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El alma al aire

El viaje a Villarroya

Hoy voy de viaje con madre, a Villarroya. Madre comprará cerezas, o tomates, o ciruelas…¡no sé! Salimos temprano porque hay que andar mucho rato hasta llegar a la estación. Primero se ve sólo como un puntito blanco allá a lo lejos. Luego vas andando, andando, y ves los campos amarillos porque ya es verano y están a punto para segar. En los bordes del camino hay hierba, cardos, juncos, mariposas, pájaros, saltamontes… Durante un rato no se ve la estación, pero luego llegas a la Dehesilla y…¡allí está!, más cerca y más grande. Llevo las zapatillas manchadas de polvo, pero no me importa, ¡ya me las sacudiré al llegar!
En la estación vive el señor Marín, el jefe. Padre lo conoce mucho. Es un hombre delgado, con la cara colorada y el gesto avinagrado. Algunas veces yo he entrado en la cocina de la casa para saludar a la señora Basi, su mujer. Es una cocina distinta a la nuestra. Está en alto y tiene unas puertecillas cuadradas para meter la leña, y unos agujeros redondos por arriba. También tiene agua caliente y unos hierros dorados muy bonitos. El señor Marín y la señora Basi tienen muchas gallinas y pavos, y un gallo que persigue a las mujeres para picarles en las pantorrillas. Los pavos se pasean muy tiesos por debajo de la morera dando unos graznidos muy fuertes. Yo los estoy mirando mucho rato. Les miro ese chichorro que les cuelga como si fuera un moco colorado muy largo. Las gallinas cacarean y escarban cerca del pozo. Casi siempre me asomo al pozo, con cuidado, para ver el agua oscura allá abajo. A veces grito ¡Aaah!. ¡Aaah! –repite el eco. Y tiro piedrecillas. ¡Clas! ¡Clas!- hacen al chocar con el agua. Madre me llama. Ya están dando los billetes. Nosotras no tenemos que pagar porque padre es ferroviario. Cuando el tren se ponga en marcha, al pasar por las Ventas, miraré por la ventanilla a ver si veo a padre junto a la vía, porque a veces está trabajando por allí. Ya viene el tren. Hace mucho ruido y tiemblo un poco. Miro de reojo para ver si alguien me mira porque me da vergüenza de que sepan que tengo miedo. ¡Ya está! ¡Ya nos hemos montado en el tren! Hemos subido muy deprisa. A mí siempre me parece que vamos a quedarnos en la estación. Me siento junto a la ventanilla y miro fuera. ¡A ver! ¡A ver si veo a padre! Pero, no. Me gusta ver pasar los campos, los postes, los cables que parece que se juntan y luego se separan, los montes… Ver quién sube y quién baja en cada estación. A veces, por unos momentos, escucho lo que hablan los viajeros, los miro un poquito de reojo si tienen la nariz como una porra, o si son gordos y barrigudos. Pero sólo un poco. Enseguida vuelvo a mirar fuera. Y veo el humo que se escapa de la máquina. Es como una gran melena gris que se extiende y se despeina formando figuras extrañas. Y, de cuando en cuando, el tren hace fa, fa, fa, como si le costase mucho trabajo, como si estuviese cansado y sin fuerzas para continuar. Y me divierto cuando entramos en un túnel y todo está oscuro, y hay que subir las ventanillas porque se mete el humo y nos hace toser. Y al fin, el tren pita, como si nos dijera: ¡que ya salgooo!
Muy cerca de Villarroya hay que atravesar un puente. Madre me cuenta que una vez, hace años, hubo una tormenta muy fuerte y el puente se hundió cuando pasaba el tren. Los vagones de atrás se fueron abajo y murió mucha gente. El tio Pipo se salvó de milagro. El tio Pipo es el hombre que viene a mi pueblo con el burro a vender naranjas. ¡Hasta se le cayeron abajo las zapatillas! Padre tuvo que ir con otros ferroviarios a arreglar la vía después del accidente. Villarroya es un pueblo muy grande, con muchas tiendas. Hay mucha fruta y muchas moscas. Madre compra una barquilla de cerezas coloradas y brillantes. Cojo un puñado y me pongo algunas de pendientes. Cuando terminamos de comprar, vamos a la casa de un ferroviario que es amigo de padre y estamos allí hasta la hora de volver. Hace mucho calor cuando regresamos a la estación y no tengo ganas de andar. Cogemos el tren mixto. Es un tren muy largo, con vagones de mercancías. Sólo lleva un vagón de viajeros. Marcha muy despacio, muy despacio. Yo veo unas flores al lado de la ventanilla y saco la mano para cogerlas, pero las flores se me escapan y mi mano se enreda en una zarza. ¡Ay qué dañooo! Un hombre se ríe de mí. Madre me riñe y me recuerda que es peligroso sacar la cabeza y los brazos. Yo le prometo que no lo volveré a hacer. Ya llegamos. Padre nos está esperando. Madre no quiere que padre coja la barquilla porque está cansado de trabajar. Hace un rodete con su pañuelo y se lo coloca en la cabeza; después levanta la barquilla y la pone sobre el rodete. ¡Qué fuerte es madre! Y empezamos a andar. El sol nos da de frente, pero ya no calienta mucho porque está a punto de esconderse tras los montes. Allí a lo lejos, en lo alto, se ve mi pueblo, muy pequeño. A mitad de camino padre le coge a madre la barquilla para que pueda descansar. El Daniel y la María salen a esperarnos a las Peñuelas. Nos paramos un momento y los tres metemos a la vez las manos golosas en la barquilla para sacarlas hinchadas de cerezas. Mañana, madre venderá las cerezas en el pueblo hasta sacar el dinero que ha pagado por ellas, y las que queden serán todas para nosotros. ¡Qué ricas!
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