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El alma al aire

La inocentada

Es la una menos cuarto del mediodía. Salgo de casa con la ilusión de volver pronto porque he dejado la comida a medio preparar. Las judías pintas ya están cocidas.¡Y qué judías pintas, madre mía…! También tengo ya el cardo preparado. Cuando vuelva freiré las salchichas. Tras la lluvia de ayer, el día está radiante. Camino ligera, tarareando alegremente la canción que me tiene ocupada los dos últimos días: “Una cadena quisiera formar…” La canto una y otra vez, incansable y esperanzada, como si a puro de cantarla y cantarla el mundo fuera a convertirse en un lugar fraterno. Humea copiosamente la chimenea de la casa de Rafaela. Digo un adiós sin respuesta a los mecánicos del taller, que andan ocupados de acá para allá. Las palomas revolotean sobre la torre de la iglesia, con su silueta enmarcada sobre el cielo azul. Los árboles del parque, encogidos y quietos, duermen el sueño del invierno. Atravieso la carretera. Julia y Mari Carmen se limpian los zapatos junto a un banco. Juraría que se han metido en el monte. La arcilla mojada siempre está dispuesta a regalar a los niños unos pesados zuecos de color chocolate. Voy primero a la casa que está junto a la iglesia. Me he comprometido a recoger unas fichas de la parroquia. Estuve ya el otro día pero no había nadie. ¡Quizás tenga hoy más suerte! Por delante de mí camina un padre joven llevando un niño cogido de la mano. En la calle Santa María hay un hombre con un abrigo gris, parado junto a la esquina. Está de espaldas, así que no veo su cara. Llamo a la puerta y espero. Repito la llamada. No hay nadie, tendré que volver. El suelo está inclinado y resbaladizo- pienso- y al momento me encuentro sentada sobre él, deslizándome como en un tobogán. ¡Ay, mi trasero! ¡Me duele! ¡Y también mi mano izquierda! Me la soplo mientras miro con cara de pasmada, supongo. El hombre del abrigo gris se ha vuelto hacia mí, sonríe y da un paso como si intentara acercarse, pero como me ve tan bien sentada debe de pensar que no ha llegado la sangre al río. ¡Bonita inocentada me ha reservado el año! Me levanto- conservando mi cara de pasmada- y pienso: ¡Si ya sabía yo que iba a caerme! ¡Lo sabía desde hace más de un mes! ¡ Estas tapas desgastadas…! Estos días pasados lo había pensado a menudo mientras iba caminando, pero hoy me ha pillado por sorpresa. Tengo que pasar junto al hombre. Es de edad mediana y me parece conocerlo de algo.
-¡Voy a tener el trasero dolorido una semana por lo menos!- le digo.
Él me dice unas palabras de ánimo mientras sonríe. Cuando yo veo una caída apenas puedo controlar la risa. No hay en ello mala intención, sólo es algo espontáneo. Supongo que a él le habrá pasado lo mismo al contemplar mi aterrizaje.
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1 comentario

Corazón... -

FELICIDADES, TORIA :)

He disfrutado como siempre leyéndo sus textos, espero de todo corazón que no quede adolorido por muchos días su trasero :) Esos pequeños accidente acontecen sin esperarlos, lo mejor de todo es que no ha pasado a mayores...

He venido además a dejarle un abrazo sincero y mis mejores deseos para que el año venidero venga colmado de salud, de dicha, prosperidad... De todas las cosas positivas que dios nos regala y espero que dentro de un año podamos saludarnos como hasta ahora :)

Un beso y saludos, desde el otro lado del enorme charco... Con cariño;

;o)
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