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El alma al aire

Los pizarrines

La María, el Daniel y yo tenemos cada uno una pizarra para la escuela. En ella copiamos las cuentas que nos pone el maestro de deberes. Yo hago sumas y restas y mis hermanos hacen divisiones muy largas, tan largas que ocupan toda la pizarra. Si nos equivocamos borramos con el trapo que cuelga de un cordón. A veces escupimos un poco para mojar el trapo, así se borra mejor. Madre nos compra a veces unos pizarrines de manteca, pero se acaban pronto, así que tenemos que hacérnoslos nosotros mismos. El Daniel y otros chicos mayores van con pozales y azadillas hasta cerca de la vía del tren, a un sitio donde hay piedra de pizarra. Con los pozales casi llenos y descansando muchas veces, porque la carga pesa y el camino es largo, llegan por fin al pueblo. Los pequeños los vemos llegar desde el castillo. Entonces bajamos a la plaza y…¡hala!, nos ponemos todos a hacer los pizarrines.
No todo el mundo sabe hacerlos ¿eh? Hay que escoger un buen trozo de pared de cemento, como por ejemplo la del frontón, o la de la casa del cura.. Entonces, coges el trozo de pizarra en la mano y te deslizas a la derecha y luego a la izquierda, muchas veces. Así la piedra se va desgastando. Se va quedando larga y delgada. El suelo se llena de polvo amarillo y también los pies, y las manos, y las pestañas, y el pelo, y el vestido. ¡Todo! ¡Todo se vuelve amarillo! La Carmen se enfada con el Pablo porque él le ha dado un susto y se le ha caído el pizarrín. ¡Plas! ¡Ya está hecho pedazos!. Después el Carlos y yo que íbamos muy deprisa y en distinta dirección hemos chocado
y… ¡adiós pizarrines! El Daniel, el Chivín y el Goyo saben hacer unos pizarrines largos y redondeados que nos dan mucha envidia. Yo le pido uno al Daniel. Se lo pido muchas, muchas veces, sin cansarme, hasta que me lo da.
- ¡Tomaaa! ¡Para que te calleees!
Empieza a oscurecer. Las chimeneas dejan escapar sus ondulantes cintas de humo y las calles se llenan de olor a carrasca y a romero.
- ¡Huele a tortilla de patata!- dice el Daniel.
- ¡No! ¡Huele a huevo frito con chorizo!- digo yo.
La boca se nos hace agua y, pronto, cada mochuelo a su olivo- como dice madre- tomamos el camino de casa mientras nos sacudimos el polvo. Madre se lleva las manos a la cabeza cuando nos ve llegar.
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