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El alma al aire

Retazos

La inocentada

Es la una menos cuarto del mediodía. Salgo de casa con la ilusión de volver pronto porque he dejado la comida a medio preparar. Las judías pintas ya están cocidas.¡Y qué judías pintas, madre mía…! También tengo ya el cardo preparado. Cuando vuelva freiré las salchichas. Tras la lluvia de ayer, el día está radiante. Camino ligera, tarareando alegremente la canción que me tiene ocupada los dos últimos días: “Una cadena quisiera formar…” La canto una y otra vez, incansable y esperanzada, como si a puro de cantarla y cantarla el mundo fuera a convertirse en un lugar fraterno. Humea copiosamente la chimenea de la casa de Rafaela. Digo un adiós sin respuesta a los mecánicos del taller, que andan ocupados de acá para allá. Las palomas revolotean sobre la torre de la iglesia, con su silueta enmarcada sobre el cielo azul. Los árboles del parque, encogidos y quietos, duermen el sueño del invierno. Atravieso la carretera. Julia y Mari Carmen se limpian los zapatos junto a un banco. Juraría que se han metido en el monte. La arcilla mojada siempre está dispuesta a regalar a los niños unos pesados zuecos de color chocolate. Voy primero a la casa que está junto a la iglesia. Me he comprometido a recoger unas fichas de la parroquia. Estuve ya el otro día pero no había nadie. ¡Quizás tenga hoy más suerte! Por delante de mí camina un padre joven llevando un niño cogido de la mano. En la calle Santa María hay un hombre con un abrigo gris, parado junto a la esquina. Está de espaldas, así que no veo su cara. Llamo a la puerta y espero. Repito la llamada. No hay nadie, tendré que volver. El suelo está inclinado y resbaladizo- pienso- y al momento me encuentro sentada sobre él, deslizándome como en un tobogán. ¡Ay, mi trasero! ¡Me duele! ¡Y también mi mano izquierda! Me la soplo mientras miro con cara de pasmada, supongo. El hombre del abrigo gris se ha vuelto hacia mí, sonríe y da un paso como si intentara acercarse, pero como me ve tan bien sentada debe de pensar que no ha llegado la sangre al río. ¡Bonita inocentada me ha reservado el año! Me levanto- conservando mi cara de pasmada- y pienso: ¡Si ya sabía yo que iba a caerme! ¡Lo sabía desde hace más de un mes! ¡ Estas tapas desgastadas…! Estos días pasados lo había pensado a menudo mientras iba caminando, pero hoy me ha pillado por sorpresa. Tengo que pasar junto al hombre. Es de edad mediana y me parece conocerlo de algo.
-¡Voy a tener el trasero dolorido una semana por lo menos!- le digo.
Él me dice unas palabras de ánimo mientras sonríe. Cuando yo veo una caída apenas puedo controlar la risa. No hay en ello mala intención, sólo es algo espontáneo. Supongo que a él le habrá pasado lo mismo al contemplar mi aterrizaje.

Sinfonía en blanco

Sentada cara al poniente, muy cerca de la ventana,
entre admirada y absorta contemplo la hermosa nieve
que ha dejado de improviso la llanura engalanada.
El sol se asoma y se esconde, como travieso chiquillo
que al escondite jugara.
Ahora brilla en los tejados,
ahora teje entre las nubes encajes de filigrana.
Los intrépidos gorriones van y vienen,
se entrecruzan, se persiguen,
se posan en los alambres o entre las desnudas ramas
de la higuera que asoma tras de la tapia;
inquietos y bulliciosos, sobre la mágica alfombra
revolotean y saltan.
Encaramada en lo más alto de una buhardilla,
curiosa y grave, mira una urraca; las chimeneas humean,
y un pobre clavel tardío pone una mancha de sangre
sobre la blanca maceta prendida de la baranda.
Anda la gente menuda alegre y alborotada.
-¡Qué bolazos le he lanzado a David esta mañana…!
-Mamá, ¡qué pena me da que esté ya la nieve helada!
Si pudiera…haría un muñeco grande.
¡Tan grande o más que mi hermana!
Le pondría…dos botones negros que tú me dieras, por ojos,
y aquella bufanda larga, de cuadros, que está en el baúl guardada,
y una nariz de zanahoria, y una escoba o un paraguas,
y una pipa, y … y aquel sombrero de paja
que se ponía el abuelo cuando el calor apretaba.
-¡Ay! ¡Qué bonita es la nieve!
-¡Que nieve! ¡Que nieve más! ¡Que la escuela está cerrada!

Karima

Ha venido a clase una nueva alumna. Es hija de una de las familias marroquíes que se han instalado en nuestro pueblo y que se dedican a la venta ambulante. Se llama Karima y apenas entiende unas pocas palabras de español. Al cogerla de la mano me ha parecido tocar un pedazo de hielo; así la tenía de puro asustado el angelito. Un primo más mayor que vive aquí desde hace tiempo y puede hablar ya con cierta facilidad, nos ha servido de intérprete.
-Me llamo Victoria- le digo- ¿Cómo te llamas tú?
-Yo Karima.
-Verás, Karima, qué bien vas a estar en la escuela. Tendrás muchos amigos, jugarás con ellos en el recreo, pintarás, aprenderás a leer y escribir…
Ella me mira con sus ojazos negros muy abiertos.
-¿Me pegarán?- pregunta.
-¡No! ¡Claro que no!.
El primo se marcha a su clase, y allí nos quedamos, Karima y yo, y todos los demás niños que la miran con curiosidad. Seguidamente procedo a presentárselos, uno tras otro. Ella va repitiendo sus nombres. Después la hago sentarse en un sitio libre, junto a otros cuatro. Le doy un dibujo para colorear y sus compañeros se apresuran a acercarle las pinturas.
-Azul- digo.
-Azul- repite
-Rojo.
-Rojo.
Al poco rato se levanta, se acerca hasta mi mesa y me suelta una parrafadita. Yo la miro y gesticulo para decirle que no la entiendo. Entonces ella me coge de la mano y me conduce hasta su mesa para que le solucione su problema. De cuando en cuando me dice: Casa – como ETE. Esa palabra, acompañada de un párrafo ininteligible en tono interrogativo, no resulta difícil de entender. ¿Cuándo nos vamos a casa? Y cuando los niños se colocan en la fila para salir al recreo, al ver la chocolatina de Ana, me dice: ¿chocolate? Ana da un pedacito de su chocolate a Karima y así comienza una nueva amistad. Tiene pinta de ser despierta y pienso que no tardará mucho en aprender a hablar nuestro idioma, aunque la adaptación será difícil. Por un lado está su entorno familiar, intentando conservar sus costumbres, y por otro, el contacto con esta nueva realidad, tan distinta, que influirá sobre ella sin remedio e irá convirtiéndola poco a poco en una persona a caballo entre dos culturas.

En el día de Todos los Santos

Hoy es una fecha muy especial para mí. Tal día como hoy, ya hace años, estrené mi maternidad. Si cierro los ojos todavía puedo sentir el amor rebosándome el corazón al tener a mi hija en los brazos por primera vez. Sin embargo ella nunca se ha sentido contenta por haber nacido en esta festividad. El único hermano de mi marido murió muy joven, y todos los años en este día él debía llevar a mis suegros a depositar las flores sobre su tumba, así que no podíamos celebrar el cumpleaños como Dios manda. Pasaron los años y murió mi suegro, entonces todavía la cosa se complicó más porque había que visitar dos cementerios. En mi juventud, cuando la sangre te pide ser rebelde y eres tan dura en tus posiciones, yo siempre dije que no deseaba ser enterrada en el cementerio. Me parecía un lugar tan frío… con todo ese montaje de las flores, cuando unos pocos vivos se montan el negocio a costa de los muertos… Quería ser incinerada y que mis cenizas fueran depositadas en la cima de la montaña, y que las aguas de la lluvia las condujeran por las torrenteras, ladera abajo, hasta lugares lejanos, tal vez hasta el mar… Hoy que imagino a la muerte más cercana, quizás ya agazapada en cualquier recodo, he cambiado de idea. Quiero reposar en la paz del pequeño cementerio de nuestro pueblo, acunada por el rumor del viento entre los pinos frondosos, en la misma sepultura que mi marido, con los huesos entrelazados en un abrazo, esperando la resurrección del último día.

El eclipse

Esta tarde, mientras escuchaba el programa de radio “SER Aventureros” he oído a los locutores hacer un comentario sobre el reciente eclipse de luna, que no hemos podido observar en España, al menos en la zona donde yo vivo, por causa de la nubosidad. Decían que ha sido un eclipse espectacular que tardará unos años en repetirse. ¡Mala suerte! Sin embargo, sí que pude disfrutar del eclipse total de sol que tuvo lugar hace cuatro años, creo. ¡Que curioso! Recuerdo perfectamente que aquella mañana estaba cocinando uno de los platos favoritos de mi hija, unas berenjenas rellenas. Es uno de esos platos a los que hay que dedicar un buen espacio de tiempo, para comprobar después cómo los comensales dan cuenta de él en un abrir y cerrar de ojos. ¡A lo que vamos! Mientras cocinaba, iba notando cómo la luz disminuía paulatinamente, hasta obligarme a encender el fluorescente de la cocina. De cuando en cuando abandonaba momentáneamente mi tarea para salir a la terraza y contemplar el poco frecuente fenómeno, y el desconcierto de los pájaros ante la inesperada llegada del anochecer a hora tan inusual. Disfruté mucho contemplando las espectaculares imágenes ofrecidas por la televisión, pero no sucumbí a la tentación de observarlo al natural, aunque según dijeron no volvería a repetirse hasta el 2027. Puede que como decía mi madre “para entonces todos calvos”, dando a entender que era posible que ya hubiésemos pasado a mejor vida. Ella nos contaba que hace ya mucho tiempo, en los años de la posguerra, cuando el hambre hacía sonar las tripas, ella fue con otras mujeres a recoger garbanzos al campo. Era media tarde y de repente el cielo se oscureció hasta hacerse de noche. Ellas no supieron entonces explicarse el porqué.

Nuestros amigos de Arenys

Aprovechando nuestra visita a Barcelona con motivo de una consulta médica, fuimos a visitar a nuestros amigos de Arenys. Nuestra amistad se remonta a los días ya lejanos de nuestra luna de miel, cuando coincidimos con ellos en Mallorca. Él era entonces un joven cocinero. Ha sido muy emprendedor y, desde hace bastantes años, tiene un bar- restaurante junto al puerto. Allí trabaja toda la familia sin parar, sudando la gota gorda, porque la clientela es tan numerosa que no les da respiro. Sirven comidas desde la una hasta las cinco de la tarde, y la gente espera pacientemente su turno en una fila interminable. Cuando llegan las cinco se dice basta, y aquellos a los que no les ha tocado se quedan sin comer allí. Lo mismo pasa por la noche. El local es pequeño, y a primera vista no tiene nada que llame particularmente la atención, sin lujo ni etiqueta, pero la calidad de los pescados y mariscos es excelente. Allí encontramos a todos en el tajo. Padres, hijos, yernos, nuera…, hay trabajo para todos. Después de unos saludos apresurados y sin casi saber dónde colocarnos para no estorbar, nos acomodaron en una mesa entre el mostrador y la entrada. Supongo que a los que esperaban pacientemente en la fila no les haría mucha gracia vernos, como se suele decir, llegar y besar. Contó nuestro amigo que hace algún tiempo estuvieron los componentes del grupo “Les Tricicles” y, con el mayor disimulo posible, intentaron colarlos. Los que esperaban, al darse cuenta, montaron una buena bronca. La comida…¿qué voy a decir? ¡Magnífica! Nos trataron a cuerpo de rey. La verdad es que no estamos acostumbrados a comer tales y tan abundantes delicias del mar. Nuestros amigos son muy muy generosos. Allí estaba la pequeña Estefanía. Cuando llegamos dormía en su cochecito, detrás del mostrador, ajena a toda aquella endiablada actividad. Estábamos ya como a mitad de la comida cuando se despertó. Asomada al mirador de la barra, con sus ojos cargados de sueño y su pelo mojado por el sudor, observaba todo aquel barullo con la tranquilidad de quien contempla algo cotidiano. Se portó bien, entretenida por los abuelos o por el miembro de la familia que disponía de unos pocos minutos libres. Respondiendo a la petición de su abuelo, cogió con sus manitas la botella de wisky que estaba sobre el mostrador y la inclinó, tratando de echarle en el vaso. Del mismo modo, siguiendo las indicaciones que éste le hacía en catalán, cogió una faria y se la puso en la boca. Está al revés, le dijo él. Ella le dio la vuelta y volvió a ponérsela. Un poco después vimos a aquella muñequita limpiando salerosamente la barra con una bayeta. Aquí tenemos a la tercera generación de la familia Folch preparándose para el negocio, pensé.

La corrida de toros

Ángel llamó por teléfono para invitarnos a las fiestas de su pueblo y Luis le dijo que iríamos por la tarde, que sacara unas entradas para los toros y a la salida nos iríamos a merendar. Ésta ha sido la segunda vez en mi vida que asisto a una corrida. La primera fue en la época ya lejana de nuestro noviazgo. Ha sido una corrida de rejoneadores. En estos momentos me siento presa de sentimientos encontrados. Me ha gustado el alegre colorido de los tendidos, con las peñas animadas por sus ruidosas y alegres charangas; los hermosos caballos, ejecutando los elegantes pasos de danza como consumados bailarines, la música de los pasodobles, los olés, la vuelta al ruedo de los diestros agradeciendo los aplausos… Pero me ha impresionado contemplar cómo se les escapaba la vida a los toros por la herida del estoque, y con qué indiferencia los remataban y preparaban para el arrastre, mientras la gente daba cuenta de sus enormes bocadillos. El espectáculo de los toros posee, a mi entender, una gran belleza plástica, y proporciona a sus aficionados la emoción que conlleva el riesgo, pero personalmente lo encuentro cruel para los animales.

No ha caído en saco roto

Mi carta al director del instituto no ha caído en saco roto. A los tres o cuatro días del envío me llamó a mi centro de trabajo para presentarme sus disculpas por lo sucedido. Me dijo que lo sentía mucho, que no había ninguna justificación para lo que había pasado y que se iba a indagar para esclarecerlo todo. Ya sabes, me dijo, que en ciertos momentos, que pueden ser apenas unos minutos, coincidiendo con los cambios de clase de los profesores, no se puede controlar del todo a los alumnos y quizás ocurriera en ese intervalo. Ahora yo sabía que el caso de mi marido no ha sido el único, que otras personas, principalmente ancianos, han tenido que pasar por lo mismo, y así se lo dije. Me he enterado de que en la reunión de padres celebrada hace escasos días, el director planteó el tema, y les comunicó que no se va a dar ninguna clase de pasada a los alumnos. Van a tener muy claro que el que reincida será seriamente castigado. ¡Ojalá no sea necesario! ¡Ojalá que los niños y los jóvenes consideraran como algo normal el respeto a los mayores y a las personas diferentes! También sé, porque estoy metida en ese mundo, lo difícil que es para los profesores el desempeño de su trabajo. Creo que un alto porcentaje no puede considerar su trabajo como algo gratificante. En la actualidad los profesionales de la enseñanza estamos sometidos a un alto grado de estrés que nos hace pasar a menudo por las consultas de los psiquiatras. Como en cualquier otra profesión, habrá gente que pase de su trabajo, pero una gran parte deseamos hacerlo bien. Sin embargo, esta sociedad que estamos haciendo entre todos, con sus ídolos de barro, su ley del mínimo esfuerzo, su exigencia de derechos y su olvido de deberes, su violencia... hace que los educadores no seamos otra cosa que pequeños Quijotes luchando contra enormes molinos de viento.

La montaña

Ayer leí en el periódico que los especialistas de montaña habían evacuado en el valle de Benasque a un montañero de ochenta años que había sufrido una fractura en la pierna. Más de uno se habrá preguntado al leer la noticia. ¿Y qué hace escalando un hombre de esa edad? Y yo me pregunto: ¿Qué tiene la montaña, que ejerce sobre los hombres tan extraña fascinación? Son capaces de sufrir hasta el límite de su resistencia, con peligro de dejarse la vida en el intento, a cambio de poner el pie sobre las altas cumbres, jamás holladas por otro ser humano. ¡Es cierto! La montaña llama, aunque no todos sean capaces de escucharla. Yo he sucumbido muchas veces a su hechizo, aunque sea a niveles más humildes. El Costanazo, la Tonda, el Picurezo, las Peñas de Herrera, el Moncayo, me han hecho disfrutar de esa sensación única que no sabría explicar. Ya desde niña, asomada a la atalaya del castillo, me gustaba contemplar a lo lejos su silueta familiar. Después, con el paso de los años, la vida, por sus particulares derroteros, me condujo a otro lugar desde donde puedo seguir contemplándolo, ahora más de cerca. Durante años, todos los veranos nos acercábamos a él para gozar de sus hermosos bosques, de sus frescas y claras aguas, de sus incontables olores y colores, y para recorrer, trabajosamente pero con un gran gozo, el estrecho camino que conduce hasta su cima. En dos ocasiones, pasada ya la zona boscosa, en una empinada cascajera, me acometió el llamado mal de altura. Empecé a sentirme mal, me martilleaban las sienes y la visión se tornaba borrosa. No quise ser un lastre para mi gente y me empeñé en quedarme allí, esperando su bajada. Durante aquella hora y media, empecé por lamentar mi mala suerte, para pasar después a gozar escuchando los sonidos de la montaña, mirar el cielo, tan azul, tumbada boca arriba sobre unas rocas, e incluso me sentí inspirada para componer un pequeño poema. En la segunda ocasión, tuve la precaución de tumbarme cara arriba sobre la senda y esperé unos minutos con los ojos cerrados hasta que mi organismo volvió a la normalidad. Mis hombres esgrimieron todos los argumentos que da el cariño para hacerme continuar. ¡Casi me subieron en volandas! Y una vez más pude gustar las mieles de las alturas. ¡Tal vez fuera la última!

Desde la ventana

Las ventanas de mi clase dan al patio del primer ciclo. Si me quedo en la clase durante el recreo veo un hervidero multicolor de gente menuda en continuo movimiento. Hay sin embargo un grupo de cuatro o cinco chicas de raza gitana de distintas edades apoyadas, y casi inmóviles, junto a la pared. Daría algo por conocer sus pensamientos mientras contemplan a todos los demás corriendo y gritando. Y me pregunto, ¿quién tiene la culpa de esta marginación? ¿Los demás? ¿Acaso ellas? ¿Las dos partes? No sé cuándo comenzará, tal vez en el primer año de infantil, cuando un niño las llama gitanas por primera vez y empieza a despertarse en ellas la conciencia de que hay algo que las diferencia de los demás. Mi gitana, menuda, morena, con sus ojillos como moras y su trenza repeinada, no solo no acostumbra a jugar en el recreo, tampoco habla en clase. Permanece muda y quieta, y sólo sus ojos muy abiertos, que lo miran todo desde su asiento, me dicen que está viva. Me esfuerzo por animarla a hablar. Sólo he conseguido que me conteste alguna vez en un tono de voz apenas audible, pero prefiere contestarme sí o no moviendo la cabeza. Después de todas estas reflexiones he vuelto a mirar. Las gitanas, primas, hermanas y tías, se han juntado, han cruzado el patio y se han colocado cerca del campo de los jugadores de fútbol. Al poco, las mayores se han ido, y las demás se han puesto a batir las palmas, izquierda con izquierda, derecha con derecha…¡Y mi pequeña “muda”, sin notar que yo la observo, salta, canta y palmotea! Su trenza, sujeta con un lacito rosa, se mueve arriba y abajo al compás de sus saltos.

Arcoiris glorioso

Salimos a caminar temprano por nuestro recorrido de costumbre. El pueblo está casi dormido. Sólo nos hemos tropezado con Florencio saliendo de su casa, azada al hombro, camino de algún huerto. Yako corre desenfrenado, disfrutando de su recién estrenada libertad. Olfatea las esquinas y va estampando su firma marcando territorio. Al principio lo llevo sin sujetar con la correa, tiene tanta fuerza que me arrastraría sin remedio. Enfilamos por el camino que sube hasta la ermita. El cielo está casi cubierto. Voy desgranando por el camino mis oraciones matinales. Tengo un recuerdo para todos y cada uno de mis seres queridos, amigos, conocidos, desconocidos, vivos y difuntos, expreso mis deseos de un mundo en paz, justicia para los pobres y oprimidos, una tierra de hermanos…Ya estamos junto a la ermita de San Miguel. Hacemos una breve parada. Apoyo mi mano sobre la reja de la puerta y mis labios musitan la proclama del arcángel: ¿Quién como Dios? Y de alguna manera misteriosa, este grito, esta plegaria, atempera mis miedos y me da fuerzas para plantarle cara a la vida. Subimos la pequeña cuesta hasta llegar a la pista forestal y desde arriba miro al pueblo. Busco con la mirada la terraza en la que, casi seguro, estará Pedro haciendo bicicleta. Suele verme todas las mañanas. Te controla, me cuenta su mujer. Los frutos de zarzamora van madurando día a día, no tardaré en probarlos. Yako corre incansable. Persigue a los pájaros, lucha con la piedra que transporta en la boca durante todo el recorrido. Las flores amarillas alegran los ribazos. Oteo el campo a la espera de que los corzos se hagan visibles. Pueden verse con frecuencia para disfrute del caminante, pero la presencia del perro los aleja. Yako descubre una bandada de perdices que levantan el vuelo alborotadas, algún conejo que busca refugio en la maleza, y hasta un gato salvaje que al verse descubierto le planta cara hasta hacerlo desistir de sus ataques. “Que descansada vida la del que huye del mundanal ruido…” Hay tanta paz que me parece que el tiempo queda en suspenso unos instantes, y luego, al despertar de mi embeleso, caigo en la cuenta de que es tan solo un espejismo. Los días pasan y pasan, muy deprisa…Al llegar a la carretera llamo a Yako. Él acude obediente y lo sujeto. Una niebla oscura cubre las Peñas y desciende hacia el pueblo. Siento sobre mi piel unas pequeñas gotas ¿Nos mojaremos, Yako? Y, de pronto, como un milagro, aparece el arcoiris. ¡Oh, Dios! Yo he visto muchos arcoiris en mi vida pero ninguno que lo iguale. Más de una quinta parte asciende por el monte sobre las oscuras encinas de la Tonda, adornándolas como si fuera una hermosa diadema multicolor, hasta trasponer el horizonte junto al castillo. ¡Ni ojo vio ni oído oyó! Por favor, una cámara fotográfica, imploro a gritos, pero nadie me oye. Vuelvo a casa. Sentada en el cuarto de estar, garabateo estas líneas, para retener de forma torpe el hermoso trozo de gloria que se me ha brindado esta mañana. Luego, intentando alargar estos momentos, pongo a todo volumen en mi radiocasette el Aleluya de Händel.

A vueltas con la felicidad

Todos la buscamos, cada cual a su manera. ¡Dichoso aquel que no la busca en el lugar equivocado! Yo intento hacer memoria en esta noche de los dulces momentos en que esa bella mariposa ha rozado mi alma con sus alas: Un beso de mi madre, la mano fuerte de mi padre apretando la mía al caminar, las risas y meriendas compartidas entre hermanos, el calor de la lumbre, fríos copos de nieve sobre mi palma abierta, ronroneos de gato en mi regazo, olores a rosa y a tomillo en el florido mayo, el tibio sol calentando mi cuerpo sobre la tierna hierba, dulce sabor a pirulí de fresa, latidos alocados de mi corazón enamorado, tantos besos de amor… la piel tan suave de mis hijos, pequeñas manos anudadas en mi cuello, mis brazos protectores rodeando su cuerpo… comérmelos a besos, gozar de sus sonrisas, reír, cantar, soñar con ellos…
¡Yo te maldigo en esta noche, reloj tirano, que no me dejas recorrer mi vida entera para gozar uno por uno de todos los momentos felices que me brindó la vida!

La desgracia está repartida

Me esfuerzo en no creerme el ombligo del mundo respecto a la desgracia. Basta con abrir los ojos y mirar: ahí la tienes, repartida aquí y allá. Mario, el marido de mi amiga, con serios problemas de bronquios y una preocupante diabetes. Apenas hace dos semanas que enterramos a un primo de mi marido, víctima de un cáncer que ha terminado con él en menos de tres meses. A Carmen le han extirpado un pecho. El padre de la amiga de mi hija se sintió indispuesto y sólo duró cuatro días desde que lo ingresaron. Todas esas víctimas como consecuencia del secuestro en esa escuela de Rusia la semana pasada, y… , y… , …y… ¿Para qué seguir? Como dice Carmen Martín Gaite, lo raro es vivir. Pero todo esto no me sirve de consuelo cuando pienso en mi marido. ¿Quién iba a decirme cuando leía en las revistas artículos sobre el famoso científico inglés - no recuerdo su nombre en este momento- al que una enfermedad relegó hace años a una silla de ruedas y siguió día a día la tarea de destrucción de cada uno de los músculos de su cuerpo, que esa cruel enfermedad, a la que hasta hace cuatro años no supimos poner nombre, iba a tomar por asalto nuestra casa? La E.L.A. traidora está convirtiendo a mi hombre, fuerte como un roble hasta hace poco, en un guiñapo, y nosotros, su familia, hemos de presenciar impotentes su imparable deterioro. ¿Señor, dónde están los milagros?- me lamento. Y cada mañana al despertar me digo: Ofrécele lo mejor de ti misma mientras puedas y exprime a fondo cada momento hermoso que te ofrezca la vida cada día. ¡Esa es la única felicidad!

En el Regachuelo

Me he sentado sobre la plancha de cemento que cierra la pequeña fuente del Regachuelo, al amparo de la sombra de los chopos. No he encontrado ningún otro sitio donde poder hacerlo, la maleza lo devora todo. Hasta hace poco, los pastores con sus ovejas se encargaban de conservar limpio el entorno de forma natural, pero hoy ya no quedan rebaños. Los escasos pastores envejecieron recorriendo los montes y les ha llegado el tan merecido tiempo de descanso, aunque alguna vez no puedan dejar de sentir añoranza. Los jóvenes se niegan a seguir sus pasos. La vida del pastor es dura y sacrificada, sin días de fiesta, aguantando aguaceros, vientos, fríos, heladas y escarchas. ¿Cuál es su gloria? Su gloria es el contacto estrecho con la naturaleza, impregnarse del aroma del tomillo, el romero y el espliego, observar el aleteo de los pájaros, seguir con la mirada la alocada carrera de los perros persiguiendo al conejo agazapado tras las matas, nombrar a cada oveja por su nombre: La Estrella, la Mansa, la Muda, la Negra. Injuriar a la maldita cabra imprudente que se asoma al precipicio, transportar en la tibia alforja a los corderos recién nacidos, sentirse continuamente acompañado por el ruidoso son de las esquilas y el balido de los animales. Sentarse sobre la manta para comer, en ese rato en que a las ovejas las invade la modorra, compartir el pan con la Sola y el Sultán, los fieles compañeros. Mirar larga y silenciosamente el lejano horizonte, y pensar. ¿Cuáles serán los pensamientos del pastor? ¿Cuáles serán sus sueños? ¿Y cuáles son los míos? En este momento no tengo sueños, ni inquietudes, ni temores por el futuro. Sólo siento que estoy viva. Hay una gran paz en esta fuente, con su hilillo de agua cantarina.

Ansias de altura

La pista forestal asciende en empinadas curvas camino de la cumbre. Y aquí estoy yo, sentada sobre el pequeño mojón, intentando recuperar las fuerzas. Mi pobre cuerpo iba pidiendo a gritos un descanso. Es cierto el dicho de que el tiempo llena la casa de goteras. Este verano la artrosis me está causando estragos, y al bajar las escaleras de mi casa parezco una pobrecita anciana. Catorce días me ha costado decidirme a escapar hacia el Campo. ¿Tú eres la que te quejabas de los huesos? ¡Qué ganas de sufrir! Total, ¿para qué? ¡Con lo bien que se anda por lo llano! Son los demonios de la comodidad y el conformismo susurrándome al oído mientras camino. ¡Ahhh! Pero bien merecen la pena mis esfuerzos. ¡Ojalá pudiera compartir estos momentos! Canta el viento su canción entre las ramas de los pinos y mece suavemente un mar de hierbas. Un pajarillo montaraz desgrana una hermosa melodía. Danzan las mariposas sobre las flores mientras nutridos escuadrones de libélulas planean en lo alto. Recobradas las fuerzas, apoyada en mi rústico bastón, continuo la marcha, siempre hacia arriba. Suena el agua en el fondo del estrecho barranco y el musgo viste de verde terciopelo las orillas. La yedra estrecha en un abrazo los troncos de los árboles y el sol brilla sobre un hermoso cielo azul. Flores azules, rosas, amarillas, cánticos de chicharras y de grillos, esencias de pinar… ¡Ya he llegado a la cumbre! Mi corazón golpea el pecho cual asustado gorrión cerrado en jaula. Sentada sobre la hierba, gozo y gozo deslizando lentamente mi vista por los amplios horizontes. Y ahí están. Hermosas y solitarias Peñas de Herrera, recortadas sobre el azul del cielo. En un gesto inconsciente, mis manos se alargan en un intento vano de acariciarlas. ¡Quién pudiera llegar hasta ellas! ¡Cómo las añoro!

¡Ya estoy de vuelta!

¿Qué tal amigos? ¡Qué deprisa han pasado estos dos meses! Aquí estoy, intentando evitar la tan traída y llevada depresión postvacacional. Tal vez me resulte más fácil si logro convencerme a mí misma de que pronto estaremos en junio otra vez. ¡Pronto estaremos en junio! ¡Pronto estaremos en junio! No sé si esto va a dar resultado. Quizás resulte más efectivo pensar que cada día me reservará algo que merezca la pena. Voy a sacarle jugo a cada hora por si acaso, porque el mañana es muy incierto. ¿Qué podría contar? Que he gozado de un baño por inmersión en plena naturaleza, virgen por más señas, y considerando que tal cosa es un hecho cada vez menos frecuente, puedo sentirme afortunada. Tranquilidad, clima suave, largos paseos, preciosos paisajes: montañas, bosques, caminos solitarios, hierbas olorosas, cantos de los pájaros, silencio, soledad; casa acogedora, buena compañía, lectura, música, ver, por fin, la colección de zarzuelas que me regaló mi marido hace tiempo, algo de labores de aguja, afición filatélica, pasión fotográfica, y cada tarde, al caer el sol, el paseo relajado por la carretera, lugar de encuentro de los habitantes del lugar y ocasión propicia para felicitarnos unos a otros por lo bien que respiramos y por el poco calor que pasamos, mientras nuestros conocidos se achicharran en nuestros lugares habituales de residencia. Y después de cenar, si el tiempo lo permite, chicos y grandes tomando la fresca en la calle, recordando sucedidos de otros tiempos, riendo chistes, jugando al guiñote a la débil luz de las farolas, contemplando el paso de las estrellas fugaces por San Lorenzo, escuchando el canto de los grillos, las voces y las risas en algún otro rincón invisible del pueblo o alguna brava jota, dejando pasar el tiempo plácidamente con el reloj abandonado en cualquier cajón. No ha habido cines ni teatros, ni visitas a los grandes almacenes, ni comidas en restaurantes, ni viajes, pero…¿sabéis? ¡No los he echado en falta!
(¡Cielos! ¿Qué le ha pasado a mi blog? Han desaparecido varios meses en el archivo de la portada, mientras otros aparecen por duplicado.¡S.O.S! ¿Alguien puede ayudarme?)

A espigar

Madre nos despierta muy temprano esta mañana. Nos vamos a espigar. Vamos muchos días durante el tiempo de la siega, la María, el Daniel y yo. Me doy la media vuelta para seguir durmiendo, pero la María me agarra de los brazos hasta sacarme de la cama. ¡Vamos perezosaaa! Nos lavamos la cara de cualquier manera como hace mi gato cuando se frota el hocico con la pata. Madre nos ha preparado pan con chocolate. Vamos por los caminos por los que vienen las caballerías cargadas de mies hasta las eras, cada día por un sitio distinto, y recogemos las espigas que se van quedando por el suelo, por las zarzas,por los juncos y matojos de la orilla. Vamos también por los campos de esparceta que lindan con los campos ya segados, recorremos de arriba abajo aquellos que tienen los fajos de mies amontonados en fascales. Padre nos ha advertido que nunca debemos quitar espigas de los fajos, porque eso sería de ladrones. ¡Qué espigas tan gordas! Vamos colocándolas bien ordenadas entre nuestros dedos índice y pulgar, hasta que ya no podemos abarcarlas. Entonces la María se encarga de recoger nuestros puñados y hacer con ellos uno que poco a poco se va haciendo muy gordo. Empieza a hacer calor y tengo sed. El Daniel y yo empezamos a hacer viajes hasta el lugar donde la María ha dejado el pan con chocolate. Ella nos ve llegar y nos espanta a gritos. ¡A trabajar! ¡Todavía no es hora del almuerzo! Pero da igual. El Daniel y yo no le hacemos mucho caso. ¡Un poco! ¡Sólo un poco! – le decimos – hasta que nos lo comemos todo. Al momento, un pájaro levanta el vuelo junto a nosotros y el Daniel se afana en descubrir el nido. Buscamos entre las hierbas, entre los fajos de la mies, bajo las piedras, hasta que descubrimos la pequeña cesta forrada de lana, y allí dentro los huevecillos moteados. ¡No los toquéis, porque si no los padres aborrecerán el nido!- dice la María. Volveremos otro día para ver si ya han salido los pájaros- dice el Daniel. Luego pasamos junto a una acequia. Los caracoles pacen tranquilamente sobre las hierbas húmedas. ¡Vamos a coger caracoles!- les propongo. El Daniel y yo nos olvidamos de las espigas y la María nos amenaza con decírselo a padre. ¡Qué calor! Cada vez caminamos más despacio y no tenemos ganas de seguir espigando. La María se da por vencida y nos dice que ya podemos volver. Miramos orgullosos nuestro fajo de espigas. Madre las llevará al corral para alimentar a las gallinas. Y emprendemos el camino de casa. Cuando lleguemos, madre nos tendrá preparado un rico tazón de sopas de leche bien frescas.

Visitando a Daniel

Hemos ido a visitar a Ángela y Daniel. Los trajo mi sobrino desde Toulouse, ciudad en la que viven desde hace más de treinta años. Han venido a pasar unos días en casa de una hermana de mi cuñada. Es una casa de planta baja, de fácil acceso para la silla de ruedas. Él está feliz como un chiquillo a pesar de sus limitaciones. Bien es verdad que el solo hecho de estar vivo constituye un verdadero milagro. Pronto hará tres años desde que sufrió el accidente. Quizás fuera la prisa la causante. Habría tenido que tomar más precauciones; pero no sirve de nada darle vueltas, ya no tiene remedio. Se metió debajo de su coche para revisar alguna cosa y quedó atrapado, con el pecho oprimido por el peso. Allí permaneció, hasta que un niño asomado a la ventana de la casa de enfrente y testigo de lo sucedido, dio la voz de alarma. Esos pocos minutos hasta que lo rescataron causaron estragos importantes en su cerebro. Permaneció en coma durante más de un mes, aislado en una zona especial del hospital, atado de pies y manos, y conectado por incontables tubos a las más extrañas máquinas. Cuando María y yo fuimos a verlo nos flaquearon las fuerzas y casi perdimos la esperanza. Vestidas con ropa especial y mascarilla, esperamos pacientemente para poder estar con él tan sólo unos minutos. Nos habían aconsejado contarle cosas de la infancia en la lengua materna, como una forma positiva de estímulo para hacerle volver de dondequiera que se encontrara su alma. María, siempre la más miedosa de los tres, me pidió que yo pasase la primera. Allí estaba. Más que ser humano parecía una bestia acorralada deseando escapar de sus ataduras. Reprimí a manotazos mis lágrimas y le besé aquella mano en continuo movimiento. Le hablé con ternura, como si del niño travieso de los primeros años se tratase. ¡Tienes que vivir! ¡Puedes hacerlo! ¡Tienes siete vidas como los gatos! ¿Te acuerdas de cuando te abriste aquella brecha tan enorme y María y yo llorábamos porque pensábamos que ibas a morirte? Tú nos gritabas, tratándonos de tontas. ¿Y cuando te caíste del cerezo el día de San Juan, durante tu estancia en el colegio? Te rompiste el cráneo por varios sitios, y estuviste ingresado en la clínica debatiéndote durante varios días entre la vida y la muerte. ¡Y saliste de ésa! ¡Daniel debes luchar! ¡Puedes hacerlo! ¡Eres valiente! ¿Recuerdas cómo recorrías los tejados del pueblo para coger los nidos? ¿Y cuando te deslizaste roca abajo atado de una cuerda para coger el té? ¡Cuánto se enfadó padre al enterarse! ¡Daniel, madre me ha encargado que te diga que tienes que vivir para que ella pueda verte y abrazarte! ¡Vive! ¡Vive por cada uno de los que te queremos! Unas lágrimas se escaparon de sus ojos. Mi cuñada me explicó que los doctores decían que se trataba tan sólo de reflejos, pero yo me aferraba con ansia a la ilusión de que eran una respuesta a mis palabras. Nunca lo sabremos. Él nos dice que no guarda ningún recuerdo consciente de aquellos duros días. Fue pasando el tiempo. Durante todo un año permaneció en un Centro de Rehabilitación, hasta que los médicos consideraron que podía ser asistido en su propia casa. El accidente le ha dejado secuelas importantes. Aunque es capaz de dar unos cuantos pasos, la silla de ruedas es su inseparable compañera. Hay que escucharle con paciencia porque se expresa con dificultad y las palabras fluyen de su boca con lentitud. Perdió una parte de la visión y tiene dificultad en el uso de las manos. Se ha convertido en un niño grande, dependiente del cariño y del cuidado de los demás, pero feliz de encontrarse vivo. Poco podíamos imaginar, en aquellos días felices de nuestra infancia, la difícil prueba que esperaba escondida en un recodo del camino a aquel niño que nunca tuvo miedo a nada.

La Cojica

Hemos ido a visitar a la tía Vicenta. Apenas nos ha visto ha roto a llorar, y su emoción hacía todavía más difícil entender lo que decía. Por fin, Pablo ha logrado descifrarlo. “Os habéis olvidado de mí”. Él trata de calmarla. “No te olvidamos, tía. ¡Ojalá pudiésemos venir más a menudo!” Sentados a ambos lados de la cama tratamos de escuchar su largo e ininteligible monólogo. ¡Qué triste existencia la de estas personas mayores y enfermas confinadas en un centro asistencial! Dependiendo por completo del cuidado de los que allí trabajan. No se puede pagar con dinero la labor que realiza aquella gente. Resulta gratificante cuidar de un niño, pero no lo es tanto cuidar de ancianos impedidos y enfermos, darles la comida y las medicinas, asearlos, cambiarlos de ropa, levantarlos, acostarlos y demostrarles cercanía y afecto. La tía Vicenta comparte habitación con otra mujer, en la zona de la enfermería. Por la puerta abierta he visto pasar a una mujer de pequeña estatura, apoyándose en muletas, con las piernas totalmente arqueadas, y de repente he tenido una especie de intuición. La conozco- me he dicho- aunque no sabía ponerle el nombre. “¡Eh, usted, señora!”- he dicho, mientras salía a su encuentro. “Irene, que te llaman”- ha gritado la compañera de habitación de la tía. “¡Eso es! Irene, yo la conozco a usted” “¿Ah, sí, hija?, pues no caigo.” “ La conocí siendo niña. Usted iba a mi pueblo, a casa de la señora Braulia” “¡Ay, qué alegría, hija! ¡Mira qué casualidad! ¿Y tú, de quién eras?” “Soy hija del ferroviario” “ ¡Ya lo creo que os conocía…! Tu madre cogía muchas setas, y a veces me daba…” “¿ Viven tus padres, hija?” “ Sólo mi madre. Está en Zaragoza, con mi hermana” “¡Ay, cuánto me alegro! Dale un abrazo de mi parte. Pues yo, ya ves. Llevo aquí más de ocho años. Vino primero mi hermana y luego me trajeron a mí. Sólo quedo yo. Y me han operado ya dos veces de la cadera. Gracias a D. Juan, ya sabes, el cura del pueblo de tu madre. Hubo unos años que nos defendíamos haciendo chaquetas de punto, pero luego se puso todo muy difícil, y no teníamos seguridad social.” Recuerdo la impresión que nos causaba aquella pequeña mujer de piernas torcidas, a la que llamábamos cariñosamente ”La Cojica" Eran tres hermanas y un sobrino, todos padeciendo la misma deformación. A la hermana casada la abandonó el marido nada más nacer el hijo. No debió sentirse con fuerzas para soportar aquella cruz. Hasta hacía dos años iba a su pueblo a pasar el verano, pero ya no se sentía con fuerzas.
Me ha preguntado por los hijos de la señora Braulia, si iban todavía al pueblo y si seguía viviendo allí solo “el pobre Feliciano.” No. “El pobre Feliciano” sólo iba al pueblo en el verano, y según mis últimas noticias iba a dejar de ir porque la casa amenazaba ruína. “El pobre Feliciano…” Puede que algún día me sienta capaz de contar cuánto dolor y cuánto miedo causó aquel monstruo a la niña tremendamente tímida e indefensa que era yo a mis ocho o nueve años."

Una tarde en la ciudad

¡Qué interminable tarde! ¡Qué aburrida y odiosa resulta a veces la ciudad! Estoy sentada en una cafetería cercana a la estación, haciendo tiempo para coger el tren. Tomándome un café que a buen seguro me impedirá dormir, y oyendo, sin oír, la animada conversación de una joven pareja en la mesa vecina. Hay música de fondo, y el rumor de la ciudad llega hasta aquí amortiguado por las paredes del local, tornándose en feroz rugido cada vez que un cliente abre las puertas para entrar o salir. Mi corazón añora sin remedio el hermoso silencio de la montaña. ¡Tres horas y media! ¿Cómo pueden resultar tan largas y tediosas? Yo doy fe de otros días y otras horas de mi vida, transcurridos como un suspiro. ¡Condenado reloj! Quiere hacernos creer que él es el estricto vigilante de las horas, que las hace transcurrir, medidas, exactas… pero yo sé muy bien que no es así. ¿Quién podrá convencerme de que son iguales las duras horas del dolor y aquellas otras en que el gozo te rebosa por dentro, las de aquella tarde de verano cogiendo té, o aquella otra con el cuerpo acostado cara al cielo sobre la hierba esmaltada de flores diminutas, frente a la ermita, con el cielo esplendoroso como techo, y aquel silencio salpicado de trinos y rumores vegetales.
He venido a la ciudad para hacerme unas radiografías. Han fotografiado abundantemente mi esqueleto. De frente, talones apoyados en el panel. ¡No respire! ¡Clas! ¡Respire! Ahora de perfil. Con los brazos cruzados sin apoyar en el cuerpo. Y toda aquella enorme maquinaria que se mueve y resopla como un monstruo. ¡No respire! ¡Clas! ¡Respire! ¡Descanse! Y la enfermera quitando las radiografías hechas y colocando nuevas placas. Ahora de perfil con la barbilla levantada, en un gesto entre impertinente y ridículo. El monstruo vuelve a moverse. La ventanita brillante me enfoca de nuevo. Mi postura no es correcta, porque la joven entra y me recoloca. ¡No respire! Yo contengo la respiración intentando hacerlo bien, y a ella debe de habérsele olvidado decirme que respire, tanto que me está faltando el aire. ¡Respire! ¡Qué alivio! ¡Ya está! Espero que el doctor Ferrer no encuentre demasiado fea mi columna. Hace unos días fui a su consulta. Supongo que ya hace años que dejó de hacer los ejercicios- me dice. ¡Que los haga el doctor Ferrer! - continúa. Yo me río al oírlo. Siete años son muchos años para hacer religiosamente los ejercicios sin cansarse. Nadie se acuerda de santa Bárbara hasta que no truena- pienso. Esos siete años han cubierto de canas la cabeza de este médico de trato amable y campechano. ¡Desnúdese de la cintura para arriba! Y a una le entra un ataque de pudor. ¡ No hace falta que se quite el sujetador! ¡Vaya, menos mal! ¡Inclínese hacia delante! ¡Ahora hacia atrás! Me coge del brazo izquierdo y me hace girar el tronco. Luego con el brazo derecho. ¿Duele? ¿Aquí? Luego las piernas. Cuando termina, mi cuerpo reumático protesta ferozmente. Voy a mandarle hacer unas radiografías. Esto va a suponerme varios viajes a la ciudad. Para hacerme las radiografías, para llevar los resultados. Y así se van consumiendo los días de vacación que en sus comienzos aparecen repletos de infinitas y maravillosas posibilidades.
Lo primero que he hecho esta tarde al salir de la estación ha sido ir a las oficinas de mi entidad médica a recoger un talonario de cheques de asistencia y el nuevo cuadro médico. Y al poco de salir, quizás por un golpe de viento o quién sabe por qué, se ha desprendido el asa de mi bolso. ¡Santo cielo! Los cheques, el talonario de recetas, el cuadro médico viejo con sus hojas desprendidas, la prescripción médica para las radiografías…¡Todo! ¡Todo volaba por los aires! Parecían una bandada de pájaros enloquecidos, y estaba mi corazón presa del pánico. ¡Adiós prescripción! ¡Adiós radiografías! Tendré que comenzar de nuevo…¡Qué horror! ¡Mira, mamá, esa señora ha perdido los papeles! ¡Mira! ¡Mira cómo vuelan! ¡Jo, tío, mira ésa…¡Todo se le ha ido volando! ¡Ay qué pobre! ¡Mira que como sean papeles importantes…! ¡Lo tiene crudo! Puedo adivinar lo que dicen. Están en el autobús y en los coches que circulan por la calzada, no demasiado lejos del escenario de mi desgracia. Pero nadie corre en mi ayuda. Ninguna de las personas que van delante de mí parece preguntarse sobre el origen de aquella repentina aparición de papeles voladores. Nadie vuelve la cabeza para averiguarlo. Yo corro tras los papeles como aquel tonto del pueblo tras el billete de mil pesetas atado al extremo de un hilo invisible y, cuando ya parece que los tengo a mi alcance, un nuevo golpe de viento impulsa de nuevo su loca carrera. Durante unos segundos, que a mí se me han antojado una eternidad, he tenido todas mis energías concentradas en recuperar los documentos perdidos, ajena a la curiosidad que haya podido despertar en los viandantes, como si la calle hubiese estado completamente desierta, sin más protagonistas que yo misma y aquellos malditos pedazos de papel.
-¿Le importaría que me sentara, señora?
- No, por favor siéntese.
- Muchas gracias.
Es una señora de edad que se apoya en un bastón.
- ¿Hay que pedir en el mostrador, o te sirven aquí?
- Creo que tendrá que pedirlo y traerlo usted misma- le digo.
La señora se toma su café.
- ¿Hay que llevar esto al mostrador?- pregunta. Es que no soy de aquí y no sé las costumbres.
- Puede llevarlo o dejarlo, como usted quiera, señora.
Miro al reloj. El tiempo ha ido pasando mientras garabateo estas líneas. Nadie parece sentir curiosidad por verme escribir, tampoco a mí me preocupa que alguien pueda sentirla. Durante unos cuantos minutos he permanecido ocupada, tratando de componer el puzzle de mi reciente pesadilla.
- ¿Va a tardar mucho en dejar la mesa libre?- me pregunta alguien que acaba de llegar.
- ¡Vaya! ¡Esta señora me está despachando! ¡Abrase visto! ¡Señora, que he pagado mi consumición y tengo derecho a ocupar mi asiento!- digo para mis adentros. Pero mi limito a decirle en voz alta que tiene una silla libre.
- Pero es que está también mi hija…
- Enseguida me marcho, señora.
Y sigo escribiendo, aunque sea sólo por hacerla rabiar un poco, demorando unos minutos más mi marcha.