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El alma al aire

Tengo preñada el alma de nostalgia

Llenos traigo los ojos del aire y de los campos de Castilla.
Año tras año, cuando agoniza agosto, el alma se me preña de nostalgia.
Presa de la más dulce borrachera, dejo atrás por unas pocas horas, el valle donde vivo, sus huertas tan feraces, su caudaloso río, y corro envuelta en mil ensueños, hacia la tierra recia que me vio nacer.
Como marino sobre el puente de mando de su barco, aupada en lo más alto del castillo, contemplo en derredor los amplios horizontes:
Lejana e impasible, la mole del Moncayo. La Dehesilla, Tiñoso, Sierra Gorda, añejos encinares del Ruidero, roquedales agrestes de las Cuevas.
A la derecha, erguido sobre el pobre caserío, vigila el Costanazo.
Y tendida a mis pies, lisa como la palma de la mano, la llanura dorada por el sol.
Ascienden a mi encuentro incontables aromas y sonidos que flotan en el aire desde hace treinta años:
Esquilas del ganado, ladridos de la Sola, balidos de las cabras por el Viso, kikirikís sonoros de los gallos, chasquidos de las trallas en las eras, relinchos de caballos, secas blasfemias, roncas canciones y risas infantiles.
Olores de carrasca y de romero, brotando en humaredas fantasmales sobre las blancas chimeneas, olor a trigo tierno y amapolas que trae el cierzo de los vecinos arreñales, olor de pan y hogar, de tinta y pizarrines, olor de mil anhelos y esperanzas…
Y al alejarme, queda la llanura dorada ardiendo bajo el sol en el poniente, y yo marcho soñando extraños calendarios que aseguran que tras agosto llega agosto.

(Por circunstancias familiares, hace varios años que no puedo acudir a esta cita con los recuerdos de mi infancia, pero por estas fechas se aviva sin remedio mi nostalgia.)
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