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El alma al aire

El viejo diario

La cuenta atrás

La cuenta atrás (16 - 4 - 2005)

Tal día como hoy, dentro de un mes, será mi cumpleaños. No será un cumpleaños cualquiera. En realidad, ninguno lo es, ya que el mero hecho de poder llegar, cuando todo en la vida es tan incierto, los convierte en algo digno de celebración. Cumpliré sesenta años –sesenta tacos – como dicen los jóvenes. A la impresión que produce un cambio de decenio – más éste, porque sabes a ciencia cierta que de la copa de la vida ya hace tiempo que apuraste la mitad – hay que añadir la circunstancia de mi jubilación anticipada. Cuando se acabe junio, terminará también mi vida profesional; una vida profesional de cuarenta años. Y en esta tesitura, una no puede por menos que echar la vista atrás y hacer balance. Son éstos unos días de reflexión que te permiten ir anotando en las casillas del debe y del haber, aunque seas consciente de que nada ya puedes hacer para borrar esas partidas que te pesan.
Cuando yo era más joven y algún conocido llegaba a la jubilación, sentía una especie de envidia al imaginar cuántas cosas pendientes podría hacer si me encontrase en su lugar; aunque no por eso dejara de caer en la cuenta de que este aumento espectacular de tiempo libre vendría seguramente acompañado de úlceras de estómago, cefaleas, problemas de riñón o de hígado, colesteroles, y un largo etcétera de “…osis” y de “…tritis”que van apareciendo día a día, como lo hacen las setas en un lluvioso otoño. Y el tiempo pasa veloz, sin detenerse. La vida, como un tren de incierto recorrido, conduce inexorablemente a la vejez; a no ser que en el camino el viajero sufra un accidente inesperado, o que él mismo, aburrido del viaje, se arroje a la cuneta en marcha. No es ése mi caso. Y aquí estoy. Con la jubilación a la vuelta de la esquina.
No era así como la había imaginado. Mis circunstancias familiares no me permitirán realizar algunas cosas que relegué para este tiempo. Pasar una temporada junto al mar, huyendo de los rigores del invierno; visitar todos esos lugares hermosos de mi país que desconozco; volverme peregrina en el camino de Santiago, un sueño que me acompaña desde mi juventud…Tengo un esposo que cada día depende más de mi amor y mis cuidados. Viviré para él. Seré esposa, madre, amiga, enfermera… Seré sus manos y sus pies. Apoyo en sus momentos de miedo y de dolor. ¡Espero tener fuerzas! Y disfrutaré, sorbo a sorbo, de los pequeños gozos que nos brinda la vida: el amor de mis seres queridos, la amistad, los libros, la música, la naturaleza… Todo aquello que se encuentra a nuestro alcance sin necesidad de recorrer grandes distancias para disfrutarlo. Basta con abrir los ojos cada mañana y mirar a tu alrededor. Y luego, al final de cada día, daré gracias.
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¡Tengo cara de suegra!

¡Tengo cara de suegra! 31 - 3 - 1997

¡Triiing! ¡Triiing! El sonido del timbre me sobresalta. Me había sentado en mi dormitorio para dedicar un pequeño espacio de tiempo a la relajación y a la búsqueda del silencio. Es algo que me ayuda y me hace sentir bien. Pero…¡Es radical! Siempre me pasa lo mismo. Apenas han pasado unos minutos desde que me he acomodado en la silla y ya estoy dando cabezadas, como si en la más cómoda de las camas me encontrara. Me asomo a la ventana. “¿Quién es?”- digo. Es un joven rubio, delgado. Lleva un traje oscuro y un ligero maletín. Tiene todo el aspecto de ser representante. “¿Puede bajar un momento?”- me dice -. “Soy del Departamento de Estadística.” “Veamos qué sonaja nos trae”- pienso mientras bajo por la escalera. “¡Buenas tardes, señora! ¿Cómo está?” “Bien, gracias”- le contesto. “Como le he dicho, soy del Departamento de Estadística” “Ya. ¡Hola!”- saludo a mi vecina Rosa que pasa por la acera de enfrente -. Lo he desconcertado, hasta el punto de que tiene que comenzar de nuevo su discurso. “Supongo que usted será la suegra…” Me ha dejado fuera de juego. “Así que tengo cara de suegra” –pienso. Hasta ahora, las suegras eran siempre otras, no yo. “¿Tengo ya cara de suegra?” – le interrumpo simulando sentirme ofendida. “No…Bueno…. O será la tía de los que viven aqu텔 Se atasca. Balbucea. Coge aire. “Bueno, lo que quiero decir es que en esta casa vive un matrimonio joven con hijos pequeños. ¿No es verdad?” “Pues…no. Aquí vive un matrimonio, pero no joven, ni con niños” “Es que…- se atraganta - me han dicho que vivían aquí” “Viven ahí. En la casa de al lado” “Perdone ¿eh? Que le haya dicho que es la suegra no quiere decir que tenga que ser usted mayor. Hay suegras muy jóvenes”- dice mirándome con gesto conciliador. “La verdad es que yo ya podría ser suegra, y casi abuela” – le digo mientras se me escapa una ruidosa carcajada. “Adiós, pues. Y a lo dicho. Perdone. Ya dice el refrán: El que tiene boca se equivoca.” Él se va a la busca y captura del matrimonio joven, y yo comienzo a subir las escaleras con una amplia sonrisa en los labios, mientras reflexiono sobre mi inesperado ascenso en la escala del parentesco.

Toulouse-Zaragoza

Toulouse-Zaragoza 12-1-2004

Nos conocimos durante el viaje de vuelta de Toulouse a Zaragoza. Acabábamos de llegar a Andorra capital y el conductor del autobús nos dio un descanso de tres cuartos de hora. Eran las diez de una soleada mañana de domingo. Todavía llevábamos los ojos colmados de la belleza de las cumbres nevadas del Pirineo. Apenas se puede resistir tanta belleza mientras por dentro te duele fuerte el corazón. Coincidimos en la mesa de un pequeño bar, junto a la estación de autobuses. Tenía unas hermosas facciones y era de cuerpo bien proporcionado. De repente, empezó a llorar. La miramos un tanto incómodas, sin saber qué hacer, deseando que se tratase tan sólo de un desahogo pasajero. Pero no fue así. Las lágrimas se deslizaban tercas por sus mejillas de ébano. No pude aguantar más. Me senté a su lado y le pregunté si me entendía. Hizo un gesto afirmativo con la cabeza. ¿Podemos ayudarte? ¿Te encuentras mal? ¿Tienes algún problema? Sí. Tenía un problema. Grande al parecer. Tenía veinticinco años y llevaba dos años casada. Había viajado a Toulouse desde Madrid para encontrarse con su marido pero él no le había permitido quedarse. Ya no quería saber nada de ella. Al llegar a la estación, ella había intentado hablarle por teléfono, pero él había cortado la comunicación. ¿Saben? ¡Me ha dejado! – nos dijo mientras seguía llorando sin consuelo. Le ofrecimos agua con unas gotas de valeriana, remedio que utilizamos para evitar los calambres en las piernas durante las largas horas de obligada quietud. Ella lo aceptó y nos sonrió agradecida. Nosotras, que volvíamos destrozadas después de ver a nuestro hermano en estado de coma por culpa de un accidente, tratamos de aliviar su pena. Verás -le dije- el tiempo calma las penas del amor. Además, no sabe bien lo que se pierde ese tonto. ¡Eres preciosa! – añadió mi hermana. ¡Los hombres son así! ¡No merece la pena sufrir por ellos!- terció una de las vecinas de mesas. ¿Sabes? Yo tuve un novio durante tres años, y de repente me dejó. ¡Y aquí estoy!- decía, intentando hacerse la fuerte, mientras el llanto pugnaba por asomarse a sus ojos.
En la siguiente parada de descanso la buscamos con la mirada y la invitamos a tomar algo con nosotras en la barra del bar. Nos comimos unas sabrosas rebanadas de pan de hogaza con tomate y jamón serrano. Bien untado el pan con el tomate, a la manera catalana. Le hablamos del motivo de nuestro viaje. Y después, de mis hijos, aproximadamente de su misma edad, del cariño que nos unía a mi hermana y a mí… De todo lo que se nos ocurría, tratando de evitar el penoso silencio y que al menos durante unos minutos olvidase su pesar. Al llegar a Zaragoza nos despedimos y le deseamos de nuevo buena suerte. Ella nos sonrió y nos besó agradecida. Ha pasado el tiempo. Dondequiera que estés, te deseo de corazón que la vida te haya vuelto a sonreir, Isabelle.
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Sinfonía en blanco

Sentada cara al poniente, muy cerca de la ventana,
entre admirada y absorta contemplo la hermosa nieve
que ha dejado de improviso la llanura engalanada.
El sol se asoma y se esconde, como travieso chiquillo
que al escondite jugara.
Ahora brilla en los tejados,
ahora teje entre las nubes encajes de filigrana.
Los intrépidos gorriones van y vienen,
se entrecruzan, se persiguen,
se posan en los alambres o entre las desnudas ramas
de la higuera que asoma tras de la tapia;
inquietos y bulliciosos, sobre la mágica alfombra
revolotean y saltan.
Encaramada en lo más alto de una buhardilla,
curiosa y grave, mira una urraca; las chimeneas humean,
y un pobre clavel tardío pone una mancha de sangre
sobre la blanca maceta prendida de la baranda.
Anda la gente menuda alegre y alborotada.
-¡Qué bolazos le he lanzado a David esta mañana…!
-Mamá, ¡qué pena me da que esté ya la nieve helada!
Si pudiera…haría un muñeco grande.
¡Tan grande o más que mi hermana!
Le pondría…dos botones negros que tú me dieras, por ojos,
y aquella bufanda larga, de cuadros, que está en el baúl guardada,
y una nariz de zanahoria, y una escoba o un paraguas,
y una pipa, y … y aquel sombrero de paja
que se ponía el abuelo cuando el calor apretaba.
-¡Ay! ¡Qué bonita es la nieve!
-¡Que nieve! ¡Que nieve más! ¡Que la escuela está cerrada!
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