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El alma al aire

Arcoiris glorioso

Salimos a caminar temprano por nuestro recorrido de costumbre. El pueblo está casi dormido. Sólo nos hemos tropezado con Florencio saliendo de su casa, azada al hombro, camino de algún huerto. Yako corre desenfrenado, disfrutando de su recién estrenada libertad. Olfatea las esquinas y va estampando su firma marcando territorio. Al principio lo llevo sin sujetar con la correa, tiene tanta fuerza que me arrastraría sin remedio. Enfilamos por el camino que sube hasta la ermita. El cielo está casi cubierto. Voy desgranando por el camino mis oraciones matinales. Tengo un recuerdo para todos y cada uno de mis seres queridos, amigos, conocidos, desconocidos, vivos y difuntos, expreso mis deseos de un mundo en paz, justicia para los pobres y oprimidos, una tierra de hermanos…Ya estamos junto a la ermita de San Miguel. Hacemos una breve parada. Apoyo mi mano sobre la reja de la puerta y mis labios musitan la proclama del arcángel: ¿Quién como Dios? Y de alguna manera misteriosa, este grito, esta plegaria, atempera mis miedos y me da fuerzas para plantarle cara a la vida. Subimos la pequeña cuesta hasta llegar a la pista forestal y desde arriba miro al pueblo. Busco con la mirada la terraza en la que, casi seguro, estará Pedro haciendo bicicleta. Suele verme todas las mañanas. Te controla, me cuenta su mujer. Los frutos de zarzamora van madurando día a día, no tardaré en probarlos. Yako corre incansable. Persigue a los pájaros, lucha con la piedra que transporta en la boca durante todo el recorrido. Las flores amarillas alegran los ribazos. Oteo el campo a la espera de que los corzos se hagan visibles. Pueden verse con frecuencia para disfrute del caminante, pero la presencia del perro los aleja. Yako descubre una bandada de perdices que levantan el vuelo alborotadas, algún conejo que busca refugio en la maleza, y hasta un gato salvaje que al verse descubierto le planta cara hasta hacerlo desistir de sus ataques. “Que descansada vida la del que huye del mundanal ruido…” Hay tanta paz que me parece que el tiempo queda en suspenso unos instantes, y luego, al despertar de mi embeleso, caigo en la cuenta de que es tan solo un espejismo. Los días pasan y pasan, muy deprisa…Al llegar a la carretera llamo a Yako. Él acude obediente y lo sujeto. Una niebla oscura cubre las Peñas y desciende hacia el pueblo. Siento sobre mi piel unas pequeñas gotas ¿Nos mojaremos, Yako? Y, de pronto, como un milagro, aparece el arcoiris. ¡Oh, Dios! Yo he visto muchos arcoiris en mi vida pero ninguno que lo iguale. Más de una quinta parte asciende por el monte sobre las oscuras encinas de la Tonda, adornándolas como si fuera una hermosa diadema multicolor, hasta trasponer el horizonte junto al castillo. ¡Ni ojo vio ni oído oyó! Por favor, una cámara fotográfica, imploro a gritos, pero nadie me oye. Vuelvo a casa. Sentada en el cuarto de estar, garabateo estas líneas, para retener de forma torpe el hermoso trozo de gloria que se me ha brindado esta mañana. Luego, intentando alargar estos momentos, pongo a todo volumen en mi radiocasette el Aleluya de Händel.
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2 comentarios

Toria -

Mis saludos para ti, Viajero. Me gustará mucho que vuelvas a visitarme.Toria

El Viajero -

Hola!

Es la primera vez que llegó a tu blog! Gracias por la bienvenida!

Volveré!

Saludos de un Viajero!
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