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El alma al aire

Retazos

El sudoku

El sudoku

No he podido leer el periódico ni la revista XLSEMANAL como suelo hacerlo cada tarde de domingo. Después de comer, una vez terminadas las tareas domésticas, he ayudado a mi hija a redactar un escrito. Luego hemos tenido visita. Cuando por fin estaba en disposición de comenzar la lectura, he abierto el periódico por la página de los pasatiempos. Me gusta leer las tiras de Garfield y Fred Basset. Después, armada de lápiz y goma, me pongo a rellenar el Autodefinido. Suelen ser bastante asequibles. Pero, desde este verano, he descubierto un nuevo pasatiempo. Y allí está al acecho, esperándome para ponerme a prueba y gozar con mis repetidos fracasos.

Se llama Sudoku. Consiste en un tablero, dividido en nueve cuadrados de nueve celdas cada uno. Algunas de las celdas contienen un número. El juego consiste en rellenar los nueve cuadrados con las cifras del 1 al 9, sin que éstas se repitan ni en los cuadrados ni en las filas ni en las columnas. ¡No es fácil! ¡Nada fácil! Domingo tras domingo acabo dándome por vencida con una triste sensación de perdedora. Pero hoy, no. Lo intento una y otra vez, hasta que la cabeza me echa humo. Y, casi sin darme cuenta, ha anochecido. Mi marido solicita mi atención, así que dejo el entretenimiento aparcado. Me he jurado a mi misma que no me iré a la cama sin lograrlo. Y… ¡de repente se me ha encendido una lucecita! Cojo un papel aparte y voy anotando las cifras comunes entre cada fila y cada columna. Luego hay que ir eliminando las repetidas. Es un buen método. ¡Siempre que no te dejes de anotar algún número y tengas que empezar de nuevo!

Dicen que los aragoneses son tozudos. Yo no lo soy por nacimiento, pero quizás se me haya pegado al cabo de los años. ¡Viva! ¡Lo he conseguido! ¡Ah! ¡Qué sensación de triunfo! Desde ahora no tendrá secretos para mí. Dicen que este jueguecito es bueno para estimular el cerebro, sobre todo para las personas que estamos pisando el umbral de la tercera edad. Será así, pero durante el largo rato que he dedicado al maldito Sudoku, he pensado que se me fundían las neuronas.

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De vuelta a los cuarteles de invierno

De vuelta a los cuarteles de invierno Llegó el momento de la vuelta a los cuarteles de invierno. Mi casa pedía a gritos las manos diligentes de un ama de casa, lo mismo que mis hijos, aunque su condición de adultos les obligase a no exteriorizar demasiado sus deseos de que mamá volviera. Y aquí estoy. Como la bruja Averías, provista de escoba, fregona, bayetas y demás útiles de limpieza del hogar. ¡Dios mío, qué desolación! Necesitaré unos cuantos días para que esto se convierta en algo medianamente habitable. ¡Estos hombreees!
Y estoy tan absorbida en la tarea, que apenas me queda tiempo para la nostalgia. Allí se quedó aquel pueblito perdido entre montañas, con su aire limpio y perfumado, con sus gentes amables, con su profundo silencio y con su paz, que me han hecho tan feliz. Me basta con cerrar los ojos mientras escribo estas líneas para volver a encontrarme sobre la cima de aquellos montes a los que me arrastraron unas incontenibles ansias de ascensión. ¡Qué hermoso! Pero no me limitaré a vivir de los recuerdos. Hay muchas actividades esperándome. Y yo estoy dispuesta a disfrutar con ellas.

El cipotegato

El cipotegato “¡Cipote!…” “¡Cipote!…” Es el grito acompasado que se escapa de cientos de gargantas, mientras, manos en alto, sostienen la roja munición y esperan la aparición del Cipotegato, el estrafalario personaje ataviado con un vistoso traje de colores, que el día 27 de agosto, víspera de las fiestas de San Atilano, patrono de la ciudad de Tarazona, en la provincia de Zaragoza, sale de su Casa Consistorial y recorre la plaza soportando el incesante lanzamiento de tomates por parte de la multitud, en clamorosa e incruenta batalla. ¡Pobre Cipotegato! ¡Vaya paliza! Aunque para él sea todo un honor ser elegido para representar a tan famoso personaje, El final del recorrido lo hace a hombros de sus amigos, que procuran abrirle paso y ayudarle a llegar. Encaramado por fin sobre la escultura metálica que lo representa, de cara a la hermosa fachada del Ayuntamiento, envía besos a la multitud. Como consecuencia del fuego cruzado, nadie logra quedar a salvo de los blandos y churretosos proyectiles que llueven en todas las direcciones alcanzando todos los rincones de la plaza. Parapetados tras unos jóvenes de elevada estatura en un pequeño soportal, pretendemos contemplar el espectáculo y salir indemnes. ¡Vana ilusión! Pronto recibimos los primeros impactos. Luego llegan otros. Y otros más. El suelo, las fachadas, los balcones de los edificios de la plaza, cabezas, caras, brazos, piernas, pechos y espaldas de los asistentes van tiñéndose más y más con el zumo del rojo vegetal. A nadie parece importarle. Hay que cumplir la tradición. Luego llegará el momento de la ducha. ¡Felices fiestas, turiasonenses!

Cuando fluyen los recuerdos

Cuando fluyen los recuerdos Se llamaba Jesús y era mi primo. Una noche – no habrán pasado quince días desde entonces - apenas había terminado de cenar cuando se sintió mal, y en pocos minutos, tan pocos que el acontecimiento causó sorpresa en los presentes, pasó a mejor vida. Por motivos que ahora no vienen al caso no pude asistir a su funeral, y desde entonces ni un solo día he dejado de pensar en él. Creo que cualquiera que lea estas líneas me entenderá si digo que hay primos y primos. Están los primos que son hijos de tus tíos y aquellos otros que además de cumplir esta premisa han tenido contigo una relación de cercanía que hace que los lazos de parentesco se estrechen. Mis hermanos y yo convivimos con mi primo Jesús durante nuestros años de infancia, hasta que por motivos del trabajo de mi padre nos trasladamos a vivir a Zaragoza. Y los recuerdos de esos primeros años, en los que todo queda grabado de una forma tan especial, acuden en tromba a mi memoria en estos días. Sus ojos, con el iris de distinto color, le conferían una forma especial de mirar. Era mucho mayor que nosotros, delgado, de baja estatura, con la piel curtida por el aire y el sol a causa de su trabajo de pastor. Muchas tardes de invierno, ya anochecido, después de encerrar las ovejas venía a mi casa, y allí matábamos el tiempo jugando a las cartas junto al hogar, bromeando y riendo, muchas veces a mi costa, por ser la más pequeña de todos. Recuerdo nuestras comidas familiares con motivo de la matanza del cerdo o de las fiestas patronales. Y el día de Viernes Santo, en el que yo acompañaba a mi tía, cuando, siguiendo la costumbre, llevaba la comida al campo a mi primo. Garbanzos de ayuno y bacalao era el menú que marcaba la tradición. Sentados sobre la manta al resguardo del viento, mientras las ovejas ramoneaban la hierba no lejos de nosotros, dábamos buena cuenta de la comida, en aquellos años en que, como consecuencia de la guerra recién terminada, hasta el pan era escaso. Y su perra Sola, que gruñía enfadada cada vez que veía a su dueño enredando con nosotros. Y los días de esquileo, cuando al salir de la escuela acudíamos al corral para ver el trabajo de aquellos hombres habilidosos, aliviando a las ovejas de su lana. Y sus cenas frugales, con aquellos huevos asados al amor de la lumbre…
Lo enterraron en el tranquilo cementerio, junto al ciprés, sobre la misma tierra en la que reposa mi tía, con la que compartió la vida mientras ella vivió. Como buena madre que era siempre le preocupó lo que sería de su hijo cuando ella faltara. Ahora descansan juntos, y mi primo Jesús ya no necesita nada.

Al borde del arroyo

Al borde del arroyo He subido más arriba del Cortadero, hasta el lugar donde se recoge el agua de boca para conducirla primero hasta el blanco depósito situado a la entrada del pinar y más tarde al pueblo asentado sobre el valle. El agua suena ruidosa y alborotada entre las piedras mientras salva los desniveles del terreno. Extiendo mi esterilla bajo un frondoso pino y me siento sobre el pequeño cojín que guardo en la mochila. Aquí el espacio llano es reducido, tan sólo la anchura del camino que muere junto al arroyo. Hay una pequeña mesa y cuatro asientos de cemento blanco donde a veces juegan a las cartas o meriendan las personas que suben hasta aquí. El pinar asciende bravo por la empinada ladera escasamente transitable. Hay un estrecho sendero, marcado de tanto en tanto con los colores blanco y rojo característicos de los recorridos de a pie. Sobre lo alto, unos rayos de sol penetran por las estrechas celosías, las hojas trazan delicados encajes sobre el cielo y una ligera brisa mece amorosamente las delgadas ramas de las copas. El canto bullicioso de las aguas logra acallar todos los demás sonidos del pinar. Todo enmudece. Sólo escucho el agua y a Yako, mi perro pastor alemán, que respira ruidosamente mientras hurga con su hocico sobre la tierra en busca de una piedra para sus juegos, esparciendo en el aire el fresco olor de la hojarasca de los pinos. Coge la piedra entre sus dientes y corre de un lado a otro alocadamente con ella. La suelta, la mueve entre sus patas, ladra con ferocidad; así hasta que se cansa y la abandona temporal o definitivamente. Aprisiona después algunas de las innumerables piñas esparcidas por el suelo y las hace crujir entre sus potentes colmillos. De cuando en cuando se me acerca, pone su presa al alcance de mi mano, se sienta sobre sus patas traseras y me mira atentamente como animándome a participar en sus juegos. Pero yo muchas veces me hago la distraída, como si no lo viese. Son sus glorias ir una y otra vez a buscar el objeto que le arrojo, incansable, sin enfadarse cuando trato de engañarlo sobre la trayectoria del blanco. Cansado de no atraer mi atención se mete en el arroyo y chapotea entre las piedras que cubren el cauce.
¡Plaf! Acabo de matar un tábano traidor, que haciendo caso omiso del repelente que me he aplicado sobre las partes visibles de mi anatomía se me ha posado sobre la pantorrilla. La semana pasada un voraz congénere me hizo pasar las de Caín con su dolorosa picadura. En contra de la filosofía del Santo de Asís, aquel del Hermano Sol y el Hermano Lobo, tengo declarada una guerra sin cuartel a todos los pérfidos insectos chupadores, picadores, mordedores… capaces de terminar con la paz idílica del bosque. Los furiosos ladridos de Yako me sobresaltan. Una pareja de excursionistas desciende por el sendero. Llamo al perro y lo sujeto con la cadena. Ellos balbucean preguntando por el pueblo oculto con acento extranjero. Yo señalo hacia él con mi brazo. Me dan las gracias con una sonrisa y continúan su camino.

¡Pobre y querida Tierra!

¡Pobre y querida Tierra! Las vacaciones escolares están ya a la vuelta de la esquina. Se huelen en el ambiente. Se dejan ver en las escasa páginas que restan para acabar los textos de las distintas asignaturas, y en esa progresiva desgana para el trabajo que invade a los alumnos, sobre todo a la vuelta del recreo, cuando sudorosos por el ejercicio físico, permanecen quietos y acalorados en sus pupitres, con los ojos un poco perdidos rememorando las últimas jugadas del partido interrumpido por el sonido de la sirena llamando a las filas. Y se nota en esa jornada única que acabamos de estrenar, tan del gusto de los profesores. De vuelta a casa, tras la comida, cuando mi gente desfila camino de la tertulia y el café, sin nadie a quien pueda molestar, subo el tono de mi aparato para escuchar a placer el programa “Clásicos populares” de Radio Nacional. Y entonces todavía se hace más patente la proximidad de las vacaciones, ya que por la hora de emisión del programa, coincidente con mi horario de trabajo, no puedo escucharlo durante el curso escolar.
Me encanta este programa. Gozo con su música, tan acertadamente escogida por sus presentadores que consigue enganchar a los oyentes. Disfruto con las anécdotas divertidas o curiosas sobre los compositores. Me encanta escuchar la risa contagiosa de Araceli. Y las ocurrencias de Fernando Argenta, con su estilo tan especial, me hacen reír. Se me hace corto, la verdad. En el programa de hoy, como consecuencia de algún comentario que surgió ayer, por lo que he podido entender, ha salido el tema de la contaminación ambiental. Y han hablado de un reciente documental emitido esta misma semana en Televisión Española, en el que se ha lanzado una vez más la voz de alarma sobre el suicidio colectivo hacia el que camina la humanidad, y nos han recordado cómo hacemos oídos sordos a las reiteradas llamadas de los expertos para evitar la catástrofe. Nos están diciendo que al paso que vamos, en el plazo de unos treinta años, nos habremos cargado el planeta, de tal manera que no habrá una posible vuelta atrás.
Y yo, que tan apasionadamente amo la naturaleza y disfruto gota a gota los goces que me brinda, no puedo por menos que lanzar hoy al aire mi lamento. ¡Oigan! ¡Ustedes, los políticos! ¡Ustedes que a diario dan la sensación de ser los dueños y señores de la Tierra! ¿No piensan hacer nada para evitarlo? O únicamente se conformarán con lamentarse cuando el fatal desastre no tenga remedio… ¿Qué es lo que les impide actuar? ¿Es sólo la inconsciencia? ¿O serán tal vez esos enormes intereses económicos de las multinacionales del mundo los que paralizan su actuación?

Amarga miel

Amarga miel Esta reflexión ha nacido de la lectura de una reciente noticia del periódico. Un apicultor tuvo que ser ingresado en el hospital en estado grave a causa de las numerosas picaduras producidas por un enjambre de enfurecidas abejas. No se facilitan más noticias sobre el suceso. No podemos saber si el accidente se produjo como consecuencia de una imprudencia al manipular la colmena, lo cual parece raro en un apicultor experimentado, o simplemente ocurrió que a los animales se les despertó el instinto asesino a la hora de defender el fruto de su trabajo. No ha sido la única vez. Se han dado más casos, incluso con resultados mortales.
El mundo de las abejas no me es del todo extraño. Mi padre, un hombre nacido en los principios del siglo veinte, como otros muchos de su generación, apenas tuvo tiempo de ir a la escuela. Hijo de madre viuda, a sus ocho años tuvo que dejar los libros para ponerse a trabajar de zagalillo a las órdenes de un pastor adulto, y no tardó mucho en tener que hacerse único responsable del rebaño. (Me pregunto cómo cualquiera de nuestros niños de ahora, tan protegidos, tan mimados, o incluso yo misma, hubiésemos podido afrontar tal situación) Bien, a lo que iba. Pese a esas circunstancias, mi padre fue una persona con gran inquietud por aprender. Le gustaba mucho leer y, no pocas veces, destinaba pequeñas cantidades de sus no muy abultados ingresos a la compra de los libros que despertaban su interés. No sé como comenzaría en él la afición por las abejas. Sí que recuerdo que ya siendo yo niña teníamos cuatro o cinco colmenas que él administraba, y además, ayudaba a los sucesivos maestros que venían al pueblo en el cuidado de las colmenas del coto escolar. En varias ocasiones siendo ya mayor, tratando de vencer mi temor hacia estos animales, estuve presente en las tareas de la cata de miel.
Provisto de un grueso mono, guantes, botas y calcetines y una careta enrejillada para permitir la visión, con todas las posibles aberturas cerradas a cal y canto para evitar que las abejas pudiesen colarse en el interior, portando un fuelle humeante, mi padre se acercaba a las colmenas. El humo, con su efecto paralizante sobre las abejas, le permitía abrirlas y extraer los panales repletos de miel, para transportarlos seguidamente en una carretilla hasta la cercana caseta. Allí esperaba yo, observando cómo con una especie de largo cuchillo que aguardaba metido en agua hirviendo, cortaba la capa de cera que protegía la miel depositada en las celdillas de los panales, y a continuación introducía éstos en el extractor, una especie de bidón con unos soportes. Y como consecuencia de la centrifugación a la que eran sometidos, fluía de ellos con facilidad la tibia miel. Todavía conservo en mis labios y en la barbilla aquella sensación dulce y pegajosa del dorado líquido aportado por mis dedos churretosos. Al finalizar todas estas operaciones mi padre había recibido su buena ración de picotazos, cosa que aceptaba siempre con estoicismo, asegurando incluso que, según los entendidos, dichas picaduras resultaban beneficiosas para los dolores reumáticos. Sólo en dos o tres ocasiones nos propinó otros tantos sustos porque el veneno inoculado por las abejas le produjo desvanecimientos. Por suerte sólo se trató de algo pasajero.
No he podido familiarizarme con ellas. Les tengo demasiado miedo. Y la primera tentación que siento al oírlas cerca es ponerme a manotear para apartarlas de mi lado, algo a todas luces contraproducente, pues no se consigue otra cosa que enfurecerlas. En mis frecuentes caminatas por el monte, cuando las hierbas se encuentran en plena floración, suena en el aire un inmenso zumbido que inmediatamente me hace poner en guardia, y pronto descubro, no muy alejada del camino, la larga hilera de colmenas, como si de un interminable tren de mercancías se tratara. PELICRO AVEJAS, avisa el cartel. En mis labios aflora una sonrisa. Lanzo una llamada de atención a mi perro y nos alejamos los dos, camino abajo a paso ligero. Con las abejas, pocas bromas, porque la dulce miel puede tornarse amarga.

Don Quijote y el niño

Don Quijote y el niño Son incontables los actos que se están celebrando a lo largo y ancho de la geografía española con motivo del cuarto centenario del Quijote. También en nuestro colegio se están llevando a cabo estos días unas Jornadas Culturales con ese tema. Las actividades programadas son numerosas y variadas, procurando siempre que estén adaptadas a la edad de los alumnos. Son éstos unos días distintos a todos los demás. Durante ellos los alumnos de los distintos cursos de cada Ciclo se mezclan y participan en distintos talleres: música y juegos, cocina, manualidades, comics… Esta mañana, como comienzo de las Jornadas, los alumnos de primer ciclo han visto una película de dibujos animados sobre Don Quijote. Muy formales, portando cada uno su silla, se han acomodado en una gran sala. Y, con ayuda de un cañón conectado a un ordenador –lo más moderno en medios audiovisuales, recién llegado a nuestro centro- ha comenzado la proyección. Sólo han visto unos capítulos para evitar el cansancio. La pérdida del juicio de Don Quijote a causa de la lectura de libros de caballería, su primera salida, cuando es armado caballero en la venta, Don Quijote molido a palos, la vuelta a casa, la segunda salida acompañado de su escudero Sancho, la aventura de los molinos…No resulta un lenguaje fácil para ellos aunque se trate de una adaptación. Los cuerpos infantiles se remueven en los asientos. Comienzan a escucharse susurros, imperceptibles primero, aumentando el tono después. La profesora que esto escribe, lucha en la oscuridad contra la modorra que la invade. Por fin ha llegado el momento final. El caballero de la Triste Figura, postrado en su lecho, recobra la cordura, y tras despedirse de su sobrina y del ama, de Sancho, del cura y el barbero, cierra sus ojos para dormir el sueño de la muerte.
De vuelta a clase, Doru llora sin consuelo. ¿Qué te pasa Doru? Nada. ¿Te han pegado? No. ¿Te duele la tripa? No. ¿Tienes ganas de hacer pis? - Y mientras, la Seño observa la entrepierna de Doru, por ver si el pantalón está mojado. No – niega de nuevo. Dime qué te pasa Doru. Es que…es que… es que se ha muerto Don Quijote.
¿Acaso puede haber un homenaje mejor?

¡Han talado los chopos!

¡Han talado los chopos! Tras los fríos de este largo y crudo invierno, hoy, por fin, hemos tenido un hermoso día. He aprovechado para dar un agradable paseo por el camino de siempre. Ese camino, recorrido tantas veces, que ya lo siento como si me perteneciera un poco. Los melocotoneros lucen en todo su esplendor. El hermoso estallido rosa sobre el verde tierno del sembrado, los ocres labrantíos, el azul luminoso de un cielo limpio de nubes... todo canta las glorias de la ya cercana primavera. Pero…¿a dónde han ido a parar los airosos chopos que flanqueaban la acequia? ¡No ha quedado ninguno! Me duele contemplar la larga hilera de muñones sangrientos. Nunca más aspiraré el penetrante perfume de sus hojas tiernas. Ni escucharé el alegre murmullo del viento entre sus ramas. Ni cantarán los pájaros sobre sus copas. Y cuando llegue el otoño, no volveremos a pisar mi perro y yo aquella alfombra crujiente y olorosa. Con toda seguridad, el hombre de la motosierra, el causante de tal desaguisado, no podrá ni siquiera imaginar mi amor por esos chopos, ni el cúmulo de dulces sensaciones que esos árboles provocaron en mí, ni mi pena por su desaparición… ¡Adiós viejos amigos!

Días de invierno

Días de invierno Este invierno pasará a los anales de nuestra memoria colectiva como uno de los más fríos de las últimas décadas. Eso al menos es lo que dicen los entendidos en la materia. Comparan el invierno de este año, entre otros, con aquel ya lejano en el que falleció mi padre. Recuerdo como si hubiese sucedido ayer, la fría noche en la que tuve que salir de casa para buscar una farmacia en la que poder comprar un medicamento recetado por el médico de guardia para aliviar los sufrimientos de sus últimos días. Todavía me parece sentir el punzante dolor producido por el viento helado, clavándose como miles de finos alfileres sobre mis sienes. La nieve y el hielo de aquellos días impidieron a parte de mi familia desplazarse para acompañarnos en su entierro. Más de una vez, cuando la televisión ofrece sus programas informativos, abandono las tareas que llevo entre manos, y acudo presurosa al cuarto de estar para disfrutar de esas espectaculares imágenes invernales tomadas en distintos lugares de España. Fuentes y surtidores con sus chorros de agua convertidos en incontables estalactitas. Los leones que acompañan a la diosa Cibeles en su plaza de Madrid, con sus melenas heladas. Esos árboles misteriosos con sus ramas entretejidas de hermosos encajes blancos. Y en algún lugar del río Cuervo, del que hasta hoy nunca había oído hablar, esa espectacular catarata, esculpida en gigantescos carámbanos. E inevitablemente, me siento transportada a mi infancia, con aquellas nevadas copiosas que obligaban a mi padre a abrirse camino, pala en mano, para salir de casa. Y a mis hermanos, a transportarme sobre su espalda hasta la escuela, porque mis pobres pies, hinchados por culpa de los sabañones, no cabían en los pequeños zapatos. Y aquella roja mancha sobre la blanca alfombra en los días de matanza, cuando los hombres arrojaban a la calle los despojos del sacrificio del animal, y los astutos gorriones, saltando inquietos sobre el botín para procurarse el escaso sustento.
La nostalgia me obligó un día a poner una imagen de mi pueblo en la pantalla del ordenador. Una y otra vez me descubro a mi misma contemplándola, tratando de imaginar aquellas pobres ruinas tan queridas, arropadas por el blanco y liviano edredón.
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¡Esos peques!

¡Esos peques! Debería dedicarme a Cuentacuentos. Esta tarde, mientras mis alumnos estaban en clase de Educación Física, he ido a sustituir a la clase de una compañera que estaba enferma, con sus alumnos de tres años. He sentido un primer momento de prevención. ¡Qué haré con estas criaturitas! Pero todo ha ido bien. Sentados sobre la alfombra, hemos contado el cuento de La Casita de chocolate. No sé explicar bien aquel silencio, ni la expresión de aquellas caritas atentas, con sus ojos preciosos, abiertos como platos, clavados en mí. Sé que lo he hecho bien, aunque decirlo pueda parecer una falta de humildad. Hemos padecido todos con la pérdida en el bosque de los dos hermanos, nos hemos alegrado con la lucecita que brillaba a lo lejos, hemos chupeteado las dulces paredes de la casa, hemos sufrido con las penas de los niños, hemos aborrecido a la bruja y nos hemos alegrado mucho, mucho, con su encierro y tueste en el horno por siempre jamás.
-Me ha gustado el cuento, seño – dice uno.
-Y a mí también- añade otro.
Pero…¡Cuántas toneladas de paciencia necesitará al cabo del día la seño de estos niños! Al volver a clase, mis chicos de seis años me han parecido el colmo de la madurez. ¡Qué verdad es el dicho de que en esta vida todo es relativo!

En el país de los ciegos, el tuerto es rey

En el país de los ciegos, el tuerto es rey Esta noche he echado una ojeadita a mi blog y no he podido evitar una sonrisa. Tenía un comentario en mi último post. Una llamada de socorro lanzada por maria3estrellas de bitacoras.com/ Me pide que le ayude, que le mande mis consejos para mejorar su blog porque le parece imposible lograrlo por sí misma. Sí. Me ha arrancado una sonrisa. ¿Conocéis el refrán que dice: "En el país de los ciegos, el tuerto es rey"? ¡Pobre de mí!, que entiendo tan poquito, y casi consigues que me haga ilusiones de que sé... ¡Lo conseguirás maría3estrellas!-si no sucumbes al desaliento. ¡Ya lo verás! Irás poquito a poco haciendo tus pequeños progresos, y te sentirás satisfecha por tus logros. Te invito a visitar la primera página de mi blog para que conozcas mis primeros sufrimientos. Tengo que confesarte una cosa. En mi página de estadística figura el día de máximas visitas en el mes de noviembre -62, nada menos. Pero, no creas que en realidad hubo todas esas personas visitando mi blog. Fui yo misma, probando y probando, intentando añadir imágenes o mejorar su aspecto. He tardado un año en conseguir algunas mejoras. Puede que esto que te cuento te sirva de consuelo y te dé ánimos para seguir.

¡Socorro! ¡Ataca la gripe!

¡Socorro! ¡Ataca la gripe! Me duelen los ojos, me duele el cabello,
me duele la punta tonta de los dedos.
Y aquí en la garganta, una hormiga corre
con cien patas largas.
¡Ay mi resfriado! Chaquetas, bufandas,
leche calentita y doce pañuelos
y catorce mantas y estarse muy quieto
junto a la ventana.
Me duelen los ojos, me duele la espalda,
me duele el cabello, me duele la tonta
punta de los dedos.

(Celia Viñas Olivella)

Así estoy. Griposa. Bueno, me parece que todavía no están enumerados todos mis males en la poesía ¡Ay! ¡Quién pudiera permanecer envuelta en catorce mantas- bueno, aunque fueran algunas menos- y estar quietecita junto a la ventana! No. Aquí ando, renqueante, pero acudiendo al trabajo, a la espera de poder vencerla a puro de potingues, y deseando que llegue cuanto antes el fin de semana para estar en casita. ¡Sobreviviré! Espero.

La inocentada

Es la una menos cuarto del mediodía. Salgo de casa con la ilusión de volver pronto porque he dejado la comida a medio preparar. Las judías pintas ya están cocidas.¡Y qué judías pintas, madre mía…! También tengo ya el cardo preparado. Cuando vuelva freiré las salchichas. Tras la lluvia de ayer, el día está radiante. Camino ligera, tarareando alegremente la canción que me tiene ocupada los dos últimos días: “Una cadena quisiera formar…” La canto una y otra vez, incansable y esperanzada, como si a puro de cantarla y cantarla el mundo fuera a convertirse en un lugar fraterno. Humea copiosamente la chimenea de la casa de Rafaela. Digo un adiós sin respuesta a los mecánicos del taller, que andan ocupados de acá para allá. Las palomas revolotean sobre la torre de la iglesia, con su silueta enmarcada sobre el cielo azul. Los árboles del parque, encogidos y quietos, duermen el sueño del invierno. Atravieso la carretera. Julia y Mari Carmen se limpian los zapatos junto a un banco. Juraría que se han metido en el monte. La arcilla mojada siempre está dispuesta a regalar a los niños unos pesados zuecos de color chocolate. Voy primero a la casa que está junto a la iglesia. Me he comprometido a recoger unas fichas de la parroquia. Estuve ya el otro día pero no había nadie. ¡Quizás tenga hoy más suerte! Por delante de mí camina un padre joven llevando un niño cogido de la mano. En la calle Santa María hay un hombre con un abrigo gris, parado junto a la esquina. Está de espaldas, así que no veo su cara. Llamo a la puerta y espero. Repito la llamada. No hay nadie, tendré que volver. El suelo está inclinado y resbaladizo- pienso- y al momento me encuentro sentada sobre él, deslizándome como en un tobogán. ¡Ay, mi trasero! ¡Me duele! ¡Y también mi mano izquierda! Me la soplo mientras miro con cara de pasmada, supongo. El hombre del abrigo gris se ha vuelto hacia mí, sonríe y da un paso como si intentara acercarse, pero como me ve tan bien sentada debe de pensar que no ha llegado la sangre al río. ¡Bonita inocentada me ha reservado el año! Me levanto- conservando mi cara de pasmada- y pienso: ¡Si ya sabía yo que iba a caerme! ¡Lo sabía desde hace más de un mes! ¡ Estas tapas desgastadas…! Estos días pasados lo había pensado a menudo mientras iba caminando, pero hoy me ha pillado por sorpresa. Tengo que pasar junto al hombre. Es de edad mediana y me parece conocerlo de algo.
-¡Voy a tener el trasero dolorido una semana por lo menos!- le digo.
Él me dice unas palabras de ánimo mientras sonríe. Cuando yo veo una caída apenas puedo controlar la risa. No hay en ello mala intención, sólo es algo espontáneo. Supongo que a él le habrá pasado lo mismo al contemplar mi aterrizaje.

Sinfonía en blanco

Sentada cara al poniente, muy cerca de la ventana,
entre admirada y absorta contemplo la hermosa nieve
que ha dejado de improviso la llanura engalanada.
El sol se asoma y se esconde, como travieso chiquillo
que al escondite jugara.
Ahora brilla en los tejados,
ahora teje entre las nubes encajes de filigrana.
Los intrépidos gorriones van y vienen,
se entrecruzan, se persiguen,
se posan en los alambres o entre las desnudas ramas
de la higuera que asoma tras de la tapia;
inquietos y bulliciosos, sobre la mágica alfombra
revolotean y saltan.
Encaramada en lo más alto de una buhardilla,
curiosa y grave, mira una urraca; las chimeneas humean,
y un pobre clavel tardío pone una mancha de sangre
sobre la blanca maceta prendida de la baranda.
Anda la gente menuda alegre y alborotada.
-¡Qué bolazos le he lanzado a David esta mañana…!
-Mamá, ¡qué pena me da que esté ya la nieve helada!
Si pudiera…haría un muñeco grande.
¡Tan grande o más que mi hermana!
Le pondría…dos botones negros que tú me dieras, por ojos,
y aquella bufanda larga, de cuadros, que está en el baúl guardada,
y una nariz de zanahoria, y una escoba o un paraguas,
y una pipa, y … y aquel sombrero de paja
que se ponía el abuelo cuando el calor apretaba.
-¡Ay! ¡Qué bonita es la nieve!
-¡Que nieve! ¡Que nieve más! ¡Que la escuela está cerrada!

Karima

Ha venido a clase una nueva alumna. Es hija de una de las familias marroquíes que se han instalado en nuestro pueblo y que se dedican a la venta ambulante. Se llama Karima y apenas entiende unas pocas palabras de español. Al cogerla de la mano me ha parecido tocar un pedazo de hielo; así la tenía de puro asustado el angelito. Un primo más mayor que vive aquí desde hace tiempo y puede hablar ya con cierta facilidad, nos ha servido de intérprete.
-Me llamo Victoria- le digo- ¿Cómo te llamas tú?
-Yo Karima.
-Verás, Karima, qué bien vas a estar en la escuela. Tendrás muchos amigos, jugarás con ellos en el recreo, pintarás, aprenderás a leer y escribir…
Ella me mira con sus ojazos negros muy abiertos.
-¿Me pegarán?- pregunta.
-¡No! ¡Claro que no!.
El primo se marcha a su clase, y allí nos quedamos, Karima y yo, y todos los demás niños que la miran con curiosidad. Seguidamente procedo a presentárselos, uno tras otro. Ella va repitiendo sus nombres. Después la hago sentarse en un sitio libre, junto a otros cuatro. Le doy un dibujo para colorear y sus compañeros se apresuran a acercarle las pinturas.
-Azul- digo.
-Azul- repite
-Rojo.
-Rojo.
Al poco rato se levanta, se acerca hasta mi mesa y me suelta una parrafadita. Yo la miro y gesticulo para decirle que no la entiendo. Entonces ella me coge de la mano y me conduce hasta su mesa para que le solucione su problema. De cuando en cuando me dice: Casa – como ETE. Esa palabra, acompañada de un párrafo ininteligible en tono interrogativo, no resulta difícil de entender. ¿Cuándo nos vamos a casa? Y cuando los niños se colocan en la fila para salir al recreo, al ver la chocolatina de Ana, me dice: ¿chocolate? Ana da un pedacito de su chocolate a Karima y así comienza una nueva amistad. Tiene pinta de ser despierta y pienso que no tardará mucho en aprender a hablar nuestro idioma, aunque la adaptación será difícil. Por un lado está su entorno familiar, intentando conservar sus costumbres, y por otro, el contacto con esta nueva realidad, tan distinta, que influirá sobre ella sin remedio e irá convirtiéndola poco a poco en una persona a caballo entre dos culturas.
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En el día de Todos los Santos

Hoy es una fecha muy especial para mí. Tal día como hoy, ya hace años, estrené mi maternidad. Si cierro los ojos todavía puedo sentir el amor rebosándome el corazón al tener a mi hija en los brazos por primera vez. Sin embargo ella nunca se ha sentido contenta por haber nacido en esta festividad. El único hermano de mi marido murió muy joven, y todos los años en este día él debía llevar a mis suegros a depositar las flores sobre su tumba, así que no podíamos celebrar el cumpleaños como Dios manda. Pasaron los años y murió mi suegro, entonces todavía la cosa se complicó más porque había que visitar dos cementerios. En mi juventud, cuando la sangre te pide ser rebelde y eres tan dura en tus posiciones, yo siempre dije que no deseaba ser enterrada en el cementerio. Me parecía un lugar tan frío… con todo ese montaje de las flores, cuando unos pocos vivos se montan el negocio a costa de los muertos… Quería ser incinerada y que mis cenizas fueran depositadas en la cima de la montaña, y que las aguas de la lluvia las condujeran por las torrenteras, ladera abajo, hasta lugares lejanos, tal vez hasta el mar… Hoy que imagino a la muerte más cercana, quizás ya agazapada en cualquier recodo, he cambiado de idea. Quiero reposar en la paz del pequeño cementerio de nuestro pueblo, acunada por el rumor del viento entre los pinos frondosos, en la misma sepultura que mi marido, con los huesos entrelazados en un abrazo, esperando la resurrección del último día.

El eclipse

Esta tarde, mientras escuchaba el programa de radio “SER Aventureros” he oído a los locutores hacer un comentario sobre el reciente eclipse de luna, que no hemos podido observar en España, al menos en la zona donde yo vivo, por causa de la nubosidad. Decían que ha sido un eclipse espectacular que tardará unos años en repetirse. ¡Mala suerte! Sin embargo, sí que pude disfrutar del eclipse total de sol que tuvo lugar hace cuatro años, creo. ¡Que curioso! Recuerdo perfectamente que aquella mañana estaba cocinando uno de los platos favoritos de mi hija, unas berenjenas rellenas. Es uno de esos platos a los que hay que dedicar un buen espacio de tiempo, para comprobar después cómo los comensales dan cuenta de él en un abrir y cerrar de ojos. ¡A lo que vamos! Mientras cocinaba, iba notando cómo la luz disminuía paulatinamente, hasta obligarme a encender el fluorescente de la cocina. De cuando en cuando abandonaba momentáneamente mi tarea para salir a la terraza y contemplar el poco frecuente fenómeno, y el desconcierto de los pájaros ante la inesperada llegada del anochecer a hora tan inusual. Disfruté mucho contemplando las espectaculares imágenes ofrecidas por la televisión, pero no sucumbí a la tentación de observarlo al natural, aunque según dijeron no volvería a repetirse hasta el 2027. Puede que como decía mi madre “para entonces todos calvos”, dando a entender que era posible que ya hubiésemos pasado a mejor vida. Ella nos contaba que hace ya mucho tiempo, en los años de la posguerra, cuando el hambre hacía sonar las tripas, ella fue con otras mujeres a recoger garbanzos al campo. Era media tarde y de repente el cielo se oscureció hasta hacerse de noche. Ellas no supieron entonces explicarse el porqué.
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