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El alma al aire

Los caracoles

A madre y a mí nos gusta mucho ir a buscar caracoles. Salimos de casa muy temprano, calzadas con nuestras botas de goma. Me están algo grandes. ¡Clac! ¡Clac!- voy haciendo al andar. ¡Qué hermoso está el campo esta mañana! Ayer el fuerte chaparrón acobardó a las hierbas, y los tallos tiernos se inclinaban vencidos por el peso del agua. Pero hoy todo parece haber crecido de repente. La esparceta luce sus vistosas flores color rosa. El aire está lleno de perfumes, y los rayos del sol madrugador arrancan brillos a las gotas prendidas de los juncos. Partimos del viejo lavadero. Despacio, para no dejar ninguno atrás. ¡Ahí están! Han abandonado sus refugios despreocupadamente y pacen entre las hierba tierna, dejando tras de sí un camino de plata. Los hay de todos los tamaños: los más gordos- los abuelos, les llamamos- y los pequeños caracolillos que apenas me atrevo a tocar por miedo de quebrar su concha frágil. Madre me dice que debo coger las reginetas. Son pequeñas, pero ricas en sabor. Tienen la concha a rayas negras y blancas y se ven fácilmente entre los juncos. Cuando vas a cogerlas se dejan caer de repente intentando escabullirse, pero no tienen salvación. En los agujeros del ribazo se ven numerosos huevecillos, cientos de menudas bolas formando pequeños rosarios blancos. Me gusta contemplar al caracol mientras camina. Pongo uno muy gordo sobre mi mano. Titubea unos instantes intentando ocultarse dentro de su concha. Después, perdido el miedo, estira largamente su cuerpo y se desliza por mi palma, moviendo sus cuernos arriba y abajo. Yo le canto:
- ¡Caracol, col, col,
saca los cuernos al sol,
que tu padre y tu madre
se han ido a Aragón,
a comprarte unos zapatitos
pal día el Señor.
Pongo el dedo en uno de sus cuernos y él lo esconde, y al momento vuelve a aparecer. Ahora pruebo con el otro. Después hago lo mismo con sus cuernos cortos. De pronto, no sé por qué, me vuelvo mala y necesito hacerle daño. Sujeto fuertemente el cuerno entre mis dedos. ¡Ayyy! El pobre caracol se encoge, tira y tira hasta que queda libre del suplicio, y se encierra dolorido dentro de su concha mientras arroja abundante espuma verde. ¡Son sus lágrimas!
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1 comentario

_Mary_ -

Toria:
No sé por qué, pero tus escritos me remontan a la niñez...
Te cuento... En la casa de mi madrina tenían un criadero de caracoles para consumo familiar -yo nunca los probé-. En las largas hojas de los lirios morados, pegados a ellas había cientos de ellos, todo era concha y cuernos. Las primas íbamos a jugar al corral y siempre rematábamos en los famosos caracoles. Con una vara los tirábamos al suelo y pasábamos una y otra vez oyendo el crujir de sus conchas, ¡pobres animales!, pero así somos cuando niños. Jamás probé y he probado una caracolada ni nada que se le parezca, aun recuerdo esas travesuras de la niñez.
Gracias por tu comentario y visita a mi espacio.
Saludos desde México.
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