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El alma al aire

Nuestros amigos de Arenys

Aprovechando nuestra visita a Barcelona con motivo de una consulta médica, fuimos a visitar a nuestros amigos de Arenys. Nuestra amistad se remonta a los días ya lejanos de nuestra luna de miel, cuando coincidimos con ellos en Mallorca. Él era entonces un joven cocinero. Ha sido muy emprendedor y, desde hace bastantes años, tiene un bar- restaurante junto al puerto. Allí trabaja toda la familia sin parar, sudando la gota gorda, porque la clientela es tan numerosa que no les da respiro. Sirven comidas desde la una hasta las cinco de la tarde, y la gente espera pacientemente su turno en una fila interminable. Cuando llegan las cinco se dice basta, y aquellos a los que no les ha tocado se quedan sin comer allí. Lo mismo pasa por la noche. El local es pequeño, y a primera vista no tiene nada que llame particularmente la atención, sin lujo ni etiqueta, pero la calidad de los pescados y mariscos es excelente. Allí encontramos a todos en el tajo. Padres, hijos, yernos, nuera…, hay trabajo para todos. Después de unos saludos apresurados y sin casi saber dónde colocarnos para no estorbar, nos acomodaron en una mesa entre el mostrador y la entrada. Supongo que a los que esperaban pacientemente en la fila no les haría mucha gracia vernos, como se suele decir, llegar y besar. Contó nuestro amigo que hace algún tiempo estuvieron los componentes del grupo “Les Tricicles” y, con el mayor disimulo posible, intentaron colarlos. Los que esperaban, al darse cuenta, montaron una buena bronca. La comida…¿qué voy a decir? ¡Magnífica! Nos trataron a cuerpo de rey. La verdad es que no estamos acostumbrados a comer tales y tan abundantes delicias del mar. Nuestros amigos son muy muy generosos. Allí estaba la pequeña Estefanía. Cuando llegamos dormía en su cochecito, detrás del mostrador, ajena a toda aquella endiablada actividad. Estábamos ya como a mitad de la comida cuando se despertó. Asomada al mirador de la barra, con sus ojos cargados de sueño y su pelo mojado por el sudor, observaba todo aquel barullo con la tranquilidad de quien contempla algo cotidiano. Se portó bien, entretenida por los abuelos o por el miembro de la familia que disponía de unos pocos minutos libres. Respondiendo a la petición de su abuelo, cogió con sus manitas la botella de wisky que estaba sobre el mostrador y la inclinó, tratando de echarle en el vaso. Del mismo modo, siguiendo las indicaciones que éste le hacía en catalán, cogió una faria y se la puso en la boca. Está al revés, le dijo él. Ella le dio la vuelta y volvió a ponérsela. Un poco después vimos a aquella muñequita limpiando salerosamente la barra con una bayeta. Aquí tenemos a la tercera generación de la familia Folch preparándose para el negocio, pensé.
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