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El alma al aire

Amarga miel

Amarga miel Esta reflexión ha nacido de la lectura de una reciente noticia del periódico. Un apicultor tuvo que ser ingresado en el hospital en estado grave a causa de las numerosas picaduras producidas por un enjambre de enfurecidas abejas. No se facilitan más noticias sobre el suceso. No podemos saber si el accidente se produjo como consecuencia de una imprudencia al manipular la colmena, lo cual parece raro en un apicultor experimentado, o simplemente ocurrió que a los animales se les despertó el instinto asesino a la hora de defender el fruto de su trabajo. No ha sido la única vez. Se han dado más casos, incluso con resultados mortales.
El mundo de las abejas no me es del todo extraño. Mi padre, un hombre nacido en los principios del siglo veinte, como otros muchos de su generación, apenas tuvo tiempo de ir a la escuela. Hijo de madre viuda, a sus ocho años tuvo que dejar los libros para ponerse a trabajar de zagalillo a las órdenes de un pastor adulto, y no tardó mucho en tener que hacerse único responsable del rebaño. (Me pregunto cómo cualquiera de nuestros niños de ahora, tan protegidos, tan mimados, o incluso yo misma, hubiésemos podido afrontar tal situación) Bien, a lo que iba. Pese a esas circunstancias, mi padre fue una persona con gran inquietud por aprender. Le gustaba mucho leer y, no pocas veces, destinaba pequeñas cantidades de sus no muy abultados ingresos a la compra de los libros que despertaban su interés. No sé como comenzaría en él la afición por las abejas. Sí que recuerdo que ya siendo yo niña teníamos cuatro o cinco colmenas que él administraba, y además, ayudaba a los sucesivos maestros que venían al pueblo en el cuidado de las colmenas del coto escolar. En varias ocasiones siendo ya mayor, tratando de vencer mi temor hacia estos animales, estuve presente en las tareas de la cata de miel.
Provisto de un grueso mono, guantes, botas y calcetines y una careta enrejillada para permitir la visión, con todas las posibles aberturas cerradas a cal y canto para evitar que las abejas pudiesen colarse en el interior, portando un fuelle humeante, mi padre se acercaba a las colmenas. El humo, con su efecto paralizante sobre las abejas, le permitía abrirlas y extraer los panales repletos de miel, para transportarlos seguidamente en una carretilla hasta la cercana caseta. Allí esperaba yo, observando cómo con una especie de largo cuchillo que aguardaba metido en agua hirviendo, cortaba la capa de cera que protegía la miel depositada en las celdillas de los panales, y a continuación introducía éstos en el extractor, una especie de bidón con unos soportes. Y como consecuencia de la centrifugación a la que eran sometidos, fluía de ellos con facilidad la tibia miel. Todavía conservo en mis labios y en la barbilla aquella sensación dulce y pegajosa del dorado líquido aportado por mis dedos churretosos. Al finalizar todas estas operaciones mi padre había recibido su buena ración de picotazos, cosa que aceptaba siempre con estoicismo, asegurando incluso que, según los entendidos, dichas picaduras resultaban beneficiosas para los dolores reumáticos. Sólo en dos o tres ocasiones nos propinó otros tantos sustos porque el veneno inoculado por las abejas le produjo desvanecimientos. Por suerte sólo se trató de algo pasajero.
No he podido familiarizarme con ellas. Les tengo demasiado miedo. Y la primera tentación que siento al oírlas cerca es ponerme a manotear para apartarlas de mi lado, algo a todas luces contraproducente, pues no se consigue otra cosa que enfurecerlas. En mis frecuentes caminatas por el monte, cuando las hierbas se encuentran en plena floración, suena en el aire un inmenso zumbido que inmediatamente me hace poner en guardia, y pronto descubro, no muy alejada del camino, la larga hilera de colmenas, como si de un interminable tren de mercancías se tratara. PELICRO AVEJAS, avisa el cartel. En mis labios aflora una sonrisa. Lanzo una llamada de atención a mi perro y nos alejamos los dos, camino abajo a paso ligero. Con las abejas, pocas bromas, porque la dulce miel puede tornarse amarga.
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3 comentarios

deibis -

me agrada el comentario de la avejas pero me gustaria q hablaran un poco mas sobre ellas por ejemplo: fotos de su colmena o algo ok ....
saludos
-_-¡¡

_Mary_ -

¡¡Toria!!
Amargo comentario sobre la muerte de una persona por picaduras de abejas.
Particularmente, me encanta ponerme perfume todos los dìas, y esto atràe a estos insectos a mi alrededor, manoteando para espantarlas, y a ¡¡que tangos hago!!, jajaja... pero no prescindo jamàs del perfume.
Es muy interesante todo lo que se refiere a la apiculcura y es la labor delicada para quien se dedica a ella, por las picaduras de estos trabajadores animalitos.
Mèxico es el primer productor de miel de abeja a nivel internacional, por la cantidad de flores que hay, sobre todo en esta època. Hace ya algunos años, llegò a Mèxico la abeja africana y causò muchos problemas en las personas y en el ganado, afortunadamente, creo que ya estàn màs tranquilas con los tratamientos que han hecho para que sean domèsticas.
Saludos desde Mèxico, querida Toria.

Corazón... -

Hola Toria :)
A mi las abejas, siempre me han dado un mucho de miedo se ven tan pacificas mientras estan trabajando en el panal, pero cuando se enfurecen no hay poder humano que las calme :(

Pueden ser tan peligrosas que llegan a matar...

Me alegra, saludarla y saber que esta bien.
Un beso y saludos!

;o)
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