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El alma al aire

La montaña

Ayer leí en el periódico que los especialistas de montaña habían evacuado en el valle de Benasque a un montañero de ochenta años que había sufrido una fractura en la pierna. Más de uno se habrá preguntado al leer la noticia. ¿Y qué hace escalando un hombre de esa edad? Y yo me pregunto: ¿Qué tiene la montaña, que ejerce sobre los hombres tan extraña fascinación? Son capaces de sufrir hasta el límite de su resistencia, con peligro de dejarse la vida en el intento, a cambio de poner el pie sobre las altas cumbres, jamás holladas por otro ser humano. ¡Es cierto! La montaña llama, aunque no todos sean capaces de escucharla. Yo he sucumbido muchas veces a su hechizo, aunque sea a niveles más humildes. El Costanazo, la Tonda, el Picurezo, las Peñas de Herrera, el Moncayo, me han hecho disfrutar de esa sensación única que no sabría explicar. Ya desde niña, asomada a la atalaya del castillo, me gustaba contemplar a lo lejos su silueta familiar. Después, con el paso de los años, la vida, por sus particulares derroteros, me condujo a otro lugar desde donde puedo seguir contemplándolo, ahora más de cerca. Durante años, todos los veranos nos acercábamos a él para gozar de sus hermosos bosques, de sus frescas y claras aguas, de sus incontables olores y colores, y para recorrer, trabajosamente pero con un gran gozo, el estrecho camino que conduce hasta su cima. En dos ocasiones, pasada ya la zona boscosa, en una empinada cascajera, me acometió el llamado mal de altura. Empecé a sentirme mal, me martilleaban las sienes y la visión se tornaba borrosa. No quise ser un lastre para mi gente y me empeñé en quedarme allí, esperando su bajada. Durante aquella hora y media, empecé por lamentar mi mala suerte, para pasar después a gozar escuchando los sonidos de la montaña, mirar el cielo, tan azul, tumbada boca arriba sobre unas rocas, e incluso me sentí inspirada para componer un pequeño poema. En la segunda ocasión, tuve la precaución de tumbarme cara arriba sobre la senda y esperé unos minutos con los ojos cerrados hasta que mi organismo volvió a la normalidad. Mis hombres esgrimieron todos los argumentos que da el cariño para hacerme continuar. ¡Casi me subieron en volandas! Y una vez más pude gustar las mieles de las alturas. ¡Tal vez fuera la última!
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