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El alma al aire

Retazos

Enganchada por la pasión en la final de tenis

Enganchada por la pasión en la final de tenis

No soy persona especialmente interesada por los acontecimientos deportivos. Ocurre a veces que mientras mi familia está reunida para comer, si están retransmitiendo a esa hora alguna carrera de Fórmula Uno, sentada de espaldas al televisor, casi tengo que hacerme invisible en una esquina de la mesa para no entorpecer la visión de mi yerno y de mis hijos, fieles seguidores de Fernando Alonso.

Ayer por la tarde sin embargo me ocurrió algo inesperado. El grupo familiar había aumentado hasta diez personas. Al terminar de comer, las mujeres nos levantamos de la mesa para encargarnos de las tareas domésticas y los hombres ocuparon los sofás, dispuestos a no perderse ni un detalle de la final del famoso torneo de tenis Roland Garros en el que participaba el español Rafael Nadal.

Los comienzos del partido resultaron duros para nuestro representante. El suizo Federer, primer jugador en el ranking mundial de tenis, parecía además contar con el apoyo de la mayor parte de los espectadores, a juzgar por los constantes gritos de ánimo y aplausos que le dedicaban. Cuando todo en la cocina quedó limpio y ordenado, me uní al grupo familiar. Y… al poco rato… ¡Me sorprendí jaleando a nuestro tenista! ¡Gozando con sus triunfos y sufriendo con sus reveses! A veces la balanza parecía nivelarse, para a continuación inclinarse hacia uno u otro jugador. ¡Qué zozobra! Cuando Nadal se tumbó de espaldas sobre la tierra rojiza para celebrar su victoria, un grito unánime de alegría y de orgullo se escapó de nuestras gargantas. Era como si cada uno de nosotros hubiésemos ganado con él.

Alzarse con el triunfo dos años consecutivos en el Roland Garros es considerado una proeza.

¡Enhorabuena, campeón! ¡Eres un monstruo!

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Desde el hospital

Desde el hospital

El miércoles por la tarde ingresó mi marido en el hospital. El neumólogo le había programado un estudio del sueño para esa noche. Seguramente necesitará un respirador para dormir porque  ha disminuido considerablemente su capacidad respiratoria. En principio pensábamos que el jueves volveríamos a casa, pero tenía que tener un periodo de adaptación al aparato porque, según nos han dicho, hay enfermos que encuentran dificultad para tolerarlo. En un principio nos dijeron que tendríamos que pasar el fin de semana en "este hotel".

¡Qué lento transcurre el tiempo aquí! Cada hora se alarga, se alarga… Tenemos un compañero de habitación tremendamente nervioso. Lleva ya quince días ingresado, y cuatro días esperando la última prueba que le permitirá irse a su casa.  Constantemente entra y sale de la habitación, resopla y muestra su enfado. Enciende la televisión para matar el tiempo. "Aquí hay tomate" primero, "Supervivientes" después. No veo nunca esos programas. No me gustan. Es más, y que me perdonen los que intervienen en ellos o los espectadores aficionados a los mismos, me parecen un horror y una enorme pérdida de tiempo.

Me canso de estar sentada. En pie para estirar las piernas, miro a través de la ventana. Abajo se divisa un paisaje multicolor de coches aparcados frente a la entrada de Urgencias. A la izquierda, una pareja de deportistas solitarios corre sobre el césped de un campo de fútbol cercano. Detrás, la ciudad con sus altos edificios bañados por el sol de la tarde se extiende hasta la lejanía.

 Ya ha pasado otra noche. Hemos logrado dormir razonablemente bien. Alrededor de las siete, el hospital parece despertar. Se escucha por el pasillo la voz de las enfermeras, sus pasos apresurados, el deslizar de los carros de ruedas que portan el material sanitario. Tras la tormenta nocturna el cielo aparece despejado. Los coches aparcados brillan al sol. Unos hombres con camisetas rojas cortan el césped del campo de fútbol. Una ligera brisa hace espejear las hojas de los árboles.

Estamos contentos. Mi marido ha superado con éxito las distintas sesiones con el respirador. El médico nos dice que esta tarde podemos volver a casa. ¡Hogar, dulce hogar!

Viendo pasar la vida

Viendo pasar la vida

He viajado a Zaragoza acompañada de mi hija para acudir a una de las ya casi incontables visitas médicas de esta temporada. Tenía la hora fijada para las ocho menos cuarto de la tarde, pero hemos llegado con bastante tiempo de adelanto porque ella tenía que realizar unas gestiones. Así que nos separamos, tras ponernos de acuerdo para juntarnos en un punto cercano al lugar en donde iba a estar ella.

Yo no tengo mucho que hacer y me entretengo observando una numerosa y original colección de leones de tamaño natural, decorados por distintos pintores. Están colocados en la parte exterior de los soportales del Corte Inglés del Paseo de la Independencia, con motivo del 25 aniversario de la apertura de estos almacenes en la ciudad. Entro en el local para hacer mi acostumbrado recorrido y deleitar mi vista por las secciones de libros y compro dos pequeños ejemplares. Después me dedico a caminar sin prisas paseo arriba hasta llegar al lugar convenido. Sentada en un banco vacío, dejo pasar el tiempo observando el ruidoso y variopinto ir y venir de peatones y vehículos. Tengo el sol de frente y sopla una suave brisa. ¿Qué más podría pedir?

Hay un tráfico intenso. Gentes esperando el autobús, parejas de enamorados que celebran su encuentro con un beso apasionado, grupos de jóvenes alegres, personas solas, con rostros pensativos, preocupados, tristes, indiferentes…cada cual absorbido por sus propios pensamientos. Me pongo a leer uno de los libros recién adquiridos: Historia de una maestra, de Josefina R. Aldecoa. Quizás lo haya comprado por afinidad profesional, aunque sé muy bien que no existen dos vidas iguales. Al rato, se sienta junto a mí una joven mamá. Lleva en el cochecito una pequeña niña con la carita redonda, el pelo muy rubio y unos ojos azules y vivarachos. Dejo de leer y la miro con detenimiento. Me gustan los bebés. Me producen ternura y me entran ganas de tomarlos en mis brazos. (Debe de ser mi condición de abuela algo frustrada por la espera.) La mamá comienza a darle la merienda. Parece una papilla de frutas que la niña va comiendo formalmente con su cuchara blanca. Todo va bien, hasta que de repente comienza a espurrear con sus morritos fruncidos y la papilla se va extendiendo a su alrededor en pequeñas bolitas. La mamá la llama al orden con cierta severidad, pero ella le ha cogido gusto al invento. No puedo evitar sonreír. El sol va escondiéndose tras de los altos tejados. La mamá se marcha con su niña diciéndome educadamente adiós. El tiempo ha pasado sin sentir. Tenemos lo justo para llegar a la cita médica. Acudo convencida de que, como ocurre con las películas proyectadas por capítulos, también aquí el médico me mostrará el famoso cartel diciendo: (CONTINUARÁ)

¡Estoy malita!

¡Estoy malita!

¡Malditos microbios! Después de pasar la consiguiente revisión ginecológica anual ( de la que tuve que alegrarme porque obtuve en ella resultados normales) pasados unos pocos días empecé a notar molestias en las partes bajeras. ¡Ay, Dios mío! Me puse a temblar. La experiencia me ha enseñado que el problema empieza muy fácil, pero acabar con él ya es otro cantar. Reconozco que siempre tardo en poner manos a la obra, esperando que todo se cure de forma natural. ¡Ya se pasará! – me digo con un ingenuo optimismo. ¡Pero no!

Si me salió todo bien en ginecología será cosa de empezar por el urólogo –pensé.

Y empieza el martirio. Pido hora de consulta, que aún con un poco de suerte, me la darán dentro de unos días. Y mientras, el enemigo va actuando. Por fin llega el momento tan deseado. Y te esfuerzas en contarle al urólogo lo mejor que sabes todos los síntomas. Esto parece problema ginecológico, te contesta. Y te receta unos sobres para lavados y te manda hacer un análisis de orina. Entre tanto nos hemos metido en las fiestas de la Semana Santa que todo lo trastocan. Así que no queda más remedio que esperar. Tengo que acudir dos veces a urgencias para aliviar los malditos escozores. Parezco una abuelita arrebujada en la manta eléctrica, medio derrumbada en el sofá. Por fin el martes puedo entregar el tarrito de la orina, y a esperar al viernes para conocer los resultados. Me ha salido infección. Ahora me mandan hacer un cultivo de orina y tengo que acudir a la clínica para que me hagan una…una cistología, o algo así.

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Que esto no me huele nada bien! Llego un poco nerviosa. Menos mal que no tengo que esperar. Te mandan desnudarte y envolverte en una bata verde, con unas bolsas de plástico verde en los pies. La enfermera te acompaña a través de unos largos pasillos hasta lo que parece ser un quirófano. ¡Plof! ¡Plof! – me late el corazón. Te invitan a sentarte en un sillón ginecológico y empiezas a sentir como la sonda se introduce hasta tu vejiga dejando un rastro ardiente. ¡Socorro! ¡Socorro! Siento ganas de chillar a grito pelado. ¡Ya está! El médico dice que la prueba ha salido normal. Salgo con paso vacilante, recordando los partos de mis hijos.

Y aquí estoy hoy, esperando el resultado del cultivo de orina. Si las sospechas del urólogo se confirman, el calvario continuará…

¡Estoy con la depre!

¡Estoy con la depre!

 

Acabo de terminar de leer La tregua, un pequeño libro de Mario Benedetti.

¡No tengo remedio! Cada vez que viajo a Zaragoza y dispongo de un poco de tiempo, entro en El Corte Inglés del Paseo de la Independencia, e irremediablemente salgo de allí con la correspondiente bolsa conteniendo en su interior 3 ó 4 libros. Eso sí. Acostumbro a comprarlos de ediciones de bolsillo que resultan más económicos.

- Mamá – suele decirme mi hija. Deberías quedarte a vivir aquí. Serías feliz.

Creo que sí. Se me van los ojos mirando tantos y tan variados libros de las más diversas materias. Me gusta tocarlos, olerlos…

El caso es que compré este libro por pura casualidad. Bueno… para decir toda la verdad he de confesar que leí en la contraportada el pequeño resumen que traía sobre el mismo. "Relata en forma de diario un breve periodo de la vida de un empleado viudo, próximo a la jubilación…"

- Mira - me dije - éste está a punto de pasar por la misma experiencia que yo.

Y lo compré. Encontré algunos párrafos con los que me sentí totalmente identificada.

"Ese ir contando el tiempo que queda de trabajo y el de imaginar qué harás con tu tiempo libre cuando haya terminado la obligación" "El derecho a trabajar en lo que quiero" "Hay momentos en que tengo y mantengo la lujosa esperanza de que el ocio sea algo pleno, rico, la última oportunidad de encontrarme a mí mismo"

¡Ay, qué bonita suena la música! Pero… una cosa es la teoría y otra la práctica.

Tras el glorioso periodo del verano, con mis salidas al monte, mi vida relajada, mis sesiones de fotografía, mi dedicación a la lectura y a la escritura, mis páginas web… llegó la vuelta a la vida cotidiana. ¡Todos los días el mismo maldito polvo en los muebles! ¡Los mismos suelos que barrer o fregar! La compra, las comidas, la lavadora, la plancha…¡Esto no se acaba nunca! Y, sobre todo, el sufrimiento diario de ver a tu hombre desmoronándose poco a poco…

A veces no puedo más. Entonces no me queda más remedio que escapar con la imaginación. Huyo hasta la cima del monte. Y allí me estoy un largo rato. Tumbada de cara al cielo, con los ojos cerrados, la brisa moviendo mis cabellos, trayéndome los deliciosos olores de las plantas silvestres y el jadeo acompasado de la respiración de mi perro. ¡Ay, Señor! ¡Qué bien se está aquí! ¡Quedémonos!

La pequeña Alba

La pequeña Alba

Se llama Alba y sólo tiene cinco años de edad. Lleva ya unos cuantos días ocupando espacio en todos los medios de comunicación por haber tenido que ser ingresada en estado de coma en el Hospital Valle de Hebrón de Barcelona, como consecuencia de las lesiones producidas por el maltrato de sus familiares más directos. Las últimas noticias son alentadoras, aunque tendrán que transcurrir unos meses para que los médicos puedan saber con exactitud si arrastrará de por vida secuelas físicas y psíquicas por lo sucedido.

¡Pequeña Alba! Yo, que durante tantos años he estado en contacto directo con niños y niñas como tú, que los he visto crecer despreocupados y felices, ajenos a la maldad humana, alegres y retozones, con tantas ganas de vivir… me pregunto cómo puede la raza humana producir esos monstruos terribles, capaces de destrozar la más hermosa inocencia.

¡Que te pongas pronto buena, Alba!¡ Que encuentres personas que te envuelvan en un inmenso manto de cariño y que sean capaces de convencerte con sus actos de que existe la bondad, y que llegue un día en el que puedas llegar a pensar que esto tan terrible que te pasó no fue otra cosa que un mal sueño.!

La primavera

La primavera

Esta mañana he viajado a Zaragoza con motivo de una visita médica. Yo, tan amiga de vender el momento presente a todo el que me escucha, en ocasiones no puedo sustraerme a oscuros pensamientos sobre el incierto futuro, y mi cuerpo se resiente. Así que ando estos días a la busca de un buen remiendo.

Los almendros visten ya su hermoso traje blanco a ambos lados de la carretera. Corre por sus duras venas la sangre ardiente de la vida que renace tras los fríos del invierno. Y al mirarlos, algo muy dulce se va extendiendo lentamente por las mías. ¡Bienvenida sea, primavera!

¡Felicidades, un día más!

¡Felicidades, un día más!

" Y yo, Victoria, me entrego a ti, Miguel. Y te prometo serte fiel, en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad, todos los días de nuestra vida"

En ello estamos.

¡Felicidades, amor!

¡Felicidades también para todos los que estéis enamorados!

¡Gracias, Mozart!

¡Gracias, Mozart!

Hoy, 27 de enero, día en el que se cumple el doscientos cincuenta aniversario del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart, me congratulo de pertenecer a la raza humana que ha dado a luz a tantos y tan extraordinarios genios en las distintas ramas del saber.

¡ Gracias al genial compositor que hizo posible que millones de personas, en todos los rincones de la Tierra, hayan podido gozar de su música inigualable!

¡Demonio de butanero!

¡Demonio de butanero!

¡Piií! ¡Piií! ¡Piií!

Se oye sonar en la calle el claxon de la camioneta del repartidor de butano doméstico. Parece ser que éste es un trabajo en peligro de extinción, ya que cada vez es más frecuente que las casas estén equipadas con cocinas eléctricas o vitrocerámicas y, del mismo modo, las calefacciones en su mayor parte funcionan con electricidad, gas ciudad o gasoil. Hace mucho tiempo que no utilizo sus servicios, pero hoy, al oírlo, me ha venido a la mente una anécdota que me ocurrió hace años con el butanero. No sé si todavía será el mismo repartidor y si con la edad se le habrá mejorado o agriado el carácter.

Así está reflejada en mi viejo diario:

20 de enero de 1988

Hoy, fiesta del glorioso San Sebastián, patrono del pueblo, disfruto de fiesta laboral. Para celebrarlo, he decidido regalarme a mí misma un rato más que de costumbre de permanencia en la cama. Estaba durmiendo tranquilamente cuando ha sonado el timbre. He saltado sobresaltada de la cama. ¡Dios! ¡El butanero! Se me había olvidado por completo. Me he puesto la bata y las zapatillas de cualquier manera – ni siquiera me he permitido darme una peinada – por no hacerlo esperar. He cogido el monedero y me he lanzado escaleras abajo. Suelo utilizar la puerta pequeña de la cochera para estos menesteres, pero hoy no he encontrado las llaves. Así que no me ha quedado más remedio que ponerme a luchar con los dos enormes batientes para dejar el paso libre. Para mis adentros iba pensando que el empleado estaría impacientándose. Es un muchacho joven, pero da la impresión de tener un carácter un poco especial.

-¡Buenos días! No encontraba las llaves –he saludado con un tono de disculpa.

No ha contestado.

- ¡Malo!- me he dicho.

Ha dejado el butano en el sitio acostumbrado. Entonces he abierto el monedero y…¡Sólo había un billete de cinco mil pesetas!

- ¡Vayaaa! Esto para terminar de estropearlo –pienso.

Al alargárselo, se me ha quedado mirando y me ha dicho en tono sentencioso:

- Hija mía, el próximo día que me des para pagar un billete de cinco mil te quedarás sin butano. ¿De dónde quieres que saque cambios a estas horas?

- Lo siento- vuelvo a disculparme-. Me has pillado durmiendo y no he encontrado otra cosa.

- Pues, hija mía - me ha contestado con muchos aires – ya sabes que los de esta calle sois los primeros, así que a ver si nos despabilamos… Y qué me dices del sueño... Más tendré yo que soy joven.

Mientras, iba poniendo en mi mano los cambios. Quizás en otra ocasión me hubiese enfadado y hubiese pensado… ¡Qué tipo tan grosero!

Pero hoy he tenido que hacer grandes esfuerzos para no reírme en sus propias narices

- ¿Estás en la cuenta? Te he dado tres mil, las ochocientas setenta y cinco del butano, con esto hacen las cuatro y con este billete, las cinco.

Hasta le he dado una moneda de propina al huraño muchacho, y él se ha ido con su butano a otra parte.

La risa se me escapaba a borbotones mientras subía las escaleras. Ha sido una divertida manera de empezar la fiesta de San Sebastián.

Orgullo de madre

Orgullo de madre

Esta mañana, al coger la cartera para ir a comprar el pan nuestro de cada día, hurgando por casualidad en uno de los compartimentos, ha caído en mis manos una pequeña tarjeta ya casi olvidada que guardo como un tesoro.

Dice así: "Con un cariñoso saludo y nuestra enhorabuena por cómo ha educado a David". Y a continuación figuran las firmas de dos personas desconocidas.

Me ha invadido una oleada de orgullo, para qué voy a negarlo.

Cuando mi hijo menor terminó su carrera, estuvo trabajando durante un tiempo en la rehabilitación de personas mayores con problemas de huesos y atrofias musculares. Por circunstancias que no vienen al caso, decidió dejar aquel trabajo, y entonces varios de sus pacientes, para demostrarle su aprecio y su agradecimiento, lo obsequiaron espléndidamente. Hasta recordaron a su madre, (para bien, no como les ocurre a los árbitros). Así que le regalaron para mí un estupendo perfume y esta tarjeta con su amable dedicatoria.

Mis hijos, estoy convencida de ello y así lo confieso hoy, han sido mi mejor inversión y el mayor logro.Son el mejor regalo que he recibido de la vida. Supongo que ellos ya saben lo que representan para mí, pero, no sé por qué, siempre nos quedamos cortos a la hora de expresar con palabras nuestro amor a los seres queridos.

Yo sé que ellos, de cuando en cuando, se dan una vueltecita por mi blog. Sirva este artículo para que sepan cuánto los quiere su madre y lo orgullosa que me siento de ellos.

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Un enorme cargamento de ilusiones

Un enorme cargamento de ilusiones

En esta noche mágica, víspera de la festividad de los Reyes Magos, desearía tener el don de penetrar en las habitaciones infantiles, contemplar larga y calladamente el sueño de los niños y poder adivinar toda la carga de ilusiones que encierran en su inocente corazón. Observar el desfile multicolor de los hermosos regalos que esperan pacientemente en un rincón de cada casa a que el niño despierte con el alba. Compartir con ellos el asombro y la alegría del momento.

En esta fecha una no puede dejar de sentir nostalgia de la niñez. ¿A dónde fue a parar la inocencia y la ilusión de aquellos días? Sólo por esta noche renegaré de mi edad adulta. En un salto hacia atrás, por unos momentos, quiero recuperar la magia de la infancia, cuando se cree que son posibles los milagros.

Oigo a los Reyes que se acercan. ¿Qué les pediré?

Querido Rey Melchor: Te pido fuerza y valentía para encarar la vida.

A ti, Gaspar, que me concedas una enorme ilusión por vivir. 

Y tú, querido  Baltasar, haz que no me falte la alegría y la esperanza.

¡Gracias, Majestades!

No olvidéis tomar los presentes que he dejado preparados para vosotros y vuestros camellos.

Hasta que la muerte nos separe. ¿O no?

Hasta que la muerte nos separe. ¿O no?

No hace mucho tiempo llamó a mi casa por teléfono un hombre, joven diría yo a juzgar por su voz, empleado en las oficinas centrales de la entidad bancaria en la que tengo abierta mi cuenta a través de la sucursal de mi localidad. Me invitó a participar en una encuesta sobre distintas cuestiones relacionadas con la misma.

No me gustan las encuestas, y menos las que hay que realizar a través del teléfono. No soy persona de contestaciones rápidas. Por el contrario me gusta sopesar lo que digo, ser precisa en mis respuestas. Dudé unos momentos antes de aceptar, pero de repente me imaginé que aquel joven podía ser uno de mis hijos y que se ganaba la vida realizando este trabajo, así que me avine a hacerla. Yo tenía que poner nota del 1 al 10 a las distintas cuestiones que me iba presentando. Frecuencia con que visitaba la entidad, tiempo de espera, atención y trato recibido… Y en una de las preguntas finales me invitaba a dar mi opinión sobre una frase que decía poco más o menos así: "Un banco para toda la vida". No pude por menos de soltar una sonora carcajada.

- ¡ No, eso era cosa de los abuelos! O de mi marido, que es también muy tradicional –le dije. Tengo que reconocer que en este aspecto no tengo la virtud de la fidelidad. Me entrego en brazos del mejor postor.

Hoy mismo lo he hecho. ¿Por qué he de tener miramientos con un banco en especial cuando ellos ofrecen a sus clientes una miseria de intereses, amén de agobiarnos con comisiones varias, casi hasta por el hecho de respirar, y engordan sus beneficios y los de sus accionistas a cuenta de nuestros pobres ahorros?

¿Unidos hasta que la muerte nos separe? ¡Decididamente, no!

¡Bravo por Araceli y Fernando!

¡Bravo por Araceli y Fernando!

Todos los días de lunes a viernes, a las tres de la tarde, Radio Nacional de España transmite el programa Clásicos Populares, uno de mis preferidos.

Ayer, al comienzo del mismo, sus presentadores nos comunicaron que el programa se estaba transmitiendo a la vez por uno de los nuevos canales de televisión, en periodo de pruebas. Y a continuación dieron las instrucciones que había que seguir para poder sintonizarlo, bien a través del Canal Digital quien lo tuviera, o en la televisión normal. Había que darle a la tecla menú, escoger la opción de sincronización automática, etc, etc… y al final ir pasando hasta llegar al 49, en donde podríamos ver el programa en directo. Entretanto iban llamando por teléfono algunos oyentes. Una señora se hacía lenguas de lo guapa que estaba Araceli González-Campa, con su vestido verde, tan favorecedor. Otro comentaba el aspecto de Fernando Argenta, que aparecía distinto, con una sombra oscura en la cabeza (por culpa del maquillaje, según explicaba el interesado). El programa iba transcurriendo con su música deliciosa, como de costumbre; incluso escuchamos el apartado "Pro lluvias" durante el cual una cantante desafinaba con ganas interpretando un fragmento de ópera, con unos gorgoritos tales que una no podía por menos que soltar la carcajada. Y entonces, Araceli y Fernando ofrecieron a los televidentes la posibilidad de participar en los concursos habituales del programa, con la posibilidad de ganar ¡un magnífico televisor, primero, y un coche después!

-¡Caramba! ¡ Qué premios! Esto no tiene nada que ver con los premios normales del programa: unos discos, o un viaje para dos personas a Canarias o a San Sebastián para asistir al Festival de Música (que ya son buenos premios…)

Para entonces estaba yo ya con un puntito de excitación. No porque sintiese envidia o me sintiese discriminada, puesto que no participo en los concursos porque no soy una persona demasiado preparada en música clásica -aunque me encanta-, sino porque deseaba ver en directo a los presentadores, especialmente a Araceli, ya que a Fernando lo he visto a menudo en el programa El Conciertazo de la 2.

- No sé, no sé -me decía a mí misma - a ver si tanto premio y tanta publicidad van a servir para quitarle calidad al programa…

Entretanto, andaba muy atareada manipulando el mando de la televisión, intentando encontrar el susodicho canal, mientras mi marido, que estaba viendo el telediario, me miraba con cara de resignación.

¡Sólo logré que las cadenas desaparecieran de su lugar habitual! Pero no sólo me ocurrió a mí. Más de un oyente llamó, con signos de nerviosismo en la voz, contando sus vicisitudes para encontrar el dichoso canal. Y, entre tanto movimiento, en un plís plás se hicieron las cuatro.

Esta tarde, al llegar las tres, mientras empezaba el programa, he enfilado hacia el cuarto de estar para encender la tele, con el convencimiento de que hoy sí iba a ver el programa, (porque ya me encargué yo ayer de que mi hijo siguiera las instrucciones al pie de la letra para dejar todo a punto) cuando las primeras palabras de Araceli y Fernando, acompañadas de sus risas contagiosas, me han hecho caer en la cuenta de que habíamos sido víctimas de una inocentada. ¡Muy buena por cierto! ¡Ja,ja ja! Todavía me sigo riendo!

¡Feliz Navidad!

¡Feliz  Navidad!

 

¡Vaya tinglado que hemos montado los hombres con tu venida, Señor! Tú nos conoces bien. Sabes que casi todo lo que tocan nuestras manos, lo más hermoso y limpio, se estropea. ¡Hasta tu Navidad!

¡Navidad! Esa palabra que llega cada diciembre hasta nosotros envuelta en luces de colores y brillante espumillón, mariscos y champán, regalos caros y ropas elegantes. Esa palabra con la que golpean machaconamente nuestros oídos: ¡Coma, beba, compre, regale …goce Vd., porque es Navidad!

¡Navidad! La hermosa palabra que hemos vaciado de contenido para convertirla en un pobre sucedáneo, hasta casi llegar a olvidar lo esencial. Que nuestro Dios se hace Niño en la pobreza de un corral destartalado para gritar a cada hombre: ¡Alégrate, tú que te sientes necesitado, porque tu Dios te ama y desde hoy es posible la esperanza!

¡Feliz Navidad, amigos!

No nos hemos vuelto ricos

No nos hemos vuelto ricos

¡Otro año que no nos hemos vuelto ricos! ¡Qué se le va a hacer! ¡Otro año será! ¡Salud que tengamos! Éstas y otras expresiones parecidas han sido dichas o escuchadas por el personal tras el sorteo de la lotería de Navidad.

Es verdad que los juegos de azar están a nuestro alcance todos los días de la semana: las quinielas, la bonoloto, la primitiva, el cupón de la Once, el combo, el sorteo de los euromillones, el bingo, los juegos de Casino… amén de aquellos otros que haya dejado de nombrar, que los habrá, seguro. Pero ninguno como la lotería de Navidad. Hay que reconocer que se trata de  un acontecimiento social. Con una gran anticipación - tanto que yo ya compré mi primera participación este verano- toda clase de entidades y asociaciones de todo género: cofradías, comisiones de festejos, clubes deportivos, comercios de todos los ramos, pescaderías, panaderías, tiendas de ultramarinos, carnicerías, floristerías… ponen a la venta, o te lo ofrecen directamente, el número que va a sacarnos de las estrecheces económicas y va a introducirnos directamente en el selecto club de los potentados. Pero la suerte es esquiva y se deja querer. Este año he podido estar en casa mientras se transmitía el sorteo. Me gusta escuchar el sonido de las bolas entrechocándose dentro de los bombos y la cantinela de los niños y niñas del Colegio de San Ildefonso: ¡Ciento cuarenta y tres mil veinteee! ¡Mil eurooos! Y así, uno tras otro hasta que acaban de cantar los números, que tienen la virtud de llenar de alegría a unos pocos y dan - qué remedio- la conformidad forzosa a todos los demás. Y al escucharlos, mis recuerdos me conducen a mi infancia, cuando al salir de la escuela mis hermanos y yo íbamos a buscar a mi madre a casa de la tia Julia, la vecina. Allí estaba con otras mujeres más, escuchando el sorteo en la vieja radio, con la esperanza de que la suerte nos dejara un pellizquito en la pequeña participación que había comprado al cartero del pueblo. ¡Ciento cuarenta y tres mil veinteee! ¡Diez mil pesetaaas! No sé, quizás sea una rareza, pero a mí me parece que la terminación con la palabra pesetaaas dotaba a la frase de más sonoridad. Aunque, por supuesto que si me hubiese tocado el premio, no les hubiese hecho ascos a los euros.

El invierno

El invierno

Ya hemos estrenado oficialmente el invierno. ¡Y de qué manera! Esta mañana me sentía especialmente perezosa; ahora ya sé la razón. De pie junto a la ventana del salón, con el radiador irradiando su agradable calor sobre mis piernas, contemplo sin prisa el paisaje familiar. Los tejados, los techos de los coches, el césped del jardín vecino, aparecen cubiertos por una copiosa escarcha, propiamente como si de una nevada se tratara.

No me gusta el invierno. Sí que guardo bonitos recuerdos sobre el mismo, principalmente de mis años de infancia. Las llamas, lamiendo con sus lenguas rojas los troncos del hogar, las reuniones familiares con motivo de la matanza del cerdo, la alegría producida por los humildes regalos en la noche de Reyes, el olor de las castañas asadas, las copiosas nevadas con sus incruentas batallas de proyectiles del blanco y frío material, mis desplazamientos a la escuela montada a corderetas sobre mis hermanos con mis pequeños pies convertidos en un inmenso sabañón, los carámbanos arrancados de los tejados y convertidos en transparentes polos… Y, ya más próximo, hace sólo unos pocos inviernos, el descubrir la maravilla de las cumbres nevadas del Pirineo en nuestros viajes a Toulouse para visitar a mi hermano tras su accidente. ¡Gran Dios! ¡Cómo vibraban las fibras del alma ante tanta belleza!

Pero con todo, creo que mi balance personal sobre esta estación es negativo. Eso de tener que llevar más capas que una cebolla, y andar todo el día encogida como un pollo mantudo, como solía decir mi madre… Yo ya estoy suspirando por la hermosa primavera. ¡Que llegará! ¡Claro que sí! Pasa tan deprisa el tiempo… Y un buen día, casi de improviso, la blanca y atrevida flor de los almendros nos anunciará su llegada. Será luego la brizna de hierba tierna en el camino, y el perfume del aire, y el calor de nuestro propio corazón…

¡Feliz aniversario, amor!

¡Feliz aniversario, amor!

 

El 16 de diciembre es una fecha muy especial para nosotros. Tal día como hoy, hace treinta y siete años, ante los invitados a nuestra boda proclamamos nuestro compromiso de vivir unidos: "…en la riqueza y en la pobreza, en la salud y la enfermedad, todos los días de nuestra vida".

En estos tiempos que nos ha tocado vivir, en los que las relaciones personales son a menudo de usar y tirar como los clines, la permanencia de la relación en pareja durante todos esos años ya es por sí misma un acontecimiento para celebrar.

¡Hay mucho que celebrar, sí! Nuestro amor, nuestros hijos, la vida. Esa vida que va quedándose a jirones por el camino como guedejas de lana entre los matorrales. El año pasado en esta misma fecha manifestaba mis miedos de no poder celebrarlo más. ¡Y aquí estamos! Hemos sobrevivido a una angina de pecho. La silla de ruedas ha venido a formar parte de nuestra vida diaria. Tú, amor, tan valiente para afrontar la enfermedad, vas convirtiéndote día a día en un niño confiado e indefenso que depende cada vez más de nuestro cuidado y afecto.

Poco pensábamos aquel día 16 de diciembre ya lejano en las cosas malas que nos tendría reservadas la vida. Sólo había amor e ilusión. Pero la vida es así. Ahora lo sabemos. ¡Feliz aniversario, amor!

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Sobre el maltrato femenino

Sobre el maltrato femenino

 

 

Se llama Mónica y es rumana. Como otros muchos miles de compatriotas ella y su marido vinieron a España hace unos años con la ilusión de forjarse una vida mejor. Los comienzos fueron duros. Distinto idioma, distintas costumbres, trabajos mal remunerados, dificultad para encontrar una vivienda digna y, sobre todo, el dolor de haber tenido que dejar en su país a su hijo, al cuidado de los abuelos. Algún tiempo más tarde les nació otro hijo. Poco a poco las cosas fueron mejorando y al fin consiguieron la reagrupación, familiar y un buen grado de integración en el pueblo.

Hoy Mónica está destrozada. El pasado fin de semana, casi por casualidad, leyendo las noticias de su país a través de la página web de un periódico rumano, se toparon con la noticia de que sus padres y una hermana habían resultado heridos por arma de fuego. Todavía no sabe a ciencia cierta el estado de gravedad de sus familiares, pero se teme que la realidad supere lo que alguien le ha contado a través del teléfono. Su hermana había iniciado los trámites para su separación, y el marido, un antiguo militar, amparándose en la fuerza que conceden las pistolas, ha querido evitarlo. Casi ha convertido a su exmujer en un colador y no ha tenido ningún reparo en disparar contra los que se pusieron por el medio para evitarlo.

Hasta aquí lo ocurrido en este caso concreto. Pero esto no sólo ocurre en Rumania. También en España el maltrato a la mujer se ha convertido en un problema grave. Raro es el día en el que no nos llegan noticias de mujeres agredidas, con resultados de importantes lesiones, e incluso de muerte. ¿Qué explicación se puede dar a este fenómeno?

Son demasiados los hombres que confunden el amor con el derecho de propiedad y el sometimiento. Y eso poco tiene que ver con el amor. ¡Ojalá que el amor durase para siempre! Pero muchas veces no es así. Si llega el momento en que el amor se acaba, el hombre no puede utilizar la fuerza para retener a su pareja.

Quizás este fenómeno sea en el fondo un problema de educación que arrastramos desde hace muchos años. Deberíamos preocuparnos seriamente de que los niños, desde bien pequeños, aprendieran que hombres y mujeres somos iguales y que el amor es un don que se da y se recibe desde la libertad y el respeto hacia el otro. ¡Jamás desde la imposición y la violencia! Expresiones como: "Tú harás lo que yo te diga" "Haré contigo lo que quiera" "Serás mía o de nadie" y otras parecidas, deberían desaparecer para siempre de la faz de la Tierra.

¡Hibernando!

¡Hibernando!

Aquí estoy de nuevo tras un periodo de hibernación.

Justamente el día en el que escribí mi último artículo del blog, mientras observaba con satisfacción cómo había batido mi humilde record de visitas a mi página (una minucia, si se comparan con las que tiene "La mujer gorda" de Hernán Casciari, ganador del premio The BOBs 2005) de repente se oscureció la pantalla de mi portátil y apareció el logotipo de Windows con este amenazante aviso: "Ordenador hibernando", o algo así, mientras iba llenándose con rapidez la barra rectangular que lo acompañaba, hasta que…¡Se apagó el ordenador!

-¡Caramba!- me dije- yo pensaba que eso de hibernar era cosa de osos.

Mi cara debía de ser todo un poema. Tras varios intentos fallidos de ponerlo en marcha llegué a la conclusión de que los virus eran los culpables del desaguisado. ¡Malditos bichejos…! Y, como quiera que el ordenador familiar también se encontraba ciego y mudo por parecidas razones, desde aquel día he estado alejada del mundo de internet, a la espera de la instalación de la línea de ADSL, con el antivirus incorporado que permitiera sacar nuestros ordenadores de la enfermería.

He de confesar que he padecido el mono. Pero de una forma tolerable, todo hay que decirlo. Entretanto he podido dedicar mi tiempo libre a escribir, a leer, a la filatelia, al sudoku… ¡Y el tiempo pasa que vuela! Necesitaría que los días se estirasen. ¡Por Dios, que me resultan cortos!

¿Sabéis cómo salió mi ordenador de su hibernación? ¡No tenía virus! Casi por casualidad descubrí que la causa de la misma había sido la falta de carga de su batería. ¡Ja, ja, ja! Las cosas que nos ocurren a los principiantes.

 

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