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El alma al aire

Cuando fluyen los recuerdos

Cuando fluyen los recuerdos Se llamaba Jesús y era mi primo. Una noche – no habrán pasado quince días desde entonces - apenas había terminado de cenar cuando se sintió mal, y en pocos minutos, tan pocos que el acontecimiento causó sorpresa en los presentes, pasó a mejor vida. Por motivos que ahora no vienen al caso no pude asistir a su funeral, y desde entonces ni un solo día he dejado de pensar en él. Creo que cualquiera que lea estas líneas me entenderá si digo que hay primos y primos. Están los primos que son hijos de tus tíos y aquellos otros que además de cumplir esta premisa han tenido contigo una relación de cercanía que hace que los lazos de parentesco se estrechen. Mis hermanos y yo convivimos con mi primo Jesús durante nuestros años de infancia, hasta que por motivos del trabajo de mi padre nos trasladamos a vivir a Zaragoza. Y los recuerdos de esos primeros años, en los que todo queda grabado de una forma tan especial, acuden en tromba a mi memoria en estos días. Sus ojos, con el iris de distinto color, le conferían una forma especial de mirar. Era mucho mayor que nosotros, delgado, de baja estatura, con la piel curtida por el aire y el sol a causa de su trabajo de pastor. Muchas tardes de invierno, ya anochecido, después de encerrar las ovejas venía a mi casa, y allí matábamos el tiempo jugando a las cartas junto al hogar, bromeando y riendo, muchas veces a mi costa, por ser la más pequeña de todos. Recuerdo nuestras comidas familiares con motivo de la matanza del cerdo o de las fiestas patronales. Y el día de Viernes Santo, en el que yo acompañaba a mi tía, cuando, siguiendo la costumbre, llevaba la comida al campo a mi primo. Garbanzos de ayuno y bacalao era el menú que marcaba la tradición. Sentados sobre la manta al resguardo del viento, mientras las ovejas ramoneaban la hierba no lejos de nosotros, dábamos buena cuenta de la comida, en aquellos años en que, como consecuencia de la guerra recién terminada, hasta el pan era escaso. Y su perra Sola, que gruñía enfadada cada vez que veía a su dueño enredando con nosotros. Y los días de esquileo, cuando al salir de la escuela acudíamos al corral para ver el trabajo de aquellos hombres habilidosos, aliviando a las ovejas de su lana. Y sus cenas frugales, con aquellos huevos asados al amor de la lumbre…
Lo enterraron en el tranquilo cementerio, junto al ciprés, sobre la misma tierra en la que reposa mi tía, con la que compartió la vida mientras ella vivió. Como buena madre que era siempre le preocupó lo que sería de su hijo cuando ella faltara. Ahora descansan juntos, y mi primo Jesús ya no necesita nada.
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1 comentario

Corazón... -

Hola Amiga :-)

Cuándo fluyen los recuerdos es como si volvieramos a vivir esos momentos. Los recuerdos son como una película que guardan nuestra historia y solo hace falta que nuestra mente los recorra para darles vida.
Es cierto lo que dices, hay primos y primos que parecen hermanos.
Seguramente tu primo está contigo, no fisicamente pero si en escencia :-)

Hace días que no entraba a tu blog, pero hoy he estado encantada disfrutando de tus lecturas, gracias por seguir compartiendo. Un beso y mi amistad como siempre...

;o)
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