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El alma al aire

El Ruidero

Hemos salido de la escuela, vamos a casa y dejamos las carteras en el portal. Madre nos espera con la merienda preparada.
- Nos vamos al Ruidero- dice.
El Daniel se enfada porque se quiere ir con sus amigos. Grita y dice muchas veces que él no piensa ir. Madre, la María y yo cogemos el camino de la Fuente. Miro hacia atrás muchas veces para ver si viene El Daniel. Al dar la vuelta a la Revilla ya nos ha alcanzado. El aire seco nos quema la cara y pone duro el pan de la merienda. Cantamos. A madre le gusta mucho cantar y sabe bonitas canciones. En casa, casi siempre está cantando, menos cuando está preocupada o si ha reñido con padre. Sin casi darnos cuenta ya estamos cerca del Ruidero.
Padre lleva a renta un huerto pequeño que está entre la acequia y el camino. Siembra judías cebollas, tomates, coles, remolacha… Hizo una balsa para retener el agua,y unos escalones para bajar hasta ella. Madre se coloca en la orilla, llena el pozal y, torciendo el cuerpo, echa el agua en el surco. Así, diez, veinte, treinta veces... El agua va empapando la tierra seca y forma un pequeño río, surco adelante. El Daniel y la María vigilan el otro extremo del huerto para avisar a madre cuando el agua haya llegado hasta el final. A veces se turnan para ayudar a madre. Mientras, yo me mojo las manos, veo volar las libélulas y me divierto viendo las carreras de los patinadores que se deslizan muy deprisa por el agua. Cuando madre echa el agua de golpe, las gotas caen sobre las hojas de las coles y van resbalando hasta quedar inmóviles, convertidas en brillantes perlas transparentes que yo miro embobada. Muevo la hoja con cuidado y la perla se alarga y se rompe en perlas menuditas que se deslizan, hoja abajo, hasta acabar juntándose de nuevo. Luego me siento sobre la hierba, de cara al viejo Costanazo, el gigante de piedra que se levanta sobre mi pueblo. Y entonces tengo un caballo blanco. Me monto en él y galopo aprisa, muy aprisa, hasta llegar al pueblo. No hay nada más. Ni huerto, ni Ruidero, ni madre, ni el Daniel, ni la María… Sólo yo con mi caballo ligero como el viento.
- ¡Madre! ¡Madre! ¡Topos! ¡Salen topos! Es la María que grita. Me levanto de un salto y corro a ver los topos. Sobre el agua flotan unos pequeños animales muertos. Madre mira y dice:
- ¡No son topos! ¡Son conejos!
- ¡Pobrecitos! La madre coneja se sentirá muy triste cuando vuelva.
El sol se va escondiendo y pone manchas rojas en las nubes. Volvemos hacia el pueblo.
Es casi de noche. Los grillos han empezado su concierto. La María, el Daniel y yo cantamos para espantar el miedo. Brillan cada vez más cerca las pobres luces de las calles. Suenan los cascos de las caballerías camino de la fuente y suena el silbido de una copla en la oscuridad. Por el Viso suenan cada vez más próximas las esquilas de las cabras de la vicera y el aire se llena de balidos y de olores. Huele a tomillo, aliaga y romero, todo mezclado con el olor agrio y penetrante del macho cabrío.
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