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El alma al aire

El internado

Mi padre siempre aspiró a que sus hijos tuvieran acceso a la cultura, cosa que a él le fue negada. Huérfano desde los ocho años, pronto tuvo que dejar la escuela para ponerse a trabajar, pero sintió siempre una gran inquietud por aprender. Cuando yo tenía once años, por mediación de una tía religiosa fui a estudiar a un internado: “Colegio Aspirantado Hispanoamericano” era su nombre. Allí pasé siete años de mi vida. Allí reí, jugué, canté, lloré, estudié, descubrí la amistad y, mientras se suponía que tendría que estar aspirando a la vida religiosa, soñé con el amor y me convertí en una mujer. Así como muchas veces he escuchado a diferentes personas despacharse a gusto sobre los frailes y las monjas, he de decir que no guardo malos recuerdos de aquellos años, aunque no todo fuera de color de rosa. Considero que la educación que recibí fue fruto de aquella época concreta, en la que las costumbres y el enfoque de la vida eran completamente diferentes a los de hoy. Siempre recordé con cariño aquellos años. Treinta y cuatro años después, convocadas por una compañera muy activa, aprovechando el puente de Todos los Santos, nos juntamos alrededor de cuarenta antiguas alumnas. Acudimos todas, animadas por el deseo de evocar, de revivir aquellos años de nuestra adolescencia, tan lejanos.
¡Cuánta expectación en los momentos del encuentro! Resultaba difícil descubrir en aquellas mujeres maduras a las niñas que fuimos. ¡Cuántos recuerdos! Aunque una gran parte del gran edificio se había transformado para adaptarse a los nuevos usos, todavía pudimos descubrir un buen número de detalles tal y como se mantenían en nuestra memoria. La gran escalera de mármol blanco que ascendía hasta la terraza situada en el cuarto piso, por cuyo hueco cayó Camino, y que, como por un milagro, al llegar al tercero, logró agarrarse al pasamanos e introducirse de nuevo, sin que nadie supiera explicar muy bien cómo lo hizo. Aquello pasó a los anales de la historia del Colegio. Tampoco pudimos dejar de recordar a Conchita y a María Teresa. La primera se metió en un armario jugando al escondite, y la segunda la cerró por fuera para hacerla rabiar. Lo peor fue que al tocar el timbre que avisaba de la hora de clase, se marchó corriendo olvidándose “del fiambre”. Sí, casi lo fue. Las vecinas de habitación escuchábamos lamentos y jadeos ahogados sin lograr descifrar su procedencia. Cuando por fin abrimos el armario, la víctima estaba acurrucada en aquel reducido espacio completamente envuelta en sudor, al borde del desmayo y de la asfixia. Ojeamos una por una las fotos de los viejos álbumes, indagamos sobre la situación de presentes y ausentes, recordamos divertidas anécdotas y no encontrábamos el momento de irnos a la cama. Fuimos a visitar la finca, situada a cinco o seis kilómetros de la capital. Todavía me parece ver la cara de sorpresa y de curiosidad del conductor del autobús al encontrarse con semejante invasión de mujeres locuaces. En la finca pasábamos la práctica totalidad de los días festivos. La mayoría de las alumnas hacíamos el camino de ida y vuelta a pie. Sólo unas pocas privilegiadas disponían del dinero suficiente para coger el autobús, pero yo no me encontraba entre ellas. Las únicas alegrías que me permitían mis menguados recursos eran las de comprar de vez en cuando un cucurucho de aceitunas en la pequeña tienda del barrio cercano a la finca, en el que vivían los obreros de la fábrica de Tafisa. Después, dejábamos atrás las casas, por aquel camino flanqueado por grandes matas de retama, amarilla y perfumada en primavera, y acometíamos el empinado tramo que llevaba a aquella extensa finca con un buen campo de viña y numerosos almendros, cuyas sufridas ramas nos servían de observatorio y de rincón de secretas confidencias. Muchas cosas habían cambiado desde entonces. La pequeña casa donde vivía Benito, el encargado, y la pequeña granja de gallinas ponedoras, habían desaparecido. En su lugar podía verse un amplio edificio de una planta que servía de noviciado y casa de retiro. Los almendros parecían ser los mismos, al igual que los caminos que llevaban a los viejos rincones. La alberca estaba ya vacía y roto el cobertizo que nos servía de refugio en los días lluviosos o fríos. El campo de balonmano, aquel amplio rectángulo de tierra en el que corríamos hasta agotarnos, estaba desdibujado por las hierbas. Habían crecido los pequeños pinos que dejamos recién plantados, y la fuente, con sus chopos airosos, sus rústicos bancos de madera y aquellos lirios tan hermosos que crecían a ambos lados, habían sido devorados por la maleza. ¡Me pueden los recuerdos! ¡ Tal vez pueda volver algún día!

La Cojica

Hemos ido a visitar a la tía Vicenta. Apenas nos ha visto ha roto a llorar, y su emoción hacía todavía más difícil entender lo que decía. Por fin, Pablo ha logrado descifrarlo. “Os habéis olvidado de mí”. Él trata de calmarla. “No te olvidamos, tía. ¡Ojalá pudiésemos venir más a menudo!” Sentados a ambos lados de la cama tratamos de escuchar su largo e ininteligible monólogo. ¡Qué triste existencia la de estas personas mayores y enfermas confinadas en un centro asistencial! Dependiendo por completo del cuidado de los que allí trabajan. No se puede pagar con dinero la labor que realiza aquella gente. Resulta gratificante cuidar de un niño, pero no lo es tanto cuidar de ancianos impedidos y enfermos, darles la comida y las medicinas, asearlos, cambiarlos de ropa, levantarlos, acostarlos y demostrarles cercanía y afecto. La tía Vicenta comparte habitación con otra mujer, en la zona de la enfermería. Por la puerta abierta he visto pasar a una mujer de pequeña estatura, apoyándose en muletas, con las piernas totalmente arqueadas, y de repente he tenido una especie de intuición. La conozco- me he dicho- aunque no sabía ponerle el nombre. “¡Eh, usted, señora!”- he dicho, mientras salía a su encuentro. “Irene, que te llaman”- ha gritado la compañera de habitación de la tía. “¡Eso es! Irene, yo la conozco a usted” “¿Ah, sí, hija?, pues no caigo.” “ La conocí siendo niña. Usted iba a mi pueblo, a casa de la señora Braulia” “¡Ay, qué alegría, hija! ¡Mira qué casualidad! ¿Y tú, de quién eras?” “Soy hija del ferroviario” “ ¡Ya lo creo que os conocía…! Tu madre cogía muchas setas, y a veces me daba…” “¿ Viven tus padres, hija?” “ Sólo mi madre. Está en Zaragoza, con mi hermana” “¡Ay, cuánto me alegro! Dale un abrazo de mi parte. Pues yo, ya ves. Llevo aquí más de ocho años. Vino primero mi hermana y luego me trajeron a mí. Sólo quedo yo. Y me han operado ya dos veces de la cadera. Gracias a D. Juan, ya sabes, el cura del pueblo de tu madre. Hubo unos años que nos defendíamos haciendo chaquetas de punto, pero luego se puso todo muy difícil, y no teníamos seguridad social.” Recuerdo la impresión que nos causaba aquella pequeña mujer de piernas torcidas, a la que llamábamos cariñosamente ”La Cojica" Eran tres hermanas y un sobrino, todos padeciendo la misma deformación. A la hermana casada la abandonó el marido nada más nacer el hijo. No debió sentirse con fuerzas para soportar aquella cruz. Hasta hacía dos años iba a su pueblo a pasar el verano, pero ya no se sentía con fuerzas.
Me ha preguntado por los hijos de la señora Braulia, si iban todavía al pueblo y si seguía viviendo allí solo “el pobre Feliciano.” No. “El pobre Feliciano” sólo iba al pueblo en el verano, y según mis últimas noticias iba a dejar de ir porque la casa amenazaba ruína. “El pobre Feliciano…” Puede que algún día me sienta capaz de contar cuánto dolor y cuánto miedo causó aquel monstruo a la niña tremendamente tímida e indefensa que era yo a mis ocho o nueve años."

Una tarde en la ciudad

¡Qué interminable tarde! ¡Qué aburrida y odiosa resulta a veces la ciudad! Estoy sentada en una cafetería cercana a la estación, haciendo tiempo para coger el tren. Tomándome un café que a buen seguro me impedirá dormir, y oyendo, sin oír, la animada conversación de una joven pareja en la mesa vecina. Hay música de fondo, y el rumor de la ciudad llega hasta aquí amortiguado por las paredes del local, tornándose en feroz rugido cada vez que un cliente abre las puertas para entrar o salir. Mi corazón añora sin remedio el hermoso silencio de la montaña. ¡Tres horas y media! ¿Cómo pueden resultar tan largas y tediosas? Yo doy fe de otros días y otras horas de mi vida, transcurridos como un suspiro. ¡Condenado reloj! Quiere hacernos creer que él es el estricto vigilante de las horas, que las hace transcurrir, medidas, exactas… pero yo sé muy bien que no es así. ¿Quién podrá convencerme de que son iguales las duras horas del dolor y aquellas otras en que el gozo te rebosa por dentro, las de aquella tarde de verano cogiendo té, o aquella otra con el cuerpo acostado cara al cielo sobre la hierba esmaltada de flores diminutas, frente a la ermita, con el cielo esplendoroso como techo, y aquel silencio salpicado de trinos y rumores vegetales.
He venido a la ciudad para hacerme unas radiografías. Han fotografiado abundantemente mi esqueleto. De frente, talones apoyados en el panel. ¡No respire! ¡Clas! ¡Respire! Ahora de perfil. Con los brazos cruzados sin apoyar en el cuerpo. Y toda aquella enorme maquinaria que se mueve y resopla como un monstruo. ¡No respire! ¡Clas! ¡Respire! ¡Descanse! Y la enfermera quitando las radiografías hechas y colocando nuevas placas. Ahora de perfil con la barbilla levantada, en un gesto entre impertinente y ridículo. El monstruo vuelve a moverse. La ventanita brillante me enfoca de nuevo. Mi postura no es correcta, porque la joven entra y me recoloca. ¡No respire! Yo contengo la respiración intentando hacerlo bien, y a ella debe de habérsele olvidado decirme que respire, tanto que me está faltando el aire. ¡Respire! ¡Qué alivio! ¡Ya está! Espero que el doctor Ferrer no encuentre demasiado fea mi columna. Hace unos días fui a su consulta. Supongo que ya hace años que dejó de hacer los ejercicios- me dice. ¡Que los haga el doctor Ferrer! - continúa. Yo me río al oírlo. Siete años son muchos años para hacer religiosamente los ejercicios sin cansarse. Nadie se acuerda de santa Bárbara hasta que no truena- pienso. Esos siete años han cubierto de canas la cabeza de este médico de trato amable y campechano. ¡Desnúdese de la cintura para arriba! Y a una le entra un ataque de pudor. ¡ No hace falta que se quite el sujetador! ¡Vaya, menos mal! ¡Inclínese hacia delante! ¡Ahora hacia atrás! Me coge del brazo izquierdo y me hace girar el tronco. Luego con el brazo derecho. ¿Duele? ¿Aquí? Luego las piernas. Cuando termina, mi cuerpo reumático protesta ferozmente. Voy a mandarle hacer unas radiografías. Esto va a suponerme varios viajes a la ciudad. Para hacerme las radiografías, para llevar los resultados. Y así se van consumiendo los días de vacación que en sus comienzos aparecen repletos de infinitas y maravillosas posibilidades.
Lo primero que he hecho esta tarde al salir de la estación ha sido ir a las oficinas de mi entidad médica a recoger un talonario de cheques de asistencia y el nuevo cuadro médico. Y al poco de salir, quizás por un golpe de viento o quién sabe por qué, se ha desprendido el asa de mi bolso. ¡Santo cielo! Los cheques, el talonario de recetas, el cuadro médico viejo con sus hojas desprendidas, la prescripción médica para las radiografías…¡Todo! ¡Todo volaba por los aires! Parecían una bandada de pájaros enloquecidos, y estaba mi corazón presa del pánico. ¡Adiós prescripción! ¡Adiós radiografías! Tendré que comenzar de nuevo…¡Qué horror! ¡Mira, mamá, esa señora ha perdido los papeles! ¡Mira! ¡Mira cómo vuelan! ¡Jo, tío, mira ésa…¡Todo se le ha ido volando! ¡Ay qué pobre! ¡Mira que como sean papeles importantes…! ¡Lo tiene crudo! Puedo adivinar lo que dicen. Están en el autobús y en los coches que circulan por la calzada, no demasiado lejos del escenario de mi desgracia. Pero nadie corre en mi ayuda. Ninguna de las personas que van delante de mí parece preguntarse sobre el origen de aquella repentina aparición de papeles voladores. Nadie vuelve la cabeza para averiguarlo. Yo corro tras los papeles como aquel tonto del pueblo tras el billete de mil pesetas atado al extremo de un hilo invisible y, cuando ya parece que los tengo a mi alcance, un nuevo golpe de viento impulsa de nuevo su loca carrera. Durante unos segundos, que a mí se me han antojado una eternidad, he tenido todas mis energías concentradas en recuperar los documentos perdidos, ajena a la curiosidad que haya podido despertar en los viandantes, como si la calle hubiese estado completamente desierta, sin más protagonistas que yo misma y aquellos malditos pedazos de papel.
-¿Le importaría que me sentara, señora?
- No, por favor siéntese.
- Muchas gracias.
Es una señora de edad que se apoya en un bastón.
- ¿Hay que pedir en el mostrador, o te sirven aquí?
- Creo que tendrá que pedirlo y traerlo usted misma- le digo.
La señora se toma su café.
- ¿Hay que llevar esto al mostrador?- pregunta. Es que no soy de aquí y no sé las costumbres.
- Puede llevarlo o dejarlo, como usted quiera, señora.
Miro al reloj. El tiempo ha ido pasando mientras garabateo estas líneas. Nadie parece sentir curiosidad por verme escribir, tampoco a mí me preocupa que alguien pueda sentirla. Durante unos cuantos minutos he permanecido ocupada, tratando de componer el puzzle de mi reciente pesadilla.
- ¿Va a tardar mucho en dejar la mesa libre?- me pregunta alguien que acaba de llegar.
- ¡Vaya! ¡Esta señora me está despachando! ¡Abrase visto! ¡Señora, que he pagado mi consumición y tengo derecho a ocupar mi asiento!- digo para mis adentros. Pero mi limito a decirle en voz alta que tiene una silla libre.
- Pero es que está también mi hija…
- Enseguida me marcho, señora.
Y sigo escribiendo, aunque sea sólo por hacerla rabiar un poco, demorando unos minutos más mi marcha.

El viaje a Villarroya

Hoy voy de viaje con madre, a Villarroya. Madre comprará cerezas, o tomates, o ciruelas…¡no sé! Salimos temprano porque hay que andar mucho rato hasta llegar a la estación. Primero se ve sólo como un puntito blanco allá a lo lejos. Luego vas andando, andando, y ves los campos amarillos porque ya es verano y están a punto para segar. En los bordes del camino hay hierba, cardos, juncos, mariposas, pájaros, saltamontes… Durante un rato no se ve la estación, pero luego llegas a la Dehesilla y…¡allí está!, más cerca y más grande. Llevo las zapatillas manchadas de polvo, pero no me importa, ¡ya me las sacudiré al llegar!
En la estación vive el señor Marín, el jefe. Padre lo conoce mucho. Es un hombre delgado, con la cara colorada y el gesto avinagrado. Algunas veces yo he entrado en la cocina de la casa para saludar a la señora Basi, su mujer. Es una cocina distinta a la nuestra. Está en alto y tiene unas puertecillas cuadradas para meter la leña, y unos agujeros redondos por arriba. También tiene agua caliente y unos hierros dorados muy bonitos. El señor Marín y la señora Basi tienen muchas gallinas y pavos, y un gallo que persigue a las mujeres para picarles en las pantorrillas. Los pavos se pasean muy tiesos por debajo de la morera dando unos graznidos muy fuertes. Yo los estoy mirando mucho rato. Les miro ese chichorro que les cuelga como si fuera un moco colorado muy largo. Las gallinas cacarean y escarban cerca del pozo. Casi siempre me asomo al pozo, con cuidado, para ver el agua oscura allá abajo. A veces grito ¡Aaah!. ¡Aaah! –repite el eco. Y tiro piedrecillas. ¡Clas! ¡Clas!- hacen al chocar con el agua. Madre me llama. Ya están dando los billetes. Nosotras no tenemos que pagar porque padre es ferroviario. Cuando el tren se ponga en marcha, al pasar por las Ventas, miraré por la ventanilla a ver si veo a padre junto a la vía, porque a veces está trabajando por allí. Ya viene el tren. Hace mucho ruido y tiemblo un poco. Miro de reojo para ver si alguien me mira porque me da vergüenza de que sepan que tengo miedo. ¡Ya está! ¡Ya nos hemos montado en el tren! Hemos subido muy deprisa. A mí siempre me parece que vamos a quedarnos en la estación. Me siento junto a la ventanilla y miro fuera. ¡A ver! ¡A ver si veo a padre! Pero, no. Me gusta ver pasar los campos, los postes, los cables que parece que se juntan y luego se separan, los montes… Ver quién sube y quién baja en cada estación. A veces, por unos momentos, escucho lo que hablan los viajeros, los miro un poquito de reojo si tienen la nariz como una porra, o si son gordos y barrigudos. Pero sólo un poco. Enseguida vuelvo a mirar fuera. Y veo el humo que se escapa de la máquina. Es como una gran melena gris que se extiende y se despeina formando figuras extrañas. Y, de cuando en cuando, el tren hace fa, fa, fa, como si le costase mucho trabajo, como si estuviese cansado y sin fuerzas para continuar. Y me divierto cuando entramos en un túnel y todo está oscuro, y hay que subir las ventanillas porque se mete el humo y nos hace toser. Y al fin, el tren pita, como si nos dijera: ¡que ya salgooo!
Muy cerca de Villarroya hay que atravesar un puente. Madre me cuenta que una vez, hace años, hubo una tormenta muy fuerte y el puente se hundió cuando pasaba el tren. Los vagones de atrás se fueron abajo y murió mucha gente. El tio Pipo se salvó de milagro. El tio Pipo es el hombre que viene a mi pueblo con el burro a vender naranjas. ¡Hasta se le cayeron abajo las zapatillas! Padre tuvo que ir con otros ferroviarios a arreglar la vía después del accidente. Villarroya es un pueblo muy grande, con muchas tiendas. Hay mucha fruta y muchas moscas. Madre compra una barquilla de cerezas coloradas y brillantes. Cojo un puñado y me pongo algunas de pendientes. Cuando terminamos de comprar, vamos a la casa de un ferroviario que es amigo de padre y estamos allí hasta la hora de volver. Hace mucho calor cuando regresamos a la estación y no tengo ganas de andar. Cogemos el tren mixto. Es un tren muy largo, con vagones de mercancías. Sólo lleva un vagón de viajeros. Marcha muy despacio, muy despacio. Yo veo unas flores al lado de la ventanilla y saco la mano para cogerlas, pero las flores se me escapan y mi mano se enreda en una zarza. ¡Ay qué dañooo! Un hombre se ríe de mí. Madre me riñe y me recuerda que es peligroso sacar la cabeza y los brazos. Yo le prometo que no lo volveré a hacer. Ya llegamos. Padre nos está esperando. Madre no quiere que padre coja la barquilla porque está cansado de trabajar. Hace un rodete con su pañuelo y se lo coloca en la cabeza; después levanta la barquilla y la pone sobre el rodete. ¡Qué fuerte es madre! Y empezamos a andar. El sol nos da de frente, pero ya no calienta mucho porque está a punto de esconderse tras los montes. Allí a lo lejos, en lo alto, se ve mi pueblo, muy pequeño. A mitad de camino padre le coge a madre la barquilla para que pueda descansar. El Daniel y la María salen a esperarnos a las Peñuelas. Nos paramos un momento y los tres metemos a la vez las manos golosas en la barquilla para sacarlas hinchadas de cerezas. Mañana, madre venderá las cerezas en el pueblo hasta sacar el dinero que ha pagado por ellas, y las que queden serán todas para nosotros. ¡Qué ricas!

¡Qué daño me he hecho!

Estamos subiendo del corral. Madre ha mandado a la María y al Daniel a echar de comer a las gallinas. Yo voy con ellos. Llevo una cuerda que me he encontrado no sé en dónde.
- ¡Yo quiero ser burro! ¡Yo quiero ser burro!- grito.
El Daniel y la María se persiguen corriendo. Yo lloro, pataleo y grito más fuerte:
- ¡Yo quiero ser burro ¡Yo quiero ser burro!
- Me atan la cuerda a la cintura. Ellos tiran hacia delante, cuesta arriba, y yo hago fuerzas hacia atrás. De pronto, tropiezo en una piedra y caigo al suelo.
- ¡Ayyy! ¡Ay que dañooo! ¡Qué daño más grande me he hechooo!
Lloro a gritos. La María y el Daniel tratan de consolarme inútilmente. A los gritos, sale de la Casaza la Rufina.
- ¿Qué te pasa?- me dice -. ¡No llores más! ¡No ha sido nada!
Yo lloro, lloro, lloro. Madre reconoce mi llanto desde casa y viene a toda prisa. Me abraza, me besa. Yo me toco el hombro dolorido y no tengo consuelo.
- ¡Ayyy, madreee! ¡Cuánto me duele el hombrooo!
Madre no sabe qué hacer.
-¡Toma! ¡Bebe!- me dice.
Me ha preparado un vaso de agua con azúcar, que suele curarme todos los dolores. Pero esta vez, no. ¡Me duele! ¡Me duele! ¡Me duele! Vienen a casa las vecinas, y el Chivín, y la Manuela, y el Paco. Todos me miran con cariño y me dicen cosas.
-¡Calla! ¡Cállate ya, que no es nada!
Y yo, lloro y lloro. Ha venido el maestro. Me agarra de la mano y me hace mover el brazo. ¡Ay! ¡Ay, qué daño! Le dice a madre que debe de habérseme roto la cla… la clavicla, o algo así. Me ponen un pañuelo atado al cuello para sujetar el brazo. Cuando llega padre de la vía le pregunta a madre qué me pasa y entonces yo lloro de nuevo. Padre me dice:
- Prueba a tocarte la oreja derecha con la mano. ¡A ver! ¡Despacio!
Y yo, muy despacio, entre lamentos, consigo hacer lo que me manda. Padre piensa que no tengo roto ningún hueso. Entonces me sienta sobre sus rodillas y me consuela con sus besos.

Los pizarrines

La María, el Daniel y yo tenemos cada uno una pizarra para la escuela. En ella copiamos las cuentas que nos pone el maestro de deberes. Yo hago sumas y restas y mis hermanos hacen divisiones muy largas, tan largas que ocupan toda la pizarra. Si nos equivocamos borramos con el trapo que cuelga de un cordón. A veces escupimos un poco para mojar el trapo, así se borra mejor. Madre nos compra a veces unos pizarrines de manteca, pero se acaban pronto, así que tenemos que hacérnoslos nosotros mismos. El Daniel y otros chicos mayores van con pozales y azadillas hasta cerca de la vía del tren, a un sitio donde hay piedra de pizarra. Con los pozales casi llenos y descansando muchas veces, porque la carga pesa y el camino es largo, llegan por fin al pueblo. Los pequeños los vemos llegar desde el castillo. Entonces bajamos a la plaza y…¡hala!, nos ponemos todos a hacer los pizarrines.
No todo el mundo sabe hacerlos ¿eh? Hay que escoger un buen trozo de pared de cemento, como por ejemplo la del frontón, o la de la casa del cura.. Entonces, coges el trozo de pizarra en la mano y te deslizas a la derecha y luego a la izquierda, muchas veces. Así la piedra se va desgastando. Se va quedando larga y delgada. El suelo se llena de polvo amarillo y también los pies, y las manos, y las pestañas, y el pelo, y el vestido. ¡Todo! ¡Todo se vuelve amarillo! La Carmen se enfada con el Pablo porque él le ha dado un susto y se le ha caído el pizarrín. ¡Plas! ¡Ya está hecho pedazos!. Después el Carlos y yo que íbamos muy deprisa y en distinta dirección hemos chocado
y… ¡adiós pizarrines! El Daniel, el Chivín y el Goyo saben hacer unos pizarrines largos y redondeados que nos dan mucha envidia. Yo le pido uno al Daniel. Se lo pido muchas, muchas veces, sin cansarme, hasta que me lo da.
- ¡Tomaaa! ¡Para que te calleees!
Empieza a oscurecer. Las chimeneas dejan escapar sus ondulantes cintas de humo y las calles se llenan de olor a carrasca y a romero.
- ¡Huele a tortilla de patata!- dice el Daniel.
- ¡No! ¡Huele a huevo frito con chorizo!- digo yo.
La boca se nos hace agua y, pronto, cada mochuelo a su olivo- como dice madre- tomamos el camino de casa mientras nos sacudimos el polvo. Madre se lleva las manos a la cabeza cuando nos ve llegar.

El Ruidero

Hemos salido de la escuela, vamos a casa y dejamos las carteras en el portal. Madre nos espera con la merienda preparada.
- Nos vamos al Ruidero- dice.
El Daniel se enfada porque se quiere ir con sus amigos. Grita y dice muchas veces que él no piensa ir. Madre, la María y yo cogemos el camino de la Fuente. Miro hacia atrás muchas veces para ver si viene El Daniel. Al dar la vuelta a la Revilla ya nos ha alcanzado. El aire seco nos quema la cara y pone duro el pan de la merienda. Cantamos. A madre le gusta mucho cantar y sabe bonitas canciones. En casa, casi siempre está cantando, menos cuando está preocupada o si ha reñido con padre. Sin casi darnos cuenta ya estamos cerca del Ruidero.
Padre lleva a renta un huerto pequeño que está entre la acequia y el camino. Siembra judías cebollas, tomates, coles, remolacha… Hizo una balsa para retener el agua,y unos escalones para bajar hasta ella. Madre se coloca en la orilla, llena el pozal y, torciendo el cuerpo, echa el agua en el surco. Así, diez, veinte, treinta veces... El agua va empapando la tierra seca y forma un pequeño río, surco adelante. El Daniel y la María vigilan el otro extremo del huerto para avisar a madre cuando el agua haya llegado hasta el final. A veces se turnan para ayudar a madre. Mientras, yo me mojo las manos, veo volar las libélulas y me divierto viendo las carreras de los patinadores que se deslizan muy deprisa por el agua. Cuando madre echa el agua de golpe, las gotas caen sobre las hojas de las coles y van resbalando hasta quedar inmóviles, convertidas en brillantes perlas transparentes que yo miro embobada. Muevo la hoja con cuidado y la perla se alarga y se rompe en perlas menuditas que se deslizan, hoja abajo, hasta acabar juntándose de nuevo. Luego me siento sobre la hierba, de cara al viejo Costanazo, el gigante de piedra que se levanta sobre mi pueblo. Y entonces tengo un caballo blanco. Me monto en él y galopo aprisa, muy aprisa, hasta llegar al pueblo. No hay nada más. Ni huerto, ni Ruidero, ni madre, ni el Daniel, ni la María… Sólo yo con mi caballo ligero como el viento.
- ¡Madre! ¡Madre! ¡Topos! ¡Salen topos! Es la María que grita. Me levanto de un salto y corro a ver los topos. Sobre el agua flotan unos pequeños animales muertos. Madre mira y dice:
- ¡No son topos! ¡Son conejos!
- ¡Pobrecitos! La madre coneja se sentirá muy triste cuando vuelva.
El sol se va escondiendo y pone manchas rojas en las nubes. Volvemos hacia el pueblo.
Es casi de noche. Los grillos han empezado su concierto. La María, el Daniel y yo cantamos para espantar el miedo. Brillan cada vez más cerca las pobres luces de las calles. Suenan los cascos de las caballerías camino de la fuente y suena el silbido de una copla en la oscuridad. Por el Viso suenan cada vez más próximas las esquilas de las cabras de la vicera y el aire se llena de balidos y de olores. Huele a tomillo, aliaga y romero, todo mezclado con el olor agrio y penetrante del macho cabrío.

El tio Navarro

Es muy probable que vosotros, los que leéis estas líneas, al caminar por las calles y plazas de cualquier ciudad, hayáis visto los grupos de jubilados que sentados en los bancos, como lagartos al sol, calientan sus viejos huesos en los días templados de primavera. Si nos interesásemos por su lugar de nacimiento, sin duda llegaríamos a la conclusión de que la mayor parte no son de allí. Un número importante de ellos arribó a aquel sitio, para muchos desconocido y hostil, hace ya bastantes años, huyendo del mal vivir en sus propios pueblos, a la busca de una oportunidad y soñando una vida más fácil para sus hijos. Otros, pegados con uñas y dientes al terruño, aguantaron en el pueblo hasta que las enfermedades y las limitaciones propias de la edad los vencieron y, aunque a regañadientes, no les quedó más remedio que buscar el amparo de los hijos en la enorme y fría ciudad.
¿Os habéis acercado a alguno de estos grupos alguna vez? Yo sí. Coincidió con unos días de forzosa convalecencia, tras haber sufrido una terrible gripe que dejó mi pobre cuerpo como si hubiera recibido una brutal paliza. Me vais a permitir que comparta con vosotros algunos de mis descubrimientos de aquellas fechas. Una mañana fui paseando despacio hasta el parque próximo a mi casa. Al llegar, cansada por el esfuerzo realizado, busqué con la mirada un banco en el que reposar y encontré uno ocupado por dos mujeres de edad. Después de dar los buenos días tomé asiento en el trozo vacío. Ellas se me quedaron mirando con mucha atención y apenas tardaron unos segundos en romper mi silencio, interesándose de tal manera por mi persona y sus circunstancias que, transcurrida una hora, las tres éramos propiamente como de la familia. Yo ya sabía para entonces de dónde eran, cuántos hijos y nietos tenían, cómo se llamaba cada uno, qué estudiaban o dónde trabajaban; había visto algunas fotografías familiares y me conocía al dedillo, y casi los sufría, los numerosos achaques que las aquejaban.
Algunos días después, me tropecé por casualidad con mi padre, que se encontraba con varios hombres sentados a la sombra de los árboles de una pequeña plaza. Eran todos conocidos y paisanos, según pude comprobar a lo largo de su conversación. Nadie pareció preocuparse por mi presencia; su interés hacia mi persona duró apenas el momento preciso para atender a mi presentación. Después, fui simplemente una espectadora muda en medio de aquella animada tertulia. Hablaban de un tal tio Navarro, cartero de oficio, un tipo socarrón, famoso en muchos kilómetros a la redonda por sus continuas bromas, divertidas algunas y rayando en pesadas las más. Es posible que alguien pueda pensar al leer lo que sigue, que sea tan sólo producto de la nostalgia y la exageración de un grupo de viejos que se encontraban lejos de su tierra. Yo no lo creo así. El que llevaba la voz cantante en la conversación, excelente narrador, iba desgranando sus recuerdos mientras los demás asentían con sendos movimientos de cabeza, compartiendo el orgullo de haber conocido, bien fuera de vista o tan sólo de oídas a un tipo tan especial. Yo por mi parte, me he limitado a ser cronista de lo que allí escuché, si bien he de confesar que no he podido, o tal vez no he querido, evitar recrear aquellos paisajes familiares y queridos con los colores, olores y sonidos de mi niñez.

El tio Navarro es madrugador. Cada día se levanta con el sol entre secos crujidos de su viejo jergón de hojas de maíz. Se despereza sin prisa mientras se escapan de su boca sonoros bostezos. Mira un momento a través del ventanillo para averiguar qué cara trae la mañana. Hoy va a hacer un buen día de calor- se dice. Da unos pasos hacia el viejo palanganero colocado junto a la puerta y se lava despacio en la desconchada palangana acompañándose de ruidosos soplidos. Mientras se seca echa una rápida ojeada al espejillo y hace una mueca burlona a su imagen. En la cocina, su mujer, la Pilar, ha desplegado la pequeña mesa adosada a la pared y coloca sobre ella un gran cuenco lleno de leche de cabra. Sentado sobre un tosco taburete, el cartero echa parsimoniosamente en la leche unos cuantos remojones de la redonda hogaza. Toma después una copa de ojén, la medicina particular para fortalecer sus piernas de andarín. Coge su cartera y el grasiento sombrero de cuero, colgados en un clavo del portal, y emprende el camino de las Ventas para recoger el correo que traerá la diligencia. De baja estatura y enjuto de carnes, tiene la piel curtida por el aire y el sol, y al mirarlo llaman poderosamente la atención sus pequeñas orejas, puntiagudas y descarnadas, convertidas en pequeños cuernos a puro de soportar escarchas, fríos y ventiscas en los duros inviernos castellanos. Cuando mira parece que algo baila en el fondo de sus ojos pardos. Dice la gente que un demonio burlón se aposentó hace tiempo dentro del tio Navarro y que por eso es como es. Ésta, y no otra, es la razón de que tenga algunos enemigos en los pueblos vecinos y hasta en su propio pueblo.
Ya aparece a lo lejos la nube de polvo y se escuchan los chasquidos del látigo sobre el lomo de los caballos. Tras un sonoro “sooo...”, las bestias se detienen obedientes. El Fraile, el cochero, toma siempre aquí unos minutos de descanso. Tiene que quitarse el polvo que lleva pegado en el gaznate. ¡Venterooo, icha, icha una copa pal caballo por la boca del cochero!- dice jocoso. El cartero acompaña al Fraile mientras bebe. Se entienden bien. Los dos tienen el genio alegre, y el vino pone chispas brillantes en sus ojos. A veces baja algún viajero de la diligencia y el cartero disfruta de un rato de compañía. Hoy, sin embargo, no hay ninguno, así que tendrá que recorrer solo el largo camino. Antes de meter la correspondencia en la cartera, la clasifica por pueblos, pone en un paquete las cartas, en otro los periódicos. “Mira, se dice, carta pa la señorita Julia. Cuando fue a Madrid, a casa de sus tíos, le salió un pretendiente. Mi ganao una copa. El chico del Pedro escribe desde África. Hoy la Vicenta llorará cuando le dé la carta. Tiene miedo de que se lo maten los moros en una emboscada. La Juliana lo perdió allí. Luego le mandaron una medalla y una carta y le decían que debía sentirse orgullosa de ser la madre de un héroe. Pero la Vicenta dice que la dejen de medallas, que lo que ella quiere es que su Lucio vuelva a casa sano y salvo. Ésta pa la Victoriana. Tiene el hijo trabajando en la mina en Vizcaya, y todos los meses le escribe y le manda unas perras. El Heraldo pal boticario y el Debate pal cura. ¡Cuidao que tienen humor estos señores! Total, no vienen más que desgracias... ¡Hay que ver cómo está España, no sé dónde vamos a parar! Además... ¿ Pa qué querrá el periódico el señor cura...? Con lo que él da que hablar se podría llenar el papel. Estos días anda diciendo que va a llevar a Soria a la Petra, la casera, que tiene un ojo torcido, pa operarla a ver si se lo enderezan. Y pasará como la otra vez, que volverá con el ojo tan torcido como se lo llevó. Dicen las malas lenguas que lo que le van a quitar a la Petra es el bulto que le ha salido en la tripa... Cualquier día los mozos apedrearán la casa y lo icharán del pueblo. ¡Vaya, es una indecencia! Lo que yo digo: Pa bien todos los curas capaos.
El tio Navarro cierra su cartera, se cala el sombrero y emprende el camino. Va arreciando el calor. No se nota ni la más ligera brisa. Parece como si un hechizo maligno fuera dejando el campo sin vida. Todo está inmóvil: el cielo sin nubes, el sol ardiente, las hierbas agostadas, las tierras colmadas de rubias espigas... Sólo de tarde en tarde algún pájaro levanta el vuelo al paso del cartero, y los saltamontes ejecutan extrañas danzas delante de él; luego se oye en unos breves compases el canto de una cigarra. A lo lejos, en un campo lindante con el camino hay una cuadrilla de segadores. Duro trabajo el del segador. Todo el día con el cuerpo inclinado hacia la tierra. La zoqueta, una especie de guante de madera, protege su mano izquierda mientras coge los puñados de mies que corta luego con su afilada hoz. Un puñado, y otro, y otro más... Una hora, y otra, y otra más... Mientras un sol inmisericorde lanza sus tremendos rayos en una larga jornada que parece no tener fin. En una corta pausa un segador alarga lentamente hacia el cielo su figura. Tras limpiarse con el dorso de la mano la frente sudorosa prosigue la faena, y para darse ánimos lanza al aire una canción de su tierra murciana.
Ya está el tio Navarro junto a la cuadrilla. ¡Buenos días nos dé Dios! – les dice. Contestan los segadores al saludo del cartero. Habla de la maldita calor que reseca la garganta mientras sus ojos buscan la vieja alforja oculta bajo una gavilla. El patrón le sigue la mirada y en un gesto de amistad le ofrece un trago. Eleva diestramente la bota hacia lo alto, aprieta el cuero, y un hilillo del rojo líquido atraviesa rectamente el aire y se introduce en la boca abierta, por entre los dientes negruzcos y desgastados. Un reguero de vino chorrea barbilla abajo hacia la garganta y el pecho descubierto, pintando manchas violeta sobre la vieja camisa de rayas. Saborea golosamente la bebida acompañándose de sonoros chasquidos de la lengua, pasando luego a hacer abundantes elogios de la misma delante del amo. Al fin se despide y sigue su camino. Apenas treinta pasos más adelante se detiene. Deja la cartera en el suelo, y al amparo de las espigas de un campo sin segar, junto a unas matas, se baja los pantalones para aliviarse del repentino apretón. Momentos después pueden oírse las voces del cartero. ¡ Una perdiz! - grita - ¡Una perdiz en el nido!. Acuden corriendo los segadores. Allí está, apretando firmemente el sombrero contra las hierbas con ambas manos, y su cara muestra un aire satisfecho. A requerimientos del cartero, uno de ellos, el más simple, introduce con gran cuidado las manos bajo el sombrero y atrapa “la perdiz” que ha cazado el tio Navarro. Una exclamación blasfema brota de los rudos labios del segador al contemplar sus manos manchadas. Varias hoces se levantan en un gesto de amenaza. Mientras el amo se afana en tranquilizar a la cuadrilla, el cartero se aleja por el camino con toda la velocidad que le permiten sus cortas piernas, y el aire va llenándose de ruidosas carcajadas.
Acude ahora a su memoria aquella vez que pasó por las Ventas un rebaño de cabras aquejadas de patera. Era gracioso y triste a la vez contemplar aquel lento desfile de animales cojos. Dándoselas de entendido en Veterinaria, Dios sabe cómo, consiguió convencer a los cabreros. El mejor remedio pa la patera es dar a los animales un buen baño de zotal - les dijo. A las pocas horas las pobres cabras habían perdido sus pezuñas, y muchas de ellas quedaron parcial o totalmente peladas. Alguna hubo que sucumbió por el frío. Una débil voz, allá muy dentro, le está diciendo que aquello fue una mala faena, pero pronto queda ahogada y muda en su interior: ¡Qué culpa tengo yo de que la gente sea tan simple y se deje convencer. Les estuvo bien empleado, por tontos! Y digo yo, ¿por qué tuvo que hacerme caso el Urbano cuando le dije que no había cosa mejor pa las almorranas que frotarse varias veces diarias con un cuerno de carnero? Así es el tio Navarro. Nada ni nadie lo podrá cambiar.
Van pasando los días de la siega. Los caminos que llevan al pueblo son un continuo ir y venir de hombres y de bestias cargadas de mies. Los cascos de las mulas arrancan chispas de entre las duras piedras del camino. Crujen las sogas que sujetan las gavillas y con cada movimiento se escucha el “ris, ras” del seco cereal. La vida bulle por doquier. Cientos de afanosas hormigas recogen los granos de trigo aplastados contra el suelo. Los desvergonzados gorriones parecen querer dejarse aplastar entre las patas de los animales, para, en el último instante, levantar el vuelo. Unos chiquillos recogen pacientemente las espigas caídas formando manojos en sus pequeñas manos. En las eras del pueblo van formándose poco a poco grandes cinas, gruesas murallas construidas con los fajos de la mies. Cuando acabe el acarreo y estén terminadas, el campesino perderá el miedo a las tormentas mientras llega el momento de la trilla. Es media tarde. El pueblo está casi desierto. Las mujeres, con los brazos bien cubiertos por manguitos y la cara medio enterrada por el enorme pañolón para que el sol no les robe la blancura de su piel, ayudan a los hombres en los campos: atan las gavillas, las colocan en los fascales, acarrean... Hasta los chicos arriman el hombro, mientras las cañas del rastrojo arañan sus piernas desnudas. Pero... ¿ Qué significa ese sonido que va llenando el aire y pone escalofríos en la piel a pesar del duro calor? Son las campanas de la iglesia tocando a rebato. Los cuerpos se enderezan como accionados por un resorte. Muchos pares de ojos miran ansiosamente en dirección al pueblo. Las cinas en la distancia semejan rudos monumentos funerarios de tiempos prehistóricos. Una estela de humo va emborronando lentamente el cielo. ¡Fuego! ¡Hay fuego en las eras!. Caminos y atajos se llenan de gentes y de gritos. Secas blasfemias se entremezclan con temblorosas súplicas. ¡Dios! ¡Dios! ¡Maldición! ¡El pan de mis hijos! ¡El sudor de todo el año! Pobre labrador. Trabaja como un mulo, hasta casi reventarse. Para él no hay días de fiesta. Aguanta frío y calor. Todo el año mirando hacia lo alto. Esperando las lluvias tras la sementera. Esperando que la cosecha grane. Esperando que no venga una mala nube. Y ahora... ¡ el fuego! Las llamas mordiendo como perros rabiosos las doradas espigas hasta convertirlas en un montón de cenizas. En ceniza menuda que desaparecerá sin dejar rastro con el primer golpe de viento. Nunca camino alguno se hizo tan largo. Nunca camino alguno fue tan rápidamente recorrido. ¡ El pueblo entero está en las eras! ¡No hay fuego! La cosecha está intacta. Sólo era una pequeña hoguera en los muladares cercanos. Una hoguera que alguien ha encendido con el malsano propósito de disfrutar con el temor ajeno. Las gentes ríen porque la cosecha está a salvo, y se enfadan porque han visto interrumpido inútilmente su trabajo y porque el miedo, como una terrible mano de gigante, ha atenazado ferozmente sus gargantas. Nadie ha visto al culpable de esta fechoría, pero la gente conoce bien al tio Navarro. Alguien lo señala furiosamente con el dedo y lo llena mentalmente de improperios. Sobre su cabeza se cierne desde hoy la sombría amenaza de un rencoroso.
El tio Navarro tiene un huerto. Es pequeño, pero la tierra está bien aprovechada. Cría en él un poco de todo: unas judías, unos tomates, cebollas, más tarde plantará berzas, remolacha para engordar el cerdo... El sueldo de cartero es algo corto y todo viene bien. Ocurre a veces, como hoy, que tiene que regar cuando anochece. Para alumbrarse lleva un viejo farol que coloca sobre la rama baja de un manzano. Es una hermosa noche. El lejano ladrido de un perro pone una nota grave en el agudo concierto de los grillos. El agua va llenando generosamente las entrañas de la tierra. Una estrella hace guiños desde lo alto y el tio Navarro se ríe silenciosamente recordando algún episodio gracioso de su ya lejana juventud. Suena de pronto el seco estampido de una escopeta y el farol cae al suelo hecho pedazos. Sobresaltado, el hombre se arroja al suelo buscando el tibio refugio de los surcos. Durante unos momentos la tierra parece vibrar al compás de los alocados latidos de su corazón. Después el campo recobra de nuevo su silencio. El cartero se levanta con cuidado y mira lentamente alrededor. Ningún movimiento sospechoso, ningún sonido extraño. El emboscado, cumplida su misión, ha vuelto al pueblo. Únicamente él podría decirnos si le falló el disparo o si su propósito era sólo asustar al viejo bribón. ¿No lo estás viendo? A éste no le gustan tus bromas- le dice la voz en su interior, en tono de reproche- Este cartucho era pa ti. Pero yo hi sido más listo - se contesta - Por algo hi colgao el farol en la otra punta del huerto.

Es un hermoso día de primavera. El tio Navarro tras recoger la correspondencia deja la Venta a sus espaldas y emprende su diario recorrido. Ondulantes mares verdes se juntan en la distancia con el azul del cielo. Las amapolas pintan rojas manchas de sangre sobre el trigal. El camino festoneado de flores diminutas ofrece al caminante una mullida alfombra. Huele a tomillo y aliaga. Los pájaros desgranan hacia lo alto sus cánticos de amor. Contagiado de la alegría del campo, el cartero va silbando una vieja tonada. Hasta él llega la fragancia del vecino pinar. De pronto le vienen a la memoria recuerdos del pasado invierno: Un día la tempestad le pilló por sorpresa. Perdió el camino por culpa de la ventisca, que le cegaba y hacía que anduviera en círculo para encontrarse de nuevo en el punto de partida. Llevaba grueso capote de paño pardo, fuertes botas, y las piernas enfundadas en pieles de oveja. Un gorro de piel le protegía la cabeza del crudo frío. Aún así notaba que su cuerpo se iba agarrotando, la fuerza abandonaba sus piernas cansadas y el aliento ponía finos cristales de hielo sobre sus pobladas cejas. ¡Maldito invierno!- piensa en voz alta.
Enfrascado en sus pensamientos apenas ha notado que el campo queda atrás. A ambos lados del camino se alzan las paredes de adobe de las primeras casas del pueblo. Varios chicos juegan en la plaza. El demonio burlón que habita dentro del tio Navarro le inspira algo, sin duda divertido, a juzgar por la sonrisa que ilumina su cara un breve instante. Acercándose a ellos va mirándolos de uno a uno y, con la mayor seriedad, les dice en voz muy baja: Muchachos, ¿queréis ayudarme? Tengo un pedido urgente de grillos. Os pagaré una perra por cada grillo que me traigáis. Ahora me voy a repartir las cartas, pero si me esperáis a la vuelta os los compraré. El cartero ve brotar chispas brillantes en los ojos infantiles. Cambiar la rutina de la escuela por la aventura de la caza del grillo... ¿Acaso alguien podría proponer algo mejor? Recorrer a la carrera los verdes sembrados, tropezar en los terrones, manteniendo el equilibrio a duras penas, sentir las tiernas cañas del trigo golpeando las piernas, aspirar el olor penetrante y fresco de la hierba recién pisada... Escuchar el monótono canto del grillo llenando el aire con su tono agudo, seguirlo, como perro que olfatea la caza. Perder el rastro cuando una ráfaga de viento arrastra el sonido en dirección opuesta, dar varias vueltas sobre uno mismo hasta orientarse de nuevo... Notarlo más y más próximo, pisar muy suavemente para no delatar su presencia... Pero el grillo tiene un oído excelente, advierte algo extraño, apenas perceptible, y calla. Más lejos se oye el canto de otro grillo. ¿Qué hacer? ¿ Probar una nueva caza? Tal vez sea mejor esperar. El muchacho permanece inmóvil, con el cuerpo rígido, sin hacer el más leve movimiento, sin respirar apenas. Al poco, el canto vuelve a oírse cercano. Sólo unos compases, y otra pausa. ¿Qué secreto instinto ha impulsado al grillo a callar de nuevo? Tal vez haya percibido de alguna forma misteriosa la penetrante mirada del cazador que inspecciona palmo a palmo el terreno hasta encontrar, por fin, el agujero. Y a su entrada, todavía inquieto, el grillo. Como resorte que se dispara, da un salto, y el animal se encuentra prisionero bajo la mano, removiéndose, intentando escapar. ¡Grillo al bote! Y la caza comienza de nuevo. Esta vez la presa es más astuta. Después de los pesados trabajos de localización, al intentar atraparlo, el grillo se cuela dentro de la cueva. Las operaciones de captura son en este caso más delicadas y requieren una gran habilidad. Sin perder de vista el punto exacto busca una hierba larga que, una vez mojada con saliva, se introduce en el negro agujero. Hay que pinchar sin contemplaciones y sacar rápidamente la hierba. Pero esta vez el grillo se resiste y aguanta valientemente en su refugio. Repítese la operación haciendo trabajar a fondo las glándulas salivares. El pobre bicho ha debido de sentir peligro inminente de inundación, porque ahora sí sale, envuelto en barro. Y así, con estas o parecidas peripecias, según el grado de imaginación de los chicos, varias decenas de grillos se encuentran ya en la oscuridad de los botes, previamente agujereados para permitir la respiración de los cautivos.
Se aproxima la hora de la cita. El tio Navarro debe de estar a punto de volver. Los muchachos acuden a la carrera hasta la entrada del pueblo y consumen la impaciencia de la espera contándose mutuamente las aventuras de la caza. Un ruidoso alboroto acoge la llegada del cartero. Tras unos instantes dedicados a implantar el orden, el viejo bribón logra colocar a los cazadores uno tras otro, y empiezan a salir los grillos del primer bote. Un rápido examen del animal y se oye decir al comprador: ¡Es grilla! Algo parecido a una fuerte descarga eléctrica recorre velozmente la fila. Los muchachos miran al hombre con los ojos muy abiertos por el asombro. Sale otro grillo y… ¡Ésta, grilla también! Y otro más ¡Qué mala suerte! ¡También grilla! Al finalizar la operación de compraventa no han aparecido más allá de tres grillos. El cartero entrega a los boquiabiertos muchachos sus menguadas ganancias y reanuda el recorrido con la cara congestionada por la risa que apenas puede contener. Ellos lo ven marchar camino adelante, intuyendo vagamente desde la inocencia de sus pocos años que han sido las pobres víctimas del demonio burlón que lleva dentro el tio Navarro.

¡Qué aprisa pasan los años! El cartero está a punto de jubilarse. Hoy, mientas hace su último recorrido, recuerda... Fueron malos tiempos aquellos, cuando murió la Pilar. Él, tan hablador, tan amigo de bromas, pasó días enteros sin hablar. Andaba los caminos como un sonámbulo. Es tan triste quedarse solo... y la casa estaba tan vacía... Parecía más fría y más grande. Pero la vida sigue. Fueron pasando las semanas, los meses. Hasta que empezó a notar que comenzaba a deshacerse aquel nudo que le oprimía el pecho y que le hacía tanto daño. Un día se extrañó de oír su propia risa porque casi se había olvidado ya de cómo sonaba. Y otro día contó un chiste, y al siguiente otro, y otro más. La vida empezó a parecerse un poco a la de antes, aunque ya nada era del todo igual.
Mientras camina va contemplando todo como si lo viera por primera vez: La Dehesilla, el pinar, el Tiñoso, ese monte pelado que semeja la cabeza de un enfermo aquejado de tiña; mirando más lejos, el Costanazo, y a su izquierda la Sierra Gorda, los oscuros montes de carrasca, el rojizo rebollar. Ya próximo, en lo alto, el baluarte rocoso sobre el que se asienta el último pueblo del recorrido. Es tiempo de sementera. En los campos, los labradores van abriendo con sus arados oscuras heridas sobre la tierra fragante. Cuando el tio Navarro está ya cerca y sabe que han de oírle, se deja caer al suelo y empieza a emitir quejidos lastimeros. Acuden los hombres presurosos y encuentran al cartero aquejado de un dolor intenso, con los ojos extraviados y el cuerpo entero convertido en un puro temblor. Con ayuda de unas ramas y unas mantas, improvisan unas angarillas, y por la larga y empinada cuesta, trabajosamente, transportan a La Peña de Alcázar con sumo cuidado a aquel pobre hombre que se les antoja está a punto de marcharse al otro mundo. La gente va acudiendo cuando los ve llegar. ¡Es el tio Navarro! ¡Se está muriendo el tio Navarro! La noticia se extiende como la pólvora. Han transcurrido apenas unos pocos minutos y ya el pueblo entero se ha congregado frente al portal de la casa donde se encuentra el enfermo. No hay médico que pueda atenderlo. Uno tras otro van aplicándosele todos los posibles remedios conocidos: masajes sobre pecho, brazos y piernas, sales de amoníaco, humos de sauco, infusiones, emplastos... sin aparente resultado. ¡Apartarse todos!- dice alguien- ¡No le dejáis respirar! Los más piadosos mascullan entre dientes una plegaria en favor del alma del moribundo. ¡Pobre hombre! ¡Esta vez sí que no la cuenta! Pasado un buen rato, como respondiendo al inaudible mandato divino: ¡Levántate y anda!, el cartero se pone en pie, dibuja en su cara la mejor de sus sonrisas, y dirigiéndose a los asombrados presentes les dice: Hijos, hoy es mi último día de cartero. Esto es pa que no sus olvidéis nunca del tio Navarro.

El verano pasado subí por primera vez hasta La Peña. Durante años había contemplado desde mi pueblo, con curiosidad, aquella imponente fortaleza, sin distinguir en la distancia si lo que veía eran rocas o construcciones hechas por la mano del hombre. Fue una ascensión trabajosa, sólo había un mal camino de cabras invadido por la maleza. Me encontré un pueblo vacío que conservaba algún resto de su pasado esplendor. Paseé con curiosidad por sus calles desiertas. Un viento vivo azotaba las hierbas convirtiendo la gran esplanada en un ondulante mar de verde espuma y, de pronto, durante unos instantes, me pareció escuchar la risa escandalosa del tio Navarro.

Los caracoles

A madre y a mí nos gusta mucho ir a buscar caracoles. Salimos de casa muy temprano, calzadas con nuestras botas de goma. Me están algo grandes. ¡Clac! ¡Clac!- voy haciendo al andar. ¡Qué hermoso está el campo esta mañana! Ayer el fuerte chaparrón acobardó a las hierbas, y los tallos tiernos se inclinaban vencidos por el peso del agua. Pero hoy todo parece haber crecido de repente. La esparceta luce sus vistosas flores color rosa. El aire está lleno de perfumes, y los rayos del sol madrugador arrancan brillos a las gotas prendidas de los juncos. Partimos del viejo lavadero. Despacio, para no dejar ninguno atrás. ¡Ahí están! Han abandonado sus refugios despreocupadamente y pacen entre las hierba tierna, dejando tras de sí un camino de plata. Los hay de todos los tamaños: los más gordos- los abuelos, les llamamos- y los pequeños caracolillos que apenas me atrevo a tocar por miedo de quebrar su concha frágil. Madre me dice que debo coger las reginetas. Son pequeñas, pero ricas en sabor. Tienen la concha a rayas negras y blancas y se ven fácilmente entre los juncos. Cuando vas a cogerlas se dejan caer de repente intentando escabullirse, pero no tienen salvación. En los agujeros del ribazo se ven numerosos huevecillos, cientos de menudas bolas formando pequeños rosarios blancos. Me gusta contemplar al caracol mientras camina. Pongo uno muy gordo sobre mi mano. Titubea unos instantes intentando ocultarse dentro de su concha. Después, perdido el miedo, estira largamente su cuerpo y se desliza por mi palma, moviendo sus cuernos arriba y abajo. Yo le canto:
- ¡Caracol, col, col,
saca los cuernos al sol,
que tu padre y tu madre
se han ido a Aragón,
a comprarte unos zapatitos
pal día el Señor.
Pongo el dedo en uno de sus cuernos y él lo esconde, y al momento vuelve a aparecer. Ahora pruebo con el otro. Después hago lo mismo con sus cuernos cortos. De pronto, no sé por qué, me vuelvo mala y necesito hacerle daño. Sujeto fuertemente el cuerno entre mis dedos. ¡Ayyy! El pobre caracol se encoge, tira y tira hasta que queda libre del suplicio, y se encierra dolorido dentro de su concha mientras arroja abundante espuma verde. ¡Son sus lágrimas!

El palomar

En la parte alta de nuestra casa del pueblo hay un viejo desván, grande y destartalado, mitad cuarto trastero, mitad despensa. Se llega hasta él por unos desportillados escalones de ladrillo rojo. Tiene las paredes renegridas por el polvo acumulado con el paso de los años y las vigas combadas por el peso de mil lluvias. Se pueden encontrar en mi desván las cosas más heterogéneas: frascos de conserva, garrafas de vino, tinajas de miel, varios baúles viejos por los que asoman tristes muñecas mutiladas, ositos de goma descoloridos… preciosos tesoros que mis hijos esconden para salvarlos del terrible cubo de la basura que todo lo devora. Unas largas varas cuelgan del techo. En ellas se curan durante el invierno los ricos embutidos caseros. Hay ajos y cebollas enristrados y guirnaldas de pimientos rojos como alegres farolillos de feria. En el otoño, extendidas sobre cañizos sobre el suelo, suele haber uvas negras y fragantes manzanas rojas. Huele bien entonces mi desván. Casi se olvida una de que es tan viejo. Adosada a una de las paredes, una empinada escalera de tablas conduce a un pequeño palomar. ¡Palomas! Palabra que despierta en mí lejanas resonancias. Cuenta mi madre que, unas horas antes de mi nacimiento, corrió tras un joven pichón que había caído del nido sin saber volar. Logró alcanzarlo, pero poco después, quizás como consecuencia de la carrera y el sofoco, le llegó la hora del parto. Años después, cuántas veces mis ojos de niña contemplaron extasiados en el cielo castellano el vuelo de las palomas yendo a posarse en los arreñales cercanos, el repentino desconcierto provocado por el disparo lejano de un cazador y la rápida vuelta al tibio refugio del palomar. Tener palomas fue durante años uno de mis secretos sueños. Y la primera vez que subí la empinada escalera hasta el desvencijado palomar, supe que aquel sueño, casi tan viejo como yo misma, iba a convertirse en realidad. Con la energía que proporciona aquello que deseas vivamente convencí a mi padre. Él tapó agujeros, encaló las paredes, hizo un comedero de madera y colocó varios nidos. Ya tenía palomar, también tendría palomas. Vencí la resistencia de mi marido ante lo que consideraba tan sólo un capricho extravagante y, al fin, quizás por que lo dejase tranquilo, me regaló una joven pareja de palomas. Las vi crecer, esperé pacientemente la primera puesta y contemplé, día tras día, aquellos dos pequeños huevos hasta verlos convertidos en dos rebullitos de carne con ojos saltones y picos desmesuradamente abiertos.
Ha pasado el tiempo. Bulle la vida en mi palomar. Me gusta observar a las palomas a través de las rendijas de la puerta. Las veo ahuecar sus plumas y acurrucarse al sol, acariciarse tiernamente con sus picos, posarse en la ventana para mirar a través de la red el cielo azul, tan próximo y tan lejano a un tiempo. Veo a los pichones introducir glotonamente sus picos en la garganta de sus padres para tomar el alimento. Es curioso comprobar ciertas semejanzas entre el comportamiento de las palomas y el de los seres humanos. Las hembras defienden ferozmente, a picotazos, su hogar y su macho de las coquetas del palomar. Los machos asedian desvergonzadamente a las otras hembras mientras en el nido su pareja calienta amorosamente sus huevos. Mis palomas me huyen porque saben que asalto cobardemente sus nidos y les robo sus crías, por eso, cuando me ven entrar, levantan el vuelo asustadas formando remolinos de plumas, y me miran inquietas desde un rincón. Solamente algún macho, ignorándome, persigue tenazmente a su pareja, porque su deseo de hembra es superior al temor hacia mí. Junto a la ventana tiene su nido una paloma sin compañero. Puso los huevos, valerosamente los incubó ella sola durante cerca de tres semanas, abandonando el nido sólo lo imprescindible para comer y beber. Hoy he descubierto en el nido un pichón. En esta tarde calurosa, mientras mi cuerpo se tuesta al sol en la pequeña terraza, y con los ojos fuertemente cerrados imagino rumores de olas y brisas marinas, a través de la ventana abierta oigo piar al pequeño pichón. Lanza su pío al aire con todas sus fuerzas. ¿Qué importa mi origen?- parece decir. ¡La vida es lo que importa! ¡He nacido! ¡Estoy vivo! ¡Quiero vivir!

La tormenta

El cielo se pone muy oscuro, hasta que no queda ni un solo pedazo azul. Las nubes se amontonan y se aprietan como las ovejas entrando por la puerta del corral. Se levanta un viento muy fuerte y…¡zas!, de repente el suelo y las paredes de las casas se vuelven amarillos por la luz del relámpago. Me asusto y me tapo los oídos para no escuchar el trueno. ¡Otro relámpago, otro trueno! ¡Y otro! ¡Y otro más! Cada vez más fuertes. Empiezan a caer unas gotas muy gordas que golpean el suelo, las piedras, los tejados, y hacen: ¡tas, tas, tas! Huele bien a tierra mojada.
-¡Andreaaa! ¡Andreaaa!
Es madre que me llama. No corro mucho. Cuando hay tormenta no es bueno correr porque puede acudirte un rayo y te mata. Madre ya ha recogido las gallinas. El Daniel sube corriendo de la plaza. La María está dentro del portal, muy asustada. ¡Brooom! ¡Brooom! ¡Brooom!, hacen los truenos. Madre cierra la puerta y quita los plomos del contador de la luz. También la ventana está cerrada, así que, tropezando en la oscuridad entramos en la alcoba.. Nos metemos todos juntos en la cama, muy apretados, y escondemos la cabeza bajo las sábanas.
- Madre, ¿dónde se meterá padre?- pregunto.
- No lo sé, hija. Donde pueda. ¡Vamos a rezar!
- Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita, con papel y agua bendita, y en el árbol de la cruz, páter nóster, amén Jesús.
Y rezamos el padrenuestro y el gloria.
- San Bartolomé madrugo antes que el gallo cantara, se encontró con Jesucristo. ¿Dónde vas Bartolomé?
¡Brooom! ¡Brooom! ¡Brooom!
- ¡Madre, tengo miedo!- dice la María que es la más miedica.
Parece que el tejado se está viniendo abajo con la lluvia y los truenos.
- … a recibir un don que no lo recibe ningún varón. En la casa que recen tres veces esto no caerá rayo ni centella ni morirá mujer de parto, ni niño de espanto. Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo- reza madre.
Hay que rezarlo tres veces para que no nos pase nada. ¡Que nos dé tiempo! ¡Que nos dé tiempo! Siento mucho calor. Estoy sudando bajo las sábanas.
- … se en…con…tró con Jeee…suuu criiis…tooo.
- ¡Vamos niños, despertad! ¡Arriba! ¡Ya ha pasado la tormenta!
Salimos de la cama empapados de sudor. Madre abre la puerta de la calle. El agua ha lavado la cara a los tejados, y las tejas están rojas como el pimentón. Un reguero de agua turbia corre calle abajo y en algunos hoyos hay burbujas de espuma blanca. Jugamos a hacer navegar barcos de papel y hacemos balsas, poniendo muros de tierra para contener el agua. Las hierbas tienen un verde distinto, más limpio. A lo lejos, en el cielo, luce el arcoiris: rojo, anaranjado, amarillo… Me gustaría ir corriendo hasta allí y poder tocarlo. ¡Es tan bonito…! Brilla el último relámpago y se escucha a lo lejos el retumbar del trueno.

El castigo

Sentados en sus asientos, inquietos, alargan los cuellos para poder divisar a través de las ventanas a los privilegiados que pueden jugar en el recreo. Están castigados porque en la tarde de ayer chillaron como energúmenos mientras se cambiaban de ropa en el gimnasio al terminar la clase.
¡Ay! ¡Qué hermoso y apetecible resulta el recreo cuando no puedes disfrutar de él!
Elena, que podía haber salido porque ayer no asistió a clase y por lo tanto no estaba castigada, ha preferido permanecer en clase junto a sus compañeros, a sabidas de que tendría que permanecer sentada y en silencio.
Los observo con disimulo. ¡Miran por la ventana como el preso a través de las rejas de la prisión! Los más próximos no pueden resistirse a la tentación. Sin notarlo, sus piernas se enderezan para contemplar el bullicio, las risas, las carreras de los demás. ¡Qué chachi poder jugar al balón!- parecen pensar Pablo y José Luis. ¡Qué bien saltar a la comba!- sueñan Sara y Noelia! Cómo me gustaría adentrarme en su interior y comprobar si en sus cabecitas de siete años albergan sentimientos de rencor hacia la Seño que no les permite salir a jugar. Hay bostezos, suspiros, miradas, toses, palabras que se escapan, muecas, mímica… Sólo dos minutos más. Les dejaré diez minutos para que se desfoguen y estén tranquilos en la última clase. Y la Seño se pregunta qué ocurrirá el próximo día en el gimnasio, si habrá servido para algo la lección.
- Seño, el Diego se está quitando los zapatos.
Julia cuenta los chicos del patio. José, incapaz de permanecer sentado por más tiempo va a la papelera a tirar un papel.
- ¡Vamos chicos, al recreo! ¡Ya!
La cara se les ilumina con una sonrisa y, mansamente y en silencio, se ponen en fila para salir.

El cabritillo

-¡Madre! ¡Madre! ¡Viene el Justo! ¡Ha parido la cabra Roya!
Es el Daniel que grita desde la puerta. La María y yo salimos corriendo hasta la calle. Ya llega el cabrero. Lleva dos cabritillos metidos en la alforja. Dos cabras lo siguen balando. El Justo entrega a madre un cabritillo royo. La cabra se acerca y lo huele tiernamente. ¡Qué hermoso es! Todavía trae la piel humedecida porque acaba de nacer. Sus patas, delgadas y torpes, apenas lo sostienen sobre el suelo. Cojo al cabritillo entre mis brazos y pongo mi cara junto a la suya. Lo acuno suavemente. Beso la estrella blanca de su frente. Madre lo pone a mamar y él lo hace torpemente, meneando su rabo y achuchando con sus patas vacilantes. Cuando ha terminado de mamar, madre ordeña a la Roya. Mañana nos hará una fuente de calostros. ¡Qué ricos!

Cinco minutos

-¿Qué son cinco minutos, papá?, pregunta una niña de unos seis años en la sala de espera del oftalmólogo. Le han aplicado unas gotas en los ojos. Es abierta, curiosa, va y viene por el pasillo desde la sala hasta la puerta de entrada. Me imagino que ésa ha sido la respuesta que le ha dado la enfermera a su pregunta sobre cuánto tiempo tiene que esperar.
-Cinco minutos es casi nada- le contesta su padre.
Cinco minutos pueden parecer una eternidad cuando te embarga el dolor, o cuando estás a la espera de una palabra esperanzadora que alivie el peso que soportas sobre tus hombros. Y, sin embargo… cinco minutos son poco menos que un suspiro cuando se trata del disfrute de un placer, todavía menos que eso si son los últimos para gozar de la presencia de la persona amada. ¿Quién ha dicho que el reloj es el instrumento preciso para medir el tiempo? Parece que sus mecanismos internos tuviesen vida propia para estirar o encoger ladinamente a su capricho esta misteriosa magnitud.

Pan

Arado, yunta, surcos, fragante tierra,
sementera de otoño, apuesta incierta.
¡Nieve de enero!
Liviano edredón blanco sobre la tierra,
campesinos soñando ricas cosechas.
Arcoiris en los cielos, lluvias de abril,
el llano todo verde, sobre los cerros, gris.
Cruz de mayo bendita, campos en flor,
amapolas y espigas, hisopo y oración.
Vasto mar de Castilla, levanta el cierzo
ondas de verde espuma de entre tu seno.
Negra nube de junio, traidora piedra,
ojos mirando al cielo, rezo y blasfemia.
Sudor de segadores, rostros curtidos,
rechinar de carretas, rodar de trillos.
Redonda y ruda piedra que en el molino
convierte en blanca harina los rubios trigos.
Manos de panadero en las madrugadas
masarán con la harina tiernas hogazas.
Hambre de niño pobre de la posguerra,
súplica de mendigo junto a mi puerta.
Cuerpo del Hombre Dios que se me entrega
en prenda de otra vida imperecedera.
Éstas, y mil esencias que yo dijera
llevas, PAN, enredadas entre tus letras.

La noche

Hace mucho frío. Ha oscurecido ya. Sentados en nuestros pequeños bancos de madera, junto a la lumbre, contemplamos silenciosos las blancas espirales del humo que se escapa de los troncos. El cierzo produce ruidos misteriosos en la negra chimenea. Algunas veces suena tan fuerte que casi nos da miedo. El humo revoca y nos envuelve. Madre nos ha leído varias veces los cuentos de Alí Babá, Pulgarcito y Blancanieves que nos trajo la Feli al volver de Salamanca. También hemos jugado a la raposa. Padre no ha llegado todavía. ¡Cuánto tarda! Las brasas de la lumbre van perdiendo su brillo lentamente. Un golpe de viento ha penetrado en la cocina y siento un escalofrío en las espaldas. El Daniel remueve el rescoldo con la badileta y la María echa una hoja de papel. Mientras se quema cantamos a coro: ¡Un rinconcito pa San Andrés! ¡Un rinconcito pa San Andrés!
Cuando el papel termina de arder, la María lo saca con las tenazas y miramos si ha quedado un rinconcito sin quemar. El rinconcito de San Andrés. Yo me enfado porque no me han dejado sacar el papel de la lumbre, y porque tengo sueño, y porque me pican los sabañones. Me rasco. Me rasco. Cada vez me pican más. Me quito los calcetines y pongo los pies en el suelo para que se me enfríen y dejen de picarme. Madre me riñe. Empujo al Daniel porque se mete conmigo y lloro. La María busca otro trozo de papel y me lo da.
- Vamos a jugar a la madre abadesa- me dice.
Yo dejo de llorar, pongo el papel sobre las brasas y, cuando está encendido, lo dejo en la ceniza. Mientras se quema, pequeñas luces como hormigas rojas se mueven sobre el papel y desaparecen.
-¡Todas las monjas se van a acostar y la madre abadesa se queda a cerrar! ¡Todas las monjas se van a acostar y la madre abadesa se queda a cerrar! – cantamos, hasta que en el papel, ya negro, queda una sola chispita de luz. ¡La madre abadesa!
No puedo más. ¡Cuánto me pesan los ojos! El viento suena cada vez más lejos y la lumbre se esconde tras la niebla. Madre me coge en brazos y me lleva a la cama.
-¡Un rin…con…ci…to pa San An…drés. Un rin…con…ci…tooo…!

La tia Curra

Esta tarde, al llegar de la escuela, hemos encontrado a madre hablando con la tia Curra en la cocina. Viene alguna vez, pero si llega padre, ella se marcha aprisa.
-Me voy, que se hace tarde- dice.
-¡Qué prisa tienes, mujer, estáte un rato!
-¡No, no que mi Victoriano y mi Pablo estarán ya al llegar!
Cuando se va, padre y madre hablan en voz baja, pero yo puedo oírles.
-Tu Isaz es muy trabajador, Antonia- me dice-. Pero parece que te tenga miedo- comenta madre.
-¡Déjala! No se pierde mucho si no viene- le contesta padre.
La tia Curra es vieja, menuda y gruñona. Le falta el dedo currín de la mano izquierda. Viste de negro, y cuando tiene frío, se coge la saya por detrás y se la sube para cubrirse con ella la cabeza y los hombros. Entonces le aparece otra saya debajo, y todavía le asoma una más. Yo me pregunto cuántas sayas llevará. Tiene dos hijos pastores y dos hijas: la Adelaida, a la que llamamos Lala, y la Visi. La Lala se parece a los niños pequeños cuando habla, aunque es ya mayor.
-¿Por qué habla así la Lala, madre?
-Es que nació así. Tiene pocas luces.
Cuando la María va a por agua a la fuente de los machos, yo voy con ella. Cae tan poca que el viento tuerce el pequeño chorro y no hay forma de llenar el cántaro. Si se tapa el caño durante un rato, el agua sale con más fuerza. A veces la Lala nos oye y acude a la fuente. Entonces se queda un buen rato hablando con María.
-Mi hermano Pabo dice que yo no sé hacer sopas, que hago sopones- dice, y se ríe.
La María siente pena por ella y la deja hablar. Sin darnos cuenta va pasando el tiempo. Entonces llenamos a toda prisa los cacharros y volvemos a casa. Madre nos riñe porque llegamos tarde.
La Visi es la hija pequeña de la tia Curra. Es una moza muy guapa, pero un día se fue a servir, y a los pocos meses el Victoriano tuvo que ir a buscarla porque se había vuelto loca. Dicen que fue porque comió unos caramelos que le dio un hombre malo. ¡Nunca! ¡Nunca comeré caramelos que me dé un hombre malo, para que no me pase lo que le pasó a la Visi!

Viejo Olmo

Hay una vieja ermita junto al río. Una ermita que antaño fue sereno retiro de hombres silenciosos, hombres de largas barbas y cuerpos flacos bajo toscos sayales pardos, mortificados por el cilicio y el ayuno. Suaves aromas de aliaga y de tomillo bajan del monte hasta la ermita en primavera. El crudo cierzo del invierno azota sin piedad sus gruesos muros, intentando romper en vano su estrecho abrazo con la roca, golpea ciegamente sus ventanas, eternos centinelas frente al río, silba a través de las rendijas que abre la carcoma, y sus silbidos semejan en la noche lamentos de espíritus atormentados recorriendo sin tregua las vacías estancias.
Hay un viejo olmo junto a la ermita. Un hermoso árbol con la corteza tatuada como el pecho de un fornido marinero; manos jóvenes y enamoradas la hirieron grabando sobre ella letras, fechas, símbolos de eterno amor.
El aire ha llenado de voces la tranquila mañana. Llegan voces sobresaltadas hasta la ermita, voces que se enredan en las ramas de los álamos del río y quedan presas entre las rocas y las breñas del monte cercano. Algo ha venido a turbar el gran silencio. Ese silencio sólo roto por el rumor del agua, el canto de los pájaros, el suave murmullo de la brisa o el rugido ronco del viento. Aupándose sobre su firme tronco, desde su rama más alta, Viejo Olmo puede divisar, aguas arriba, un desacostumbrado movimiento de gentes junto a la orilla. Las aguas bajan alborotadas. Hablan todas a la vez, como viejas comadres en día de fiesta por la Calle Mayor. Ni siquiera escuchan la voz del árbol que clavado en el suelo, impotente y ansioso, intenta hacerse oír. Hay un instante de silencio. ¡Un hombreee ha querido dormir para siempreee acostado sobre el duro lecho del ríooo!, pregona la voz del agua frente a la ermita.
Viejo Olmo siente oprimirse su duro corazón de madera, y como si el frío invernal hubiese comenzado a soplar de repente, un escalofrío recorre de arriba a abajo su rugosa corteza. El árbol se siente amigo de los hombres. Ha escuchado tantos juramentos de amor... tantas y tan tiernas confidencias... Ha visto a los hombres llorar y reír a sus pies. Y un día, sin saber cómo ni por qué, descubrió que podía gozar y sufrir como ellos.
A las gotas de agua, incansables y eternas viajeras, les gusta sentirse acariciadas por el ardiente sol y, convertidas en una tenue gasa, suben a contemplar la tierra desde las blandas masas de algodón. Ante su mirador en continuo movimiento desfilan nevadas cumbres que el hombre nunca ha hollado con su pie, bosques inmensos, pueblos blancos... Se mueven perezosamente por los caminos del cielo empujadas por la brisa, hasta que un día son arrojadas furiosamente hacia el abismo. Entrarán en las entrañas de la madre tierra formando invisibles riachuelos, o se deslizarán vertiginosamente ladera abajo en la montaña quedando presas entre los turbios remolinos del pequeño torrente, morderán luego con violencia las orillas del arroyo, para encontrarse al fin de su azaroso viaje en la tranquilidad y somnolencia del viejo río. Y cuando las aguas se sienten fatigadas de su eterno vagar, encuentran el reposo en la amable quietud de los remansos.
A Viejo Olmo le resulta muy fácil escuchar lo que murmuran las aguas del remanso junto a la ermita.
-¡Todavía estoy asustada! Debería haber una ley que prohibiese venir a dormir al río a los extraños.
- Para mí no era un extraño. Lo conocí hace... ¿cuarenta?, ¿ tal vez cuarenta y cinco años? No lo sé. Las gotas perdemos la noción del tiempo ¿no es verdad? Fue una noche de invierno en un pequeño pueblo de Castilla. Una muchacha se había casado con un forastero aquel día. El novio debía pagar cierta cantidad de dinero a los mozos. Esa era la costumbre; pero él se negó a pagar. Los mozos pasearon durante horas la calle haciendo sonar enormes cencerros. Mas de pronto, la puerta de la casa se entreabrió sin ruido y por la negra abertura asomó el frío cañón de una escopeta de caza. Sonó un estampido seco, y la bala, atravesando la gruesa bufanda de lana, se hundió en la cabeza de un rondador dejándolo sin vida. El muerto era casado. Juan era su hijo mayor, tenía nueve años; era un niño moreno, de ojos negros y vivarachos. Unos golpes violentos en la puerta y un grito desgarrado lo despertaron. Luchando contra el sueño que le pesaba en los párpados y se empeñaba en cerrarle los ojos, Juan siguió a su madre por los oscuros callejones hasta encontrarse con el cuerpo de su padre, tendido sobre una manta. ¡Qué apagados estaban aquellos ojos! ¿Eran de verdad los ojos de su padre? A él le gustaba salir a las afueras del pueblo al atardecer, para esperarlo cuando volvía del monte después de haber encerrado las ovejas en el corral. ¡Cómo brillaban entonces aquellos ojos, cuando él arrancaba a correr a su encuentro! ¡Y qué frías sus manos! Aquellas manos rudas que oprimían con firmeza y ternura las pequeñas manos de Juan. Sintió un doloroso estremecimiento y comenzó a llorar. Fue un llanto largo. Sentía que algo se le iba rompiendo por dentro. Fueron sus últimas lágrimas de niño. Cuentan que desde entonces nadie lo vio reír. Cambió sus sencillos juegos infantiles por el cayado y el morral, y recorrió con sus ovejas, día tras día durante años, los campos y los montes de su pueblo. Nunca se acercó a la hoguera la noche de San Antón, ni saltó sobre las brasas brillantes como hacían los otros mozos cuando el vino quemaba sus entrañas y les hacía creer que podían volar sobre el fuego. Nadie lo vio bailar en las fiestas de San Ramón, ni rondar a las mozas en la medianoche.
- También yo lo conocí- añadió otra gota de agua. Un día, mientras sus ovejas bebían, se arrodilló junto a mi pequeño manantial para calmar su sed. En sus ojos había rencor. Tal vez porque sabía que el hombre que había matado a su padre estaba ya en libertad.
Viejo Olmo empieza a adivinar la terrible tragedia. Nuevas gotas viajeras intervienen en la conversación.
- Yo puedo contar algo más. Era una mañana de primavera. El aire estaba colmado de la fragancia de la tierra, despierta ya de su largo letargo invernal. Los sembrados formaban una inmensa alfombra verde, los montes vestían las galas multicolores del tomillo, la salvia y el romero. De todos los rincones brotaba una palabra: ¡vida!, que el eco iba repitiendo una, dos, tres, cien, mil veces, en todas las direcciones hasta el infinito. ¡Qué gran imprudencia la de aquel hombre al dejarse ver por el pueblo de Juan! Tal vez pensó que con la cárcel había pagado su culpa. Cuando ya se marchaba, por el camino solitario que atravesaba un espeso encinar alguien gritó su nombre. Al volver la cabeza vio a Juan con la escopeta de caza. Empezó a correr. Gruesas gotas de sudor surcaban su frente. Un primer disparo a las piernas le hizo caer. Dos nuevos disparos segaron su vida.
- Yo adiviné la ansiedad de la madre de Juan mientras salía a esperar al hijo que no volvía.
- Yo vi llorar a la mujer y a los hijos del muerto.
- Yo pude ver al mozo cuando se entregó a la Justicia declarándose culpable.
¿Todavía amas a los hombres Viejo Olmo? ¡Qué horribles dramas provocan sus pasiones! En su corazón habita el odio, el rencor, la ambición, la soberbia... Se cimbrean los juncos de la orilla, suaves rizos adornan las aguas del remanso, se escapa música de entre las jóvenes hojas de los álamos. Es el viento que llega. También un día, quince años atrás, el viento se encontró con Juan.
- Cierto día- cuenta el viento a las aguas- mientras cumplía mi obligación de ventilar la tierra de los hombres, tropecé contra las duras piedras de un alto y poderoso muro. Lo remonté. Rodeaba un robusto caserón de aspecto triste. Gruesos barrotes amordazaban todas sus ventanas. Tras de aquellas rejas vi a Juan. Miraba a lo lejos, como si intentase descubrir en el lejano horizonte su casa, su fiel perro, los trigales, ondulantes mares verdes en la primavera, henchidos de doradas espigas en tiempos de la siega, los oscuros encinares de su pueblo...
Va cayendo la tarde. Pronto oscurecerá. Unos pájaros han hallado confortable cobijo entre las ramas de Viejo Olmo. Mientras llega la quietud de la noche ahuecan la ligera manta de sus plumas y desgranan su pena por el triste suceso del día que termina.
- Lo conocía. Lo he visto muchas veces en el viejo mercado junto a su pequeño puesto de frutas. Había conseguido una buena clientela. “¡Buenos días, Juan!” “¡No me pongas esos plátanos tan verdes!” “¡No me engañes! Esas peras tienen mala cara... ” “¿ Son dulces esas ciruelas, Juan?” “Mañana vendré a coger patatas. ¡Adiós Juan! ” Y Juan sonreía. Cuando las gentes de su pueblo venían a la ciudad y pasaban por el mercado se acercaban a saludarlo. Él apretaba fuertemente sus manos y les miraba con los ojos húmedos por la emoción. “Si pudiera volver atrás, no lo haría por nada del mundo”- le oyeron decir. Ayer vi a Juan. Junto a él había un hombre que le echaba en cara su pasado. No sé por qué. Los hombres cuando están dominados por la ira hacen tanto daño... Yo miré a Juan y sentí miedo. En su cara había dolor, cansancio, desesperación... Unos inmensos deseos de olvidar para siempre, de dormir para siempre. Por eso, para que nadie pudiese interrumpir su sueño, ha venido a acostarse sobre el duro lecho del río.
Ha llegado la noche. El viento está quieto. Sólo el monótono rumor de las aguas bajo los arcos del puente rompe el profundo silencio. Una pequeña estrella parpadea allá en lo alto. Con sus guiños parece querer enviar un secreto mensaje a alguna parte de la tierra.
-¡Eh! ¡Escucha Viejo Olmo! ¿Qué es eso que resbala por tu corteza? Juraría que son lágrimas...
Lloras acaso por el hombre que ha venido a dormir al río? ¡No llores más! Cuando el cuerpo de Juan se deslizaba hacia el fondo y su vida se escapaba entre las pequeñas burbujas que salían de su boca su pensamiento ha volado hacia el Señor de la Vida. “¡ Perdóname!”- le ha dicho- “Estaba tan cansado... Por segunda vez he olvidado que la vida es sólo tuya.” Una mano fuerte y poderosa ha sostenido la temblorosa mano de Juan, y a través de un oscuro sendero, han caminado hacia el País de la Vida, allí donde no llega la tristeza, el rencor, ni la ira de los hombres.
Gruesas gotas humedecen la corteza del árbol. Pero no siente ya tristeza. Como a veces les ocurre también a los hombres Viejo Olmo llora ahora lágrimas de felicidad.

El castillo

Me gusta mucho subir al castillo. Sólo quedan dos grandes muros desportillados en el monte redondo y verde. Doy unas cuantas volteretas sobre la blanda hierba. Me acerco al paredón que mira al pueblo. Hay un corro de mujeres cosiendo en la replaceta. Una moza viene por el camino de la fuente. Lleva el cántaro en la cabeza y una botija en cada mano. Me gustaría ser mayor y poder hacer lo mismo que ella. Las gallinas escarban en los muladares, y un gallo lanza su ¡kikirikí! que va extendiéndose ligero por el aire. Otro gallo le contesta desde otro punto del pueblo. Las yuntas labran en los campos al tiempo que la tierra va mudando de color. Miro a lo lejos, donde más que verse se adivinan los pueblos vecinos: Reznos, Carabantes, La Quiñonería, La Peña de Alcázar, y abajo, a la derecha, la mancha oscura del monte de carrascas. Ahí está el Costanazo con sus piedras brillando al sol. Me canso de mirar por ese lado. Ahora podría picar un poco el suelo con la piedra. ¡Quién sabe si tendré suerte! El Isidoro, que sabe mucho, y es tan mayor como mi padre, dice que en el castillo hay un tesoro escondido desde el tiempo de los moros. Todos los chicos picamos con las piedras cuando subimos. Un día u otro tiene que aparecer. Ya me he cansado. Ahora me voy corriendo al otro lado del castillo pasando por el Orinal de la Zorra. Es una losa grande con un pequeño agujero. Casi siempre hay allí agua recogida. Los mayores dicen que sólo es agua de lluvia, pero los chicos sabemos muy bien que la zorra acude allí todos los días para mear en su orinal. Oigo el jadeo de un tren. ¡Fa, fa, fa, fa! Lejos, pequeña y blanca se ve la estación. El tren mixto, como una larga culebra avanza, hasta esconderse en la trinchera, mientras se esparcen lentamente por el aire los jirones de humo negro.

Crónica familiar de un partido memorable

Se nos ha hecho algo tarde para cenar. La culpa ha sido mía porque he vuelto a casa pasadas las siete. Mientras preparo la cena Ana entra en la cocina muy emocionada.
-Hay fútbol, mamá. ¡El partido de la Eurocopa! ¡Éste sí que no me lo pierdo!
-¿Ah, sí? ¿Y quién juega?- pregunto, intentando mostrarme interesada.
-¡Hija, mamá! ¡No entiendes nada! Juegan España y Malta.
-Ah- contesto, como disculpándome por mi ignorancia.
¡Fútbol! Palabra mágica para miles de forofos, hombres, mujeres y niños desde la más tierna edad. ¡Fútbol! Palabra terrible para los no iniciados, entre los que me cuento, los bichos raros que no encontramos ningún aliciente en contemplar las carreras y peripecias de veintidós jugadores corriendo tras un balón. Es norma en nuestra casa comer y cenar con la televisión apagada. Nos parece que representa un obstáculo para la comunicación en esos preciosos y escasos momentos en que la familia logra estar reunida. Pero esta noche, no. Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza pulsar el interruptor. Me he limitado a dar media vuelta a la mesa familiar para lograr la máxima visibilidad para los cuatro aficionados de mi casa. Comienza el partido. Procuro hacerme invisible mientras coloco platos y cubiertos. El ambiente se va caldeando.
-Lleva la pelota Carrascooo- grita el locutor- pasa a Gordillooo, chutaaa, yyy…
-¡Uyyy!- puñetazo en la mesa del pequeño.
-¡Oh qué lástima!- sigue la voz del locutor - se ha desviado la pelota hacia la izquierda.
Algunas noches, según el menú, hay que soportar las protestas de mis hijos. A uno no le va la verdura, al otro el pescado. Hoy, no. Es verdad que la cena es de su gusto, pero estoy segura de que hubiese dado lo mismo. Engullen sin mirar qué, con los ojos fijos en la pantalla, acompañando con sonoras exclamaciones los lanzamientos del equipo español. Un jugador contrario empuja a uno de los nuestros, (claro que también los nuestros hacen lo propio con los visitantes) mis hijos se inflaman, les llamean los ojos, tienen la cara roja por la ira, y hasta se escapan de su boca palabras ofensivas.
-¡Mongolo!
-¡Idiota!
-¡Ya está bien, niños! - digo intentando llamar al orden.
Es inútil. Es la fiebre del fútbol. Javier frunce los labios y espurrea despectivamente. El abuelo, que cena a su lado, lo observa y ríe los gestos del nieto favorito. Y así, entre la tristeza por el empate y la alegría por el tres a uno, termina la cena y el primer tiempo. Al comenzar el segundo, el abuelo dice a Ana que le pica el sabañón y que le busque la pomada. Mi hija, que suele ser atenta con su abuelo, protesta porque va a perderse cuatro minutos del partido. El abuelo se viene a la cocina. Él se da la pomada y yo friego la vajilla. Hasta nosotros llegan los rugidos.
- Los españoles no tenemos remedio – sentencia mi padre meneando la cabeza, como si esta locura fuese exclusiva de nuestro país- Me voy a dormir.
-¡Hasta mañana, padre!
Un alarido de entusiasmo nos invade. Ana entra en la cocina dando saltos. ¡Cuatro a uno!
-Tenemos que meter once goles para empatar y doce para ganar, mamá.
-¿No pensarás que van a meter esos goles, ¿verdad?
Pero…¡sí!. Vienen uno tras otro, sin dejar resollar al portero.
-¡Siete a uno! ¡Ocho a uno! ¡Nueve a uno!
De repente me encuentro en el cuarto de estar mirando, ahora a la pantalla, ahora a mis hijos, que se contorsionan, incapaces de resistir la excitación. Se encuentran al borde del paroxismo. La mayor se sienta de golpe en el suelo. El mediano, el más nervioso, va al otro extremo de la habitación y golpea con los nudillos el cristal de la ventana. El pequeño bota encima del sofá como una pelota elástica, y lanza alaridos al estilo de los de los indios en las películas del oeste. Mi marido está silencioso. Al llegar al undécimo, suelta un…¡Gol!, en un tono grave y concentrado.
-¡Pobre! Mirad la cara del portero- digo – Yo que él decía: “Hala, me voy a casa, ya no juego más”, como hacen los chicos cuando se enfadan.
¡Y uno más! ¡Doce a uno! Toda una hazaña. ¡Qué señor es Juan Señor! Y entonces la presa se desborda por completo. Saltos, gritos, abrazos. Yo también me siento contagiada por la euforia del momento.
-¡Sí, sí, sí! ¡Vamos a París!
-¡Sí, sí, sí! ¡España va a París! – ruge la hinchada. Hasta a los locutores les produce gallos la emoción.

Ya ha vuelto la calma a mi casa. Mis hijos están acostados. No sería raro que esta noche, en sueños, se propinaran algún puñetazo. ¿ Habrá muerto algún espectador, víctima de un ataque cardíaco? Me imagino al pobre portero maltés sufriendo horribles pesadillas: Tiene su portería protegida por unas puertas de hierro macizo, pero…¡horror!, la maldita pelota llega a las mallas una y otra vez colándose a través del ojo de la cerradura. Se despierta, y al dormirse el tormento se repite.
¡Vaya noche! La verdad es que durante más de hora y media millones de españoles han olvidado la mayor parte de sus problemas. Sus corazones, como relojes perfectamente sincronizados, han latido al unísono, formando un solo, loco y apasionado corazón.