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El alma al aire

Al borde del arroyo

Al borde del arroyo He subido más arriba del Cortadero, hasta el lugar donde se recoge el agua de boca para conducirla primero hasta el blanco depósito situado a la entrada del pinar y más tarde al pueblo asentado sobre el valle. El agua suena ruidosa y alborotada entre las piedras mientras salva los desniveles del terreno. Extiendo mi esterilla bajo un frondoso pino y me siento sobre el pequeño cojín que guardo en la mochila. Aquí el espacio llano es reducido, tan sólo la anchura del camino que muere junto al arroyo. Hay una pequeña mesa y cuatro asientos de cemento blanco donde a veces juegan a las cartas o meriendan las personas que suben hasta aquí. El pinar asciende bravo por la empinada ladera escasamente transitable. Hay un estrecho sendero, marcado de tanto en tanto con los colores blanco y rojo característicos de los recorridos de a pie. Sobre lo alto, unos rayos de sol penetran por las estrechas celosías, las hojas trazan delicados encajes sobre el cielo y una ligera brisa mece amorosamente las delgadas ramas de las copas. El canto bullicioso de las aguas logra acallar todos los demás sonidos del pinar. Todo enmudece. Sólo escucho el agua y a Yako, mi perro pastor alemán, que respira ruidosamente mientras hurga con su hocico sobre la tierra en busca de una piedra para sus juegos, esparciendo en el aire el fresco olor de la hojarasca de los pinos. Coge la piedra entre sus dientes y corre de un lado a otro alocadamente con ella. La suelta, la mueve entre sus patas, ladra con ferocidad; así hasta que se cansa y la abandona temporal o definitivamente. Aprisiona después algunas de las innumerables piñas esparcidas por el suelo y las hace crujir entre sus potentes colmillos. De cuando en cuando se me acerca, pone su presa al alcance de mi mano, se sienta sobre sus patas traseras y me mira atentamente como animándome a participar en sus juegos. Pero yo muchas veces me hago la distraída, como si no lo viese. Son sus glorias ir una y otra vez a buscar el objeto que le arrojo, incansable, sin enfadarse cuando trato de engañarlo sobre la trayectoria del blanco. Cansado de no atraer mi atención se mete en el arroyo y chapotea entre las piedras que cubren el cauce.
¡Plaf! Acabo de matar un tábano traidor, que haciendo caso omiso del repelente que me he aplicado sobre las partes visibles de mi anatomía se me ha posado sobre la pantorrilla. La semana pasada un voraz congénere me hizo pasar las de Caín con su dolorosa picadura. En contra de la filosofía del Santo de Asís, aquel del Hermano Sol y el Hermano Lobo, tengo declarada una guerra sin cuartel a todos los pérfidos insectos chupadores, picadores, mordedores… capaces de terminar con la paz idílica del bosque. Los furiosos ladridos de Yako me sobresaltan. Una pareja de excursionistas desciende por el sendero. Llamo al perro y lo sujeto con la cadena. Ellos balbucean preguntando por el pueblo oculto con acento extranjero. Yo señalo hacia él con mi brazo. Me dan las gracias con una sonrisa y continúan su camino.
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2 comentarios

Corazòn... -

Querida amiga :-)

Felicidades por ese portatil, sì que està muy chulo, pero lo que màs me pone feliz es que nos permite seguir en contacto contigo :-)
Y mira que he disfrutado de ese paisaje que bien has dibujado con tus letras.

Un beso y abrazo muy fuertes :-)

;o)

_Mary_ -

¡¡Querida Toria!!
Ayer que pasaba por el blog de Corita, leí que tienes una portatil, me da mucho gusto leerte desde donde te encuentras.
Espero disfrutes del campo y del paisaje.
Saludos desde México.
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