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El alma al aire

La desgracia está repartida

Me esfuerzo en no creerme el ombligo del mundo respecto a la desgracia. Basta con abrir los ojos y mirar: ahí la tienes, repartida aquí y allá. Mario, el marido de mi amiga, con serios problemas de bronquios y una preocupante diabetes. Apenas hace dos semanas que enterramos a un primo de mi marido, víctima de un cáncer que ha terminado con él en menos de tres meses. A Carmen le han extirpado un pecho. El padre de la amiga de mi hija se sintió indispuesto y sólo duró cuatro días desde que lo ingresaron. Todas esas víctimas como consecuencia del secuestro en esa escuela de Rusia la semana pasada, y… , y… , …y… ¿Para qué seguir? Como dice Carmen Martín Gaite, lo raro es vivir. Pero todo esto no me sirve de consuelo cuando pienso en mi marido. ¿Quién iba a decirme cuando leía en las revistas artículos sobre el famoso científico inglés - no recuerdo su nombre en este momento- al que una enfermedad relegó hace años a una silla de ruedas y siguió día a día la tarea de destrucción de cada uno de los músculos de su cuerpo, que esa cruel enfermedad, a la que hasta hace cuatro años no supimos poner nombre, iba a tomar por asalto nuestra casa? La E.L.A. traidora está convirtiendo a mi hombre, fuerte como un roble hasta hace poco, en un guiñapo, y nosotros, su familia, hemos de presenciar impotentes su imparable deterioro. ¿Señor, dónde están los milagros?- me lamento. Y cada mañana al despertar me digo: Ofrécele lo mejor de ti misma mientras puedas y exprime a fondo cada momento hermoso que te ofrezca la vida cada día. ¡Esa es la única felicidad!
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