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El alma al aire

¡Gracias por el regalo de tu vida!

No esperaré a que el viento frío de la muerte descorra las cortinas de mi alma y deje al descubierto la veta del amor, como ocurrió con nuestro padre.
¡Quiero cantarte viva!
Mi voz se torna grito apasionado al dirigirme a ti, mujer que me parió en Castilla, por las fiestas del Santo Labrador.
La que sintiera los primeros dolores del alumbramiento al perseguir, vientre abultado, al infeliz pichón que tuvo la desdicha de estrenar sus alas aquel día.
A la mujer que me crió a sus pechos, que me cubrió de besos y caricias, que acompañó mis torpes pasos, que consoló mis penas y acompañó mis risas.
La que veló conmigo la erupción de mis dientes y, tantas noches del invierno crudo, supo engañar al picor de mis pequeños pies, convertidos en un inmenso sabañón, al dolor que taladraba mis oídos o al rojo ardor del sarampión.
La que sufrió los años de posguerra al escuchar los ruidos de mis tripas, huérfanas de pan blanco, y al contemplar mis manos recorriendo ansiosas el cajón en busca de unas migas.
La que portaba airosa el cántaro de barro y soportó, valiente, la calumnia indigna.
La que cantaba a menudo, escoba en mano, pregonera de tristezas y alegrías.
La que me vio crecer y me besó en mis hijos.
La que se hundiera un día en negro pozo cuando la muerte apareció en la puerta para llevarse a su hombre.
¡ Bendita seas, madre! ¡Gracias doy al buen Dios por el hermoso regalo de tu vida!
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