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El alma al aire

Ansias de altura

La pista forestal asciende en empinadas curvas camino de la cumbre. Y aquí estoy yo, sentada sobre el pequeño mojón, intentando recuperar las fuerzas. Mi pobre cuerpo iba pidiendo a gritos un descanso. Es cierto el dicho de que el tiempo llena la casa de goteras. Este verano la artrosis me está causando estragos, y al bajar las escaleras de mi casa parezco una pobrecita anciana. Catorce días me ha costado decidirme a escapar hacia el Campo. ¿Tú eres la que te quejabas de los huesos? ¡Qué ganas de sufrir! Total, ¿para qué? ¡Con lo bien que se anda por lo llano! Son los demonios de la comodidad y el conformismo susurrándome al oído mientras camino. ¡Ahhh! Pero bien merecen la pena mis esfuerzos. ¡Ojalá pudiera compartir estos momentos! Canta el viento su canción entre las ramas de los pinos y mece suavemente un mar de hierbas. Un pajarillo montaraz desgrana una hermosa melodía. Danzan las mariposas sobre las flores mientras nutridos escuadrones de libélulas planean en lo alto. Recobradas las fuerzas, apoyada en mi rústico bastón, continuo la marcha, siempre hacia arriba. Suena el agua en el fondo del estrecho barranco y el musgo viste de verde terciopelo las orillas. La yedra estrecha en un abrazo los troncos de los árboles y el sol brilla sobre un hermoso cielo azul. Flores azules, rosas, amarillas, cánticos de chicharras y de grillos, esencias de pinar… ¡Ya he llegado a la cumbre! Mi corazón golpea el pecho cual asustado gorrión cerrado en jaula. Sentada sobre la hierba, gozo y gozo deslizando lentamente mi vista por los amplios horizontes. Y ahí están. Hermosas y solitarias Peñas de Herrera, recortadas sobre el azul del cielo. En un gesto inconsciente, mis manos se alargan en un intento vano de acariciarlas. ¡Quién pudiera llegar hasta ellas! ¡Cómo las añoro!
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