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El alma al aire

¡Por Dios! ¡Que no son patatas!

¡Por Dios! ¡Que no son patatas!

Quién no conoce la anécdota de aquel nuevo rico que mandó construir una gran mansión. Después compró para sus habitaciones los muebles más lujosos, entre ellos una enorme librería fabricada con maderas nobles. Cuando la tuvo instalada, acudió a una librería y pidió al librero que le vendiera el número de metros exacto de libros que necesitaba para poder llenar las estanterías de la misma. Pero por lo que pude comprobar ayer, no sólo hay gente que utiliza las medidas de longitud para comprar libros. También los hay  que utilizan las de peso.

En la parte central del vestíbulo de un centro comercial bastante importante habían instalado unos pequeños espacios adosados que contenían numerosos libros. Sobre ellos había unos carteles con éstas o parecidas ofertas: “Compre libros a peso” “Compre 1 Kilogramo de libros por 6 euros” “Libros de 1Kg. de peso por 10 euros”

¿Cómo expresaré mis sentimientos al respecto? Me dolió. Era como si hubiese recibido una afrenta personal. Amo los libros. Han sido mis amigos desde los años de escuela. Ellos me han permitido conocer países lejanos y exóticos a los que no viajaré nunca. Me han hecho vivir aventuras apasionantes. Con ellos he compartido los sentimientos de sus personajes, he podido alegrarme con sus momentos de dicha y llorar con sus desgracias. Los libros me han enseñado muchas cosas sobre la naturaleza humana y sobre la vida. Creo que no hay ni un solo libro, incluso aquel que nos parece malo, que no pueda aportarnos algo. La sola visita a una librería o biblioteca es motivo de placer para mí. Me gusta verlos colocados en las estanterías, como cofres cerrados esperando a que alguien levante sus tapas para dejar al descubierto los tesoros que guardan entre sus páginas.

Por contraste, unas horas antes de que yo descubriera el ultraje de su venta a peso, en otro centro comercial de renombre un autor firmaba ejemplares de su último libro, mientras la gente guardaba fila esperando pacientemente que llegara su turno. Me pregunto qué sentiría un escritor que haya dedicado meses e incluso años de su vida a la creación de un libro si descubriera a ese hijo de sus entrañas, junto a  los otros pobres libros que han corrido la misma suerte, en uno de esos puestos de venta de “a tanto el kilo”

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1 comentario

Corazón... -

Que triste Toria, lo que cuentas y cierto no quiero imaginar la reacción de esos escritores que han puesto el alma, el corazón y un pedacito de su vida en cada obra que han escrito :(

Es mejor que no se enteren ya dice un conocido refran; ojos que no ven, corazón que no siente!

Un beso y abrazo grande amiga :)

;o)
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