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El alma al aire

Relatos breves.

El tio Navarro

Es muy probable que vosotros, los que leéis estas líneas, al caminar por las calles y plazas de cualquier ciudad, hayáis visto los grupos de jubilados que sentados en los bancos, como lagartos al sol, calientan sus viejos huesos en los días templados de primavera. Si nos interesásemos por su lugar de nacimiento, sin duda llegaríamos a la conclusión de que la mayor parte no son de allí. Un número importante de ellos arribó a aquel sitio, para muchos desconocido y hostil, hace ya bastantes años, huyendo del mal vivir en sus propios pueblos, a la busca de una oportunidad y soñando una vida más fácil para sus hijos. Otros, pegados con uñas y dientes al terruño, aguantaron en el pueblo hasta que las enfermedades y las limitaciones propias de la edad los vencieron y, aunque a regañadientes, no les quedó más remedio que buscar el amparo de los hijos en la enorme y fría ciudad.
¿Os habéis acercado a alguno de estos grupos alguna vez? Yo sí. Coincidió con unos días de forzosa convalecencia, tras haber sufrido una terrible gripe que dejó mi pobre cuerpo como si hubiera recibido una brutal paliza. Me vais a permitir que comparta con vosotros algunos de mis descubrimientos de aquellas fechas. Una mañana fui paseando despacio hasta el parque próximo a mi casa. Al llegar, cansada por el esfuerzo realizado, busqué con la mirada un banco en el que reposar y encontré uno ocupado por dos mujeres de edad. Después de dar los buenos días tomé asiento en el trozo vacío. Ellas se me quedaron mirando con mucha atención y apenas tardaron unos segundos en romper mi silencio, interesándose de tal manera por mi persona y sus circunstancias que, transcurrida una hora, las tres éramos propiamente como de la familia. Yo ya sabía para entonces de dónde eran, cuántos hijos y nietos tenían, cómo se llamaba cada uno, qué estudiaban o dónde trabajaban; había visto algunas fotografías familiares y me conocía al dedillo, y casi los sufría, los numerosos achaques que las aquejaban.
Algunos días después, me tropecé por casualidad con mi padre, que se encontraba con varios hombres sentados a la sombra de los árboles de una pequeña plaza. Eran todos conocidos y paisanos, según pude comprobar a lo largo de su conversación. Nadie pareció preocuparse por mi presencia; su interés hacia mi persona duró apenas el momento preciso para atender a mi presentación. Después, fui simplemente una espectadora muda en medio de aquella animada tertulia. Hablaban de un tal tio Navarro, cartero de oficio, un tipo socarrón, famoso en muchos kilómetros a la redonda por sus continuas bromas, divertidas algunas y rayando en pesadas las más. Es posible que alguien pueda pensar al leer lo que sigue, que sea tan sólo producto de la nostalgia y la exageración de un grupo de viejos que se encontraban lejos de su tierra. Yo no lo creo así. El que llevaba la voz cantante en la conversación, excelente narrador, iba desgranando sus recuerdos mientras los demás asentían con sendos movimientos de cabeza, compartiendo el orgullo de haber conocido, bien fuera de vista o tan sólo de oídas a un tipo tan especial. Yo por mi parte, me he limitado a ser cronista de lo que allí escuché, si bien he de confesar que no he podido, o tal vez no he querido, evitar recrear aquellos paisajes familiares y queridos con los colores, olores y sonidos de mi niñez.

El tio Navarro es madrugador. Cada día se levanta con el sol entre secos crujidos de su viejo jergón de hojas de maíz. Se despereza sin prisa mientras se escapan de su boca sonoros bostezos. Mira un momento a través del ventanillo para averiguar qué cara trae la mañana. Hoy va a hacer un buen día de calor- se dice. Da unos pasos hacia el viejo palanganero colocado junto a la puerta y se lava despacio en la desconchada palangana acompañándose de ruidosos soplidos. Mientras se seca echa una rápida ojeada al espejillo y hace una mueca burlona a su imagen. En la cocina, su mujer, la Pilar, ha desplegado la pequeña mesa adosada a la pared y coloca sobre ella un gran cuenco lleno de leche de cabra. Sentado sobre un tosco taburete, el cartero echa parsimoniosamente en la leche unos cuantos remojones de la redonda hogaza. Toma después una copa de ojén, la medicina particular para fortalecer sus piernas de andarín. Coge su cartera y el grasiento sombrero de cuero, colgados en un clavo del portal, y emprende el camino de las Ventas para recoger el correo que traerá la diligencia. De baja estatura y enjuto de carnes, tiene la piel curtida por el aire y el sol, y al mirarlo llaman poderosamente la atención sus pequeñas orejas, puntiagudas y descarnadas, convertidas en pequeños cuernos a puro de soportar escarchas, fríos y ventiscas en los duros inviernos castellanos. Cuando mira parece que algo baila en el fondo de sus ojos pardos. Dice la gente que un demonio burlón se aposentó hace tiempo dentro del tio Navarro y que por eso es como es. Ésta, y no otra, es la razón de que tenga algunos enemigos en los pueblos vecinos y hasta en su propio pueblo.
Ya aparece a lo lejos la nube de polvo y se escuchan los chasquidos del látigo sobre el lomo de los caballos. Tras un sonoro “sooo...”, las bestias se detienen obedientes. El Fraile, el cochero, toma siempre aquí unos minutos de descanso. Tiene que quitarse el polvo que lleva pegado en el gaznate. ¡Venterooo, icha, icha una copa pal caballo por la boca del cochero!- dice jocoso. El cartero acompaña al Fraile mientras bebe. Se entienden bien. Los dos tienen el genio alegre, y el vino pone chispas brillantes en sus ojos. A veces baja algún viajero de la diligencia y el cartero disfruta de un rato de compañía. Hoy, sin embargo, no hay ninguno, así que tendrá que recorrer solo el largo camino. Antes de meter la correspondencia en la cartera, la clasifica por pueblos, pone en un paquete las cartas, en otro los periódicos. “Mira, se dice, carta pa la señorita Julia. Cuando fue a Madrid, a casa de sus tíos, le salió un pretendiente. Mi ganao una copa. El chico del Pedro escribe desde África. Hoy la Vicenta llorará cuando le dé la carta. Tiene miedo de que se lo maten los moros en una emboscada. La Juliana lo perdió allí. Luego le mandaron una medalla y una carta y le decían que debía sentirse orgullosa de ser la madre de un héroe. Pero la Vicenta dice que la dejen de medallas, que lo que ella quiere es que su Lucio vuelva a casa sano y salvo. Ésta pa la Victoriana. Tiene el hijo trabajando en la mina en Vizcaya, y todos los meses le escribe y le manda unas perras. El Heraldo pal boticario y el Debate pal cura. ¡Cuidao que tienen humor estos señores! Total, no vienen más que desgracias... ¡Hay que ver cómo está España, no sé dónde vamos a parar! Además... ¿ Pa qué querrá el periódico el señor cura...? Con lo que él da que hablar se podría llenar el papel. Estos días anda diciendo que va a llevar a Soria a la Petra, la casera, que tiene un ojo torcido, pa operarla a ver si se lo enderezan. Y pasará como la otra vez, que volverá con el ojo tan torcido como se lo llevó. Dicen las malas lenguas que lo que le van a quitar a la Petra es el bulto que le ha salido en la tripa... Cualquier día los mozos apedrearán la casa y lo icharán del pueblo. ¡Vaya, es una indecencia! Lo que yo digo: Pa bien todos los curas capaos.
El tio Navarro cierra su cartera, se cala el sombrero y emprende el camino. Va arreciando el calor. No se nota ni la más ligera brisa. Parece como si un hechizo maligno fuera dejando el campo sin vida. Todo está inmóvil: el cielo sin nubes, el sol ardiente, las hierbas agostadas, las tierras colmadas de rubias espigas... Sólo de tarde en tarde algún pájaro levanta el vuelo al paso del cartero, y los saltamontes ejecutan extrañas danzas delante de él; luego se oye en unos breves compases el canto de una cigarra. A lo lejos, en un campo lindante con el camino hay una cuadrilla de segadores. Duro trabajo el del segador. Todo el día con el cuerpo inclinado hacia la tierra. La zoqueta, una especie de guante de madera, protege su mano izquierda mientras coge los puñados de mies que corta luego con su afilada hoz. Un puñado, y otro, y otro más... Una hora, y otra, y otra más... Mientras un sol inmisericorde lanza sus tremendos rayos en una larga jornada que parece no tener fin. En una corta pausa un segador alarga lentamente hacia el cielo su figura. Tras limpiarse con el dorso de la mano la frente sudorosa prosigue la faena, y para darse ánimos lanza al aire una canción de su tierra murciana.
Ya está el tio Navarro junto a la cuadrilla. ¡Buenos días nos dé Dios! – les dice. Contestan los segadores al saludo del cartero. Habla de la maldita calor que reseca la garganta mientras sus ojos buscan la vieja alforja oculta bajo una gavilla. El patrón le sigue la mirada y en un gesto de amistad le ofrece un trago. Eleva diestramente la bota hacia lo alto, aprieta el cuero, y un hilillo del rojo líquido atraviesa rectamente el aire y se introduce en la boca abierta, por entre los dientes negruzcos y desgastados. Un reguero de vino chorrea barbilla abajo hacia la garganta y el pecho descubierto, pintando manchas violeta sobre la vieja camisa de rayas. Saborea golosamente la bebida acompañándose de sonoros chasquidos de la lengua, pasando luego a hacer abundantes elogios de la misma delante del amo. Al fin se despide y sigue su camino. Apenas treinta pasos más adelante se detiene. Deja la cartera en el suelo, y al amparo de las espigas de un campo sin segar, junto a unas matas, se baja los pantalones para aliviarse del repentino apretón. Momentos después pueden oírse las voces del cartero. ¡ Una perdiz! - grita - ¡Una perdiz en el nido!. Acuden corriendo los segadores. Allí está, apretando firmemente el sombrero contra las hierbas con ambas manos, y su cara muestra un aire satisfecho. A requerimientos del cartero, uno de ellos, el más simple, introduce con gran cuidado las manos bajo el sombrero y atrapa “la perdiz” que ha cazado el tio Navarro. Una exclamación blasfema brota de los rudos labios del segador al contemplar sus manos manchadas. Varias hoces se levantan en un gesto de amenaza. Mientras el amo se afana en tranquilizar a la cuadrilla, el cartero se aleja por el camino con toda la velocidad que le permiten sus cortas piernas, y el aire va llenándose de ruidosas carcajadas.
Acude ahora a su memoria aquella vez que pasó por las Ventas un rebaño de cabras aquejadas de patera. Era gracioso y triste a la vez contemplar aquel lento desfile de animales cojos. Dándoselas de entendido en Veterinaria, Dios sabe cómo, consiguió convencer a los cabreros. El mejor remedio pa la patera es dar a los animales un buen baño de zotal - les dijo. A las pocas horas las pobres cabras habían perdido sus pezuñas, y muchas de ellas quedaron parcial o totalmente peladas. Alguna hubo que sucumbió por el frío. Una débil voz, allá muy dentro, le está diciendo que aquello fue una mala faena, pero pronto queda ahogada y muda en su interior: ¡Qué culpa tengo yo de que la gente sea tan simple y se deje convencer. Les estuvo bien empleado, por tontos! Y digo yo, ¿por qué tuvo que hacerme caso el Urbano cuando le dije que no había cosa mejor pa las almorranas que frotarse varias veces diarias con un cuerno de carnero? Así es el tio Navarro. Nada ni nadie lo podrá cambiar.
Van pasando los días de la siega. Los caminos que llevan al pueblo son un continuo ir y venir de hombres y de bestias cargadas de mies. Los cascos de las mulas arrancan chispas de entre las duras piedras del camino. Crujen las sogas que sujetan las gavillas y con cada movimiento se escucha el “ris, ras” del seco cereal. La vida bulle por doquier. Cientos de afanosas hormigas recogen los granos de trigo aplastados contra el suelo. Los desvergonzados gorriones parecen querer dejarse aplastar entre las patas de los animales, para, en el último instante, levantar el vuelo. Unos chiquillos recogen pacientemente las espigas caídas formando manojos en sus pequeñas manos. En las eras del pueblo van formándose poco a poco grandes cinas, gruesas murallas construidas con los fajos de la mies. Cuando acabe el acarreo y estén terminadas, el campesino perderá el miedo a las tormentas mientras llega el momento de la trilla. Es media tarde. El pueblo está casi desierto. Las mujeres, con los brazos bien cubiertos por manguitos y la cara medio enterrada por el enorme pañolón para que el sol no les robe la blancura de su piel, ayudan a los hombres en los campos: atan las gavillas, las colocan en los fascales, acarrean... Hasta los chicos arriman el hombro, mientras las cañas del rastrojo arañan sus piernas desnudas. Pero... ¿ Qué significa ese sonido que va llenando el aire y pone escalofríos en la piel a pesar del duro calor? Son las campanas de la iglesia tocando a rebato. Los cuerpos se enderezan como accionados por un resorte. Muchos pares de ojos miran ansiosamente en dirección al pueblo. Las cinas en la distancia semejan rudos monumentos funerarios de tiempos prehistóricos. Una estela de humo va emborronando lentamente el cielo. ¡Fuego! ¡Hay fuego en las eras!. Caminos y atajos se llenan de gentes y de gritos. Secas blasfemias se entremezclan con temblorosas súplicas. ¡Dios! ¡Dios! ¡Maldición! ¡El pan de mis hijos! ¡El sudor de todo el año! Pobre labrador. Trabaja como un mulo, hasta casi reventarse. Para él no hay días de fiesta. Aguanta frío y calor. Todo el año mirando hacia lo alto. Esperando las lluvias tras la sementera. Esperando que la cosecha grane. Esperando que no venga una mala nube. Y ahora... ¡ el fuego! Las llamas mordiendo como perros rabiosos las doradas espigas hasta convertirlas en un montón de cenizas. En ceniza menuda que desaparecerá sin dejar rastro con el primer golpe de viento. Nunca camino alguno se hizo tan largo. Nunca camino alguno fue tan rápidamente recorrido. ¡ El pueblo entero está en las eras! ¡No hay fuego! La cosecha está intacta. Sólo era una pequeña hoguera en los muladares cercanos. Una hoguera que alguien ha encendido con el malsano propósito de disfrutar con el temor ajeno. Las gentes ríen porque la cosecha está a salvo, y se enfadan porque han visto interrumpido inútilmente su trabajo y porque el miedo, como una terrible mano de gigante, ha atenazado ferozmente sus gargantas. Nadie ha visto al culpable de esta fechoría, pero la gente conoce bien al tio Navarro. Alguien lo señala furiosamente con el dedo y lo llena mentalmente de improperios. Sobre su cabeza se cierne desde hoy la sombría amenaza de un rencoroso.
El tio Navarro tiene un huerto. Es pequeño, pero la tierra está bien aprovechada. Cría en él un poco de todo: unas judías, unos tomates, cebollas, más tarde plantará berzas, remolacha para engordar el cerdo... El sueldo de cartero es algo corto y todo viene bien. Ocurre a veces, como hoy, que tiene que regar cuando anochece. Para alumbrarse lleva un viejo farol que coloca sobre la rama baja de un manzano. Es una hermosa noche. El lejano ladrido de un perro pone una nota grave en el agudo concierto de los grillos. El agua va llenando generosamente las entrañas de la tierra. Una estrella hace guiños desde lo alto y el tio Navarro se ríe silenciosamente recordando algún episodio gracioso de su ya lejana juventud. Suena de pronto el seco estampido de una escopeta y el farol cae al suelo hecho pedazos. Sobresaltado, el hombre se arroja al suelo buscando el tibio refugio de los surcos. Durante unos momentos la tierra parece vibrar al compás de los alocados latidos de su corazón. Después el campo recobra de nuevo su silencio. El cartero se levanta con cuidado y mira lentamente alrededor. Ningún movimiento sospechoso, ningún sonido extraño. El emboscado, cumplida su misión, ha vuelto al pueblo. Únicamente él podría decirnos si le falló el disparo o si su propósito era sólo asustar al viejo bribón. ¿No lo estás viendo? A éste no le gustan tus bromas- le dice la voz en su interior, en tono de reproche- Este cartucho era pa ti. Pero yo hi sido más listo - se contesta - Por algo hi colgao el farol en la otra punta del huerto.

Es un hermoso día de primavera. El tio Navarro tras recoger la correspondencia deja la Venta a sus espaldas y emprende su diario recorrido. Ondulantes mares verdes se juntan en la distancia con el azul del cielo. Las amapolas pintan rojas manchas de sangre sobre el trigal. El camino festoneado de flores diminutas ofrece al caminante una mullida alfombra. Huele a tomillo y aliaga. Los pájaros desgranan hacia lo alto sus cánticos de amor. Contagiado de la alegría del campo, el cartero va silbando una vieja tonada. Hasta él llega la fragancia del vecino pinar. De pronto le vienen a la memoria recuerdos del pasado invierno: Un día la tempestad le pilló por sorpresa. Perdió el camino por culpa de la ventisca, que le cegaba y hacía que anduviera en círculo para encontrarse de nuevo en el punto de partida. Llevaba grueso capote de paño pardo, fuertes botas, y las piernas enfundadas en pieles de oveja. Un gorro de piel le protegía la cabeza del crudo frío. Aún así notaba que su cuerpo se iba agarrotando, la fuerza abandonaba sus piernas cansadas y el aliento ponía finos cristales de hielo sobre sus pobladas cejas. ¡Maldito invierno!- piensa en voz alta.
Enfrascado en sus pensamientos apenas ha notado que el campo queda atrás. A ambos lados del camino se alzan las paredes de adobe de las primeras casas del pueblo. Varios chicos juegan en la plaza. El demonio burlón que habita dentro del tio Navarro le inspira algo, sin duda divertido, a juzgar por la sonrisa que ilumina su cara un breve instante. Acercándose a ellos va mirándolos de uno a uno y, con la mayor seriedad, les dice en voz muy baja: Muchachos, ¿queréis ayudarme? Tengo un pedido urgente de grillos. Os pagaré una perra por cada grillo que me traigáis. Ahora me voy a repartir las cartas, pero si me esperáis a la vuelta os los compraré. El cartero ve brotar chispas brillantes en los ojos infantiles. Cambiar la rutina de la escuela por la aventura de la caza del grillo... ¿Acaso alguien podría proponer algo mejor? Recorrer a la carrera los verdes sembrados, tropezar en los terrones, manteniendo el equilibrio a duras penas, sentir las tiernas cañas del trigo golpeando las piernas, aspirar el olor penetrante y fresco de la hierba recién pisada... Escuchar el monótono canto del grillo llenando el aire con su tono agudo, seguirlo, como perro que olfatea la caza. Perder el rastro cuando una ráfaga de viento arrastra el sonido en dirección opuesta, dar varias vueltas sobre uno mismo hasta orientarse de nuevo... Notarlo más y más próximo, pisar muy suavemente para no delatar su presencia... Pero el grillo tiene un oído excelente, advierte algo extraño, apenas perceptible, y calla. Más lejos se oye el canto de otro grillo. ¿Qué hacer? ¿ Probar una nueva caza? Tal vez sea mejor esperar. El muchacho permanece inmóvil, con el cuerpo rígido, sin hacer el más leve movimiento, sin respirar apenas. Al poco, el canto vuelve a oírse cercano. Sólo unos compases, y otra pausa. ¿Qué secreto instinto ha impulsado al grillo a callar de nuevo? Tal vez haya percibido de alguna forma misteriosa la penetrante mirada del cazador que inspecciona palmo a palmo el terreno hasta encontrar, por fin, el agujero. Y a su entrada, todavía inquieto, el grillo. Como resorte que se dispara, da un salto, y el animal se encuentra prisionero bajo la mano, removiéndose, intentando escapar. ¡Grillo al bote! Y la caza comienza de nuevo. Esta vez la presa es más astuta. Después de los pesados trabajos de localización, al intentar atraparlo, el grillo se cuela dentro de la cueva. Las operaciones de captura son en este caso más delicadas y requieren una gran habilidad. Sin perder de vista el punto exacto busca una hierba larga que, una vez mojada con saliva, se introduce en el negro agujero. Hay que pinchar sin contemplaciones y sacar rápidamente la hierba. Pero esta vez el grillo se resiste y aguanta valientemente en su refugio. Repítese la operación haciendo trabajar a fondo las glándulas salivares. El pobre bicho ha debido de sentir peligro inminente de inundación, porque ahora sí sale, envuelto en barro. Y así, con estas o parecidas peripecias, según el grado de imaginación de los chicos, varias decenas de grillos se encuentran ya en la oscuridad de los botes, previamente agujereados para permitir la respiración de los cautivos.
Se aproxima la hora de la cita. El tio Navarro debe de estar a punto de volver. Los muchachos acuden a la carrera hasta la entrada del pueblo y consumen la impaciencia de la espera contándose mutuamente las aventuras de la caza. Un ruidoso alboroto acoge la llegada del cartero. Tras unos instantes dedicados a implantar el orden, el viejo bribón logra colocar a los cazadores uno tras otro, y empiezan a salir los grillos del primer bote. Un rápido examen del animal y se oye decir al comprador: ¡Es grilla! Algo parecido a una fuerte descarga eléctrica recorre velozmente la fila. Los muchachos miran al hombre con los ojos muy abiertos por el asombro. Sale otro grillo y… ¡Ésta, grilla también! Y otro más ¡Qué mala suerte! ¡También grilla! Al finalizar la operación de compraventa no han aparecido más allá de tres grillos. El cartero entrega a los boquiabiertos muchachos sus menguadas ganancias y reanuda el recorrido con la cara congestionada por la risa que apenas puede contener. Ellos lo ven marchar camino adelante, intuyendo vagamente desde la inocencia de sus pocos años que han sido las pobres víctimas del demonio burlón que lleva dentro el tio Navarro.

¡Qué aprisa pasan los años! El cartero está a punto de jubilarse. Hoy, mientas hace su último recorrido, recuerda... Fueron malos tiempos aquellos, cuando murió la Pilar. Él, tan hablador, tan amigo de bromas, pasó días enteros sin hablar. Andaba los caminos como un sonámbulo. Es tan triste quedarse solo... y la casa estaba tan vacía... Parecía más fría y más grande. Pero la vida sigue. Fueron pasando las semanas, los meses. Hasta que empezó a notar que comenzaba a deshacerse aquel nudo que le oprimía el pecho y que le hacía tanto daño. Un día se extrañó de oír su propia risa porque casi se había olvidado ya de cómo sonaba. Y otro día contó un chiste, y al siguiente otro, y otro más. La vida empezó a parecerse un poco a la de antes, aunque ya nada era del todo igual.
Mientras camina va contemplando todo como si lo viera por primera vez: La Dehesilla, el pinar, el Tiñoso, ese monte pelado que semeja la cabeza de un enfermo aquejado de tiña; mirando más lejos, el Costanazo, y a su izquierda la Sierra Gorda, los oscuros montes de carrasca, el rojizo rebollar. Ya próximo, en lo alto, el baluarte rocoso sobre el que se asienta el último pueblo del recorrido. Es tiempo de sementera. En los campos, los labradores van abriendo con sus arados oscuras heridas sobre la tierra fragante. Cuando el tio Navarro está ya cerca y sabe que han de oírle, se deja caer al suelo y empieza a emitir quejidos lastimeros. Acuden los hombres presurosos y encuentran al cartero aquejado de un dolor intenso, con los ojos extraviados y el cuerpo entero convertido en un puro temblor. Con ayuda de unas ramas y unas mantas, improvisan unas angarillas, y por la larga y empinada cuesta, trabajosamente, transportan a La Peña de Alcázar con sumo cuidado a aquel pobre hombre que se les antoja está a punto de marcharse al otro mundo. La gente va acudiendo cuando los ve llegar. ¡Es el tio Navarro! ¡Se está muriendo el tio Navarro! La noticia se extiende como la pólvora. Han transcurrido apenas unos pocos minutos y ya el pueblo entero se ha congregado frente al portal de la casa donde se encuentra el enfermo. No hay médico que pueda atenderlo. Uno tras otro van aplicándosele todos los posibles remedios conocidos: masajes sobre pecho, brazos y piernas, sales de amoníaco, humos de sauco, infusiones, emplastos... sin aparente resultado. ¡Apartarse todos!- dice alguien- ¡No le dejáis respirar! Los más piadosos mascullan entre dientes una plegaria en favor del alma del moribundo. ¡Pobre hombre! ¡Esta vez sí que no la cuenta! Pasado un buen rato, como respondiendo al inaudible mandato divino: ¡Levántate y anda!, el cartero se pone en pie, dibuja en su cara la mejor de sus sonrisas, y dirigiéndose a los asombrados presentes les dice: Hijos, hoy es mi último día de cartero. Esto es pa que no sus olvidéis nunca del tio Navarro.

El verano pasado subí por primera vez hasta La Peña. Durante años había contemplado desde mi pueblo, con curiosidad, aquella imponente fortaleza, sin distinguir en la distancia si lo que veía eran rocas o construcciones hechas por la mano del hombre. Fue una ascensión trabajosa, sólo había un mal camino de cabras invadido por la maleza. Me encontré un pueblo vacío que conservaba algún resto de su pasado esplendor. Paseé con curiosidad por sus calles desiertas. Un viento vivo azotaba las hierbas convirtiendo la gran esplanada en un ondulante mar de verde espuma y, de pronto, durante unos instantes, me pareció escuchar la risa escandalosa del tio Navarro.

Viejo Olmo

Hay una vieja ermita junto al río. Una ermita que antaño fue sereno retiro de hombres silenciosos, hombres de largas barbas y cuerpos flacos bajo toscos sayales pardos, mortificados por el cilicio y el ayuno. Suaves aromas de aliaga y de tomillo bajan del monte hasta la ermita en primavera. El crudo cierzo del invierno azota sin piedad sus gruesos muros, intentando romper en vano su estrecho abrazo con la roca, golpea ciegamente sus ventanas, eternos centinelas frente al río, silba a través de las rendijas que abre la carcoma, y sus silbidos semejan en la noche lamentos de espíritus atormentados recorriendo sin tregua las vacías estancias.
Hay un viejo olmo junto a la ermita. Un hermoso árbol con la corteza tatuada como el pecho de un fornido marinero; manos jóvenes y enamoradas la hirieron grabando sobre ella letras, fechas, símbolos de eterno amor.
El aire ha llenado de voces la tranquila mañana. Llegan voces sobresaltadas hasta la ermita, voces que se enredan en las ramas de los álamos del río y quedan presas entre las rocas y las breñas del monte cercano. Algo ha venido a turbar el gran silencio. Ese silencio sólo roto por el rumor del agua, el canto de los pájaros, el suave murmullo de la brisa o el rugido ronco del viento. Aupándose sobre su firme tronco, desde su rama más alta, Viejo Olmo puede divisar, aguas arriba, un desacostumbrado movimiento de gentes junto a la orilla. Las aguas bajan alborotadas. Hablan todas a la vez, como viejas comadres en día de fiesta por la Calle Mayor. Ni siquiera escuchan la voz del árbol que clavado en el suelo, impotente y ansioso, intenta hacerse oír. Hay un instante de silencio. ¡Un hombreee ha querido dormir para siempreee acostado sobre el duro lecho del ríooo!, pregona la voz del agua frente a la ermita.
Viejo Olmo siente oprimirse su duro corazón de madera, y como si el frío invernal hubiese comenzado a soplar de repente, un escalofrío recorre de arriba a abajo su rugosa corteza. El árbol se siente amigo de los hombres. Ha escuchado tantos juramentos de amor... tantas y tan tiernas confidencias... Ha visto a los hombres llorar y reír a sus pies. Y un día, sin saber cómo ni por qué, descubrió que podía gozar y sufrir como ellos.
A las gotas de agua, incansables y eternas viajeras, les gusta sentirse acariciadas por el ardiente sol y, convertidas en una tenue gasa, suben a contemplar la tierra desde las blandas masas de algodón. Ante su mirador en continuo movimiento desfilan nevadas cumbres que el hombre nunca ha hollado con su pie, bosques inmensos, pueblos blancos... Se mueven perezosamente por los caminos del cielo empujadas por la brisa, hasta que un día son arrojadas furiosamente hacia el abismo. Entrarán en las entrañas de la madre tierra formando invisibles riachuelos, o se deslizarán vertiginosamente ladera abajo en la montaña quedando presas entre los turbios remolinos del pequeño torrente, morderán luego con violencia las orillas del arroyo, para encontrarse al fin de su azaroso viaje en la tranquilidad y somnolencia del viejo río. Y cuando las aguas se sienten fatigadas de su eterno vagar, encuentran el reposo en la amable quietud de los remansos.
A Viejo Olmo le resulta muy fácil escuchar lo que murmuran las aguas del remanso junto a la ermita.
-¡Todavía estoy asustada! Debería haber una ley que prohibiese venir a dormir al río a los extraños.
- Para mí no era un extraño. Lo conocí hace... ¿cuarenta?, ¿ tal vez cuarenta y cinco años? No lo sé. Las gotas perdemos la noción del tiempo ¿no es verdad? Fue una noche de invierno en un pequeño pueblo de Castilla. Una muchacha se había casado con un forastero aquel día. El novio debía pagar cierta cantidad de dinero a los mozos. Esa era la costumbre; pero él se negó a pagar. Los mozos pasearon durante horas la calle haciendo sonar enormes cencerros. Mas de pronto, la puerta de la casa se entreabrió sin ruido y por la negra abertura asomó el frío cañón de una escopeta de caza. Sonó un estampido seco, y la bala, atravesando la gruesa bufanda de lana, se hundió en la cabeza de un rondador dejándolo sin vida. El muerto era casado. Juan era su hijo mayor, tenía nueve años; era un niño moreno, de ojos negros y vivarachos. Unos golpes violentos en la puerta y un grito desgarrado lo despertaron. Luchando contra el sueño que le pesaba en los párpados y se empeñaba en cerrarle los ojos, Juan siguió a su madre por los oscuros callejones hasta encontrarse con el cuerpo de su padre, tendido sobre una manta. ¡Qué apagados estaban aquellos ojos! ¿Eran de verdad los ojos de su padre? A él le gustaba salir a las afueras del pueblo al atardecer, para esperarlo cuando volvía del monte después de haber encerrado las ovejas en el corral. ¡Cómo brillaban entonces aquellos ojos, cuando él arrancaba a correr a su encuentro! ¡Y qué frías sus manos! Aquellas manos rudas que oprimían con firmeza y ternura las pequeñas manos de Juan. Sintió un doloroso estremecimiento y comenzó a llorar. Fue un llanto largo. Sentía que algo se le iba rompiendo por dentro. Fueron sus últimas lágrimas de niño. Cuentan que desde entonces nadie lo vio reír. Cambió sus sencillos juegos infantiles por el cayado y el morral, y recorrió con sus ovejas, día tras día durante años, los campos y los montes de su pueblo. Nunca se acercó a la hoguera la noche de San Antón, ni saltó sobre las brasas brillantes como hacían los otros mozos cuando el vino quemaba sus entrañas y les hacía creer que podían volar sobre el fuego. Nadie lo vio bailar en las fiestas de San Ramón, ni rondar a las mozas en la medianoche.
- También yo lo conocí- añadió otra gota de agua. Un día, mientras sus ovejas bebían, se arrodilló junto a mi pequeño manantial para calmar su sed. En sus ojos había rencor. Tal vez porque sabía que el hombre que había matado a su padre estaba ya en libertad.
Viejo Olmo empieza a adivinar la terrible tragedia. Nuevas gotas viajeras intervienen en la conversación.
- Yo puedo contar algo más. Era una mañana de primavera. El aire estaba colmado de la fragancia de la tierra, despierta ya de su largo letargo invernal. Los sembrados formaban una inmensa alfombra verde, los montes vestían las galas multicolores del tomillo, la salvia y el romero. De todos los rincones brotaba una palabra: ¡vida!, que el eco iba repitiendo una, dos, tres, cien, mil veces, en todas las direcciones hasta el infinito. ¡Qué gran imprudencia la de aquel hombre al dejarse ver por el pueblo de Juan! Tal vez pensó que con la cárcel había pagado su culpa. Cuando ya se marchaba, por el camino solitario que atravesaba un espeso encinar alguien gritó su nombre. Al volver la cabeza vio a Juan con la escopeta de caza. Empezó a correr. Gruesas gotas de sudor surcaban su frente. Un primer disparo a las piernas le hizo caer. Dos nuevos disparos segaron su vida.
- Yo adiviné la ansiedad de la madre de Juan mientras salía a esperar al hijo que no volvía.
- Yo vi llorar a la mujer y a los hijos del muerto.
- Yo pude ver al mozo cuando se entregó a la Justicia declarándose culpable.
¿Todavía amas a los hombres Viejo Olmo? ¡Qué horribles dramas provocan sus pasiones! En su corazón habita el odio, el rencor, la ambición, la soberbia... Se cimbrean los juncos de la orilla, suaves rizos adornan las aguas del remanso, se escapa música de entre las jóvenes hojas de los álamos. Es el viento que llega. También un día, quince años atrás, el viento se encontró con Juan.
- Cierto día- cuenta el viento a las aguas- mientras cumplía mi obligación de ventilar la tierra de los hombres, tropecé contra las duras piedras de un alto y poderoso muro. Lo remonté. Rodeaba un robusto caserón de aspecto triste. Gruesos barrotes amordazaban todas sus ventanas. Tras de aquellas rejas vi a Juan. Miraba a lo lejos, como si intentase descubrir en el lejano horizonte su casa, su fiel perro, los trigales, ondulantes mares verdes en la primavera, henchidos de doradas espigas en tiempos de la siega, los oscuros encinares de su pueblo...
Va cayendo la tarde. Pronto oscurecerá. Unos pájaros han hallado confortable cobijo entre las ramas de Viejo Olmo. Mientras llega la quietud de la noche ahuecan la ligera manta de sus plumas y desgranan su pena por el triste suceso del día que termina.
- Lo conocía. Lo he visto muchas veces en el viejo mercado junto a su pequeño puesto de frutas. Había conseguido una buena clientela. “¡Buenos días, Juan!” “¡No me pongas esos plátanos tan verdes!” “¡No me engañes! Esas peras tienen mala cara... ” “¿ Son dulces esas ciruelas, Juan?” “Mañana vendré a coger patatas. ¡Adiós Juan! ” Y Juan sonreía. Cuando las gentes de su pueblo venían a la ciudad y pasaban por el mercado se acercaban a saludarlo. Él apretaba fuertemente sus manos y les miraba con los ojos húmedos por la emoción. “Si pudiera volver atrás, no lo haría por nada del mundo”- le oyeron decir. Ayer vi a Juan. Junto a él había un hombre que le echaba en cara su pasado. No sé por qué. Los hombres cuando están dominados por la ira hacen tanto daño... Yo miré a Juan y sentí miedo. En su cara había dolor, cansancio, desesperación... Unos inmensos deseos de olvidar para siempre, de dormir para siempre. Por eso, para que nadie pudiese interrumpir su sueño, ha venido a acostarse sobre el duro lecho del río.
Ha llegado la noche. El viento está quieto. Sólo el monótono rumor de las aguas bajo los arcos del puente rompe el profundo silencio. Una pequeña estrella parpadea allá en lo alto. Con sus guiños parece querer enviar un secreto mensaje a alguna parte de la tierra.
-¡Eh! ¡Escucha Viejo Olmo! ¿Qué es eso que resbala por tu corteza? Juraría que son lágrimas...
Lloras acaso por el hombre que ha venido a dormir al río? ¡No llores más! Cuando el cuerpo de Juan se deslizaba hacia el fondo y su vida se escapaba entre las pequeñas burbujas que salían de su boca su pensamiento ha volado hacia el Señor de la Vida. “¡ Perdóname!”- le ha dicho- “Estaba tan cansado... Por segunda vez he olvidado que la vida es sólo tuya.” Una mano fuerte y poderosa ha sostenido la temblorosa mano de Juan, y a través de un oscuro sendero, han caminado hacia el País de la Vida, allí donde no llega la tristeza, el rencor, ni la ira de los hombres.
Gruesas gotas humedecen la corteza del árbol. Pero no siente ya tristeza. Como a veces les ocurre también a los hombres Viejo Olmo llora ahora lágrimas de felicidad.