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El alma al aire

Habemus Papam

Habemus Papam (Desde el amor filial)

En estos tiempos que nos han tocado vivir, cuando la religión está tan devaluada, cuando lo progre es declararse agnóstico o ateo, yo quiero declarar que soy creyente. Para mí la fe es algo importante, tanto, que estoy convencida de que mi vida hubiese sido completamente distinta sin ella. Creo en Dios. En un Dios compasivo y misericordioso que ama al hombre con amor de padre y madre y que a su vez desea ser amado por éste desde un respeto total hacia su libertad. No es el Dios del temor en el que se me educó en mis primeros años. Es el Dios que prepara un banquete para el hijo que vuelve de lejos, tras haber derrochado la herencia exigida a su padre antes de emprender la marcha. Es el pastor que sale en busca de la oveja extraviada, y que, lleno de alegría, la trae de vuelta y deja abierta la puerta, sin temor a que ésta decida abandonar de nuevo el redil.
Una vez hecha esta declaración de fe, que no sé si será la mejor pero es la mía, paso a hacer una reflexión sobre los días que acabamos de vivir, desde la muerte de Juan Pablo II hasta hoy, con el nuevo Papa recién nombrado. Y la verdad, tengo que reconocer que sufro un gran empacho. Y digo yo: si esto me pasa a mí que soy creyente, qué podrá decirse de los que no lo son. Han sido unos días en los que nos hemos desayunado, comido, merendado, cenado… con el monotema. En mi lugar de trabajo, y supongo que no sólo habrá pasado allí, algunos compañeros bien dotados para el chiste lo han tenido fácil. Toria, ¿te has enterado de que tenemos Papa?- me dice uno cuando me ve llegar. ¡No! No me he enterado – le contesto con chufla.
¿No es cierto que si nos pasásemos un mes entero comiendo únicamente jamón, -por poner un ejemplo - acabaríamos aborreciéndolo? Pues…ese mismo efecto me pienso que ha podido producir en muchos este evento. ¿ Debería yo callar lo que me parece mal? No lo creo. El amor que tengo a mis seres queridos no me hace estar ciega para ver sus defectos. Lo mismo pienso respecto a lo que tiene que ver con la iglesia a la que pertenezco. Somos muchos los que pensamos que hay muchas cosas que deben cambiar.

"CARTA A UN OBISPO"
hola obispo: no sé si estará bien empezar así, pero como no le he contado a nadie que te iba a escribir, no he podido preguntar cómo tenía que decirte. a mi maestra le digo”hola seño”, así que yo creo que a ti te parecerá bien.
te he visto esta mañana, cuando entrabas en la capilla para decir misa. ¡qué gorro tan raro llevabas! ¿no se te cae? algunas veces, cuando hacemos gimnasia, la seño nos da unos cuadrados de madera para llevarlos en la cabeza, nos ponemos todos en la raya y salimos a la vez a ver quién llega antes sin que se nos caigan. se nos caen casi siempre y es muy divertido.
yo sólo me pongo una gorra en el verano para ir al campo, y mi padre también, y las dejamos tiradas en el suelo, o las lanzamos para ver cuál llega más lejos. si yo tuviera que guardarte el gorro cuando te lo quitas, o el otro rojo que llevas, te los escondería y no te los daría ya. así podrías correr, o agacharte mejor, o rascarte la cabeza si te picaba. no me acuerdo bien de todo lo que has dicho porque tenía mucha hambre. lo que me ha gustado es ver lo fuerte que cantábamos y rezábamos todos juntos –en mi pueblo casi no se oye a los hombres ni a los jóvenes – y lo que más, lo que más me ha gustado, ha sido esa cometa grande. me han entrado ganas de ser cometa y volar muy alto. ¡qué bien cantas! yo sólo canto regular. a mí me gusta cantar pantaleón pantaleón que es una canción muy divertida. si otro día volvemos a comer juntos y estás cerca, la cantaremos, y te daré tortilla de patata de la que hace mi madre, que está chupi.
adiós, te mando un abrazo.
mavi

¿Será algo parecida a ésta, la forma en la que verá un niño a un obispo o a un cardenal o al mismo Papa ejerciendo como tales? No lo sé. Pero sí sé que somos muchos los que pensamos si no será ya llegado el momento de acabar con tanta pompa, tanta parafernalia de vestiduras y de uniformes militares propios de otros tiempos ya bien lejanos. Me cuesta trabajo imaginar al carpintero de Nazaret de esa guisa. Y digo esto a sabiendas de que serán muchos los que disientan o que incluso se escandalicen al leerlo. Me causa verdadero asombro contemplar esas multitudes enfervorizadas en la Plaza de San Pedro cuando vemos nuestras iglesias, los verdaderos lugares de encuentro de la comunidad cristiana, prácticamente semivacías. Hoy me atrevo a pedir al nuevo Pastor de la Iglesia que guíe a la barca de Pedro para volver a los orígenes, a perseguir aquella primera utopía, aquel mundo de amor que soñó para los hombres un tal Jesús hace 2000 años, y ese hermoso sueño le costó la vida.
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