Blogia
El alma al aire

Una tarde en la ciudad

¡Qué interminable tarde! ¡Qué aburrida y odiosa resulta a veces la ciudad! Estoy sentada en una cafetería cercana a la estación, haciendo tiempo para coger el tren. Tomándome un café que a buen seguro me impedirá dormir, y oyendo, sin oír, la animada conversación de una joven pareja en la mesa vecina. Hay música de fondo, y el rumor de la ciudad llega hasta aquí amortiguado por las paredes del local, tornándose en feroz rugido cada vez que un cliente abre las puertas para entrar o salir. Mi corazón añora sin remedio el hermoso silencio de la montaña. ¡Tres horas y media! ¿Cómo pueden resultar tan largas y tediosas? Yo doy fe de otros días y otras horas de mi vida, transcurridos como un suspiro. ¡Condenado reloj! Quiere hacernos creer que él es el estricto vigilante de las horas, que las hace transcurrir, medidas, exactas… pero yo sé muy bien que no es así. ¿Quién podrá convencerme de que son iguales las duras horas del dolor y aquellas otras en que el gozo te rebosa por dentro, las de aquella tarde de verano cogiendo té, o aquella otra con el cuerpo acostado cara al cielo sobre la hierba esmaltada de flores diminutas, frente a la ermita, con el cielo esplendoroso como techo, y aquel silencio salpicado de trinos y rumores vegetales.
He venido a la ciudad para hacerme unas radiografías. Han fotografiado abundantemente mi esqueleto. De frente, talones apoyados en el panel. ¡No respire! ¡Clas! ¡Respire! Ahora de perfil. Con los brazos cruzados sin apoyar en el cuerpo. Y toda aquella enorme maquinaria que se mueve y resopla como un monstruo. ¡No respire! ¡Clas! ¡Respire! ¡Descanse! Y la enfermera quitando las radiografías hechas y colocando nuevas placas. Ahora de perfil con la barbilla levantada, en un gesto entre impertinente y ridículo. El monstruo vuelve a moverse. La ventanita brillante me enfoca de nuevo. Mi postura no es correcta, porque la joven entra y me recoloca. ¡No respire! Yo contengo la respiración intentando hacerlo bien, y a ella debe de habérsele olvidado decirme que respire, tanto que me está faltando el aire. ¡Respire! ¡Qué alivio! ¡Ya está! Espero que el doctor Ferrer no encuentre demasiado fea mi columna. Hace unos días fui a su consulta. Supongo que ya hace años que dejó de hacer los ejercicios- me dice. ¡Que los haga el doctor Ferrer! - continúa. Yo me río al oírlo. Siete años son muchos años para hacer religiosamente los ejercicios sin cansarse. Nadie se acuerda de santa Bárbara hasta que no truena- pienso. Esos siete años han cubierto de canas la cabeza de este médico de trato amable y campechano. ¡Desnúdese de la cintura para arriba! Y a una le entra un ataque de pudor. ¡ No hace falta que se quite el sujetador! ¡Vaya, menos mal! ¡Inclínese hacia delante! ¡Ahora hacia atrás! Me coge del brazo izquierdo y me hace girar el tronco. Luego con el brazo derecho. ¿Duele? ¿Aquí? Luego las piernas. Cuando termina, mi cuerpo reumático protesta ferozmente. Voy a mandarle hacer unas radiografías. Esto va a suponerme varios viajes a la ciudad. Para hacerme las radiografías, para llevar los resultados. Y así se van consumiendo los días de vacación que en sus comienzos aparecen repletos de infinitas y maravillosas posibilidades.
Lo primero que he hecho esta tarde al salir de la estación ha sido ir a las oficinas de mi entidad médica a recoger un talonario de cheques de asistencia y el nuevo cuadro médico. Y al poco de salir, quizás por un golpe de viento o quién sabe por qué, se ha desprendido el asa de mi bolso. ¡Santo cielo! Los cheques, el talonario de recetas, el cuadro médico viejo con sus hojas desprendidas, la prescripción médica para las radiografías…¡Todo! ¡Todo volaba por los aires! Parecían una bandada de pájaros enloquecidos, y estaba mi corazón presa del pánico. ¡Adiós prescripción! ¡Adiós radiografías! Tendré que comenzar de nuevo…¡Qué horror! ¡Mira, mamá, esa señora ha perdido los papeles! ¡Mira! ¡Mira cómo vuelan! ¡Jo, tío, mira ésa…¡Todo se le ha ido volando! ¡Ay qué pobre! ¡Mira que como sean papeles importantes…! ¡Lo tiene crudo! Puedo adivinar lo que dicen. Están en el autobús y en los coches que circulan por la calzada, no demasiado lejos del escenario de mi desgracia. Pero nadie corre en mi ayuda. Ninguna de las personas que van delante de mí parece preguntarse sobre el origen de aquella repentina aparición de papeles voladores. Nadie vuelve la cabeza para averiguarlo. Yo corro tras los papeles como aquel tonto del pueblo tras el billete de mil pesetas atado al extremo de un hilo invisible y, cuando ya parece que los tengo a mi alcance, un nuevo golpe de viento impulsa de nuevo su loca carrera. Durante unos segundos, que a mí se me han antojado una eternidad, he tenido todas mis energías concentradas en recuperar los documentos perdidos, ajena a la curiosidad que haya podido despertar en los viandantes, como si la calle hubiese estado completamente desierta, sin más protagonistas que yo misma y aquellos malditos pedazos de papel.
-¿Le importaría que me sentara, señora?
- No, por favor siéntese.
- Muchas gracias.
Es una señora de edad que se apoya en un bastón.
- ¿Hay que pedir en el mostrador, o te sirven aquí?
- Creo que tendrá que pedirlo y traerlo usted misma- le digo.
La señora se toma su café.
- ¿Hay que llevar esto al mostrador?- pregunta. Es que no soy de aquí y no sé las costumbres.
- Puede llevarlo o dejarlo, como usted quiera, señora.
Miro al reloj. El tiempo ha ido pasando mientras garabateo estas líneas. Nadie parece sentir curiosidad por verme escribir, tampoco a mí me preocupa que alguien pueda sentirla. Durante unos cuantos minutos he permanecido ocupada, tratando de componer el puzzle de mi reciente pesadilla.
- ¿Va a tardar mucho en dejar la mesa libre?- me pregunta alguien que acaba de llegar.
- ¡Vaya! ¡Esta señora me está despachando! ¡Abrase visto! ¡Señora, que he pagado mi consumición y tengo derecho a ocupar mi asiento!- digo para mis adentros. Pero mi limito a decirle en voz alta que tiene una silla libre.
- Pero es que está también mi hija…
- Enseguida me marcho, señora.
Y sigo escribiendo, aunque sea sólo por hacerla rabiar un poco, demorando unos minutos más mi marcha.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres