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El alma al aire

Engañando la espera

Una vez más hemos tenido que ir a urgencias. Me temo que de ahora en adelante, por desgracia, vamos a ser asiduos de este servicio. La traidora enfermedad que sufre mi marido avanza sin concedernos una tregua. Trabaja de forma silenciosa y soterrada, destrozando poco a poco sus neuronas que dejan de mandar sus impulsos a los músculos, hasta producirles la atrofia. Hace unos días el neumólogo confirmó nuestros temores. Tiene afectados los músculos del pecho y de la espalda, y esto le produce dificultades respiratorias. Al llegar los primeros catarros yo empecé a pedir sin descanso: ¡Que no se enfríe, por favor! Pero se ha enfriado. Y aquí estamos. Han tenido que administrarle oxígeno para aliviar su ahogo. ¡Qué deprimente resulta esto! ¡Qué impotencia al contemplar el sufrimiento de tus seres queridos y también el de los extraños! ¡Cuánto dolor! Durante la larga espera, queda tiempo de observar uno por uno a los enfermos y familiares, de tratar de adivinar sus dolencias, y no puedes por menos de imaginarte el futuro, tan negro y desesperanzador. Por eso yo he tratado de evadirme. De pensar en el último verano que pasamos, tan hermoso, y en el próximo, todavía lejos, con el oculto temor de no poder volver a disfrutarlo juntos otra vez. Estoy tumbada sobre la seca hierba, junto al costado del viejo castillo. El cielo luce azul, y un viento suave mece las hierbas. Se oye la respiración agitada de Yako, tumbado junto a mí. Un joven desconocido asciende silencioso monte arriba y los fuertes ladridos de mi perro me sobresaltan. Yo lo sujeto por la correa y lo tranquilizo. El joven desaparece a nuestra espalda. Puedo imaginarlo subiendo por las rocas hasta llegar al boquete que da paso a la parte delantera del castillo, desde donde puede verse el pueblo blanco, con su iglesia y sus placitas, sus casas de tejados rojos y fachadas claras, los huertos, que poco a poco va devorando la maleza, la pista forestal ascendiendo hacia la Tonda, el Picurezo, el pequeño cementerio, donde duermen nuestros muertos arrullados por el son de la brisa entre los pinos, la estrecha carretera que se convierte cada tarde en un paseo alegre y transitado, y allá, en el poniente, recortada sobre el cielo, la esbelta atalaya de las Peñas de Herrera. Quisiera ser la alegre golondrina que planea en el aire bajo mis pies, y la roca, tan firme, que sostiene a mi perro, y el camino que asciende hasta la ermita repleta de plegarias, y el ciprés que apunta al cielo como una lanza junto a su puerta, y el ave montaraz que canta sin descanso, y el majuelo agarrado a las piedras que cimentan los muros del castillo, y ese niño que grita alegremente en la piscina, y la hiedra abrazada a los robustos troncos de los chopos del barranco, y la tierra… y el cielo…
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3 comentarios

Corazón... -

Hola Toria :)

Ánimo y mucha fuerza de voluntad... Me ha gustado su mensaje de hoy, es precioso.

Un beso y saludos!

;o)

Toria -

¡Hola Trini! Gracias por tu visita.Es cierto que hay que afrontar la realidad, aunque de vez en cuando nos concedamos un ratito de evasión para hacerla más llevadera. Un saludo. Toria

Trini -

Hola, en primer lugar, siento lo de la enfermedad de tu marido, sé por experiencia propia lo deprimente que son los hospitales, espero que no tengas que ir demasiado, lo espero y lo deseo.
Por otro lado, cuantas cosas nos gustaria ser de vez en cuando como narras en tu post, a veces semisoñando lo conseguimos, mas está la seca realidad, así que nos esforzaremos en buscarle la sal donde sea no te parece? Un beso y un saludo y ánimo a tu marido
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