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El alma al aire

El internado

Mi padre siempre aspiró a que sus hijos tuvieran acceso a la cultura, cosa que a él le fue negada. Huérfano desde los ocho años, pronto tuvo que dejar la escuela para ponerse a trabajar, pero sintió siempre una gran inquietud por aprender. Cuando yo tenía once años, por mediación de una tía religiosa fui a estudiar a un internado: “Colegio Aspirantado Hispanoamericano” era su nombre. Allí pasé siete años de mi vida. Allí reí, jugué, canté, lloré, estudié, descubrí la amistad y, mientras se suponía que tendría que estar aspirando a la vida religiosa, soñé con el amor y me convertí en una mujer. Así como muchas veces he escuchado a diferentes personas despacharse a gusto sobre los frailes y las monjas, he de decir que no guardo malos recuerdos de aquellos años, aunque no todo fuera de color de rosa. Considero que la educación que recibí fue fruto de aquella época concreta, en la que las costumbres y el enfoque de la vida eran completamente diferentes a los de hoy. Siempre recordé con cariño aquellos años. Treinta y cuatro años después, convocadas por una compañera muy activa, aprovechando el puente de Todos los Santos, nos juntamos alrededor de cuarenta antiguas alumnas. Acudimos todas, animadas por el deseo de evocar, de revivir aquellos años de nuestra adolescencia, tan lejanos.
¡Cuánta expectación en los momentos del encuentro! Resultaba difícil descubrir en aquellas mujeres maduras a las niñas que fuimos. ¡Cuántos recuerdos! Aunque una gran parte del gran edificio se había transformado para adaptarse a los nuevos usos, todavía pudimos descubrir un buen número de detalles tal y como se mantenían en nuestra memoria. La gran escalera de mármol blanco que ascendía hasta la terraza situada en el cuarto piso, por cuyo hueco cayó Camino, y que, como por un milagro, al llegar al tercero, logró agarrarse al pasamanos e introducirse de nuevo, sin que nadie supiera explicar muy bien cómo lo hizo. Aquello pasó a los anales de la historia del Colegio. Tampoco pudimos dejar de recordar a Conchita y a María Teresa. La primera se metió en un armario jugando al escondite, y la segunda la cerró por fuera para hacerla rabiar. Lo peor fue que al tocar el timbre que avisaba de la hora de clase, se marchó corriendo olvidándose “del fiambre”. Sí, casi lo fue. Las vecinas de habitación escuchábamos lamentos y jadeos ahogados sin lograr descifrar su procedencia. Cuando por fin abrimos el armario, la víctima estaba acurrucada en aquel reducido espacio completamente envuelta en sudor, al borde del desmayo y de la asfixia. Ojeamos una por una las fotos de los viejos álbumes, indagamos sobre la situación de presentes y ausentes, recordamos divertidas anécdotas y no encontrábamos el momento de irnos a la cama. Fuimos a visitar la finca, situada a cinco o seis kilómetros de la capital. Todavía me parece ver la cara de sorpresa y de curiosidad del conductor del autobús al encontrarse con semejante invasión de mujeres locuaces. En la finca pasábamos la práctica totalidad de los días festivos. La mayoría de las alumnas hacíamos el camino de ida y vuelta a pie. Sólo unas pocas privilegiadas disponían del dinero suficiente para coger el autobús, pero yo no me encontraba entre ellas. Las únicas alegrías que me permitían mis menguados recursos eran las de comprar de vez en cuando un cucurucho de aceitunas en la pequeña tienda del barrio cercano a la finca, en el que vivían los obreros de la fábrica de Tafisa. Después, dejábamos atrás las casas, por aquel camino flanqueado por grandes matas de retama, amarilla y perfumada en primavera, y acometíamos el empinado tramo que llevaba a aquella extensa finca con un buen campo de viña y numerosos almendros, cuyas sufridas ramas nos servían de observatorio y de rincón de secretas confidencias. Muchas cosas habían cambiado desde entonces. La pequeña casa donde vivía Benito, el encargado, y la pequeña granja de gallinas ponedoras, habían desaparecido. En su lugar podía verse un amplio edificio de una planta que servía de noviciado y casa de retiro. Los almendros parecían ser los mismos, al igual que los caminos que llevaban a los viejos rincones. La alberca estaba ya vacía y roto el cobertizo que nos servía de refugio en los días lluviosos o fríos. El campo de balonmano, aquel amplio rectángulo de tierra en el que corríamos hasta agotarnos, estaba desdibujado por las hierbas. Habían crecido los pequeños pinos que dejamos recién plantados, y la fuente, con sus chopos airosos, sus rústicos bancos de madera y aquellos lirios tan hermosos que crecían a ambos lados, habían sido devorados por la maleza. ¡Me pueden los recuerdos! ¡ Tal vez pueda volver algún día!
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2 comentarios

Toria -

Gracias Joen por haber visitado mi bloc.Me alegra que su lectura haya servido para traerte buenos recuerdos. Un beso fuerte, amiga. Toria

joen -

Me ha gustado mucho "Encadenados", porque me ha traído recuerdos...y una de las cosas que me alegra es que guardes tan buenos recuerdos del colegio yque nos lo puedas transmitir a las personas que nos dieron esa encomienda sin poder llevar a cabo "nuestro sueño", pero todo nos sirve para un mayor acercamiento a las personas y sentirnos queridas.Gracias por tus aportaciones. Sigue adelante ¡eres increíble!
Joen
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