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El alma al aire

No ha caído en saco roto

Mi carta al director del instituto no ha caído en saco roto. A los tres o cuatro días del envío me llamó a mi centro de trabajo para presentarme sus disculpas por lo sucedido. Me dijo que lo sentía mucho, que no había ninguna justificación para lo que había pasado y que se iba a indagar para esclarecerlo todo. Ya sabes, me dijo, que en ciertos momentos, que pueden ser apenas unos minutos, coincidiendo con los cambios de clase de los profesores, no se puede controlar del todo a los alumnos y quizás ocurriera en ese intervalo. Ahora yo sabía que el caso de mi marido no ha sido el único, que otras personas, principalmente ancianos, han tenido que pasar por lo mismo, y así se lo dije. Me he enterado de que en la reunión de padres celebrada hace escasos días, el director planteó el tema, y les comunicó que no se va a dar ninguna clase de pasada a los alumnos. Van a tener muy claro que el que reincida será seriamente castigado. ¡Ojalá no sea necesario! ¡Ojalá que los niños y los jóvenes consideraran como algo normal el respeto a los mayores y a las personas diferentes! También sé, porque estoy metida en ese mundo, lo difícil que es para los profesores el desempeño de su trabajo. Creo que un alto porcentaje no puede considerar su trabajo como algo gratificante. En la actualidad los profesionales de la enseñanza estamos sometidos a un alto grado de estrés que nos hace pasar a menudo por las consultas de los psiquiatras. Como en cualquier otra profesión, habrá gente que pase de su trabajo, pero una gran parte deseamos hacerlo bien. Sin embargo, esta sociedad que estamos haciendo entre todos, con sus ídolos de barro, su ley del mínimo esfuerzo, su exigencia de derechos y su olvido de deberes, su violencia... hace que los educadores no seamos otra cosa que pequeños Quijotes luchando contra enormes molinos de viento.
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