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El alma al aire

El fuego, ese monstruo

El fuego, ese monstruo

Once bomberos carbonizados en la provincia de Guadalajara. Miles de hectáreas de campo y bosque calcinados ofreciéndonos un panorama desolador. Con más frecuencia de la que sería de desear el espectáculo del fuego con sus gigantescos y mortales lametazos nos llena de angustia y de temor. La maldad, la locura, la imprudencia,la temeridad y las causas naturales son la chispa que prende sin esfuerzo sobre nuestra pobre tierra asolada por la feroz sequía. Vivimos casi sin darnos cuenta sobre un inmenso polvorín. Cada vez que nos llega la noticia de un nuevo incendio nos lamentamos por las gentes que lo sufren y se agudiza nuestro miedo de que la próxima vez pueda tocarnos a nosotros. Mientras me hago estas amargas reflexiones, sentada a la sombra de los frondosos chopos voy deslizando mi mirada tronco arriba, acariciando sus viejas arrugas hasta auparme sobre los altos columpios de sus ramas, donde las hojas se agitan y espejean. Las chicharras ofrecen su monótono concierto, cantan los pájaros entre las matas, zumban las moscas, las mariposas ejecutan sus delicadas danzas, y yo, en silencio, contemplo y agradezco que lo paisajes familiares se encuentren un día más a salvo.

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¡Hasta la vista!

¡Hasta la vista!

Adios, amigos. Me voy a pasar el verano a mi pueblito de montaña. Casi con certeza tardaré en poder comunicarme con vosotros a través del ordenador, a la espera de comprarme un portátil que me hace mucha ilusión. Os deseo a todos unas felices vacaciones. Toria

El guardián entre el centeno

El guardián entre el centeno

No hace muchos días, leyendo la sección de una revista en la que se les pregunta a personas más o menos conocidas sobre sus preferencias sobre un libro, una película y una ciudad, alguien, no recuerdo quién, escogió el libro que lleva por título “El guardián entre el centeno”. No era la primera vez que tenía noticias de él. Recuerdo que el personaje interpretado por Mel Gibson en la película “Conspiración”, estaba completamente obsesionado con este libro y andaba medio loco por las librerías a la búsqueda desesperada de un ejemplar. Así que logró despertar mi curiosidad. Y cuando mi hermana se brindó amablemente a hacerme un regalo, le dije que me lo comprase. Hoy conozco más cosas sobre él. Sé que algunos lo consideran un libro maldito porque era del agrado de Hitler y porque el asesino de John Lennon lo llevaba en su bolsillo cuando lo mató. Incluso he leído que algunos otros condenados, de esos que causan pavor por sus crímenes monstruosos, lo tenían consigo en la prisión. Yo sólo he encontrado en él, y no es poco, los sentimientos y la forma de ver el mundo que le rodea de un adolescente americano perteneciente a una familia acomodada, durante un periodo de tiempo aproximado de unas treinta y seis horas, vividas a un ritmo endiablado, a partir de su expulsión del colegio en el que cursa sus estudios - eso de los estudios es un decir - y que le hace dar con sus huesos en una clínica, que una se barrunta siquiátrica, aunque no se exprese con total claridad en el mismo. Un adolescente que pone en la picota todo y a todos. Sarcástico, sincero, exagerado, tierno, asustado, impulsivo, exigente, desorientado, rabioso, indefenso…, capaz de pasar en el corto espacio de unos segundos de la total euforia al borde del suicidio. En una conversación con su hermana, una niña de diez años por la que siente adoración, ella se le queja amargamente de que no haya una sola cosa que a él le guste de verdad. Después de grandes esfuerzos para encontrar algo que le merezca la pena logra decirle: “¿Sabes lo que me gustaría ser? Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan en él. Yo sería el guardián entre el centeno…” Me ha encantado esta frase. Yo también quisiera serlo. Que ni un solo niño, ni un solo adolescente, sufrieran el desamor, el abandono ,los malos tratos, el abuso sexual, la prostitución, las drogas, el trabajo ilegal, las guerras…, todos esos precipicios profundos a los que están expuestos en tantas partes del mundo, algunas no demasiado apartadas de nosotros

¡Que se lo pregunten a los niños!

¡Que se lo pregunten a los niños!

Resulta casi imposible abrir un periódico, escuchar la radio o ver la televisión en estos días sin toparte con el tema de los homosexuales, como consecuencia de la ley que quiere aprobar el gobierno de Rodríguez Zapatero para permitir los matrimonios entre personas del mismo sexo, así como la adopción de menores por parejas gays o lesbianas. El pasado sábado tuvo lugar una gran manifestación en Madrid, llevada a cabo por los que están en contra de dicha ley. Millón y medio de personas, según un portavoz de los organizadores, acudieron a la capital de España para hacer pública su disconformidad con la misma – ciento sesenta y seis mil, según fuentes de la Delegación del Gobierno. (Una no puede por menos de sonreírse ante esta guerra escandalosa de cifras) No todos los españoles estuvieron allí, por supuesto. Hay muchos otros ciudadanos preocupados por temas que consideran más importantes, como el paro, el terrorismo, la escasez y carestía de la vivienda, las dificultades para estirar el sueldo hasta fin de mes…
¿Qué piensa el ciudadano corriente sobre el particular? No lo sé. Sólo voy a dar mi opinión.
En los años de mi juventud, que una familia contara entre sus miembros con un homosexual era motivo de enorme vergüenza, de modo que el hecho procuraba esconderse por todos los medios posibles. Maricón, mariquita, marica, de la acera de enfrente, tortillera, eran términos usados en tono de burla y desprecio para referirse a ellos. No se conocían los términos gay y lesbiana, y por descontado, ninguno de ellos se gloriaba de serlo, por el contrario, esto constituía para ellos motivo de enorme sufrimiento por las burlas y vejaciones a los que se veían sometidos. Pasaron los años, y poco a poco el tema dejó de considerarse tabú. Poco a poco fueron saliendo del armario, hasta el punto de que en la actualidad no hay programa que se precie que no cuente entre sus presentadores o contertulios con su correspondiente homosexual, que disfruta alardeando, a mi parecer de forma exagerada, de su condición.
¿El homosexual nace o se hace? Hay quién dice que los homosexuales son simplemente viciosos. Desde mi profesión de maestra sin embargo, yo he podido ver casos de niños en los que se ha manifestado claramente desde los primeros años una inclinación distinta a la que les correspondía por sus atributos sexuales. ¿Tienen estas personas derecho a ser felices compartiendo su vida con otras personas sin ser discriminados por ello? Por supuesto. En lo que tengo ya serias dudas es en el tema de la adopción. Pienso que un niño necesita un padre y una madre, y este referente paterno y materno, con las claras diferencias propias de cada sexo resultan esenciales para que el niño madure y pueda completar su personalidad. La falta de uno u otro le resulta perjudicial y hace que el niño crezca con un vacío difícil de llenar, como ocurre con la muerte de un progenitor – no digamos si esta falta es por partida doble. Y esa carencia la arrastrará durante toda su vida. Alguien puede argumentarme que se dan casos en los que más que padres pueden llamarse monstruos, y que sería más provechoso para el niño no tenerlos. No digo que no. Vamos a ponernos por un momento en el caso de que esta ley se aprobase. ¿Qué pensarían estos niños al llegar a la edad de la socialización y del razonamiento, al comprobar que ellos no tienen como los demás niños un papá y una mamá? ¿Sufrirían estos niños? Sin duda. Y que nadie me venga diciendo que los niños son mucho más tolerantes que los adultos y que aceptan estas situaciones con toda normalidad. Yo trato con niños, y he comprobado muchas veces que el hecho de ser llamados maricas constituye para ellos un grave insulto, porque la sociedad al día de hoy es muy, pero que muy machista.

Alumnos y profesores

Alumnos y profesores

Llevo unos días de sequedad literaria extrema, como si ningún tema atrajera mi atención lo suficiente como para hacerme expresar mis pensamientos y mis sentimientos sobre el mismo. Esta tarde, mientras arrastro mi desgana - astenia, creo que es su nombre médico – por los rincones de la casa, he encontrado un artículo de Paulo Coelho. Dice así:
Nasrudin, el eterno personaje de las leyendas sufí, estaba sentado a la puerta de su casa cuando vio pasar a un profesor con un grupo de alumnos.
-¿Adónde vas? – le preguntó.
-A rezar para que Dios acabe con la corrupción, ya que él siempre escucha las plegarias de los niños – respondió el profesor.
- Una buena educación ya habría acabado con eso. Enseña a los niños a ser más responsables que sus padres y sus tíos.
El profesor se ofendió.
-¡He aquí un claro ejemplo de falta de fe! ¡Los rezos de los niños pueden llegar a cambiarlo todo!
- Dios escucha a todo el que reza - dijo Narudin - Si sólo escuchase las plegarias de los niños, entonces no habría ni una sola escuela en el país: no hay nada que odien tanto como un profesor.

¿Qué piensa una profesora en vísperas de jubilación sobre la filosofía que encierra este cuentecillo? ¿Qué le dice su experiencia? En primer lugar habría que distinguir entre los alumnos mayores y los más pequeños. Si estuviera al alcance de las plegarias de los primeros el hacer desaparecer de la tierra a los profesores, un alto porcentaje de ellos casi con toda seguridad lo harían. La educación, el aprendizaje, personalizados en los profesores, exigen esfuerzo, y esa virtud no está de moda en nuestros días. De todas formas, yo también tengo que confesar que siendo estudiante en más de una ocasión sentí ganas de pulverizar a alguno de los míos. En cuanto a los más pequeños, está claro que nos demuestran más cariño, pero no por eso la escuela deja de ser para ellos una prisión. Sólo hay que verlos en estos días ya cercanos a la llegada de las vacaciones. Os aseguro que no llorarán al decirnos adiós. Después, cuando llegue septiembre y pasen de curso, la relación con su antiguo profesor se irá haciendo cada vez menor, hasta pasar prácticamente al olvido. ¿Qué vamos a hacer? Es la vida. Aunque a veces no deje de doler un poco. No hace muchos días, una antigua alumna que tenía que hacer una entrevista como trabajo de clase, me pidió si querría contestarla. Una de sus preguntas era: ¿Piensa que merece la pena el esfuerzo realizado con los niños durante todos estos años? Sí, por supuesto – le contesté. Cuando tus alumnos se hacen mayores y ves que se han convertido en unas buenas personas y en unos buenos profesionales, piensas que tú también pusiste tu granito de arena para conseguirlo. Eso, y la tranquilidad por haber realizado tu trabajo lo mejor que has podido, son los únicos premios.

Las víctimas del terrorismo

Las víctimas del terrorismo

El pasado sábado más de 850.000 personas se manifestaron en Madrid para protestar por la decisión del Gobierno de España de entablar conversaciones con la banda terrorista ETA con la finalidad de acabar con el problema del terrorismo en nuestro país. Miles y miles de personas desfilaron por las calles de la capital, portando en sus manos carteles con el lema: “NO EN MI NOMBRE. NEGOCIACIÓN, NO.” Pude leer en la prensa que en la cabeza de la manifestación marchaban algunas personas en silla de ruedas, víctimas de atentados perpetrados por ETA, entre ellos Irene Villa y su madre. Eso me ha hecho buscar lo que yo reflejé en mi diario sobre este suceso.

17 -10 -1991

Estoy llena de espanto. Tengo grabada en mi retina la imagen de una mujer ensangrentada, con los miembros amputados por una explosión. Intentaba incorporarse y miraba a su alrededor. Buscaba a su hija Irene, víctima también de la barbarie de asesinos de ETA. Tres atentados en el espacio de tres horas en el barrio madrileño de Aluche han causado el dolor y el horror en toda España ( En los bien nacidos, según la acertada expresión del presentador del telediario de la noche.)
Cuando ocurren estas cosas terribles no puedo menos que preguntarme: ¿Son en verdad seres humanos los terroristas? ¿No habrán sufrido acaso sus células alguna extraña mutación, y en realidad nos encontramos ante unos seres monstruosos con apariencia humana? ¿Serán capaces de experimentar el goce que proporciona la contemplación de la naturaleza, la lectura de un poema, o la audición de una hermosa melodía? ¿Qué significado tendrán para ellos palabras como ternura, amor, amistad, compasión, respeto…? Puedo imaginarlos con los ojos borrachos de sangre cuando miran, y con las manos teñidas cuando acarician algo puro e inocente. ¿Qué sentimientos albergará en su corazón la mujer que les dio la vida, que los besó y acarició, que los arrulló entre sus brazos? O bien ha de volverse un monstruo insensible como el hijo o el dolor ha de hacerle estallar el corazón.

¡Qué duro! Madre e hija perdieron sus piernas. Y están también todos los demás. Tantos otros, militares y civiles que murieron o que quedaron marcados para siempre. No es de extrañar que a ellos, a sus familias y a tantos ciudadanos se nos revuelvan las tripas ante el solo pensamiento de que se pueda estar buscando el final a cambio de un borrón y cuenta nueva. ¡Señor Zapatero, no somos santos! Y hace falta serlo para ser capaces de perdonar tanto.

¡Pobre y querida Tierra!

¡Pobre y querida Tierra!

Las vacaciones escolares están ya a la vuelta de la esquina. Se huelen en el ambiente. Se dejan ver en las escasa páginas que restan para acabar los textos de las distintas asignaturas, y en esa progresiva desgana para el trabajo que invade a los alumnos, sobre todo a la vuelta del recreo, cuando sudorosos por el ejercicio físico, permanecen quietos y acalorados en sus pupitres, con los ojos un poco perdidos rememorando las últimas jugadas del partido interrumpido por el sonido de la sirena llamando a las filas. Y se nota en esa jornada única que acabamos de estrenar, tan del gusto de los profesores. De vuelta a casa, tras la comida, cuando mi gente desfila camino de la tertulia y el café, sin nadie a quien pueda molestar, subo el tono de mi aparato para escuchar a placer el programa “Clásicos populares” de Radio Nacional. Y entonces todavía se hace más patente la proximidad de las vacaciones, ya que por la hora de emisión del programa, coincidente con mi horario de trabajo, no puedo escucharlo durante el curso escolar.
Me encanta este programa. Gozo con su música, tan acertadamente escogida por sus presentadores que consigue enganchar a los oyentes. Disfruto con las anécdotas divertidas o curiosas sobre los compositores. Me encanta escuchar la risa contagiosa de Araceli. Y las ocurrencias de Fernando Argenta, con su estilo tan especial, me hacen reír. Se me hace corto, la verdad. En el programa de hoy, como consecuencia de algún comentario que surgió ayer, por lo que he podido entender, ha salido el tema de la contaminación ambiental. Y han hablado de un reciente documental emitido esta misma semana en Televisión Española, en el que se ha lanzado una vez más la voz de alarma sobre el suicidio colectivo hacia el que camina la humanidad, y nos han recordado cómo hacemos oídos sordos a las reiteradas llamadas de los expertos para evitar la catástrofe. Nos están diciendo que al paso que vamos, en el plazo de unos treinta años, nos habremos cargado el planeta, de tal manera que no habrá una posible vuelta atrás.
Y yo, que tan apasionadamente amo la naturaleza y disfruto gota a gota los goces que me brinda, no puedo por menos que lanzar hoy al aire mi lamento. ¡Oigan! ¡Ustedes, los políticos! ¡Ustedes que a diario dan la sensación de ser los dueños y señores de la Tierra! ¿No piensan hacer nada para evitarlo? O únicamente se conformarán con lamentarse cuando el fatal desastre no tenga remedio… ¿Qué es lo que les impide actuar? ¿Es sólo la inconsciencia? ¿O serán tal vez esos enormes intereses económicos de las multinacionales del mundo los que paralizan su actuación?

Amarga miel

Amarga miel

Esta reflexión ha nacido de la lectura de una reciente noticia del periódico. Un apicultor tuvo que ser ingresado en el hospital en estado grave a causa de las numerosas picaduras producidas por un enjambre de enfurecidas abejas. No se facilitan más noticias sobre el suceso. No podemos saber si el accidente se produjo como consecuencia de una imprudencia al manipular la colmena, lo cual parece raro en un apicultor experimentado, o simplemente ocurrió que a los animales se les despertó el instinto asesino a la hora de defender el fruto de su trabajo. No ha sido la única vez. Se han dado más casos, incluso con resultados mortales.
El mundo de las abejas no me es del todo extraño. Mi padre, un hombre nacido en los principios del siglo veinte, como otros muchos de su generación, apenas tuvo tiempo de ir a la escuela. Hijo de madre viuda, a sus ocho años tuvo que dejar los libros para ponerse a trabajar de zagalillo a las órdenes de un pastor adulto, y no tardó mucho en tener que hacerse único responsable del rebaño. (Me pregunto cómo cualquiera de nuestros niños de ahora, tan protegidos, tan mimados, o incluso yo misma, hubiésemos podido afrontar tal situación) Bien, a lo que iba. Pese a esas circunstancias, mi padre fue una persona con gran inquietud por aprender. Le gustaba mucho leer y, no pocas veces, destinaba pequeñas cantidades de sus no muy abultados ingresos a la compra de los libros que despertaban su interés. No sé como comenzaría en él la afición por las abejas. Sí que recuerdo que ya siendo yo niña teníamos cuatro o cinco colmenas que él administraba, y además, ayudaba a los sucesivos maestros que venían al pueblo en el cuidado de las colmenas del coto escolar. En varias ocasiones siendo ya mayor, tratando de vencer mi temor hacia estos animales, estuve presente en las tareas de la cata de miel.
Provisto de un grueso mono, guantes, botas y calcetines y una careta enrejillada para permitir la visión, con todas las posibles aberturas cerradas a cal y canto para evitar que las abejas pudiesen colarse en el interior, portando un fuelle humeante, mi padre se acercaba a las colmenas. El humo, con su efecto paralizante sobre las abejas, le permitía abrirlas y extraer los panales repletos de miel, para transportarlos seguidamente en una carretilla hasta la cercana caseta. Allí esperaba yo, observando cómo con una especie de largo cuchillo que aguardaba metido en agua hirviendo, cortaba la capa de cera que protegía la miel depositada en las celdillas de los panales, y a continuación introducía éstos en el extractor, una especie de bidón con unos soportes. Y como consecuencia de la centrifugación a la que eran sometidos, fluía de ellos con facilidad la tibia miel. Todavía conservo en mis labios y en la barbilla aquella sensación dulce y pegajosa del dorado líquido aportado por mis dedos churretosos. Al finalizar todas estas operaciones mi padre había recibido su buena ración de picotazos, cosa que aceptaba siempre con estoicismo, asegurando incluso que, según los entendidos, dichas picaduras resultaban beneficiosas para los dolores reumáticos. Sólo en dos o tres ocasiones nos propinó otros tantos sustos porque el veneno inoculado por las abejas le produjo desvanecimientos. Por suerte sólo se trató de algo pasajero.
No he podido familiarizarme con ellas. Les tengo demasiado miedo. Y la primera tentación que siento al oírlas cerca es ponerme a manotear para apartarlas de mi lado, algo a todas luces contraproducente, pues no se consigue otra cosa que enfurecerlas. En mis frecuentes caminatas por el monte, cuando las hierbas se encuentran en plena floración, suena en el aire un inmenso zumbido que inmediatamente me hace poner en guardia, y pronto descubro, no muy alejada del camino, la larga hilera de colmenas, como si de un interminable tren de mercancías se tratara. PELICRO AVEJAS, avisa el cartel. En mis labios aflora una sonrisa. Lanzo una llamada de atención a mi perro y nos alejamos los dos, camino abajo a paso ligero. Con las abejas, pocas bromas, porque la dulce miel puede tornarse amarga.

La bondad del corazón

La bondad del corazón

¿Habéis visto alguna vez un ruiseñor? Nada en su aspecto físico llama la atención. La naturaleza no lo dotó de un colorido brillante ni del aspecto majestuoso de otras aves. Sólo parece un pájaro más. Menudo, de color pardo, tímido y melancólico, procura pasar desapercibido en lo más oculto de la maleza. Pero en la primavera, cuando la sangre le bulle en el interior y el instinto le urge a perpetuar la especie, este pequeño pájaro convierte las noches de mayo en una borrachera de dulces arpegios.
En cierta ocasión hace ya bastantes años, mientras velábamos la agonía de mi suegro en su lecho familiar, con los balcones abiertos a la noche, en esas largas horas de vigilia, la huerta cercana se convirtió en un inmenso órgano. Incontables gargantas lanzando al aire sus hermosos trinos hasta el amanecer. No he podido olvidarlo. Año tras año, al llegar estas fechas me vuelve el recuerdo y la nostalgia.
También hay personas parecidas al ruiseñor. Personas sencillas y afables, personas que no intentan llamar la atención. Pero si un día tienes la suerte de pasar a su lado pronto descubrirás que brota de su corazón una hermosa melodía.

Velando las armas

Velando las armas

Trayendo a cuento a Don Quijote, una vez más en este cuarto centenario de la publicación del libro, quiero recordar uno de sus primeros episodios, concretamente aquel en el que encontramos al hidalgo Alonso Quijano velando sus armas en el patio de la venta para poder ser nombrado caballero. ¿Qué pensamientos no pasarían por su mente en el transcurso de aquella larga noche?
Salvando todas las distancias, también yo estoy velando mis armas esta noche. Hace muchos años, en este dieciséis que empieza ya a latir, durante las fiestas de San Isidro Labrador, mi madre me dio a luz. Muchos años, sí. Sesenta años. El hecho de estrenar decenio, cuando sabes que ya apuraste más de la mitad, se presta a muy sesudas reflexiones. Y ahora que la filosofía se encuentra en horas bajas - en estos días precisamente se están haciendo públicas las protestas de muchos intelectuales porque esta disciplina está siendo relegada de los planes de estudios – ahora, digo, yo he sentido la necesidad de filosofar desde mi experiencia, sobre el pasado, el presente y el futuro de la vida. He pensado tantas cosas, tantas…, que si las pusiera por escrito correría el riesgo de espantar a mis lectores. No pienso hacerlo. Simplemente apuntaré algunas de ellas: En primer lugar, constatar la levedad de la vida y del tiempo. Como dijo Jorge Manrique en sus coplas: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando como se pasa la vida…” Se pasa tan deprisa…
Y ante mí pasan como brillantes fogonazos mis juegos de niña, mis ilusiones de juventud, mi familia, mis amigos, mi trabajo, la alegría y el dolor, lo que se fue quedando en la cuneta al paso de los años, los sueños incumplidos, los proyectos inacabados, toda la gente que se fue… Y está el hoy, con la jubilación al alcance de la mano. Y el mañana, con tantos interrogantes abiertos, con la enfermedad y la muerte planeando como buitres carroñeros sobre nuestras cabezas …
Pero una cosa sé con certeza. Que estoy dispuesta a saborear a fondo la copa de la vida, en el convencimiento de que el toque amargo es lo que hace posible saborear todo lo dulce y hermoso de la existencia.

¡Alerta roja, medicinas que matan!

¡Alerta roja, medicinas que matan!

Acabo de leer un artículo de una revista, que ha conseguido ponerme los pelos de punta. Bajo el título de Fármacos bajo sospecha, se lanzan al aire desde él estos interrogantes: ¿Podemos confiar en las medicinas de última generación? ¿Cómo afecta a nuestra salud la carrera por la novedad y los beneficios de la industria farmacéutica? –Y añade - El caso Vioxx“ha puesto al descubierto demasiados interrogantes hasta ahora silenciados. Son muchos los intereses en juego. Pero también los muertos.
Por lo que he podido entender, se trata de un antiinflamatorio que ha sido retirado del mercado tras demostrarse que su administración a los pacientes duplica en éstos el riesgo de ictus e infarto. Según el responsable de Farmacología Clínica del hospital Vall deHebrón de Barcelona, el Vioxx ha producido más víctimas que el tsunami: sólo en Estados Unidos, se calcula que ha causado entre 80.000 y 140.000 infartos de miocardio. En este mes de mayo Merkla compañía que lo comercializó, se enfrenta a 1.357 demandas, en el que se considera va a ser el juicio del siglo contra una compañía farmacéutica. Y éste, es sólo un ejemplo. Se habla de otros cuantos medicamentos: antiinflamatorios, contra el colesterol, para perder peso, antidepresivos, de tratamiento sustitutivo hormonal, para la hipertensión…que han sido retirados o que se encuentran bajo sospecha.
Creo que todas las personas consideramos la salud como un bien primordial ¿No debería haber un organismo que velase por ella? Sí, ya sé que lo hay. Se trata de la Agencia Europea del Medicamento, pero a la vista de lo que aquí se dice, no sé si puede merecer mucha confianza. Antonio López Andrés, especialista del Servicio de Prestaciones Farmacéuticas del Servicio Navarro de Salud dice: “La investigación y la información farmacológicas están en manos de los laboratorios farmacéuticos debido al patrocinio de los ensayos por parte de la industria, que está infiltrada en todas las organizaciones médicas…” Por otra parte, Marcia Angell, médica y antigua directora ejecutiva del New Journal of Medicine, en su libro “La verdad sobre la industria farmacéutica”, dice que ésta se ha alejado mucho, en las dos últimas décadas, de su noble objetivo original, esto es, el descubrimiento de nuevos fármacos útiles, para transformarse en una máquina de marketing dedicada a vender fármacos de dudosa eficacia.
¡Cuánta sabiduría tenían aquellos viejecitos a los que yo he oído decir: Hija mía, no me he tomado ni una pastilla en mi vida!
A la vista de todo lo anterior una se pregunta si los enfermos no seremos más que pobres cobayas para esas grandes multinacionales a las que parece interesarles más el beneficio rápido que la vida humana. Ya lo decía mi padre: El poder y el dinero no han oído hablar de la palabra conciencia.

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Don Quijote y el niño

Don Quijote y el niño

Son incontables los actos que se están celebrando a lo largo y ancho de la geografía española con motivo del cuarto centenario del Quijote. También en nuestro colegio se están llevando a cabo estos días unas Jornadas Culturales con ese tema. Las actividades programadas son numerosas y variadas, procurando siempre que estén adaptadas a la edad de los alumnos. Son éstos unos días distintos a todos los demás. Durante ellos los alumnos de los distintos cursos de cada Ciclo se mezclan y participan en distintos talleres: música y juegos, cocina, manualidades, comics… Esta mañana, como comienzo de las Jornadas, los alumnos de primer ciclo han visto una película de dibujos animados sobre Don Quijote. Muy formales, portando cada uno su silla, se han acomodado en una gran sala. Y, con ayuda de un cañón conectado a un ordenador –lo más moderno en medios audiovisuales, recién llegado a nuestro centro- ha comenzado la proyección. Sólo han visto unos capítulos para evitar el cansancio. La pérdida del juicio de Don Quijote a causa de la lectura de libros de caballería, su primera salida, cuando es armado caballero en la venta, Don Quijote molido a palos, la vuelta a casa, la segunda salida acompañado de su escudero Sancho, la aventura de los molinos…No resulta un lenguaje fácil para ellos aunque se trate de una adaptación. Los cuerpos infantiles se remueven en los asientos. Comienzan a escucharse susurros, imperceptibles primero, aumentando el tono después. La profesora que esto escribe, lucha en la oscuridad contra la modorra que la invade. Por fin ha llegado el momento final. El caballero de la Triste Figura, postrado en su lecho, recobra la cordura, y tras despedirse de su sobrina y del ama, de Sancho, del cura y el barbero, cierra sus ojos para dormir el sueño de la muerte.
De vuelta a clase, Doru llora sin consuelo. ¿Qué te pasa Doru? Nada. ¿Te han pegado? No. ¿Te duele la tripa? No. ¿Tienes ganas de hacer pis? - Y mientras, la Seño observa la entrepierna de Doru, por ver si el pantalón está mojado. No – niega de nuevo. Dime qué te pasa Doru. Es que…es que… es que se ha muerto Don Quijote.
¿Acaso puede haber un homenaje mejor?



Habemus Papam

Habemus Papam

(Desde el amor filial)

En estos tiempos que nos han tocado vivir, cuando la religión está tan devaluada, cuando lo progre es declararse agnóstico o ateo, yo quiero declarar que soy creyente. Para mí la fe es algo importante, tanto, que estoy convencida de que mi vida hubiese sido completamente distinta sin ella. Creo en Dios. En un Dios compasivo y misericordioso que ama al hombre con amor de padre y madre y que a su vez desea ser amado por éste desde un respeto total hacia su libertad. No es el Dios del temor en el que se me educó en mis primeros años. Es el Dios que prepara un banquete para el hijo que vuelve de lejos, tras haber derrochado la herencia exigida a su padre antes de emprender la marcha. Es el pastor que sale en busca de la oveja extraviada, y que, lleno de alegría, la trae de vuelta y deja abierta la puerta, sin temor a que ésta decida abandonar de nuevo el redil.
Una vez hecha esta declaración de fe, que no sé si será la mejor pero es la mía, paso a hacer una reflexión sobre los días que acabamos de vivir, desde la muerte de Juan Pablo II hasta hoy, con el nuevo Papa recién nombrado. Y la verdad, tengo que reconocer que sufro un gran empacho. Y digo yo: si esto me pasa a mí que soy creyente, qué podrá decirse de los que no lo son. Han sido unos días en los que nos hemos desayunado, comido, merendado, cenado… con el monotema. En mi lugar de trabajo, y supongo que no sólo habrá pasado allí, algunos compañeros bien dotados para el chiste lo han tenido fácil. Toria, ¿te has enterado de que tenemos Papa?- me dice uno cuando me ve llegar. ¡No! No me he enterado – le contesto con chufla.
¿No es cierto que si nos pasásemos un mes entero comiendo únicamente jamón, -por poner un ejemplo - acabaríamos aborreciéndolo? Pues…ese mismo efecto me pienso que ha podido producir en muchos este evento. ¿ Debería yo callar lo que me parece mal? No lo creo. El amor que tengo a mis seres queridos no me hace estar ciega para ver sus defectos. Lo mismo pienso respecto a lo que tiene que ver con la iglesia a la que pertenezco. Somos muchos los que pensamos que hay muchas cosas que deben cambiar.

"CARTA A UN OBISPO"
hola obispo: no sé si estará bien empezar así, pero como no le he contado a nadie que te iba a escribir, no he podido preguntar cómo tenía que decirte. a mi maestra le digo”hola seño”, así que yo creo que a ti te parecerá bien.
te he visto esta mañana, cuando entrabas en la capilla para decir misa. ¡qué gorro tan raro llevabas! ¿no se te cae? algunas veces, cuando hacemos gimnasia, la seño nos da unos cuadrados de madera para llevarlos en la cabeza, nos ponemos todos en la raya y salimos a la vez a ver quién llega antes sin que se nos caigan. se nos caen casi siempre y es muy divertido.
yo sólo me pongo una gorra en el verano para ir al campo, y mi padre también, y las dejamos tiradas en el suelo, o las lanzamos para ver cuál llega más lejos. si yo tuviera que guardarte el gorro cuando te lo quitas, o el otro rojo que llevas, te los escondería y no te los daría ya. así podrías correr, o agacharte mejor, o rascarte la cabeza si te picaba. no me acuerdo bien de todo lo que has dicho porque tenía mucha hambre. lo que me ha gustado es ver lo fuerte que cantábamos y rezábamos todos juntos –en mi pueblo casi no se oye a los hombres ni a los jóvenes – y lo que más, lo que más me ha gustado, ha sido esa cometa grande. me han entrado ganas de ser cometa y volar muy alto. ¡qué bien cantas! yo sólo canto regular. a mí me gusta cantar pantaleón pantaleón que es una canción muy divertida. si otro día volvemos a comer juntos y estás cerca, la cantaremos, y te daré tortilla de patata de la que hace mi madre, que está chupi.
adiós, te mando un abrazo.
mavi

¿Será algo parecida a ésta, la forma en la que verá un niño a un obispo o a un cardenal o al mismo Papa ejerciendo como tales? No lo sé. Pero sí sé que somos muchos los que pensamos si no será ya llegado el momento de acabar con tanta pompa, tanta parafernalia de vestiduras y de uniformes militares propios de otros tiempos ya bien lejanos. Me cuesta trabajo imaginar al carpintero de Nazaret de esa guisa. Y digo esto a sabiendas de que serán muchos los que disientan o que incluso se escandalicen al leerlo. Me causa verdadero asombro contemplar esas multitudes enfervorizadas en la Plaza de San Pedro cuando vemos nuestras iglesias, los verdaderos lugares de encuentro de la comunidad cristiana, prácticamente semivacías. Hoy me atrevo a pedir al nuevo Pastor de la Iglesia que guíe a la barca de Pedro para volver a los orígenes, a perseguir aquella primera utopía, aquel mundo de amor que soñó para los hombres un tal Jesús hace 2000 años, y ese hermoso sueño le costó la vida.

La cuenta atrás

La cuenta atrás

(16 - 4 - 2005)

Tal día como hoy, dentro de un mes, será mi cumpleaños. No será un cumpleaños cualquiera. En realidad, ninguno lo es, ya que el mero hecho de poder llegar, cuando todo en la vida es tan incierto, los convierte en algo digno de celebración. Cumpliré sesenta años –sesenta tacos – como dicen los jóvenes. A la impresión que produce un cambio de decenio – más éste, porque sabes a ciencia cierta que de la copa de la vida ya hace tiempo que apuraste la mitad – hay que añadir la circunstancia de mi jubilación anticipada. Cuando se acabe junio, terminará también mi vida profesional; una vida profesional de cuarenta años. Y en esta tesitura, una no puede por menos que echar la vista atrás y hacer balance. Son éstos unos días de reflexión que te permiten ir anotando en las casillas del debe y del haber, aunque seas consciente de que nada ya puedes hacer para borrar esas partidas que te pesan.
Cuando yo era más joven y algún conocido llegaba a la jubilación, sentía una especie de envidia al imaginar cuántas cosas pendientes podría hacer si me encontrase en su lugar; aunque no por eso dejara de caer en la cuenta de que este aumento espectacular de tiempo libre vendría seguramente acompañado de úlceras de estómago, cefaleas, problemas de riñón o de hígado, colesteroles, y un largo etcétera de “…osis” y de “…tritis”que van apareciendo día a día, como lo hacen las setas en un lluvioso otoño. Y el tiempo pasa veloz, sin detenerse. La vida, como un tren de incierto recorrido, conduce inexorablemente a la vejez; a no ser que en el camino el viajero sufra un accidente inesperado, o que él mismo, aburrido del viaje, se arroje a la cuneta en marcha. No es ése mi caso. Y aquí estoy. Con la jubilación a la vuelta de la esquina.
No era así como la había imaginado. Mis circunstancias familiares no me permitirán realizar algunas cosas que relegué para este tiempo. Pasar una temporada junto al mar, huyendo de los rigores del invierno; visitar todos esos lugares hermosos de mi país que desconozco; volverme peregrina en el camino de Santiago, un sueño que me acompaña desde mi juventud…Tengo un esposo que cada día depende más de mi amor y mis cuidados. Viviré para él. Seré esposa, madre, amiga, enfermera… Seré sus manos y sus pies. Apoyo en sus momentos de miedo y de dolor. ¡Espero tener fuerzas! Y disfrutaré, sorbo a sorbo, de los pequeños gozos que nos brinda la vida: el amor de mis seres queridos, la amistad, los libros, la música, la naturaleza… Todo aquello que se encuentra a nuestro alcance sin necesidad de recorrer grandes distancias para disfrutarlo. Basta con abrir los ojos cada mañana y mirar a tu alrededor. Y luego, al final de cada día, daré gracias.

¡Ay de la tierra sin locos!

¡Ay de la tierra sin locos!

( En el 4º Centenario del Quijote)

En una noche de insomnio, mientras los grillos cantaban
y la luz de las estrellas entraba por mi ventana,
presa de locos delirios, imaginé que soñaba.
Por artes de encantamiento, brujos y ciencias extrañas,
el alma del buen Quijano - aquel que vivió en La Mancha-
nostálgica de aventuras, de mi cuerpo se adueñaba.
Vistiendo vieja armadura y en Rocinante montada,
acompañada de Sancho, para deshacer entuertos
por los caminos del mundo yo soñé que me lanzaba.
Y soñaba - sin soñar- en la quietud de mi casa,
que cien ojos enemigos mi caminar acechaban,
intentando a cada paso desbaratar mis hazañas.
Miseria, soberbia, odio, ambición, guerra, ignorancia,
uno a uno iban cayendo bajo el golpe de mi lanza,
y todas las buenas gentes mis victorias celebraban.
- Sancho, mi fiel escudero, mi compañero de andanzas,
ya podemos regresar satisfechos a La Mancha.
¡Volvámonos ya, buen Sancho, que la tierra está salvada!
Paso a paso, sigiloso, como llegan los que asaltan,
sin tan siquiera notarlo, llegó el sueño hasta mi cama,
y soñé mientras dormía con algo que me aterraba.
Todas las fuerzas del mal codo a codo se juntaban;
en el tribunal del mundo a Don Quijote juzgaban,
y por estorbar sus planes, a cordura de por vida condenaban.
Al conocer la sentencia, el caballero lloraba,
y con voces descompuestas estas palabras gritaba:
¡Pobre tierra si se queda sin locos para salvarla!

¡Tengo cara de suegra!

¡Tengo cara de suegra!

31 - 3 - 1997

¡Triiing! ¡Triiing! El sonido del timbre me sobresalta. Me había sentado en mi dormitorio para dedicar un pequeño espacio de tiempo a la relajación y a la búsqueda del silencio. Es algo que me ayuda y me hace sentir bien. Pero…¡Es radical! Siempre me pasa lo mismo. Apenas han pasado unos minutos desde que me he acomodado en la silla y ya estoy dando cabezadas, como si en la más cómoda de las camas me encontrara. Me asomo a la ventana. “¿Quién es?”- digo. Es un joven rubio, delgado. Lleva un traje oscuro y un ligero maletín. Tiene todo el aspecto de ser representante. “¿Puede bajar un momento?”- me dice -. “Soy del Departamento de Estadística.” “Veamos qué sonaja nos trae”- pienso mientras bajo por la escalera. “¡Buenas tardes, señora! ¿Cómo está?” “Bien, gracias”- le contesto. “Como le he dicho, soy del Departamento de Estadística” “Ya. ¡Hola!”- saludo a mi vecina Rosa que pasa por la acera de enfrente -. Lo he desconcertado, hasta el punto de que tiene que comenzar de nuevo su discurso. “Supongo que usted será la suegra…” Me ha dejado fuera de juego. “Así que tengo cara de suegra” –pienso. Hasta ahora, las suegras eran siempre otras, no yo. “¿Tengo ya cara de suegra?” – le interrumpo simulando sentirme ofendida. “No…Bueno…. O será la tía de los que viven aqu텔 Se atasca. Balbucea. Coge aire. “Bueno, lo que quiero decir es que en esta casa vive un matrimonio joven con hijos pequeños. ¿No es verdad?” “Pues…no. Aquí vive un matrimonio, pero no joven, ni con niños” “Es que…- se atraganta - me han dicho que vivían aquí” “Viven ahí. En la casa de al lado” “Perdone ¿eh? Que le haya dicho que es la suegra no quiere decir que tenga que ser usted mayor. Hay suegras muy jóvenes”- dice mirándome con gesto conciliador. “La verdad es que yo ya podría ser suegra, y casi abuela” – le digo mientras se me escapa una ruidosa carcajada. “Adiós, pues. Y a lo dicho. Perdone. Ya dice el refrán: El que tiene boca se equivoca.” Él se va a la busca y captura del matrimonio joven, y yo comienzo a subir las escaleras con una amplia sonrisa en los labios, mientras reflexiono sobre mi inesperado ascenso en la escala del parentesco.

Para los momentos bajos

Para los momentos bajos

"Dentro de mí hay una rueda que cambia constantemente de la tristeza al gozo, de los transportes de alegría a la depresión, de la felicidad a la melancolía. Al igual que las flores, los capullos de gozo de hoy se marchitarán y abatirán, y sin embargo recordaré que las flores secas de hoy llevan la semilla del pimpollo del mañana; así también la tristeza de hoy contiene la simiente del gozo de mañana"
(El vendedor más grande del mundo. Og Mandino)

¿Quién no ha experimentado esos cambios repentinos? Hoy piensas que eres capaz de comerte el mundo y al día siguiente pareces un pobre niño desvalido. El gozo y la tristeza forman parte de la vida de todo ser humano. Sabio es aquel que acepta que ni el uno ni la otra pueden durar para siempre.

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Las desventuras de una pobre usuaria de Telefónica

Las desventuras de una pobre usuaria de Telefónica

Durante todo el día de ayer y una buena parte del de hoy, mi ordenador ha sufrido una parálisis inesperada. Cada vez que uno de los miembros de mi familia intentaba conectarse a internet, el correspondiente cartelito anunciador indicaba que el nombre del usuario o su contraseña eran incorrectos, y se nos negaba el acceso. De nada sirvieron los sucesivos intentos de uno de mis hijos, que es normalmente el que se encarga de solucionar los problemas que se producen en nuestro ordenador. Una y otra vez, machaconamente, el ya citado cartelito repetía su mensaje. Al llegar la noche nos dimos por vencidos y decidimos llamar al número de atención personal de Telefónica. ¿Os ha tocado realizar esa gestión alguna vez? ¿No? Pues yo os explicaré mi experiencia. Tal vez os sirva si se os presenta la ocasión.
Un consejo: Os vendrá muy bien hacer un buen acopio de paciencia antes de comenzar las gestiones.
Cuando marques el número, escucharás una voz enlatada que te dará la bienvenida al servicio de atención personal (¡qué ironía!), y te ofrecerá distintas alternativas según cuál sea el motivo de tu llamada: O puedes marcar el número…. para…(para lo que sea, que no viene a cuento), o debes esperar unos instantes. Esperas…, y entonces, alguien te pregunta qué deseas. Tú explicas el problema lo mejor que puedes. Él te pide todos los datos pertinentes. Hay unos momentos de silencio y a continuación te dice que te han desconectado el servicio porque tienes una cuenta de cincuenta con setenta y nueve euros sin pagar. Tú le contestas que debe de tratarse de una equivocación, y entonces él dice que te pasa con un asesor comercial. Esperas… Pero, no. No puedes hablar con ningún asesor porque están todos ocupados. Así que te invita, (por favor, eso sí) a que vuelvas a llamar dentro de un rato.
Cuando pasado el rato, llamas, escuchas de nuevo la misma voz enlatada que, claro está, te ofrece las mismas opciones. Esperas…, hasta que oyes otra voz masculina que te pregunta qué deseas. Y entonces, tú, con los nervios un tanto alterados, que te producen cierto tartamudeo, vuelves a desgranar tus penas. Y…¡hale! Otra vez a decirte que debes los malditos cincuenta con setenta y nueve euros. Y como a estas alturas ya tienes preparada la cartilla del banco en la que tienes domiciliados tus recibos, dices que nones. Que tú has pagado religiosamente todas las facturas. Entonces el señor repite eso de que va a pasarte con un…¿no lo adivinas? Efectivamente, con un asesor comercial. Y entonces oyes claramente el tono indicativo de que se ha cortado la comunicación. Sientes la tentación de jurar en hebreo y de hacértelo en sus muertos, aunque los pobres no tengan culpa de nada.
Y vuelta a empezar. Al fin oyes la voz de una señorita que te dice su nombre. Tú no lo entiendes bien y le pides que por favor te lo repita porque quieres tenerlo bien apuntado. Porque te has jurado a ti misma que si vuelven a cortarte la comunicación vas a cursar una reclamación en toda regla. Vuelves a contar tu problema. Y por lo que se ve, sigues debiendo cincuenta con setenta y nueve euros. Entonces tú empiezas a sentirte fuera de juego porque no te consideras una morosa y balbuceas que no puede ser. A continuación, la señorita, que parece amable y desea solucionarte el problema, te explica que esa factura corresponde al número de teléfono… Es el de la casa del pueblo en la que pasamos el verano. Al morir mi suegra, cambiamos el nombre del titular, poniéndolo a nombre de mi marido. Juro por lo más sagrado, que en su momento proporcionamos todos los datos que se nos exigieron, incluido el número de cuenta de su banco. Sin embargo, algo salió mal, y la factura fue a parar a la antigua cuenta de mi suegra, ahora cancelada, y desde allí la devolvieron sin ponerlo en nuestro conocimiento.
Y yo digo: Unos abonados de Telefónica que han pagado religiosamente sus recibos desde hace treinta años, ¿no se merecían una llamada de la Compañía para solucionar el problema, en vez de tomar una medida tan drástica como la de desconectarnos del servicio? Yo le aseguré a la señorita que me atendió, (aunque ella no haya tenido la culpa de lo ocurrido), que iba a hacer pública mi protesta por lo que considero ha sido un trato inadecuado hacia nosotros.
¡Aquí está mi protesta! Y mis augurios: Llegará un día, cada vez está más cercano, en el que los sufridos usuarios del planeta se unirán para dejar oír su voz y defender sus derechos. Y entonces… Empresas todopoderosas ¡echaros a temblar!

NOTA: La señorita me aconsejó que para que nos conectaran lo antes posible nos convenía hacer el ingreso de la cantidad adeudada en un banco concreto, que no tiene oficinas en el lugar donde vivimos. Así que mi hijo ha tenido que desplazarse a otra localidad para poder realizar la operación. Eso sí, todo hay que decirlo: Una vez pagada la deuda, en seguida hemos recuperado la conexión.

¡Han talado los chopos!

¡Han talado los chopos!

Tras los fríos de este largo y crudo invierno, hoy, por fin, hemos tenido un hermoso día. He aprovechado para dar un agradable paseo por el camino de siempre. Ese camino, recorrido tantas veces, que ya lo siento como si me perteneciera un poco. Los melocotoneros lucen en todo su esplendor. El hermoso estallido rosa sobre el verde tierno del sembrado, los ocres labrantíos, el azul luminoso de un cielo limpio de nubes... todo canta las glorias de la ya cercana primavera. Pero…¿a dónde han ido a parar los airosos chopos que flanqueaban la acequia? ¡No ha quedado ninguno! Me duele contemplar la larga hilera de muñones sangrientos. Nunca más aspiraré el penetrante perfume de sus hojas tiernas. Ni escucharé el alegre murmullo del viento entre sus ramas. Ni cantarán los pájaros sobre sus copas. Y cuando llegue el otoño, no volveremos a pisar mi perro y yo aquella alfombra crujiente y olorosa. Con toda seguridad, el hombre de la motosierra, el causante de tal desaguisado, no podrá ni siquiera imaginar mi amor por esos chopos, ni el cúmulo de dulces sensaciones que esos árboles provocaron en mí, ni mi pena por su desaparición… ¡Adiós viejos amigos!

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