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El alma al aire

Desde la ventana

Las ventanas de mi clase dan al patio del primer ciclo. Si me quedo en la clase durante el recreo veo un hervidero multicolor de gente menuda en continuo movimiento. Hay sin embargo un grupo de cuatro o cinco chicas de raza gitana de distintas edades apoyadas, y casi inmóviles, junto a la pared. Daría algo por conocer sus pensamientos mientras contemplan a todos los demás corriendo y gritando. Y me pregunto, ¿quién tiene la culpa de esta marginación? ¿Los demás? ¿Acaso ellas? ¿Las dos partes? No sé cuándo comenzará, tal vez en el primer año de infantil, cuando un niño las llama gitanas por primera vez y empieza a despertarse en ellas la conciencia de que hay algo que las diferencia de los demás. Mi gitana, menuda, morena, con sus ojillos como moras y su trenza repeinada, no solo no acostumbra a jugar en el recreo, tampoco habla en clase. Permanece muda y quieta, y sólo sus ojos muy abiertos, que lo miran todo desde su asiento, me dicen que está viva. Me esfuerzo por animarla a hablar. Sólo he conseguido que me conteste alguna vez en un tono de voz apenas audible, pero prefiere contestarme sí o no moviendo la cabeza. Después de todas estas reflexiones he vuelto a mirar. Las gitanas, primas, hermanas y tías, se han juntado, han cruzado el patio y se han colocado cerca del campo de los jugadores de fútbol. Al poco, las mayores se han ido, y las demás se han puesto a batir las palmas, izquierda con izquierda, derecha con derecha…¡Y mi pequeña “muda”, sin notar que yo la observo, salta, canta y palmotea! Su trenza, sujeta con un lacito rosa, se mueve arriba y abajo al compás de sus saltos.
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