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El alma al aire

Viejo Olmo

Hay una vieja ermita junto al río. Una ermita que antaño fue sereno retiro de hombres silenciosos, hombres de largas barbas y cuerpos flacos bajo toscos sayales pardos, mortificados por el cilicio y el ayuno. Suaves aromas de aliaga y de tomillo bajan del monte hasta la ermita en primavera. El crudo cierzo del invierno azota sin piedad sus gruesos muros, intentando romper en vano su estrecho abrazo con la roca, golpea ciegamente sus ventanas, eternos centinelas frente al río, silba a través de las rendijas que abre la carcoma, y sus silbidos semejan en la noche lamentos de espíritus atormentados recorriendo sin tregua las vacías estancias.
Hay un viejo olmo junto a la ermita. Un hermoso árbol con la corteza tatuada como el pecho de un fornido marinero; manos jóvenes y enamoradas la hirieron grabando sobre ella letras, fechas, símbolos de eterno amor.
El aire ha llenado de voces la tranquila mañana. Llegan voces sobresaltadas hasta la ermita, voces que se enredan en las ramas de los álamos del río y quedan presas entre las rocas y las breñas del monte cercano. Algo ha venido a turbar el gran silencio. Ese silencio sólo roto por el rumor del agua, el canto de los pájaros, el suave murmullo de la brisa o el rugido ronco del viento. Aupándose sobre su firme tronco, desde su rama más alta, Viejo Olmo puede divisar, aguas arriba, un desacostumbrado movimiento de gentes junto a la orilla. Las aguas bajan alborotadas. Hablan todas a la vez, como viejas comadres en día de fiesta por la Calle Mayor. Ni siquiera escuchan la voz del árbol que clavado en el suelo, impotente y ansioso, intenta hacerse oír. Hay un instante de silencio. ¡Un hombreee ha querido dormir para siempreee acostado sobre el duro lecho del ríooo!, pregona la voz del agua frente a la ermita.
Viejo Olmo siente oprimirse su duro corazón de madera, y como si el frío invernal hubiese comenzado a soplar de repente, un escalofrío recorre de arriba a abajo su rugosa corteza. El árbol se siente amigo de los hombres. Ha escuchado tantos juramentos de amor... tantas y tan tiernas confidencias... Ha visto a los hombres llorar y reír a sus pies. Y un día, sin saber cómo ni por qué, descubrió que podía gozar y sufrir como ellos.
A las gotas de agua, incansables y eternas viajeras, les gusta sentirse acariciadas por el ardiente sol y, convertidas en una tenue gasa, suben a contemplar la tierra desde las blandas masas de algodón. Ante su mirador en continuo movimiento desfilan nevadas cumbres que el hombre nunca ha hollado con su pie, bosques inmensos, pueblos blancos... Se mueven perezosamente por los caminos del cielo empujadas por la brisa, hasta que un día son arrojadas furiosamente hacia el abismo. Entrarán en las entrañas de la madre tierra formando invisibles riachuelos, o se deslizarán vertiginosamente ladera abajo en la montaña quedando presas entre los turbios remolinos del pequeño torrente, morderán luego con violencia las orillas del arroyo, para encontrarse al fin de su azaroso viaje en la tranquilidad y somnolencia del viejo río. Y cuando las aguas se sienten fatigadas de su eterno vagar, encuentran el reposo en la amable quietud de los remansos.
A Viejo Olmo le resulta muy fácil escuchar lo que murmuran las aguas del remanso junto a la ermita.
-¡Todavía estoy asustada! Debería haber una ley que prohibiese venir a dormir al río a los extraños.
- Para mí no era un extraño. Lo conocí hace... ¿cuarenta?, ¿ tal vez cuarenta y cinco años? No lo sé. Las gotas perdemos la noción del tiempo ¿no es verdad? Fue una noche de invierno en un pequeño pueblo de Castilla. Una muchacha se había casado con un forastero aquel día. El novio debía pagar cierta cantidad de dinero a los mozos. Esa era la costumbre; pero él se negó a pagar. Los mozos pasearon durante horas la calle haciendo sonar enormes cencerros. Mas de pronto, la puerta de la casa se entreabrió sin ruido y por la negra abertura asomó el frío cañón de una escopeta de caza. Sonó un estampido seco, y la bala, atravesando la gruesa bufanda de lana, se hundió en la cabeza de un rondador dejándolo sin vida. El muerto era casado. Juan era su hijo mayor, tenía nueve años; era un niño moreno, de ojos negros y vivarachos. Unos golpes violentos en la puerta y un grito desgarrado lo despertaron. Luchando contra el sueño que le pesaba en los párpados y se empeñaba en cerrarle los ojos, Juan siguió a su madre por los oscuros callejones hasta encontrarse con el cuerpo de su padre, tendido sobre una manta. ¡Qué apagados estaban aquellos ojos! ¿Eran de verdad los ojos de su padre? A él le gustaba salir a las afueras del pueblo al atardecer, para esperarlo cuando volvía del monte después de haber encerrado las ovejas en el corral. ¡Cómo brillaban entonces aquellos ojos, cuando él arrancaba a correr a su encuentro! ¡Y qué frías sus manos! Aquellas manos rudas que oprimían con firmeza y ternura las pequeñas manos de Juan. Sintió un doloroso estremecimiento y comenzó a llorar. Fue un llanto largo. Sentía que algo se le iba rompiendo por dentro. Fueron sus últimas lágrimas de niño. Cuentan que desde entonces nadie lo vio reír. Cambió sus sencillos juegos infantiles por el cayado y el morral, y recorrió con sus ovejas, día tras día durante años, los campos y los montes de su pueblo. Nunca se acercó a la hoguera la noche de San Antón, ni saltó sobre las brasas brillantes como hacían los otros mozos cuando el vino quemaba sus entrañas y les hacía creer que podían volar sobre el fuego. Nadie lo vio bailar en las fiestas de San Ramón, ni rondar a las mozas en la medianoche.
- También yo lo conocí- añadió otra gota de agua. Un día, mientras sus ovejas bebían, se arrodilló junto a mi pequeño manantial para calmar su sed. En sus ojos había rencor. Tal vez porque sabía que el hombre que había matado a su padre estaba ya en libertad.
Viejo Olmo empieza a adivinar la terrible tragedia. Nuevas gotas viajeras intervienen en la conversación.
- Yo puedo contar algo más. Era una mañana de primavera. El aire estaba colmado de la fragancia de la tierra, despierta ya de su largo letargo invernal. Los sembrados formaban una inmensa alfombra verde, los montes vestían las galas multicolores del tomillo, la salvia y el romero. De todos los rincones brotaba una palabra: ¡vida!, que el eco iba repitiendo una, dos, tres, cien, mil veces, en todas las direcciones hasta el infinito. ¡Qué gran imprudencia la de aquel hombre al dejarse ver por el pueblo de Juan! Tal vez pensó que con la cárcel había pagado su culpa. Cuando ya se marchaba, por el camino solitario que atravesaba un espeso encinar alguien gritó su nombre. Al volver la cabeza vio a Juan con la escopeta de caza. Empezó a correr. Gruesas gotas de sudor surcaban su frente. Un primer disparo a las piernas le hizo caer. Dos nuevos disparos segaron su vida.
- Yo adiviné la ansiedad de la madre de Juan mientras salía a esperar al hijo que no volvía.
- Yo vi llorar a la mujer y a los hijos del muerto.
- Yo pude ver al mozo cuando se entregó a la Justicia declarándose culpable.
¿Todavía amas a los hombres Viejo Olmo? ¡Qué horribles dramas provocan sus pasiones! En su corazón habita el odio, el rencor, la ambición, la soberbia... Se cimbrean los juncos de la orilla, suaves rizos adornan las aguas del remanso, se escapa música de entre las jóvenes hojas de los álamos. Es el viento que llega. También un día, quince años atrás, el viento se encontró con Juan.
- Cierto día- cuenta el viento a las aguas- mientras cumplía mi obligación de ventilar la tierra de los hombres, tropecé contra las duras piedras de un alto y poderoso muro. Lo remonté. Rodeaba un robusto caserón de aspecto triste. Gruesos barrotes amordazaban todas sus ventanas. Tras de aquellas rejas vi a Juan. Miraba a lo lejos, como si intentase descubrir en el lejano horizonte su casa, su fiel perro, los trigales, ondulantes mares verdes en la primavera, henchidos de doradas espigas en tiempos de la siega, los oscuros encinares de su pueblo...
Va cayendo la tarde. Pronto oscurecerá. Unos pájaros han hallado confortable cobijo entre las ramas de Viejo Olmo. Mientras llega la quietud de la noche ahuecan la ligera manta de sus plumas y desgranan su pena por el triste suceso del día que termina.
- Lo conocía. Lo he visto muchas veces en el viejo mercado junto a su pequeño puesto de frutas. Había conseguido una buena clientela. “¡Buenos días, Juan!” “¡No me pongas esos plátanos tan verdes!” “¡No me engañes! Esas peras tienen mala cara... ” “¿ Son dulces esas ciruelas, Juan?” “Mañana vendré a coger patatas. ¡Adiós Juan! ” Y Juan sonreía. Cuando las gentes de su pueblo venían a la ciudad y pasaban por el mercado se acercaban a saludarlo. Él apretaba fuertemente sus manos y les miraba con los ojos húmedos por la emoción. “Si pudiera volver atrás, no lo haría por nada del mundo”- le oyeron decir. Ayer vi a Juan. Junto a él había un hombre que le echaba en cara su pasado. No sé por qué. Los hombres cuando están dominados por la ira hacen tanto daño... Yo miré a Juan y sentí miedo. En su cara había dolor, cansancio, desesperación... Unos inmensos deseos de olvidar para siempre, de dormir para siempre. Por eso, para que nadie pudiese interrumpir su sueño, ha venido a acostarse sobre el duro lecho del río.
Ha llegado la noche. El viento está quieto. Sólo el monótono rumor de las aguas bajo los arcos del puente rompe el profundo silencio. Una pequeña estrella parpadea allá en lo alto. Con sus guiños parece querer enviar un secreto mensaje a alguna parte de la tierra.
-¡Eh! ¡Escucha Viejo Olmo! ¿Qué es eso que resbala por tu corteza? Juraría que son lágrimas...
Lloras acaso por el hombre que ha venido a dormir al río? ¡No llores más! Cuando el cuerpo de Juan se deslizaba hacia el fondo y su vida se escapaba entre las pequeñas burbujas que salían de su boca su pensamiento ha volado hacia el Señor de la Vida. “¡ Perdóname!”- le ha dicho- “Estaba tan cansado... Por segunda vez he olvidado que la vida es sólo tuya.” Una mano fuerte y poderosa ha sostenido la temblorosa mano de Juan, y a través de un oscuro sendero, han caminado hacia el País de la Vida, allí donde no llega la tristeza, el rencor, ni la ira de los hombres.
Gruesas gotas humedecen la corteza del árbol. Pero no siente ya tristeza. Como a veces les ocurre también a los hombres Viejo Olmo llora ahora lágrimas de felicidad.
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5 comentarios

Corazòn... -

Holas;

Le extraño...espero este bien...un beso.

Corazón... -

Holas:
Sólo pasaba por aquí visitando a las estrellas, se le extraña. Espero q este bien, y le dejo un enorme saludo y mis mejores deseos.
;o)

_Mary_ -

Hola Toria:

De visita por tu espacio, el cual no visitaba desde hace días. ¡¡Ya tengo blog!!, y espero algún día me visites, hago un intento por escribir.
Está muy hermosa esta historia de un árbol un olmo en especial; la mayoría de los seres humanos no valoramos su presencia y existencia dentro de la naturaleza, ya sea uno solo o del conjunto en general. Hay mucha devastación de bosques a nivel mundial, nos los estamos acabando, y con ello el habitat.
Saludos desde México.
.

Corazòn... -

Como siempre mui bonito. Un saludo.
;o)

buho -

Bella, muy bella la narrada vida del olmo que asiste a la lluvia, al viento y a las andanzas de los humanos. Muy hermoso relato...
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