herrera resultó muerto, acribillado con una metralleta por varios etarras.
Este comandante tenía un hijo, y quiso la casualidad, o el destino, que años más tarde el joven conociera a Altamira de Juana Chaos, con la que contrajo matrimonio. Era la hermana del terrorista.
Y sucedió que, durante año y medio, hasta el 27 de enero pasado, dos mujeres mayores permanecían sentadas frente a frente en el salón de una casa del barrio de Amara, en San Sebastián. Una de ellas se afanaba en dar a la otra, enferma de Alzheimer, con mucha paciencia, cucharada a cucharada un vaso de yogur. Eran consuegras. Una de ellas, era la viuda de un comandante asesinado por ETA, la otra, la madre del etarra De Juana Chaos, convicto de 25 asesinatos…
¡Vaya mi más apretado abrazo para aquellas madres, esposas, hermanas, que tengan que soportar un desgarro semejante en su corazón!
Desde mi ventana

Estoy junto a la ventana de mi dormitorio. Hoy nos ha salido un día especialmente frío, de invierno, como debe ser. Exceptuando aquellos días de niebla continua, en los que los árboles y las hierbas del campo aparecían completamente blancos por la escarcha, lo que hemos tenido hasta ahora ha sido más bien un sucedáneo del invierno. Y eso, tampoco es bueno.
- ¡Tiene que hacer frío para que se mueran los bichos del campo! – dice la gente de edad.
Y tienen razón. El invierno es la estación que purifica la naturaleza. Morir para vivir de nuevo cuando llegue la primavera. Es el eterno ciclo de la vida.
Bien caliente, con las piernas pegadas al radiador, puedo escuchar al viento que mueve los rosales y las ramas del árbol desnudo, repleto de racimos de incontables bolitas colgantes. Y el sonar de la caperuza que protege la chimenea de la calefacción. Mi perro va y viene de un lado a otro del corral, ladra, coge la pelota entre sus dientes y me mira, esperando a que yo abra la ventana y le dedique sus momentos diarios de juego.
- ¡Hoy no, Yako! ¡Hoy no!
El día está despejado. Pueden verse a lo lejos las aspas de las torres eólicas girando, girando, como molinillos de viento en manos infantiles. A lo lejos, el Moncayo y las Peñas de Herrera muestran sus hermosas vestiduras blancas brillando al sol. El temporal pasó de largo, dejándonos fuera de su radio de acción. Casi nunca nieva aquí. Y el año que lo hace, un día o dos a lo sumo, las caras de los niños se iluminan y lo celebran como una fiesta, y yo rememoro aquellas grandes nevadas de mi pueblo, y los felices recuerdos que la nieve me trae de mi infancia.
Ha muerto un hombre bueno

La Comunidad de los Traperos de Emaús está de luto. Y con ella, todo los que soñamos con lograr un mundo más justo y solidario.
El fundador de esta Comunidad, Henry Groués, conocido como el Abbe Pierre, acaba de fallecer en el hospital parisino de Val - de - Grace, a los 94 años de edad. Nacido en una familia acomodada, renunció a una buena parte de su herencia para ingresar en la Orden de los Capuchinos, Orden que tuvo que abandonar por problemas de salud pasados siete años. Durante la 2ª Guerra mundial ayudó a huir a Suiza a los judíos perseguidos por el régimen nazi y participó en la resistencia francesa contra la invasión alemana. Después de la guerra fue durante varios años diputado del Parlamento Francés. Arrendó en Paris una casa semiderruída que se destinó a Albergue Internacional de Jóvenes y asímismo sirvió de alojo para familias sin casa.
En cierta ocasión entró en contacto con un hombre que estaba a punto de suicidarse. Logró convencerlo para que se uniera a él en la tarea de ayudar a las personas sin casa. Sus recursos provenían en buena parte de la recogida y reciclaje de las cosas que la gente abandonaba por las calles. Éste fue el comienzo de Los traperos de Emaús. Escogió este nombre en recuerdo de la escena evangélica que narra la marcha de Jerusalén hacia Emaús de dos discípulos de Jesús que caminaban, tristes y desanimados por la muerte del Maestro. Un desconocido se une a ellos y acepta la invitación que le hacen para pasar la noche. ¿Qué fue lo que sucedió en este encuentro que hizo que aquellos hombres desesperados volvieran a Jerusalén llenos de esperanza?
El Movimiento Emaús se ha extendido por distintos países y continentes, especialmente en América Latina.
Esto dice su Manifiesto Universal: "Frente a cualquier sufrimiento humano, preocúpate, no sólo de solucionarlo en el acto, sino también de destruir sus causas."
El Abbe Pierre recibió en el año 2001, de manos del Presidente Chirac, la condecoración de Gran Oficial de la Legión de honor, uno de los más altos reconocimientos de la República Francesa.
No puedo por menos que transcribir algunas de sus frases.
"Amar quiere decir: Amigo o desconocido, estés donde estés, seas quien seas, cuando tú sufres, sufro también yo, y todas mis fuerzas se elevan, para que unidas a las tuyas podamos protegernos juntos del mal tuyo que ha llegado a ser también mi mal. Entonces mi alegría estará contigo y tu alegría conmigo, y nuestras alegrías juntas al servicio de todos."
"Porque vivir es un breve tiempo para que, si tú quieres, puedas aprender a amar."
En la portada de la web de los traperos de Emaús en España: http://www.emaus.es/ puede verse un corazón con esta leyenda: "no tires el corazón a la basura…aún puede servir."
¿Verdad que hace pensar? ¡Me encanta!
La joven salvaje

He de confesar que desde que conocí la noticia de la joven de 27 años que había aparecido en Camboya tras su desaparición en la jungla, siendo una niña de