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El alma al aire

El palomar

En la parte alta de nuestra casa del pueblo hay un viejo desván, grande y destartalado, mitad cuarto trastero, mitad despensa. Se llega hasta él por unos desportillados escalones de ladrillo rojo. Tiene las paredes renegridas por el polvo acumulado con el paso de los años y las vigas combadas por el peso de mil lluvias. Se pueden encontrar en mi desván las cosas más heterogéneas: frascos de conserva, garrafas de vino, tinajas de miel, varios baúles viejos por los que asoman tristes muñecas mutiladas, ositos de goma descoloridos… preciosos tesoros que mis hijos esconden para salvarlos del terrible cubo de la basura que todo lo devora. Unas largas varas cuelgan del techo. En ellas se curan durante el invierno los ricos embutidos caseros. Hay ajos y cebollas enristrados y guirnaldas de pimientos rojos como alegres farolillos de feria. En el otoño, extendidas sobre cañizos sobre el suelo, suele haber uvas negras y fragantes manzanas rojas. Huele bien entonces mi desván. Casi se olvida una de que es tan viejo. Adosada a una de las paredes, una empinada escalera de tablas conduce a un pequeño palomar. ¡Palomas! Palabra que despierta en mí lejanas resonancias. Cuenta mi madre que, unas horas antes de mi nacimiento, corrió tras un joven pichón que había caído del nido sin saber volar. Logró alcanzarlo, pero poco después, quizás como consecuencia de la carrera y el sofoco, le llegó la hora del parto. Años después, cuántas veces mis ojos de niña contemplaron extasiados en el cielo castellano el vuelo de las palomas yendo a posarse en los arreñales cercanos, el repentino desconcierto provocado por el disparo lejano de un cazador y la rápida vuelta al tibio refugio del palomar. Tener palomas fue durante años uno de mis secretos sueños. Y la primera vez que subí la empinada escalera hasta el desvencijado palomar, supe que aquel sueño, casi tan viejo como yo misma, iba a convertirse en realidad. Con la energía que proporciona aquello que deseas vivamente convencí a mi padre. Él tapó agujeros, encaló las paredes, hizo un comedero de madera y colocó varios nidos. Ya tenía palomar, también tendría palomas. Vencí la resistencia de mi marido ante lo que consideraba tan sólo un capricho extravagante y, al fin, quizás por que lo dejase tranquilo, me regaló una joven pareja de palomas. Las vi crecer, esperé pacientemente la primera puesta y contemplé, día tras día, aquellos dos pequeños huevos hasta verlos convertidos en dos rebullitos de carne con ojos saltones y picos desmesuradamente abiertos.
Ha pasado el tiempo. Bulle la vida en mi palomar. Me gusta observar a las palomas a través de las rendijas de la puerta. Las veo ahuecar sus plumas y acurrucarse al sol, acariciarse tiernamente con sus picos, posarse en la ventana para mirar a través de la red el cielo azul, tan próximo y tan lejano a un tiempo. Veo a los pichones introducir glotonamente sus picos en la garganta de sus padres para tomar el alimento. Es curioso comprobar ciertas semejanzas entre el comportamiento de las palomas y el de los seres humanos. Las hembras defienden ferozmente, a picotazos, su hogar y su macho de las coquetas del palomar. Los machos asedian desvergonzadamente a las otras hembras mientras en el nido su pareja calienta amorosamente sus huevos. Mis palomas me huyen porque saben que asalto cobardemente sus nidos y les robo sus crías, por eso, cuando me ven entrar, levantan el vuelo asustadas formando remolinos de plumas, y me miran inquietas desde un rincón. Solamente algún macho, ignorándome, persigue tenazmente a su pareja, porque su deseo de hembra es superior al temor hacia mí. Junto a la ventana tiene su nido una paloma sin compañero. Puso los huevos, valerosamente los incubó ella sola durante cerca de tres semanas, abandonando el nido sólo lo imprescindible para comer y beber. Hoy he descubierto en el nido un pichón. En esta tarde calurosa, mientras mi cuerpo se tuesta al sol en la pequeña terraza, y con los ojos fuertemente cerrados imagino rumores de olas y brisas marinas, a través de la ventana abierta oigo piar al pequeño pichón. Lanza su pío al aire con todas sus fuerzas. ¿Qué importa mi origen?- parece decir. ¡La vida es lo que importa! ¡He nacido! ¡Estoy vivo! ¡Quiero vivir!
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3 comentarios

Anónimo -

yo no estoy en
éxico como tus lectoras pero quiero agracerte tu apuesta por la vida a pesar de las dificultades que son reales y viene juntas. Vamos alanzar al aire nuestros deseo de vida como anticipo de la Pascua. No te canses, te queremos así de viva y atenta a la vida.

_Mary_ -

Muy bonita historia, de esas que parecen sacadas de los cuentos, pero por la descripción es real.
¡¡Me encantó!!
Saludos desde México.

Corazòn... -

Buenos dìas Toria:
Encantada de saludarle...y agradecerle su atenciòn por sus visitas...
Si, en dìas pasados he estado deprimida, sabe...me someti a una cirugia...y aunque no fue de riezgo...siempre me entro la depre, pero gracias...estoy muy bien y deseosa de seguir viviendo!!!
De este articulo me ha encantado el final...
He nacido...estoy viva...y quiero vivir...
Muchos besos y saludos desde Mexico...

;o)
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