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El alma al aire

A espigar

Madre nos despierta muy temprano esta mañana. Nos vamos a espigar. Vamos muchos días durante el tiempo de la siega, la María, el Daniel y yo. Me doy la media vuelta para seguir durmiendo, pero la María me agarra de los brazos hasta sacarme de la cama. ¡Vamos perezosaaa! Nos lavamos la cara de cualquier manera como hace mi gato cuando se frota el hocico con la pata. Madre nos ha preparado pan con chocolate. Vamos por los caminos por los que vienen las caballerías cargadas de mies hasta las eras, cada día por un sitio distinto, y recogemos las espigas que se van quedando por el suelo, por las zarzas,por los juncos y matojos de la orilla. Vamos también por los campos de esparceta que lindan con los campos ya segados, recorremos de arriba abajo aquellos que tienen los fajos de mies amontonados en fascales. Padre nos ha advertido que nunca debemos quitar espigas de los fajos, porque eso sería de ladrones. ¡Qué espigas tan gordas! Vamos colocándolas bien ordenadas entre nuestros dedos índice y pulgar, hasta que ya no podemos abarcarlas. Entonces la María se encarga de recoger nuestros puñados y hacer con ellos uno que poco a poco se va haciendo muy gordo. Empieza a hacer calor y tengo sed. El Daniel y yo empezamos a hacer viajes hasta el lugar donde la María ha dejado el pan con chocolate. Ella nos ve llegar y nos espanta a gritos. ¡A trabajar! ¡Todavía no es hora del almuerzo! Pero da igual. El Daniel y yo no le hacemos mucho caso. ¡Un poco! ¡Sólo un poco! – le decimos – hasta que nos lo comemos todo. Al momento, un pájaro levanta el vuelo junto a nosotros y el Daniel se afana en descubrir el nido. Buscamos entre las hierbas, entre los fajos de la mies, bajo las piedras, hasta que descubrimos la pequeña cesta forrada de lana, y allí dentro los huevecillos moteados. ¡No los toquéis, porque si no los padres aborrecerán el nido!- dice la María. Volveremos otro día para ver si ya han salido los pájaros- dice el Daniel. Luego pasamos junto a una acequia. Los caracoles pacen tranquilamente sobre las hierbas húmedas. ¡Vamos a coger caracoles!- les propongo. El Daniel y yo nos olvidamos de las espigas y la María nos amenaza con decírselo a padre. ¡Qué calor! Cada vez caminamos más despacio y no tenemos ganas de seguir espigando. La María se da por vencida y nos dice que ya podemos volver. Miramos orgullosos nuestro fajo de espigas. Madre las llevará al corral para alimentar a las gallinas. Y emprendemos el camino de casa. Cuando lleguemos, madre nos tendrá preparado un rico tazón de sopas de leche bien frescas.
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2 comentarios

Toria -

¡Gracias Corazón! Eres mi lectora más fiel. Un beso. Toria

Corazòn... -

Toria :)
Que bonito!!! sabe? me hizo recordar cuando era niña...y siempre anteponia la palabra La, El para dirigirme a mis semejante... me transporte a esos lugares magicos que describe y hasta escuche a los pajaros que aùn no han salido del huevo... Oiga, por favor crease todo lo que le digo q es poco a lo que usted realmente hace ;) lo digo con sinceridad y desde el fondo de mi corazòn... Muchos saludos y besos.

;o)
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