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El alma al aire

Retazos

El viaje a Villarroya

Hoy voy de viaje con madre, a Villarroya. Madre comprará cerezas, o tomates, o ciruelas…¡no sé! Salimos temprano porque hay que andar mucho rato hasta llegar a la estación. Primero se ve sólo como un puntito blanco allá a lo lejos. Luego vas andando, andando, y ves los campos amarillos porque ya es verano y están a punto para segar. En los bordes del camino hay hierba, cardos, juncos, mariposas, pájaros, saltamontes… Durante un rato no se ve la estación, pero luego llegas a la Dehesilla y…¡allí está!, más cerca y más grande. Llevo las zapatillas manchadas de polvo, pero no me importa, ¡ya me las sacudiré al llegar!
En la estación vive el señor Marín, el jefe. Padre lo conoce mucho. Es un hombre delgado, con la cara colorada y el gesto avinagrado. Algunas veces yo he entrado en la cocina de la casa para saludar a la señora Basi, su mujer. Es una cocina distinta a la nuestra. Está en alto y tiene unas puertecillas cuadradas para meter la leña, y unos agujeros redondos por arriba. También tiene agua caliente y unos hierros dorados muy bonitos. El señor Marín y la señora Basi tienen muchas gallinas y pavos, y un gallo que persigue a las mujeres para picarles en las pantorrillas. Los pavos se pasean muy tiesos por debajo de la morera dando unos graznidos muy fuertes. Yo los estoy mirando mucho rato. Les miro ese chichorro que les cuelga como si fuera un moco colorado muy largo. Las gallinas cacarean y escarban cerca del pozo. Casi siempre me asomo al pozo, con cuidado, para ver el agua oscura allá abajo. A veces grito ¡Aaah!. ¡Aaah! –repite el eco. Y tiro piedrecillas. ¡Clas! ¡Clas!- hacen al chocar con el agua. Madre me llama. Ya están dando los billetes. Nosotras no tenemos que pagar porque padre es ferroviario. Cuando el tren se ponga en marcha, al pasar por las Ventas, miraré por la ventanilla a ver si veo a padre junto a la vía, porque a veces está trabajando por allí. Ya viene el tren. Hace mucho ruido y tiemblo un poco. Miro de reojo para ver si alguien me mira porque me da vergüenza de que sepan que tengo miedo. ¡Ya está! ¡Ya nos hemos montado en el tren! Hemos subido muy deprisa. A mí siempre me parece que vamos a quedarnos en la estación. Me siento junto a la ventanilla y miro fuera. ¡A ver! ¡A ver si veo a padre! Pero, no. Me gusta ver pasar los campos, los postes, los cables que parece que se juntan y luego se separan, los montes… Ver quién sube y quién baja en cada estación. A veces, por unos momentos, escucho lo que hablan los viajeros, los miro un poquito de reojo si tienen la nariz como una porra, o si son gordos y barrigudos. Pero sólo un poco. Enseguida vuelvo a mirar fuera. Y veo el humo que se escapa de la máquina. Es como una gran melena gris que se extiende y se despeina formando figuras extrañas. Y, de cuando en cuando, el tren hace fa, fa, fa, como si le costase mucho trabajo, como si estuviese cansado y sin fuerzas para continuar. Y me divierto cuando entramos en un túnel y todo está oscuro, y hay que subir las ventanillas porque se mete el humo y nos hace toser. Y al fin, el tren pita, como si nos dijera: ¡que ya salgooo!
Muy cerca de Villarroya hay que atravesar un puente. Madre me cuenta que una vez, hace años, hubo una tormenta muy fuerte y el puente se hundió cuando pasaba el tren. Los vagones de atrás se fueron abajo y murió mucha gente. El tio Pipo se salvó de milagro. El tio Pipo es el hombre que viene a mi pueblo con el burro a vender naranjas. ¡Hasta se le cayeron abajo las zapatillas! Padre tuvo que ir con otros ferroviarios a arreglar la vía después del accidente. Villarroya es un pueblo muy grande, con muchas tiendas. Hay mucha fruta y muchas moscas. Madre compra una barquilla de cerezas coloradas y brillantes. Cojo un puñado y me pongo algunas de pendientes. Cuando terminamos de comprar, vamos a la casa de un ferroviario que es amigo de padre y estamos allí hasta la hora de volver. Hace mucho calor cuando regresamos a la estación y no tengo ganas de andar. Cogemos el tren mixto. Es un tren muy largo, con vagones de mercancías. Sólo lleva un vagón de viajeros. Marcha muy despacio, muy despacio. Yo veo unas flores al lado de la ventanilla y saco la mano para cogerlas, pero las flores se me escapan y mi mano se enreda en una zarza. ¡Ay qué dañooo! Un hombre se ríe de mí. Madre me riñe y me recuerda que es peligroso sacar la cabeza y los brazos. Yo le prometo que no lo volveré a hacer. Ya llegamos. Padre nos está esperando. Madre no quiere que padre coja la barquilla porque está cansado de trabajar. Hace un rodete con su pañuelo y se lo coloca en la cabeza; después levanta la barquilla y la pone sobre el rodete. ¡Qué fuerte es madre! Y empezamos a andar. El sol nos da de frente, pero ya no calienta mucho porque está a punto de esconderse tras los montes. Allí a lo lejos, en lo alto, se ve mi pueblo, muy pequeño. A mitad de camino padre le coge a madre la barquilla para que pueda descansar. El Daniel y la María salen a esperarnos a las Peñuelas. Nos paramos un momento y los tres metemos a la vez las manos golosas en la barquilla para sacarlas hinchadas de cerezas. Mañana, madre venderá las cerezas en el pueblo hasta sacar el dinero que ha pagado por ellas, y las que queden serán todas para nosotros. ¡Qué ricas!

¡Qué daño me he hecho!

Estamos subiendo del corral. Madre ha mandado a la María y al Daniel a echar de comer a las gallinas. Yo voy con ellos. Llevo una cuerda que me he encontrado no sé en dónde.
- ¡Yo quiero ser burro! ¡Yo quiero ser burro!- grito.
El Daniel y la María se persiguen corriendo. Yo lloro, pataleo y grito más fuerte:
- ¡Yo quiero ser burro ¡Yo quiero ser burro!
- Me atan la cuerda a la cintura. Ellos tiran hacia delante, cuesta arriba, y yo hago fuerzas hacia atrás. De pronto, tropiezo en una piedra y caigo al suelo.
- ¡Ayyy! ¡Ay que dañooo! ¡Qué daño más grande me he hechooo!
Lloro a gritos. La María y el Daniel tratan de consolarme inútilmente. A los gritos, sale de la Casaza la Rufina.
- ¿Qué te pasa?- me dice -. ¡No llores más! ¡No ha sido nada!
Yo lloro, lloro, lloro. Madre reconoce mi llanto desde casa y viene a toda prisa. Me abraza, me besa. Yo me toco el hombro dolorido y no tengo consuelo.
- ¡Ayyy, madreee! ¡Cuánto me duele el hombrooo!
Madre no sabe qué hacer.
-¡Toma! ¡Bebe!- me dice.
Me ha preparado un vaso de agua con azúcar, que suele curarme todos los dolores. Pero esta vez, no. ¡Me duele! ¡Me duele! ¡Me duele! Vienen a casa las vecinas, y el Chivín, y la Manuela, y el Paco. Todos me miran con cariño y me dicen cosas.
-¡Calla! ¡Cállate ya, que no es nada!
Y yo, lloro y lloro. Ha venido el maestro. Me agarra de la mano y me hace mover el brazo. ¡Ay! ¡Ay, qué daño! Le dice a madre que debe de habérseme roto la cla… la clavicla, o algo así. Me ponen un pañuelo atado al cuello para sujetar el brazo. Cuando llega padre de la vía le pregunta a madre qué me pasa y entonces yo lloro de nuevo. Padre me dice:
- Prueba a tocarte la oreja derecha con la mano. ¡A ver! ¡Despacio!
Y yo, muy despacio, entre lamentos, consigo hacer lo que me manda. Padre piensa que no tengo roto ningún hueso. Entonces me sienta sobre sus rodillas y me consuela con sus besos.

Los pizarrines

La María, el Daniel y yo tenemos cada uno una pizarra para la escuela. En ella copiamos las cuentas que nos pone el maestro de deberes. Yo hago sumas y restas y mis hermanos hacen divisiones muy largas, tan largas que ocupan toda la pizarra. Si nos equivocamos borramos con el trapo que cuelga de un cordón. A veces escupimos un poco para mojar el trapo, así se borra mejor. Madre nos compra a veces unos pizarrines de manteca, pero se acaban pronto, así que tenemos que hacérnoslos nosotros mismos. El Daniel y otros chicos mayores van con pozales y azadillas hasta cerca de la vía del tren, a un sitio donde hay piedra de pizarra. Con los pozales casi llenos y descansando muchas veces, porque la carga pesa y el camino es largo, llegan por fin al pueblo. Los pequeños los vemos llegar desde el castillo. Entonces bajamos a la plaza y…¡hala!, nos ponemos todos a hacer los pizarrines.
No todo el mundo sabe hacerlos ¿eh? Hay que escoger un buen trozo de pared de cemento, como por ejemplo la del frontón, o la de la casa del cura.. Entonces, coges el trozo de pizarra en la mano y te deslizas a la derecha y luego a la izquierda, muchas veces. Así la piedra se va desgastando. Se va quedando larga y delgada. El suelo se llena de polvo amarillo y también los pies, y las manos, y las pestañas, y el pelo, y el vestido. ¡Todo! ¡Todo se vuelve amarillo! La Carmen se enfada con el Pablo porque él le ha dado un susto y se le ha caído el pizarrín. ¡Plas! ¡Ya está hecho pedazos!. Después el Carlos y yo que íbamos muy deprisa y en distinta dirección hemos chocado
y… ¡adiós pizarrines! El Daniel, el Chivín y el Goyo saben hacer unos pizarrines largos y redondeados que nos dan mucha envidia. Yo le pido uno al Daniel. Se lo pido muchas, muchas veces, sin cansarme, hasta que me lo da.
- ¡Tomaaa! ¡Para que te calleees!
Empieza a oscurecer. Las chimeneas dejan escapar sus ondulantes cintas de humo y las calles se llenan de olor a carrasca y a romero.
- ¡Huele a tortilla de patata!- dice el Daniel.
- ¡No! ¡Huele a huevo frito con chorizo!- digo yo.
La boca se nos hace agua y, pronto, cada mochuelo a su olivo- como dice madre- tomamos el camino de casa mientras nos sacudimos el polvo. Madre se lleva las manos a la cabeza cuando nos ve llegar.

El Ruidero

Hemos salido de la escuela, vamos a casa y dejamos las carteras en el portal. Madre nos espera con la merienda preparada.
- Nos vamos al Ruidero- dice.
El Daniel se enfada porque se quiere ir con sus amigos. Grita y dice muchas veces que él no piensa ir. Madre, la María y yo cogemos el camino de la Fuente. Miro hacia atrás muchas veces para ver si viene El Daniel. Al dar la vuelta a la Revilla ya nos ha alcanzado. El aire seco nos quema la cara y pone duro el pan de la merienda. Cantamos. A madre le gusta mucho cantar y sabe bonitas canciones. En casa, casi siempre está cantando, menos cuando está preocupada o si ha reñido con padre. Sin casi darnos cuenta ya estamos cerca del Ruidero.
Padre lleva a renta un huerto pequeño que está entre la acequia y el camino. Siembra judías cebollas, tomates, coles, remolacha… Hizo una balsa para retener el agua,y unos escalones para bajar hasta ella. Madre se coloca en la orilla, llena el pozal y, torciendo el cuerpo, echa el agua en el surco. Así, diez, veinte, treinta veces... El agua va empapando la tierra seca y forma un pequeño río, surco adelante. El Daniel y la María vigilan el otro extremo del huerto para avisar a madre cuando el agua haya llegado hasta el final. A veces se turnan para ayudar a madre. Mientras, yo me mojo las manos, veo volar las libélulas y me divierto viendo las carreras de los patinadores que se deslizan muy deprisa por el agua. Cuando madre echa el agua de golpe, las gotas caen sobre las hojas de las coles y van resbalando hasta quedar inmóviles, convertidas en brillantes perlas transparentes que yo miro embobada. Muevo la hoja con cuidado y la perla se alarga y se rompe en perlas menuditas que se deslizan, hoja abajo, hasta acabar juntándose de nuevo. Luego me siento sobre la hierba, de cara al viejo Costanazo, el gigante de piedra que se levanta sobre mi pueblo. Y entonces tengo un caballo blanco. Me monto en él y galopo aprisa, muy aprisa, hasta llegar al pueblo. No hay nada más. Ni huerto, ni Ruidero, ni madre, ni el Daniel, ni la María… Sólo yo con mi caballo ligero como el viento.
- ¡Madre! ¡Madre! ¡Topos! ¡Salen topos! Es la María que grita. Me levanto de un salto y corro a ver los topos. Sobre el agua flotan unos pequeños animales muertos. Madre mira y dice:
- ¡No son topos! ¡Son conejos!
- ¡Pobrecitos! La madre coneja se sentirá muy triste cuando vuelva.
El sol se va escondiendo y pone manchas rojas en las nubes. Volvemos hacia el pueblo.
Es casi de noche. Los grillos han empezado su concierto. La María, el Daniel y yo cantamos para espantar el miedo. Brillan cada vez más cerca las pobres luces de las calles. Suenan los cascos de las caballerías camino de la fuente y suena el silbido de una copla en la oscuridad. Por el Viso suenan cada vez más próximas las esquilas de las cabras de la vicera y el aire se llena de balidos y de olores. Huele a tomillo, aliaga y romero, todo mezclado con el olor agrio y penetrante del macho cabrío.

Los caracoles

A madre y a mí nos gusta mucho ir a buscar caracoles. Salimos de casa muy temprano, calzadas con nuestras botas de goma. Me están algo grandes. ¡Clac! ¡Clac!- voy haciendo al andar. ¡Qué hermoso está el campo esta mañana! Ayer el fuerte chaparrón acobardó a las hierbas, y los tallos tiernos se inclinaban vencidos por el peso del agua. Pero hoy todo parece haber crecido de repente. La esparceta luce sus vistosas flores color rosa. El aire está lleno de perfumes, y los rayos del sol madrugador arrancan brillos a las gotas prendidas de los juncos. Partimos del viejo lavadero. Despacio, para no dejar ninguno atrás. ¡Ahí están! Han abandonado sus refugios despreocupadamente y pacen entre las hierba tierna, dejando tras de sí un camino de plata. Los hay de todos los tamaños: los más gordos- los abuelos, les llamamos- y los pequeños caracolillos que apenas me atrevo a tocar por miedo de quebrar su concha frágil. Madre me dice que debo coger las reginetas. Son pequeñas, pero ricas en sabor. Tienen la concha a rayas negras y blancas y se ven fácilmente entre los juncos. Cuando vas a cogerlas se dejan caer de repente intentando escabullirse, pero no tienen salvación. En los agujeros del ribazo se ven numerosos huevecillos, cientos de menudas bolas formando pequeños rosarios blancos. Me gusta contemplar al caracol mientras camina. Pongo uno muy gordo sobre mi mano. Titubea unos instantes intentando ocultarse dentro de su concha. Después, perdido el miedo, estira largamente su cuerpo y se desliza por mi palma, moviendo sus cuernos arriba y abajo. Yo le canto:
- ¡Caracol, col, col,
saca los cuernos al sol,
que tu padre y tu madre
se han ido a Aragón,
a comprarte unos zapatitos
pal día el Señor.
Pongo el dedo en uno de sus cuernos y él lo esconde, y al momento vuelve a aparecer. Ahora pruebo con el otro. Después hago lo mismo con sus cuernos cortos. De pronto, no sé por qué, me vuelvo mala y necesito hacerle daño. Sujeto fuertemente el cuerno entre mis dedos. ¡Ayyy! El pobre caracol se encoge, tira y tira hasta que queda libre del suplicio, y se encierra dolorido dentro de su concha mientras arroja abundante espuma verde. ¡Son sus lágrimas!

La tormenta

El cielo se pone muy oscuro, hasta que no queda ni un solo pedazo azul. Las nubes se amontonan y se aprietan como las ovejas entrando por la puerta del corral. Se levanta un viento muy fuerte y…¡zas!, de repente el suelo y las paredes de las casas se vuelven amarillos por la luz del relámpago. Me asusto y me tapo los oídos para no escuchar el trueno. ¡Otro relámpago, otro trueno! ¡Y otro! ¡Y otro más! Cada vez más fuertes. Empiezan a caer unas gotas muy gordas que golpean el suelo, las piedras, los tejados, y hacen: ¡tas, tas, tas! Huele bien a tierra mojada.
-¡Andreaaa! ¡Andreaaa!
Es madre que me llama. No corro mucho. Cuando hay tormenta no es bueno correr porque puede acudirte un rayo y te mata. Madre ya ha recogido las gallinas. El Daniel sube corriendo de la plaza. La María está dentro del portal, muy asustada. ¡Brooom! ¡Brooom! ¡Brooom!, hacen los truenos. Madre cierra la puerta y quita los plomos del contador de la luz. También la ventana está cerrada, así que, tropezando en la oscuridad entramos en la alcoba.. Nos metemos todos juntos en la cama, muy apretados, y escondemos la cabeza bajo las sábanas.
- Madre, ¿dónde se meterá padre?- pregunto.
- No lo sé, hija. Donde pueda. ¡Vamos a rezar!
- Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita, con papel y agua bendita, y en el árbol de la cruz, páter nóster, amén Jesús.
Y rezamos el padrenuestro y el gloria.
- San Bartolomé madrugo antes que el gallo cantara, se encontró con Jesucristo. ¿Dónde vas Bartolomé?
¡Brooom! ¡Brooom! ¡Brooom!
- ¡Madre, tengo miedo!- dice la María que es la más miedica.
Parece que el tejado se está viniendo abajo con la lluvia y los truenos.
- … a recibir un don que no lo recibe ningún varón. En la casa que recen tres veces esto no caerá rayo ni centella ni morirá mujer de parto, ni niño de espanto. Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo- reza madre.
Hay que rezarlo tres veces para que no nos pase nada. ¡Que nos dé tiempo! ¡Que nos dé tiempo! Siento mucho calor. Estoy sudando bajo las sábanas.
- … se en…con…tró con Jeee…suuu criiis…tooo.
- ¡Vamos niños, despertad! ¡Arriba! ¡Ya ha pasado la tormenta!
Salimos de la cama empapados de sudor. Madre abre la puerta de la calle. El agua ha lavado la cara a los tejados, y las tejas están rojas como el pimentón. Un reguero de agua turbia corre calle abajo y en algunos hoyos hay burbujas de espuma blanca. Jugamos a hacer navegar barcos de papel y hacemos balsas, poniendo muros de tierra para contener el agua. Las hierbas tienen un verde distinto, más limpio. A lo lejos, en el cielo, luce el arcoiris: rojo, anaranjado, amarillo… Me gustaría ir corriendo hasta allí y poder tocarlo. ¡Es tan bonito…! Brilla el último relámpago y se escucha a lo lejos el retumbar del trueno.

El castigo

Sentados en sus asientos, inquietos, alargan los cuellos para poder divisar a través de las ventanas a los privilegiados que pueden jugar en el recreo. Están castigados porque en la tarde de ayer chillaron como energúmenos mientras se cambiaban de ropa en el gimnasio al terminar la clase.
¡Ay! ¡Qué hermoso y apetecible resulta el recreo cuando no puedes disfrutar de él!
Elena, que podía haber salido porque ayer no asistió a clase y por lo tanto no estaba castigada, ha preferido permanecer en clase junto a sus compañeros, a sabidas de que tendría que permanecer sentada y en silencio.
Los observo con disimulo. ¡Miran por la ventana como el preso a través de las rejas de la prisión! Los más próximos no pueden resistirse a la tentación. Sin notarlo, sus piernas se enderezan para contemplar el bullicio, las risas, las carreras de los demás. ¡Qué chachi poder jugar al balón!- parecen pensar Pablo y José Luis. ¡Qué bien saltar a la comba!- sueñan Sara y Noelia! Cómo me gustaría adentrarme en su interior y comprobar si en sus cabecitas de siete años albergan sentimientos de rencor hacia la Seño que no les permite salir a jugar. Hay bostezos, suspiros, miradas, toses, palabras que se escapan, muecas, mímica… Sólo dos minutos más. Les dejaré diez minutos para que se desfoguen y estén tranquilos en la última clase. Y la Seño se pregunta qué ocurrirá el próximo día en el gimnasio, si habrá servido para algo la lección.
- Seño, el Diego se está quitando los zapatos.
Julia cuenta los chicos del patio. José, incapaz de permanecer sentado por más tiempo va a la papelera a tirar un papel.
- ¡Vamos chicos, al recreo! ¡Ya!
La cara se les ilumina con una sonrisa y, mansamente y en silencio, se ponen en fila para salir.

El cabritillo

-¡Madre! ¡Madre! ¡Viene el Justo! ¡Ha parido la cabra Roya!
Es el Daniel que grita desde la puerta. La María y yo salimos corriendo hasta la calle. Ya llega el cabrero. Lleva dos cabritillos metidos en la alforja. Dos cabras lo siguen balando. El Justo entrega a madre un cabritillo royo. La cabra se acerca y lo huele tiernamente. ¡Qué hermoso es! Todavía trae la piel humedecida porque acaba de nacer. Sus patas, delgadas y torpes, apenas lo sostienen sobre el suelo. Cojo al cabritillo entre mis brazos y pongo mi cara junto a la suya. Lo acuno suavemente. Beso la estrella blanca de su frente. Madre lo pone a mamar y él lo hace torpemente, meneando su rabo y achuchando con sus patas vacilantes. Cuando ha terminado de mamar, madre ordeña a la Roya. Mañana nos hará una fuente de calostros. ¡Qué ricos!

La noche

Hace mucho frío. Ha oscurecido ya. Sentados en nuestros pequeños bancos de madera, junto a la lumbre, contemplamos silenciosos las blancas espirales del humo que se escapa de los troncos. El cierzo produce ruidos misteriosos en la negra chimenea. Algunas veces suena tan fuerte que casi nos da miedo. El humo revoca y nos envuelve. Madre nos ha leído varias veces los cuentos de Alí Babá, Pulgarcito y Blancanieves que nos trajo la Feli al volver de Salamanca. También hemos jugado a la raposa. Padre no ha llegado todavía. ¡Cuánto tarda! Las brasas de la lumbre van perdiendo su brillo lentamente. Un golpe de viento ha penetrado en la cocina y siento un escalofrío en las espaldas. El Daniel remueve el rescoldo con la badileta y la María echa una hoja de papel. Mientras se quema cantamos a coro: ¡Un rinconcito pa San Andrés! ¡Un rinconcito pa San Andrés!
Cuando el papel termina de arder, la María lo saca con las tenazas y miramos si ha quedado un rinconcito sin quemar. El rinconcito de San Andrés. Yo me enfado porque no me han dejado sacar el papel de la lumbre, y porque tengo sueño, y porque me pican los sabañones. Me rasco. Me rasco. Cada vez me pican más. Me quito los calcetines y pongo los pies en el suelo para que se me enfríen y dejen de picarme. Madre me riñe. Empujo al Daniel porque se mete conmigo y lloro. La María busca otro trozo de papel y me lo da.
- Vamos a jugar a la madre abadesa- me dice.
Yo dejo de llorar, pongo el papel sobre las brasas y, cuando está encendido, lo dejo en la ceniza. Mientras se quema, pequeñas luces como hormigas rojas se mueven sobre el papel y desaparecen.
-¡Todas las monjas se van a acostar y la madre abadesa se queda a cerrar! ¡Todas las monjas se van a acostar y la madre abadesa se queda a cerrar! – cantamos, hasta que en el papel, ya negro, queda una sola chispita de luz. ¡La madre abadesa!
No puedo más. ¡Cuánto me pesan los ojos! El viento suena cada vez más lejos y la lumbre se esconde tras la niebla. Madre me coge en brazos y me lleva a la cama.
-¡Un rin…con…ci…to pa San An…drés. Un rin…con…ci…tooo…!

La tia Curra

Esta tarde, al llegar de la escuela, hemos encontrado a madre hablando con la tia Curra en la cocina. Viene alguna vez, pero si llega padre, ella se marcha aprisa.
-Me voy, que se hace tarde- dice.
-¡Qué prisa tienes, mujer, estáte un rato!
-¡No, no que mi Victoriano y mi Pablo estarán ya al llegar!
Cuando se va, padre y madre hablan en voz baja, pero yo puedo oírles.
-Tu Isaz es muy trabajador, Antonia- me dice-. Pero parece que te tenga miedo- comenta madre.
-¡Déjala! No se pierde mucho si no viene- le contesta padre.
La tia Curra es vieja, menuda y gruñona. Le falta el dedo currín de la mano izquierda. Viste de negro, y cuando tiene frío, se coge la saya por detrás y se la sube para cubrirse con ella la cabeza y los hombros. Entonces le aparece otra saya debajo, y todavía le asoma una más. Yo me pregunto cuántas sayas llevará. Tiene dos hijos pastores y dos hijas: la Adelaida, a la que llamamos Lala, y la Visi. La Lala se parece a los niños pequeños cuando habla, aunque es ya mayor.
-¿Por qué habla así la Lala, madre?
-Es que nació así. Tiene pocas luces.
Cuando la María va a por agua a la fuente de los machos, yo voy con ella. Cae tan poca que el viento tuerce el pequeño chorro y no hay forma de llenar el cántaro. Si se tapa el caño durante un rato, el agua sale con más fuerza. A veces la Lala nos oye y acude a la fuente. Entonces se queda un buen rato hablando con María.
-Mi hermano Pabo dice que yo no sé hacer sopas, que hago sopones- dice, y se ríe.
La María siente pena por ella y la deja hablar. Sin darnos cuenta va pasando el tiempo. Entonces llenamos a toda prisa los cacharros y volvemos a casa. Madre nos riñe porque llegamos tarde.
La Visi es la hija pequeña de la tia Curra. Es una moza muy guapa, pero un día se fue a servir, y a los pocos meses el Victoriano tuvo que ir a buscarla porque se había vuelto loca. Dicen que fue porque comió unos caramelos que le dio un hombre malo. ¡Nunca! ¡Nunca comeré caramelos que me dé un hombre malo, para que no me pase lo que le pasó a la Visi!

El castillo

Me gusta mucho subir al castillo. Sólo quedan dos grandes muros desportillados en el monte redondo y verde. Doy unas cuantas volteretas sobre la blanda hierba. Me acerco al paredón que mira al pueblo. Hay un corro de mujeres cosiendo en la replaceta. Una moza viene por el camino de la fuente. Lleva el cántaro en la cabeza y una botija en cada mano. Me gustaría ser mayor y poder hacer lo mismo que ella. Las gallinas escarban en los muladares, y un gallo lanza su ¡kikirikí! que va extendiéndose ligero por el aire. Otro gallo le contesta desde otro punto del pueblo. Las yuntas labran en los campos al tiempo que la tierra va mudando de color. Miro a lo lejos, donde más que verse se adivinan los pueblos vecinos: Reznos, Carabantes, La Quiñonería, La Peña de Alcázar, y abajo, a la derecha, la mancha oscura del monte de carrascas. Ahí está el Costanazo con sus piedras brillando al sol. Me canso de mirar por ese lado. Ahora podría picar un poco el suelo con la piedra. ¡Quién sabe si tendré suerte! El Isidoro, que sabe mucho, y es tan mayor como mi padre, dice que en el castillo hay un tesoro escondido desde el tiempo de los moros. Todos los chicos picamos con las piedras cuando subimos. Un día u otro tiene que aparecer. Ya me he cansado. Ahora me voy corriendo al otro lado del castillo pasando por el Orinal de la Zorra. Es una losa grande con un pequeño agujero. Casi siempre hay allí agua recogida. Los mayores dicen que sólo es agua de lluvia, pero los chicos sabemos muy bien que la zorra acude allí todos los días para mear en su orinal. Oigo el jadeo de un tren. ¡Fa, fa, fa, fa! Lejos, pequeña y blanca se ve la estación. El tren mixto, como una larga culebra avanza, hasta esconderse en la trinchera, mientras se esparcen lentamente por el aire los jirones de humo negro.

Mi primer día de escuela

"¡Doos por uno es doos! ¡Doos por doos cuatro! ¡Doos por trees seis!”. Subo las escaleras despacio, sin hacer ruido, para que nadie me descubra. Meto la cabeza por el gatero con mucho cuidado y miro lo que hay dentro. Veo al Chivín y también a mi hermano. Oigo la voz del maestro y saco la cabeza muy deprisa. La vuelvo a meter. Nadie me ha visto. Me aburro de estar así. Ahora meto la mano y llamo a mi hermano, primero en voz baja, luego más fuerte. El Daniel me mira, se enfada y hace gestos para que me vaya. Saco la cabeza de nuevo. ¡Es tan aburrido estar sola…! Con mis hermanos me lo paso bien. Cuando hacen los deberes y estudian, yo cojo mi cartilla y digo las mismas palabras que ellos, aunque si son difíciles no sé decirlas bien. Algunas veces, sin que se den cuenta, escribo con el pizarrín en sus pizarras. Entonces ellos me gritan, y hasta me dan una torta. Pero casi siempre me perdonan. ¿Cuándo vendrá madre? Se ha ido de viaje y me he quedado con la tía Saturnina. Como me aburría me he venido a la puerta de la escuela. ¿Qué estarán haciendo? Voy a ver. Me asomo de nuevo. Mi hermano ha vuelto la cabeza y el Chivín también me mira y se ríe. De repente se abre la puerta y veo las piernas largas del maestro. ¿Cómo habrá sabido que yo estaba aquí? Tengo miedo. Me coge de la mano y entramos. Todos me miran y se ríen. A mí me da vergüenza. Ahora estoy sentada en un pupitre. Como las piernas no me llegan al suelo me divierto moviéndolas sin parar. También hago dibujos en un papel y escribo mucho. Escribo todas las cosas que dice el maestro y lo que dicen los chicos. Miro a la María y al Daniel, y a una Virgen que está en un cuadro en la pared y tiene una culebra y unos cuernos blancos en los pies, y a un hombre que está en otro cuadro, que tiene bigote y lleva una chaqueta muy nueva y muy planchada. ¡Ay qué contenta estoy! ¡Ya estoy en la escuela! ¡Ya soy mayor!