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El alma al aire

Poesía

Sinfonía en blanco

Sentada cara al poniente, muy cerca de la ventana,
entre admirada y absorta contemplo la hermosa nieve
que ha dejado de improviso la llanura engalanada.
El sol se asoma y se esconde, como travieso chiquillo
que al escondite jugara.
Ahora brilla en los tejados,
ahora teje entre las nubes encajes de filigrana.
Los intrépidos gorriones van y vienen,
se entrecruzan, se persiguen,
se posan en los alambres o entre las desnudas ramas
de la higuera que asoma tras de la tapia;
inquietos y bulliciosos, sobre la mágica alfombra
revolotean y saltan.
Encaramada en lo más alto de una buhardilla,
curiosa y grave, mira una urraca; las chimeneas humean,
y un pobre clavel tardío pone una mancha de sangre
sobre la blanca maceta prendida de la baranda.
Anda la gente menuda alegre y alborotada.
-¡Qué bolazos le he lanzado a David esta mañana…!
-Mamá, ¡qué pena me da que esté ya la nieve helada!
Si pudiera…haría un muñeco grande.
¡Tan grande o más que mi hermana!
Le pondría…dos botones negros que tú me dieras, por ojos,
y aquella bufanda larga, de cuadros, que está en el baúl guardada,
y una nariz de zanahoria, y una escoba o un paraguas,
y una pipa, y … y aquel sombrero de paja
que se ponía el abuelo cuando el calor apretaba.
-¡Ay! ¡Qué bonita es la nieve!
-¡Que nieve! ¡Que nieve más! ¡Que la escuela está cerrada!
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¡Juntos por siempre amor!

¡Cuántas veces pisaron nuestros pies las mismas calles!
¡Cuantas veces jugamos y reímos!
¡Cuántas veces cruzándonos sin vernos!
¡Cuantas sonando nuestras voces sin oírnos!
Hasta que el día aquel, como por un milagro,
se encontraron tus ojos con los míos.
Y nuestros ojos se dijeron que se amaban.
Compartir hogar y pan, besos y anhelos prometieron.
Y marchar por la vida, dolor junto a dolor, gozo con gozo,
caminantes de un único sendero.
¡Sí quiero, amor!- me dijeron tus ojos al mirarme.
¡Juntos por siempre, amor! ¡Juntos por siempre!
- al mirarte, los míos respondieron.

En las umbrosas entrañas del pinar

En el sesteo de un domingo de verano,
acurrucada en las umbrosas entrañas del pinar, vacías de palabras y motores, arrullan mis oídos los mil sonidos mágicos del bosque:
El rumor de las aguas del escondido arroyo,
el susurrar del viento en el ramaje,
el canto alegre de los pájaros,
el bordoneo de las moscas,
el grito del milano…
Y son los troncos columnas poderosas apuntalando los umbrales de los cielos,
y son brazos las ramas, gesticulando en un lenguaje indescifrable.
Y sobre mí, la inmensa bóveda calada de vitrales, y un rayo de sol, osado y poderoso, rasgando los celajes para besar mis ojos.
Y aspiro los aromas de resina y yedra trepadora, de musgo, de tierra tierna y hojarasca.
¡Bosque hermoso! ¡Bodega rebosante de generosos vinos que me embriagan!
¡Que se te paralicen las manos, depredador maldito, si intentas aniquilar tanta belleza!

Tengo preñada el alma de nostalgia

Llenos traigo los ojos del aire y de los campos de Castilla.
Año tras año, cuando agoniza agosto, el alma se me preña de nostalgia.
Presa de la más dulce borrachera, dejo atrás por unas pocas horas, el valle donde vivo, sus huertas tan feraces, su caudaloso río, y corro envuelta en mil ensueños, hacia la tierra recia que me vio nacer.
Como marino sobre el puente de mando de su barco, aupada en lo más alto del castillo, contemplo en derredor los amplios horizontes:
Lejana e impasible, la mole del Moncayo. La Dehesilla, Tiñoso, Sierra Gorda, añejos encinares del Ruidero, roquedales agrestes de las Cuevas.
A la derecha, erguido sobre el pobre caserío, vigila el Costanazo.
Y tendida a mis pies, lisa como la palma de la mano, la llanura dorada por el sol.
Ascienden a mi encuentro incontables aromas y sonidos que flotan en el aire desde hace treinta años:
Esquilas del ganado, ladridos de la Sola, balidos de las cabras por el Viso, kikirikís sonoros de los gallos, chasquidos de las trallas en las eras, relinchos de caballos, secas blasfemias, roncas canciones y risas infantiles.
Olores de carrasca y de romero, brotando en humaredas fantasmales sobre las blancas chimeneas, olor a trigo tierno y amapolas que trae el cierzo de los vecinos arreñales, olor de pan y hogar, de tinta y pizarrines, olor de mil anhelos y esperanzas…
Y al alejarme, queda la llanura dorada ardiendo bajo el sol en el poniente, y yo marcho soñando extraños calendarios que aseguran que tras agosto llega agosto.

(Por circunstancias familiares, hace varios años que no puedo acudir a esta cita con los recuerdos de mi infancia, pero por estas fechas se aviva sin remedio mi nostalgia.)

Pan

Arado, yunta, surcos, fragante tierra,
sementera de otoño, apuesta incierta.
¡Nieve de enero!
Liviano edredón blanco sobre la tierra,
campesinos soñando ricas cosechas.
Arcoiris en los cielos, lluvias de abril,
el llano todo verde, sobre los cerros, gris.
Cruz de mayo bendita, campos en flor,
amapolas y espigas, hisopo y oración.
Vasto mar de Castilla, levanta el cierzo
ondas de verde espuma de entre tu seno.
Negra nube de junio, traidora piedra,
ojos mirando al cielo, rezo y blasfemia.
Sudor de segadores, rostros curtidos,
rechinar de carretas, rodar de trillos.
Redonda y ruda piedra que en el molino
convierte en blanca harina los rubios trigos.
Manos de panadero en las madrugadas
masarán con la harina tiernas hogazas.
Hambre de niño pobre de la posguerra,
súplica de mendigo junto a mi puerta.
Cuerpo del Hombre Dios que se me entrega
en prenda de otra vida imperecedera.
Éstas, y mil esencias que yo dijera
llevas, PAN, enredadas entre tus letras.

¡Ay, niña mía!

Lo he adivinado sin que me lo dijeras.
Hay fulgor en tus ojos, color en tus mejillas,
Una mirada ausente, una dulzura tibia,
un no sé qué especial.
Lo he adivinado sin que me lo dijeras.
No sé cómo ni cuándo, amor llamó a tu puerta.
¿No es verdad?
¡Ay, niña mía!
Amor te hará reír.
Amor te hará llorar.
Amor te hará sufrir.
Amor te hará gozar.
Porque el amor es fuego.
Porque el amor es hielo.
Porque el amor es fiesta.
Porque el amor es duelo.
Porque el amor es manso.
Porque el amor es fiero.
Es duro cual diamante
y frágil cual cristal.
Amor es… esperanza y desespero,
bonanza y tempestad;
es gloria y es infierno,
prisión y libertad.
Lo he adivinado sin que me lo dijeras.
No sé cómo ni cuándo,
amor salió a tu encuentro ya.
¡No le cierres tu puerta, niña mía!
Porque el amor es…¡Vida!
¡Déjale! ¡Déjale entrar!
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Desde la ausencia

(En el día en que mi hijo ha visitado mi pueblo, removiendo y avivando las brasas del fuego de mi nostalgia)

Dime, si acaso lo sabes, qué es lo que tendrá mi pueblo,
que cuando a lo lejos veo los muros de su castillo,
la silueta de su torre y el caserío terroso recostado al pie del monte,
un calor hecho de gozo, como de fuego escondido,
me brota dentro del pecho.
¡Ay, cuántos años de ausencia! Que es la vida viaje incierto.
Y el viajero, nunca sabe al comenzar el sendero que lo aleja de su hogar, si contemplará otra vez igual tierra e igual cielo
que vieron sus ojos niños cuando a la vida se abrieron.
Con caminar impaciente, como sediento que busca el manantial de aguas limpias para mitigar la sed, he vuelto a pisar sus calles,
vivas y alegres ayer, hoy calladas y vacías, que entre gritos infantiles tantas veces recorrieran mis menudos pies de niña.
Allí estaba el viejo olmo.
El árbol fornido y recto que escondía entre sus ramas cien pajarillos parleros.
Y sostenía, temblando, rudo y amoroso a un tiempo,
el cuerpo nervudo y ágil de los jóvenes arqueros que soñaban mil hazañas victoriosas en lo alto.
Del que se escapaba música cuando lo acunaba el viento.
La escuela humilde y querida con sus pequeños pupitres de madera carcomida, repletos de garabatos y chorretones de tinta.
Donde, entre densos silencios o traviesa algarabía, hice mis primeros trazos,
y descubrí los misterios que encierra la letra escrita.
La iglesia en la que sonaron mis infantiles plegarias y, medrosa, confesé aquellas pequeñas faltas.
Ya no se escuchan canciones, enmudeció su campana;
están vacíos sus bancos, polvorientas sus arañas.
¡Qué pena daba mi iglesia, solitaria y expoliada!
Allá en lo alto, el castillo.
Donde los chicos buscaban con increible tesón aquel tesoro escondido.
Desde donde contemplamos, absortos y complacidos,
mares de verdes espumas en días de cierzo frío.
Donde sonaban los ecos de las canciones de trillo.
Y mi casa. Donde mi cuerpo gozó de sus primeras caricias.
Donde mi boca se abrió a la palabra y la risa.
Donde mis pies aprendieron a caminar por la vida.
Mi casa. Testigo de mil rabietas y travesuras de niña.
Mi pobre casa. Hoy tan sólo cuatro paredes en ruinas.
Estaba la tarde herida por poniente cuando quedaba mi pueblo perdido en la lejanía.
¡Ah! Si pudiera ser real el mágico y misterioso mundo de la fantasía, yo me volvería bruja,
y el pueblo que tanto quiero, para tenerlo bien cerca, conmigo me llevaría.

¡Gracias por el regalo de tu vida!

No esperaré a que el viento frío de la muerte descorra las cortinas de mi alma y deje al descubierto la veta del amor, como ocurrió con nuestro padre.
¡Quiero cantarte viva!
Mi voz se torna grito apasionado al dirigirme a ti, mujer que me parió en Castilla, por las fiestas del Santo Labrador.
La que sintiera los primeros dolores del alumbramiento al perseguir, vientre abultado, al infeliz pichón que tuvo la desdicha de estrenar sus alas aquel día.
A la mujer que me crió a sus pechos, que me cubrió de besos y caricias, que acompañó mis torpes pasos, que consoló mis penas y acompañó mis risas.
La que veló conmigo la erupción de mis dientes y, tantas noches del invierno crudo, supo engañar al picor de mis pequeños pies, convertidos en un inmenso sabañón, al dolor que taladraba mis oídos o al rojo ardor del sarampión.
La que sufrió los años de posguerra al escuchar los ruidos de mis tripas, huérfanas de pan blanco, y al contemplar mis manos recorriendo ansiosas el cajón en busca de unas migas.
La que portaba airosa el cántaro de barro y soportó, valiente, la calumnia indigna.
La que cantaba a menudo, escoba en mano, pregonera de tristezas y alegrías.
La que me vio crecer y me besó en mis hijos.
La que se hundiera un día en negro pozo cuando la muerte apareció en la puerta para llevarse a su hombre.
¡ Bendita seas, madre! ¡Gracias doy al buen Dios por el hermoso regalo de tu vida!

Una tarde de marzo

¿Qué podré decir de ti que no se torne plagio al pasar por mi boca?
¡Quién tuviera el verso de cristal del dueño de Platero o la palabra honda del poeta andaluz en tierra castellana para saber cantar tus glorias!
Marcho por el camino solitario y duro, cien veces recorrido;
la tarde es fría, gris y borrascosa.
El viento norte trae al valle aromas de nieve y de montaña,
me abraza firmemente por el talle, abofetea sin piedad mi cara,
pone música en el bardo de la huerta, hace sonar las hojas secas de las cañas.
Y en la brizna de hierba del borde del camino que estrena el verde de la nueva savia,
en las flores del chopo del pequeño altozano que enmascaran el nido de la urraca,
en el temblor del arbolillo rosa que crece desgarbado y solo en el ribazo,
en el canto bullicioso de los pájaros que aletean inquietos por las zarzas,
en un no sé yo qué de calor y de alegría que ha brotado del frío de la pena que me atenaza el alma...he encontrado las huellas de tus pasos, primavera.
En esta tarde fría, desde el camino solitario, te saludo: ¡Bienvenida seas!
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ENTRE LA NIEBLA

Es una tarde del diciembre frío.
La noche roba los últimos latidos al día que agoniza.
No brillan las estrellas.
No hay montes a lo lejos ni colinas cercanas.
Los chopos de la acequia, los que mueve la brisa en primavera
arrancando metálicos sonidos de sus hojas,
parecen hoy ingrávidas quimeras.
Todo está envuelto en pálida mortaja.
De pie sobre un ribazo, miro al pueblo:
en el blanco vacío sólo unas tenues luces parpadean.
Por la cercana carretera cabalgan rugientes monstruos de ojos como brasas.
Una bandada de tordos golpea ruidosamente el aire.
Crujen las cañas secas de los bardos y pía un pajarillo entre las hierbas.
En el camino solitario, por un momento dueñas del universo y libres, yo y mi perra.

TÚ VIVIRÁS

¡Estás muerto! Lo gritan al silencio tu cuerpo inmóvil,
en negro traje envuelto sobre la tela blanca,
tu cara como cera, tus manos enlazadas.
¡Muerto! Lo pregonan el llanto de mi madre
y la angustia que atenaza mis entrañas.
¡Muerto! Lo aseguran los abrazos de la gente,
los labios musitando una plegaria.
Mas...¡No! ¡Que se equivocan!
¡Se equivoca tu cuerpo!
¡Se equivocan tus manos y tu cara!
¡Se equivoca la gente!
¡Se equivocan mi madre y mis entrañas!
Porque sembraste la semilla de mi vida
en el oscuro surco, recio y fértil.
Porque me recibiste gozoso entre tus brazos
el día que escapé del tibio vientre.
Porque reíste mis alegres balbuceos
y acompañaste mis primeros pasos torpes.
Porque tus manos empuñaron firmes la herramienta para espantar de nuestra casa el hambre.
Porque sentiste orgullo de mis logros de niña y de mujer.
Porque no pusiste trabas a mi vuelo cuando dejé tu nido en busca de otro nido
Porque los hijos de mi sangre, que es tu sangre,
al correr de los años tu alegría han sido.
Porque no sucumbiste a la ambición y llevaste la verdad como bandera.
Porque me amaste y yo te amé.
Por tantas, tantas cosas... hoy el viento hasta la cumbre inaccesible de los cielos
hará llegar los ecos de mi grito:
¿Quién dice que estás muerto?
¡Se equivoca!
¡Mientras yo viva, padre, estarás vivo!
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