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El alma al aire

Crónica familiar de un partido memorable

Se nos ha hecho algo tarde para cenar. La culpa ha sido mía porque he vuelto a casa pasadas las siete. Mientras preparo la cena Ana entra en la cocina muy emocionada.
-Hay fútbol, mamá. ¡El partido de la Eurocopa! ¡Éste sí que no me lo pierdo!
-¿Ah, sí? ¿Y quién juega?- pregunto, intentando mostrarme interesada.
-¡Hija, mamá! ¡No entiendes nada! Juegan España y Malta.
-Ah- contesto, como disculpándome por mi ignorancia.
¡Fútbol! Palabra mágica para miles de forofos, hombres, mujeres y niños desde la más tierna edad. ¡Fútbol! Palabra terrible para los no iniciados, entre los que me cuento, los bichos raros que no encontramos ningún aliciente en contemplar las carreras y peripecias de veintidós jugadores corriendo tras un balón. Es norma en nuestra casa comer y cenar con la televisión apagada. Nos parece que representa un obstáculo para la comunicación en esos preciosos y escasos momentos en que la familia logra estar reunida. Pero esta noche, no. Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza pulsar el interruptor. Me he limitado a dar media vuelta a la mesa familiar para lograr la máxima visibilidad para los cuatro aficionados de mi casa. Comienza el partido. Procuro hacerme invisible mientras coloco platos y cubiertos. El ambiente se va caldeando.
-Lleva la pelota Carrascooo- grita el locutor- pasa a Gordillooo, chutaaa, yyy…
-¡Uyyy!- puñetazo en la mesa del pequeño.
-¡Oh qué lástima!- sigue la voz del locutor - se ha desviado la pelota hacia la izquierda.
Algunas noches, según el menú, hay que soportar las protestas de mis hijos. A uno no le va la verdura, al otro el pescado. Hoy, no. Es verdad que la cena es de su gusto, pero estoy segura de que hubiese dado lo mismo. Engullen sin mirar qué, con los ojos fijos en la pantalla, acompañando con sonoras exclamaciones los lanzamientos del equipo español. Un jugador contrario empuja a uno de los nuestros, (claro que también los nuestros hacen lo propio con los visitantes) mis hijos se inflaman, les llamean los ojos, tienen la cara roja por la ira, y hasta se escapan de su boca palabras ofensivas.
-¡Mongolo!
-¡Idiota!
-¡Ya está bien, niños! - digo intentando llamar al orden.
Es inútil. Es la fiebre del fútbol. Javier frunce los labios y espurrea despectivamente. El abuelo, que cena a su lado, lo observa y ríe los gestos del nieto favorito. Y así, entre la tristeza por el empate y la alegría por el tres a uno, termina la cena y el primer tiempo. Al comenzar el segundo, el abuelo dice a Ana que le pica el sabañón y que le busque la pomada. Mi hija, que suele ser atenta con su abuelo, protesta porque va a perderse cuatro minutos del partido. El abuelo se viene a la cocina. Él se da la pomada y yo friego la vajilla. Hasta nosotros llegan los rugidos.
- Los españoles no tenemos remedio – sentencia mi padre meneando la cabeza, como si esta locura fuese exclusiva de nuestro país- Me voy a dormir.
-¡Hasta mañana, padre!
Un alarido de entusiasmo nos invade. Ana entra en la cocina dando saltos. ¡Cuatro a uno!
-Tenemos que meter once goles para empatar y doce para ganar, mamá.
-¿No pensarás que van a meter esos goles, ¿verdad?
Pero…¡sí!. Vienen uno tras otro, sin dejar resollar al portero.
-¡Siete a uno! ¡Ocho a uno! ¡Nueve a uno!
De repente me encuentro en el cuarto de estar mirando, ahora a la pantalla, ahora a mis hijos, que se contorsionan, incapaces de resistir la excitación. Se encuentran al borde del paroxismo. La mayor se sienta de golpe en el suelo. El mediano, el más nervioso, va al otro extremo de la habitación y golpea con los nudillos el cristal de la ventana. El pequeño bota encima del sofá como una pelota elástica, y lanza alaridos al estilo de los de los indios en las películas del oeste. Mi marido está silencioso. Al llegar al undécimo, suelta un…¡Gol!, en un tono grave y concentrado.
-¡Pobre! Mirad la cara del portero- digo – Yo que él decía: “Hala, me voy a casa, ya no juego más”, como hacen los chicos cuando se enfadan.
¡Y uno más! ¡Doce a uno! Toda una hazaña. ¡Qué señor es Juan Señor! Y entonces la presa se desborda por completo. Saltos, gritos, abrazos. Yo también me siento contagiada por la euforia del momento.
-¡Sí, sí, sí! ¡Vamos a París!
-¡Sí, sí, sí! ¡España va a París! – ruge la hinchada. Hasta a los locutores les produce gallos la emoción.

Ya ha vuelto la calma a mi casa. Mis hijos están acostados. No sería raro que esta noche, en sueños, se propinaran algún puñetazo. ¿ Habrá muerto algún espectador, víctima de un ataque cardíaco? Me imagino al pobre portero maltés sufriendo horribles pesadillas: Tiene su portería protegida por unas puertas de hierro macizo, pero…¡horror!, la maldita pelota llega a las mallas una y otra vez colándose a través del ojo de la cerradura. Se despierta, y al dormirse el tormento se repite.
¡Vaya noche! La verdad es que durante más de hora y media millones de españoles han olvidado la mayor parte de sus problemas. Sus corazones, como relojes perfectamente sincronizados, han latido al unísono, formando un solo, loco y apasionado corazón.
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