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El alma al aire

Las desventuras de una pobre usuaria de Telefónica

Las desventuras de una pobre usuaria de Telefónica Durante todo el día de ayer y una buena parte del de hoy, mi ordenador ha sufrido una parálisis inesperada. Cada vez que uno de los miembros de mi familia intentaba conectarse a internet, el correspondiente cartelito anunciador indicaba que el nombre del usuario o su contraseña eran incorrectos, y se nos negaba el acceso. De nada sirvieron los sucesivos intentos de uno de mis hijos, que es normalmente el que se encarga de solucionar los problemas que se producen en nuestro ordenador. Una y otra vez, machaconamente, el ya citado cartelito repetía su mensaje. Al llegar la noche nos dimos por vencidos y decidimos llamar al número de atención personal de Telefónica. ¿Os ha tocado realizar esa gestión alguna vez? ¿No? Pues yo os explicaré mi experiencia. Tal vez os sirva si se os presenta la ocasión.
Un consejo: Os vendrá muy bien hacer un buen acopio de paciencia antes de comenzar las gestiones.
Cuando marques el número, escucharás una voz enlatada que te dará la bienvenida al servicio de atención personal (¡qué ironía!), y te ofrecerá distintas alternativas según cuál sea el motivo de tu llamada: O puedes marcar el número…. para…(para lo que sea, que no viene a cuento), o debes esperar unos instantes. Esperas…, y entonces, alguien te pregunta qué deseas. Tú explicas el problema lo mejor que puedes. Él te pide todos los datos pertinentes. Hay unos momentos de silencio y a continuación te dice que te han desconectado el servicio porque tienes una cuenta de cincuenta con setenta y nueve euros sin pagar. Tú le contestas que debe de tratarse de una equivocación, y entonces él dice que te pasa con un asesor comercial. Esperas… Pero, no. No puedes hablar con ningún asesor porque están todos ocupados. Así que te invita, (por favor, eso sí) a que vuelvas a llamar dentro de un rato.
Cuando pasado el rato, llamas, escuchas de nuevo la misma voz enlatada que, claro está, te ofrece las mismas opciones. Esperas…, hasta que oyes otra voz masculina que te pregunta qué deseas. Y entonces, tú, con los nervios un tanto alterados, que te producen cierto tartamudeo, vuelves a desgranar tus penas. Y…¡hale! Otra vez a decirte que debes los malditos cincuenta con setenta y nueve euros. Y como a estas alturas ya tienes preparada la cartilla del banco en la que tienes domiciliados tus recibos, dices que nones. Que tú has pagado religiosamente todas las facturas. Entonces el señor repite eso de que va a pasarte con un…¿no lo adivinas? Efectivamente, con un asesor comercial. Y entonces oyes claramente el tono indicativo de que se ha cortado la comunicación. Sientes la tentación de jurar en hebreo y de hacértelo en sus muertos, aunque los pobres no tengan culpa de nada.
Y vuelta a empezar. Al fin oyes la voz de una señorita que te dice su nombre. Tú no lo entiendes bien y le pides que por favor te lo repita porque quieres tenerlo bien apuntado. Porque te has jurado a ti misma que si vuelven a cortarte la comunicación vas a cursar una reclamación en toda regla. Vuelves a contar tu problema. Y por lo que se ve, sigues debiendo cincuenta con setenta y nueve euros. Entonces tú empiezas a sentirte fuera de juego porque no te consideras una morosa y balbuceas que no puede ser. A continuación, la señorita, que parece amable y desea solucionarte el problema, te explica que esa factura corresponde al número de teléfono… Es el de la casa del pueblo en la que pasamos el verano. Al morir mi suegra, cambiamos el nombre del titular, poniéndolo a nombre de mi marido. Juro por lo más sagrado, que en su momento proporcionamos todos los datos que se nos exigieron, incluido el número de cuenta de su banco. Sin embargo, algo salió mal, y la factura fue a parar a la antigua cuenta de mi suegra, ahora cancelada, y desde allí la devolvieron sin ponerlo en nuestro conocimiento.
Y yo digo: Unos abonados de Telefónica que han pagado religiosamente sus recibos desde hace treinta años, ¿no se merecían una llamada de la Compañía para solucionar el problema, en vez de tomar una medida tan drástica como la de desconectarnos del servicio? Yo le aseguré a la señorita que me atendió, (aunque ella no haya tenido la culpa de lo ocurrido), que iba a hacer pública mi protesta por lo que considero ha sido un trato inadecuado hacia nosotros.
¡Aquí está mi protesta! Y mis augurios: Llegará un día, cada vez está más cercano, en el que los sufridos usuarios del planeta se unirán para dejar oír su voz y defender sus derechos. Y entonces… Empresas todopoderosas ¡echaros a temblar!

NOTA: La señorita me aconsejó que para que nos conectaran lo antes posible nos convenía hacer el ingreso de la cantidad adeudada en un banco concreto, que no tiene oficinas en el lugar donde vivimos. Así que mi hijo ha tenido que desplazarse a otra localidad para poder realizar la operación. Eso sí, todo hay que decirlo: Una vez pagada la deuda, en seguida hemos recuperado la conexión.
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2 comentarios

Anónimo -

Al ir leyendo este texto no podía menos de reirme, porque me figuraba todo el contenido traducido en gestos, es de pena!. Mientras todo marcha bien y nos cobran, todo está tanquilo, pero ¡amigo! no hagas ninguna reclamación a "señoras tan poderosas", porque mira...me uno a la protesta global, no hay derecho, reclamemoslo. Una cosita al oído. Eres ¡lo mejor que he conocido!

joen -

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